Nos han robado la cotidianidad.

Nos han robado la cotidianidad y la certeza se fue a ninguna parte. El ego lo sustituyeron por el miedo. El miedo devoró al sueño y arrojó sus restos a la fosa común. La certeza extraña y añora a la cotidianidad porque, curiosamente, la alimentaba de certeza. Los recuerdos como ataques epilépticos de una memoria fotográfica. El asesino solitario que disparó un sordo revólver. Quedó zanjado el capricho con el que la vida y la muerte se fotografiaban mútuamente.