Vamos a darnos un trago.

Porque ellos no se tomaban un trago: se daban un trago. Solamente uno, aquello de embriagarse en la mitad de la semana, en la mitad de la noche, los remitiría indefectiblemente a la rudimentaria estrategia de supervivencia ahora caduca por la edad. En el flujo de las soledades anónimas, ambos eran una mancuerna adjetiva, adornada por una posibilidad inútil, matizada por la brecha generacional. “Porque tantos años entre nosotros, en realidad, nunca serán lo suficientemente significativos”, se decian mutuamente. Y con eso bastaba.

–Después de llorar, como todos los días, me había preparado para dormir.

–Espero no haberte interrumpido. Necesito algo…

–Ya estaba en pijama, me había quitado el maquillaje y estaba viendo nada en la televisión. Eso me arrulla.

–Como dos soledades, te confieso que no quiero hablar contigo. Francamente, necesito escucharte…

–Tal vez estamos cometiendo un error, ¿te ha pasado por la cabeza qué pasaría si se enteran…?

Espejo de la ensoñación estólida, la apagada urbanidad contemplaba con displicencia el andar de la pareja. Desde una perspectiva perversa, cualquiera habría advertido una relación enfermiza madre-hijo. Lo que veían, lo que se decían, lo que se ocultaban mutuamente, quedaba vedado por una conflagración dual entre los labios y su nostalgia de días de erotismo y gloria. Acaso los días de él unánimemente noveles, los de ella se antojaban numerosos, intensos, concurridos: ahora, su cuerpo era una catedral.

–Mi madre cotidianamente me deshacía en insultos; mi padre en gritos y reclamos.

–Pero ahora eres libre.

–¿De qué me sirve la libertad si no puedo distinguirla de la soledad?

–La soledad es el más hermoso canto de la libertad.

–Sí, pero es un canto ridículamente nostálgico.

Nos dimos el trago. El establecimiento quedó capturado en una contundente fotografía del ángulo más supercifial de la conciencia de clase. Él tomó su mano, sintió la piel rugosa de ella, como si estuviese acariciando a una especie de réptil místico. La mirada felina de ella quedó preñada del viento, desvelando una inédita fotografía onírica sin marco, que él no olvidaría jamás.

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Autor: doctorsimulacro

Periodista, docente e Investigador en Ciencias Sociales y Humanidades

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