Entrevista (primera parte).

Con el breve tiempo que llevo en la adolescencia, de manera espontánea me volví un coleccionador de lugares comunes. No es que haya sido una elección a conciencia, ni una predestinación. Simple y llanamente para la vida diaria funciona ser un coleccionador de lugares comunes. Con tu madre funciona ser un niño problema, un incomprendido, un rebelde con o sin causa (con esa peculiar e irritante entonación que le otorgan los adultos a la palabra rebelde), ya que ese estatus te da automáticamente completa libertad creativa/creadora. Te sientes suelto, como si te sintieras harto de pedir permiso. Es decir, después de tantos años de pedir permiso hasta para respirar (en mi caso, eso no es una exageración), de súbito llega el momento de la ruptura, como una pequeña revolución cultural a nivel personal. Un giro lingüístico que ante los demás se traduce como un coloquial desmadre.

Funciona con tus amigos y compañeros de clase. Les facilita la vida. Los convierte en jugadores torpes de un juego de clichés y los entretiene durante tu estancia en el colegio. Se sienten con un control aparente, pero control al fin, de tal suerte que un día llegas al colegio y tus colegas han cobrado forma de semidioses. Entonces eres el gordo, el flaco, el nerd, el deportista, la sexy o la zorra… Como estas categorías usualmente emanan de un flaco desafío intelectual, acaban por nombrarte cínica y llanamente el raro. Cuando te lo dicen por primera vez, quisieras sentirte aplaudido como José José, pero solamente se oye otro raro escupido así, sin miramientos. Pero puede ser peor. No es raro que en un país televisado, pirateado, violento, corrupto, corrompido hasta el copete e iletrado a un estudiante lector le impongan el apelativo de raro.

Yo era el raro y funcionaba. Con los profesores, el raro obtenía los mejores promedios, no a costa de mi esfuerzo, sino a base de una exquisita reproducción del protocolo del lugar común: un estudiante bien portado, de familia disfuncional, pero con ganas de ser alguien en la vida. Nótese el siguiente lugar común: un chico que le echa ganas (¿Qué mierda quiere decir ‘échale ganas’?).

También aquí, como ocurre con el concepto de rebeldía en el plano familiar, el concepto de raro te otorga una categoría de autonomía, más que de aislamiento. El raro no se preocupa de conseguir chica: las repele; no se ocupa de los deportes: los aborda desde un punto de vista probabilístico; no se encarga de su aspecto: impone una contraimagen; no se preocupa por tener amigos: gestiona las percepciones ajenas. Me sentía suelto, pues.

Pero lo anterior tiene un maldito costo. Ser raro cuesta caro, sobre todo cuando eres adolescente, vives en este jodido país y eres lector. De manera estúpida, un adolescente promedio lector es similar al protagonista que tiene que luchar contra una horda urbana de zombies. Ya no digamos si el adolescente quiere ser lector-estudiante-empleado. Qué lejos ha quedado el concepto de McJob tanto en la literatura como en la vida real, más en un país donde asesinar, secuestrar, vender y prostituir siempre serán opciones viables para sobrevivir.

No es suficiente. Al costo de ser raro hay que agregarle los estúpidos valores. Muy lejos de las definiciones de libro de texto que nos escupía nuestro profesor de la clase llamada atrevidamente Ética y Valores I, para mí los valores son como el acné: conflictos que saltan de repente en tu cara, ante tu mirada estúpida. No se enseñan en las aulas con ejemplos cursis y predecibles, bajo el enfoque de competencias (#WTF). Los valores son como la diarrea: te agarran en la calle cuando menos te lo esperas, y tienes que resolver la situación ya, por bien de todos y el tuyo propio, a menos de que estés dispuesto a cagarla. Y yo nunca estuve dispuesto a cagarla, mucho menos con las drogas, de las cuales tuve que soportar un rápido y doloroso destete. Pero muy oportuno.

El lugar común que aquí aplica es: “si tuviera lo suficiente no necesitaría tener un trabajo extra”. Y Mis valores me impiden darle por lo ilegal. Pero el punto es que no tengo siquiera lo necesario para ser adolescente-raro-con valores-legal-lector. Con la anterior conclusión cobró fuerza el letrero que estaba mal pegado en las afueras del KFC. Con los días miserables que te regalan pelusa y mugre en los bolsillos del pantalón, la frase “Únete a nuestro equipo triunfador” cobró fuerza estridente. Y mientras caminaba de regreso a casa, después de la escuela, porque tienes que elegir entre comer algo o viajar en transporte público, la frase “Solicitamos colaboradores” retumbaba en mis oídos (he aquí un lugar común).

Porque, si ponemos atención, no dice empleado, trabajador, ni mucho menos obrero (concepto cuya sinonimia ha alimentado a la posmodernidad). Dice colaborador: eufemismo que te invita a las masturbaciones mentales más tangibles de tus 17 años. Y son tangibles porque el colaborador no trabaja en la empresa, colabora en/con/para/por ella y así. El colaborador es una presencia ausente, anónima, pero activa para los intereses de la empresa. No por nada colaborador se parece a emprendedor. En otros lugares de comida rápida son más elocuentes. No les llaman colaborador sino asociado, y aquí es donde la cose fluye, porque eres más allá de un colaborador. Tan lejos del empleado, pero tan cerca del socio. Y así, en asociación cocinamos, limpiamos, sonreímos, cobramos y atendemos auto-server. Somos colaboradores, somos asociados para corporativos que fueron las delicias de las teorías de la conflagración de la década de los setenta. Y esos son lugares comunes de peso.

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Autor: doctorsimulacro

Periodista, docente e Investigador en Ciencias Sociales y Humanidades

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