Ese insoportable silencio de Andreas Lubitz.

lubitz

Las primeras escenas con las que inicia The Happening (M. Night Shyamalan, 2008) muestran un momento perturbador: personas heterogéneas, comunes y corrientes deciden repentinamente suicidarse. En este momento la película prometía mucho. ¿Qué causaría que, de pronto, las personas decidieran suicidarse en el momento? Con un halo híbrido entre apocalíptico y conspirador, la película se resuelve con un contagio generado a partir del contacto humano con una sustancia que generan las plantas como mecanismo de defensa.

En la mañana del 25 de marzo, un avión de la aerolína de bajo costo Germanwings cayó en los Alpes franceses con 150 personas a bordo. No hubo sobrevivientes. Las primeras investigaciones indican que el copiloto del avión hizo descender voluntariamente la aeronave, de acuerdo a las palabras de Brice Robin, fiscal de Marsella. El copiloto habría presionado deliberadamente el botón de pérdida de altitud.

Minutos antes del impacto, la respiración del piloto era de un “humano normal”, es decir, no develaba la posibilidad de que el copiloto sufriera algún tipo de ataque cardiaco. Gritos de pánico, de socorro, de muerte, fueron escuchados minutos antes de la colisión. La mayoría de los viajantes no se percataron de que el vuelo en el que viajaban era piloteado por un asesino con tendencias suicidas, o un suicida asesino, autor de uno de los más grandes crimenes de la historia de la aviación europea.

Andreas Lubitz, de 27 años, originario de una ciudad pequeña entre Düsseldorf y Frankfurt, piloto novel con poco más de 600 horas de vuelo, no aparece en la lista de los más buscados ni hay en su autero haber algún indicio violento o tendencia suicida. Vivía con sus padres y, en no más de tres meses, habría renovado su licencia para volar. Simplemente, aprovechando una salida del piloto, impidió el regreso de éste a la cabina. Ensimismado y respirando, Lubitz simplemente decidió estrellar el avión.

Acaso desde la ficción podemos conjeturar hipótesis que nos acerquen a la verdad. No tenemos más que amargas confesiones auditivas de las cajas negras, limitadas mecanicamente a recoger respiros y gritos para cerrar con un silencio literalmente sepulcral. Imagino en un intimismo trágico la escena, un piloto desesperado por entrar a la cabina de control, un Lubitz con buen parecido, con uniforme perfectamente ajustado, con la sonrisa muerta, con le descaro moral de los “tipos normales”, con un elegante laconismo en su mirada, con una canción pop rondando en su mente. Acaso sedente, resignado, callado, con un silencio matizado por sonidos de turbina en desaceleración, tal y como solía comportarse Lubitz cotidianamente.

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Autor: doctorsimulacro

Periodista, docente e Investigador en Ciencias Sociales y Humanidades

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