El curioso caso de Mariana y la intervención quirúrgica que nunca fue.

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Mariana había amanecido con dolor abdominal. Supuso que en una chica de 20 años aquello era un síntoma normal de la menstruación, por lo que dejó de darle importancia.

A pesar de que se trataba de un dolor distinto a los cólicos menstrules, decidió seguir el mismo procedimiento: dos cafiaspirinas y una coca cola light bien fría (a ella le había funcionado a la perfección semejante coctel). Pero en aquella mañana, su implacable tratamiento no había funcionado. Más que reducir, el dolor abdominal había empeorado.

Fue alrededor de las 7 :15 hrs. en que fue necesario trasladar a Mariana a una sala de urgencias. Se había desplomado antes de ingresar a su primera clase del día. El dolor se había vuelto tan insoportable que le habría provocado desmayarse. Presentaba hemorragia abundante, atípica respecto a su flujo menstrual habitual. El trayecto de la universidad a la clínica privada duró lo que tarda en llegar el invierno, a pesar de que solamente fueron 12 minutos.

Mariana estaba en muy malas condiciones.

Un médico jóven, bien parecido y bien vestido, con una seguridad muy cercana a la soberbia, se había hecho cargo de Mariana. Le había administrado un analgésico vía intravenosa, con lo cual el terrible dolor se habría de aplacarse por una hora, el tiempo suficiente para que el médico jóven y bien vestido le planteara a Mariana la opción de la intervención quirúrgica de urgencia:

– Se trata de un agente infeccioso de apariencia sospechosa. Es una especie de granuloma, pero no quisiera descartar la presencia de un tumorcito –dijo el doctor, apelando al diminutivo para tratar de matizar el drama de Mariana y su madre, que había salido disparada del trabajo a la clínica no bien se enteró de la situación de su hija mayor.

– ¿Hay posibilidad de un nuevo diagnóstico, doctor, o de, en todo caso, una segunda opinión? –dijo la mamá de Mariana, recurriendo a frases que recordaba de algunas películas extranjeras de dramas donde están involucrados médicos guapos, mujeres con infortunios múltiples y enredos familiares sin solución.

– Se trata de mi palabra como médico, señora –dijo el médico un poco ofendido– Ahora que si quiere usted otra opinión, pues la chica se va bajo su responsabilidad. Yo no me hago cargo de ninguna salida de pacientes extremadamente delicados –añadió el médico.

A pesar del dolor intenso de su hija, la mamá de Mariana se la llevó de aquella clínica particular. Casi en contra de su conciencia la trasladó al centro de salud de su municipio, donde fue atendida de inmediato por personal de guardia.

Lo que en principio se había diagnósticado como tumor, se trataba de un folículo hemorrágico. Después de que tanto la hemorragia como el dolor hubieron sido controlados, la evolución del folículo fue favorable hacia una resolución espontánea. Mariana solamente requirió reposo, medicamentos y una adecuada alimentación. Con el paso de los días ya estaba lista para regresar a su habitual vida de universitaria.

No obstante, el médico de la clínica particular, a donde acudió en primera instancia Mariana, se hizo presente en varias ocasiones: las primeras veces por correo electrónico (el cómo obtuvo la dirección electrónica de Mariana sigue siendo una interrogante no difícil de dilucidar), las demás por mensajes y llamadas a su número de celular: “Te hago descuento del 30% en la intervención y renta de equipo”, “Te hago un descuento del 15% adicional sobre mis honorarios”, “Los traslados casa-clínica-casa los pago yo”, y un largo y vergonzoso etcétera.

Este caso nos deja ver no solamente el flagrante negocio amparado bajo el vacío legal de médicos que hacen negocio con intervenciones quirúrgicas de dudosa pertinencia. Sino que también nos permite ver que hay una peligrosa moda de clínicas particulares que pretenden aprovecharse del seguro médico escolar que ofrecen diversas instituciones particulares de educación media superior y superior para atender a sus estudiantes. Una especie de coyotaje donde están involucrados clínicas y hospitales privados de renombre.

Del dolor abdominal a un posible gasto de urgencia superior a los 125 mil pesos, Mariana ahora recuerda con una leve sonrisa su experiencia, y se encarga de advertir a cuantas personas pueda de los riesgos de caer de urgencia en manos de un mercenario especialista de la salud. Extraña paradoja.

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Autor: doctorsimulacro

Periodista, docente e Investigador en Ciencias Sociales y Humanidades

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