Los cincos sentidos del periodista

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 598, del Diario de Querétaro del 28 de febrero del 2016.

De acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), el concepto “enseñanza” sugiere la acepción de “ejemplo, acción o suceso que sirve como experiencia, enseñando o advirtiendo cómo se debe obrar en casos análogos”. Asimismo, el DRAE refiere que la locución verbal “dar a alguien una lección” significa hacerle comprender a alguien la falta que ha cometido, corrigiéndolo hábil o duramente.

Lo anterior viene a cuento porque, ante el presunto acto de asesinato de una mujer de 18 años, el discurso mediático de las redes sociales se ha volcado en elucubraciones maniqueas y simplistas que van de lo abyecto, al pretender rescatar enseñanzas y dar lecciones, a lo melodramático, apostando a una tribulación masiva y oportunista a costa de la congoja ajena y dejando de lado todo sustrato de fundamento deontológico periodístico.

Hace 60 años, el periodismo era una profesión seria, de alto respeto y dignidad, que se le atribuía constantemente un carácter intelectual y político. Por ende, el periodismo era ejercido por un reducido grupo de personas competentes que, a través de un trabajo metodológico, ético y deontológico, obtenían el reconocimiento de sus sociedades: un periodista era una persona importante y admirada.

Winston Churchill, premio Nobel de Literatura en 1953, fue corresponsal en África, mientras que Ernest Hemingway, premio Nobel de Literatura en 1954, fue corresponsal de guerra. El primero se convirtió en un gran estadista; el segundo en un emblemático escritor. Ambos se sintieron siempre orgullosos de su carrera como periodistas.

En la actualidad, el periodismo contemporáneo se ha reducido a una legión anónima de media workers que desconocen el oficio, se desconocen a sí mismos y no reparan en la gente de quien escriben. El producto final del media worker es el resultado de una verborrea hipertextual exenta de atisbos metodológicos pero plagada de prenociones fútiles. No es de extrañar que al leer las notas del presunto asesinato en diferentes medios el lector advierta que está leyendo un pastiche.

Asimismo, declaraciones, percepciones, comentarios y opiniones son elevados al rango de noticia, en una penosa y flagrante transgresión de los géneros periodísticos. Al narrar el suceso, decretado como tragedia y tratado como noticia, el interés público (circunstancias objetivas que determinan la interacción social) se confunde con el interés psicológico (acontecimientos que genéricamente conmueven a las personas por motivos psicológicos).

¿Cuáles son los factores que determinan la noticiabilidad de un suceso? Los medios atienden especialmente a los acontecimientos que presentan al menos uno de los siguientes rasgos: apariciones (presencias elocuentes de personajes conocidos, sus declaraciones y opiniones); desplazamientos (viajes, cumbres, congresos, y todo traslado que tiene un efecto en particular que se trata de provocar); resultados (leyes, sentencias, resoluciones, resultados deportivos y expresiones numéricas de la realidad social); y explosiones (asesinatos, atentados, guerras, fenómenos naturales de carácter violento, destrucciones repentinas irreversibles de la vida humana provocadas por procesos inesperados o acciones fulminantes).

En crisis, cierto tipo de periodismo se desempeña en un pírrico territorio de la prensa escrita, con una lógica fluctuante que oscila entre la manipulación de la opinión pública y la construcción de una realidad virtual que desplaza a la realidad real.

La acumulación de los discursos en torno a un hecho noticioso a través de la realidad virtual escombran la comprensión del fenómeno en sí. A través de las redes sociales, elevadas al rango de fuentes primera mano, se elaboran y relatan discursos incompetentes y erróneos que se imponen sin ser cotejados con fuentes auténticas y documentos originales: el derecho de réplica es una abdicación.

Ante los protagonistas del hecho noticioso, algunos medios se ostentaron como jueces, tomaron partido, dictaron sentencia y vincularon con alevosía a otros protagonistas de otros hechos noticiosos, en una infame atribución de responsabilidades y suspicacias basadas en su anónima intuición. Por tanto, se impone la versión ficticia, porque las voces alternativas (ofensores y ofendidos, posibles testigos, autoridades competentes, psicólogos, sociólogos, antropólogos y otros especialistas) no ofrecen el nivel de accesibilidad e inmediatez de las redes sociales: stalkear (valga el anglicismo, caro lector) el Facebook de un implicado no es periodismo de investigación.

Manipulaciones como la que nos ocupa, nos alejan de las historias y problemas reales y nos coloca en el discurso fragmentado y superficial que los medios condensan en un minuto, en un tweet o en una actualización de muro de Facebook. Es un problema que seguirá fecundándose mientras el interés por la primicia, el titular sensacionalista, la columna oportunista y las hipótesis simplistas compitan como productos noticiosos e informativos, alérgicos a la deontología más elemental y al periodismo de investigación.

Más que un conflicto de libertad de expresión se trata de un problema de identidad del ejercicio periodístico en nuestra entidad, donde los fenómenos sociales son tratados como la materia prima que alimenta al espectáculo. De acuerdo a Ryszard Kapuściński (Pinks, 1932-Varsovia, 2007), en su libro Los cinco sentidos del periodista: estar, ver, oír, compartir, pensar (Fondo de Cultura Económica, 2004), volumen con el que se inicia la colección Nuevo Periodismo, dirigida entonces por Tomás Eloy Martínez (Tucumán, 1934-Buenos Aires, 2010), lo que el periodista hace no es un producto, ni tampoco una expresión del talento individual del reportero: “Tenemos que entender que se trata de una obra colectiva en la que participan las personas de quienes obtuvimos las informaciones y opiniones con las que realizamos nuestro trabajo. Por supuesto que un periodista debe tener cualidades propias, pero su tarea va a depender de los otros: aquél que no sabe compartir, difícilmente puede dedicarse a esta profesión”.

El periodismo massmediático y proclive a la inmediatez, el que se erige como juez y toma partido, el que funde y confunde el interés público con el interés psicológico, es el mismo que olvida que “ninguna sociedad moderna puede existir sin periodistas, pero los periodistas no podemos existir sin la sociedad”.

¿Cuál es la condición fundamental para ejercer el oficio del periodismo? Básicamente consiste en ser capaces de funcionar en conjunto con los otros. ¿Qué pasa cuando se tiene una visión sesgada de los hechos o se intenta manipular con una opinión? De acuerdo a Kapuściński, “no existe receta alguna. La única medida que se puede tomar es […] juntar la mayor cantidad de opiniones para que podamos equilibrar y hacer una selección”.

Conviene recordar, pues, que trabajamos con la materia más delicada de este mundo: la gente. Con lo que escribimos podemos destruir vidas. Tal vez nunca regresemos a la escena del crimen, pero la gente que nos ayudó se quedará ahí y sus vecinos leerán lo que hemos escrito sobre ellos: nuestro criterio ético debe de basarse en el respeto a la integridad y la imagen del otro.

La habitación de Emma Donoghue

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 597, del Diario de Querétaro del 21 de febrero del 2016.

En aquel martes 28 de agosto de 1984, Gabriel García Márquez abandonaba México para instalarse en Cartagena de Indias, Colombia, para terminar su más reciente novela, una aventura narrativa que implicaba un riesgo creativo entre la narración cursi y la historia de amor de la literatura rosa: El amor en los tiempos del cólera (Sudamericana, 1992).

Ese mismo día, la URSS presumía que tenía en su poder 378 misiles nucleares del tipo SS-20 de medio alcance, de acuerdo a un portavoz del gobierno de la República Federal Alemana. Del total, 243 misiles apuntaban a blancos ubicados en Europa occidental.

Por esas fechas, Bruce Springsteen discutía acaloradamente con su productor y representante, Jon Landau, quien le insistía a “The Boss” para que incluyera una canción de impacto comercial en su nuevo disco. A pesar de la negativa inicial, y tras reunir algunas canciones que habían quedado fuera del disco “Nebraska” (1982), la canción “Dancing in the dark” fue incluida de último momento en “Born in the USA”, que sería lanzado en septiembre de ese año y que significaría el éxito mundial definitivo del músico nacido en Long Beach, Nueva Jersey.

En la mañana de aquel martes de 1984, en Amstetten, Austria, Josef Fritzl, un electricista jubilado y de apariencia afable, sorprendió a su hija Elisabeth tratando de escapar de casa. Elisabeth tenía entonces 18 años de edad, mientras que Josef contaba 50. De personalidad tímida e introvertida, recordado por ser un tipo solitario, Josef le pidió a Elisabeth que le ayudara a llevar una carga al sótano de la casa, tratando de sobreponerse al hecho de que su hija pretendía huir del lecho familiar. Elisabeth no volvería a ver la luz del sol sino hasta el 2008.

Durante los primeros dos días, Josef mantendría a Elisabeth esposada a un poste. En los siguientes nueve meses, la chica habría de ser atada con una cuerda con el largo suficiente para alcanzar el baño del sótano. Rosemarie, esposa de Josef y madre de Elisabeth, recibió una carta de su hija donde ésta ofrecía disculpas y rogaba por comprensión, ya que había decidido escaparse con una secta religiosa. Posteriormente se sabría que tanto la carta como grabaciones posteriores fueron hechas por la propia Elisabeth a base de amenazas por parte de su padre.

Tras la fachada del hombre amable que acostumbraba a pasear en su Mercedes Benz disfrutando de su tiempo de retiro, y de sus siete hijos (seis, descontando a Elisabeth), se ocultaba un sujeto abyecto que había intentado violar a una mujer de 21 años en 1967, y que había conseguido ultrajar a otra de 24 años, por lo que lo habían condenado a 18 meses de prisión. ¿Acaso no había información que diera cuenta del comportamiento criminal de Josef? En Austria, los antecedentes por delitos sexuales desaparecen tras 10 o 15 años dependiendo la gravedad del caso.

En su enorme y tortuoso tiempo de cautiverio, tras ser violada en incontables ocasiones, Elisabeth tuvo siete hijos, un par de ellos gemelos, aunque solamente uno de ellos sobrevivió, mientras que el pequeño cadáver del otro fue incinerado por Josef en un horno, al estilo de los campos de concentración. Algunos de los hijos tuvieron la suerte de “aparecer” frente a la puerta de los Fritzl, supuestamente a petición de Elisabeth, quien mandaba mensajes donde expresaba que se encontraba bien y que no fuera buscada por ningún motivo. Los otros hijos tuvieron que sobrevivir en condiciones insalubres en aquel cuarto de 60 metros cuadrados y 1.70 metros de altura.

Tras descubrirse los hechos de manera fortuita, Josef fue condenado a cadena perpetua y a tratamiento psiquiátrico. Rosemarie, quien en todo momento negó estar enterada de las actividades de su esposo, quedó absuelta. Elisabeth y sus hijos (¿hermanos?) recibieron una nueva oportunidad para seguir con aquello que raquíticamente seguía llamándose vida.

En su ensayo titulado La aventura de la familia, G. K. Chesterton propone la siguiente tesis: “Nos hacemos nuestros amigos; nos hacemos nuestros enemigos; pero Dios hace a nuestro vecino de al lado. De ahí que se nos acerque revestido de todos los terrores despreocupados de la naturaleza; nuestro vecino es tan extraño como las estrellas, tan atolondrado e indiferente como la lluvia. Es el Hombre, la más terrible de todas las bestias”. Por su parte, Simónides (Ceos, 556 a. C. – Siracusa, 468 a. C.), poeta cuya tradición lírica le atribuye el canto a los hombres por sobre mitos y dioses y la creación de la mnemotecnia, cantó en su Lamento a Dánae y a su bebé Perseo: “¡Ah, hijo, qué angustia tengo!/Pero tú dormitas, duermes como niño de pecho/dentro de este incómodo cajón de madera/de clavos de bronce que destellan en la noche/tumbado en medio de la tiniebla azul oscuro”. (Lamento de Dánae, trad. de Carlos García Gual, en Antología de la poesía lírica griega (siglos VII-IV a. C.).

Emma Donoghue (Dublín, 1969), escritora e historiadora, entre la persistencia de Chesterton y el lamento de Simónides, se sintió atraída por el llamado caso Fritzl. Es así como surge La habitación (Alfaguara, 2011), novela que narra la historia de Jack, un niño que está cumpliendo cinco años, y que vive en una habitación, un sótano que constituye su mundo entero, el lugar donde nació, come, crece, juega y convive con sus amigos imaginarios: el clóset, la mesa, la silla, el baño… Mamá, el otro ser humano que cohabita con él, lo mete a dormir en el armario para que el Viejo Nick no se moleste cuando entre a la habitación. El ruido de un Jeep y los sonidos característicos de un sistema electrónico de seguridad son las alertas que indican con inclemencia que es hora de esconderse, contar hasta diez, hasta cien, hasta mil… y dormir, mientras se escucha la cama chirriar.

El universo de Jack es el crudo espacio reducido donde mamá ha sido encerrada durante siete años. Con esa persistencia que conmina al ser a perseverar, a sobrevivir a base de resiliencia y de amor, la mujer cautiva ha construido un mundo habitable para su hijo, de ella y de su secuestrador.

De manera paralela y proporcional, la curiosidad de Jack se integra a la desesperación de mamá (reducido a un ser anónimo), para quien es imposible seguir soportando lo insoportable, por ejemplo, el ser violada de forma rutinaria enfrente de Jack, el producto de una de las tantas violaciones. En su eventual y peligrosa salida al exterior, Jack piensa: “Muerto, Camioneta, Correr, Alguien… No, Soltarme, luego Saltar, Correr, Alguien, Nota, Soplete. Me he olvidado de Policía antes de Soplete. Es demasiado complicado, voy a estropearlo todo y el Viejo Nick me va a enterrar de verdad y Mamá me estará esperando aquí siempre.”

La adaptación cinematográfica de La habitación tiene cuatro nominaciones al Oscar: mejor película, mejor actriz (Brie Larson, quien seguramente se llevará el galardón), mejor dirección y mejor guión adaptado por la misma Emma Donoghue.

La habitación (Room, 2015, de Lenny Abrahamson) es sin duda, caro lector, la película más impactante del año, quizás muy por encima del texto original. Pocas veces se tiene la oportunidad de sentirse avasallado ante una experiencia estética cinematográfica y literaria. No se puede dejar pasar la oportunidad.

Mujer de barro de Joyce Carol Oates.

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 595, del Diario de Querétaro del 14 de febrero del 2016.

Joyce Carol Oates es una prolífica escritora estadunidense nacida en Lockport, Nueva York, un 16 de junio de 1938. Entre sus obras podemos encontrar novelas, novelas cortas, libros de relatos y textos dramatúrgicos. El nombre de Joyce Carol Oates es recurrente en la lista de candidatos a obtener el premio Nobel de Literatura lo cual, al conocer su obra, uno puede deducir que es un hecho inminente que la autora de Blonde (publicada originalmente en 2000, la edición al español es de Alfaguara, 2012) se alzará con el galardón.

Mujer de barro (Alfaguara, 2013) es una narración intensa, pero a la vez intimista, que relata la historia de Meredith Neukirchen, que inicialmente se presenta como una niña abandonada por su propia madre en las orillas lodosas que conforman la rivera del río Black Snake, un río ficcional cuyo nombre recuerda a Black Snake Moan, canción interpretada por Blind Lemon Jefferson en 1927.

Corre el mes de abril del año 1965. Acaso por el destino o quizás por una circunstancia azarosa, aquella niña abandonada logra sobrevivir. Más con afán, pero sin negar las buenas intenciones, el matrimonio que adopta a la niña de barro (llamada así por las condiciones en que fue su hallazgo en la rivera del río) trata de sacarla de aquella experiencia traumática para dotarla de una nueva vida, de una nueva historia que le permitiera a Merry (apócope y juego de palabras de Meredith) forjarse un pasado y futuro distintos.

A partir de este hecho la narración se alterna dialécticamente entre el pasado y el presente de Meredith. Un pasado miserable que regresa a la memoria de manera fluctuante, que le recuerda a la protagonista aquello que casi le cuesta la vida, y que la sublima de modo permanente en la mujer de barro; un presente en apariencia próspero y en la práctica perverso, que le asegurará condiciones de vida decorosa como académica universitaria egresada de la Universidad Cornell, pero patológica como mujer de mediana edad.

Meredith Neukirchen es designada rectora de una prestigiosa universidad de la Ivy League, lo que la convierte en la primera rectora mujer, lo cual, a pesar del contexto sociocultural de la época, parecería ser un acto de sublevación, con mayor razón tratándose de una universidad del norte de los EEUU. Sin embargo, el contexto sociocultural está enmarcado por una ferviente crisis política, mientras que a nivel de la subjetividad, Merry está inmersa en una crisis emocional derivada de una relación secreta que ha mantenido desde hace tiempo con un colega académico.

El liderazgo de la rectora Neukirchen será objeto de afrentas y amenazas por vicisitudes propias de la vida universitaria, pero sorpresivamente ajenas a la cotidianidad de la vida académica. Pero el mayor desafío tal vez sea el enfrentarse a la presencia sedente y persistente de la mujer de barro, aquel ente que subyace en la memoria a pesar de que el presente quiera mantenerlo hundido en el barro de forma definitiva.

“Debes estar preparada, dijo la mujer.

Preparada no era una palabra que la niña comprendiera. En la voz de la mujer, preparada era una palabra de calma y quietud, como agua reluciente en las marismas junto al río Black Snake que la niña pensaba que parecían las escamas de una serpiente gigante cuando una estaba tan cerca de la serpiente que no podía verla entera”.

El subrayado de la palabra preparada, en los dos primeros párrafos con los que abre la narración, no es gratuito. Profiere una ironía fundamental que funcionará como el centro simbólico del encuentro entre la niña y mujer de barro. Desnuda bajo un camisón de papel, la niña de barro se apea de la razón y de su último reducto de inteligencia para sobrevivir a su condición de casi asesinada.

“¡Mamá! ¡Mamá! La mujer soltó los dedos de la niña y empujó y pateó a la niña por la pronunciada pendiente hasta el barro reluciente de más abajo”. La niña es lanzada por su propia madre para caer junto a una muñeca de goma lanzada previamente por la misma persona. Ahogada en el barro, con movimientos que se deprimen ante la presión del esfuerzo y el peso del abandono, la misma razón e impulso de vivir colocarán a Meredith en una situación conflictiva. Lo que la salvó de morir sepultada bajo el barro, lo que la impulsó a abandonar su sino filicida, con el tiempo la colocaría en una situación de conflicto, una conflagración para acabar con su gestión.

En este momento, caro lector, una obstinada pregunta resuella en el aire: ¿cuál es el precio que una mujer o un hombre tiene qué pagar para tener éxito en pleno siglo XXI? Desde la visión intimista de Meredith Neukirchen, encontramos en la narración distintos elementos característicos de una contemporaneidad compartida: la complejidad de las relaciones interpersonales, la infravaloración de la mujer en puestos directivos a nivel institucional (tanto en el sector público como en el privado), la impronta de la soledad voluntaria, aquella que se confunde en el más abyecto de los prejuicios moralistas con el más frívolo de los estigmas sociales anacrónicos.

Es entonces cuando los discursos de libertad, igualdad, derechos humanos, diversidad, excelencia académica, equidad, democracia, libertad de cátedra, pensamiento crítico y lo que resulte, se confunde en el marisma político y mezquino característico de los entornos del poder. Quizás el barro de 1965 haya sido transferido a la arcilla quimérica del siglo XXI donde, a pesar de tener nueva vida y nuevo nombre, la mujer de barro se ve impelida a afrontar la declinación de su propio ser.

Si como dice Freud, “la meta del tratamiento psicoanalítico es convertir la miseria histérica en una infelicidad humana corriente”, podríamos afirmar que lo que realmente importa no es tener una parte esquizofrénica determinada, una mujer de barro propia, sin importar nuestro sexo, sino lo que hacemos con nuestra mujer de barro, con o a costa de los demás.

El destino manifiesto de los libros de superación personal radica en su obsolescencia para las circunstancias actuales: el concepto de superación personal ya fue superado. Ya hicimos el pack de metafísica 4 en 1, ya fuimos alquimistas, ya se llevaron nuestro queso, ya fuimos perfectas cabronas, ya le dimos caldo de pollo al alma, ya buscamos el secreto y hasta, en plena yuxtaposición genérica, contamos cincuenta sombras en una sodomización masiva inconsolable. La superación personal ha dejado de usarse porque quizás aquello que nos llevó a superarnos retrotraerá con toda la fuerza del destino (o como usted quiera llamarle a ese discurrir circunstancial casuístico implacable, caro lector) a nuestra verdadera condición errante. Si como afirma Joyce Carol Oates, “la pobreza se ha convertido en un recurso natural”, no nos queda más que dialogar con nosotros mismos porque quizás sabernos anormales no es lo peor de todo. Lo verdaderamente relevante será qué rarezas nos acompañan como seres de barro, y cómo nos relacionamos con dichas rarezas: ¿una mujer de barro genial o una rectora patológica?

Joyce Carol Oates encabezó la lista de escritores invitados a la edición 11 del Festival Internacional de Escritores y Literatura de San Miguel de Allende, que se llevó a cabo del 10 al 14 de febrero.

Narcotráfico: del tabú al fetiche.

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 595, 7 de febrero del 2016.

El fenómeno social del narcotráfico se coló en la cultura y arte latinoamericanos de manera sutil y definitiva. Colombia y México son las máximas representaciones de este fenómeno, donde se dio un tratamiento distinto en comparación con Al Capone en EEUU. En nuestro país la lírica de los corridos, las narrativas de carácter épico, los guiños con la novela negra, exposiciones plásticas que incorporan pigmentos hemoglobínicos y las recientes series de televisión, han contribuido de distintas maneras a que vayamos del tabú a la fetichización.

Entre el susto y el gusto han emergido constructos narrativos de los relatos de violencia, ya sea bajo la estigmatización de la apología del delito, por el oportunismo político del momento, o por la fascinación que deslumbra a nuestro estilo de vida cotidiano.

Y no, caro lector, no se trata de exigirle una explicación casuística acerca del fenómeno del narcotráfico a Rosario Tijeras (Seix Barral, 2004) de Jorge Franco o a La virgen de los sicarios (Punto de Lectura, 2005) de Fernando Vallejo. Pedir cuentas a la Literatura acerca de un fenómeno social propio de las Ciencias Sociales podría redundar en una acción falaz carente de sustentos epistemológicos.

Frente a la fetichización y la banalización de los personajes hechos celebridades, resiste la memoria y el denuedo de la realidad. El advenimiento masivo de memes y entrevistas pírricas que igual caben en la libertad de expresión como en la iniquidad oportunista, pueden ser puestos en perspectiva desde investigaciones propias del periodismo contemporáneo, un esfuerzo por alfabetizarnos en el fenómeno de la violencia del narcotráfico. Veamos.

De acuerdo al exhaustivo perfil criminal de Joaquín Guzmán Loera, alias “El Chapo”, que elaboró la PGR en 1993, éste resultó ser un hombre “egocéntrico, narcisista, astuto, perseverante, tenaz, meticuloso, selectivo y hermético”. Manifiesta una “capacidad criminal alta y una adaptabilidad social media alta que le ha permitido crear redes de lealtad y complicidad”. Son tres rasgos de su personalidad que lo destacan del resto de los narcotraficantes: ingenioso, manipulador y encantador: un maestro en el arte de la seducción.

Pero detrás de aquél rostro deferente, amable, y muy lejano a las supuestas obras de caridad que ha realizado en la comunidad donde vive o lleva a cabo sus actividades criminales, existe y pervive un hombre cruel, una persona que antepone su beneficio propio sin importarle que afecte a otros. Sus relaciones interpersonales se distinguen por ser superficiales y de carácter explorador. Su comportamiento criminal es capaz de llevarlo a causar daño físico de manera casual y sin pensarlo debido a que las necesidades y los sentimientos de los demás no tienen relevancia ni sentido inmediato para él.

El retrato del perfil criminal de “El Chapo” devela fallas notables en el control de sus impulsos, tanto sexuales como agresivos, y presentaba desde aquel entonces una notoria baja tolerancia a la frustración. Es conocido que cometió innumerables excesos en los penales donde previamente estuvo recluido, todo a cuenta de su inagotable poder corruptor.

Lo anterior lo encontramos en Los señores del narco (Grijalbo, 2010) de Anabel Hernández, una lectura imprescindible que debería tener el carácter de libro de texto gratuito. Una investigación ampliamente documentada sobre el desarrollo estratosférico del narcotráfico en nuestro país bajo el amparo de las complicidades de movimientos armados en Latinoamérica y de los tres órdenes de gobierno.

Parecería un lugar común hablar de la complicidad del gobierno con el narcotráfico, pero la documentación de Hernández ofrece detalles que dan fe de dicha complicidad. El cártel incomodo (Grijalbo, 2011), de José Reveles; y Marca de sangre (Planeta, 2010) de Héctor de Mauleón, ratifican lo anterior.

Fue un encuentro fortuito entre el narcotraficante Osiel Cárdenas Guillén y los agentes Joe DuBois, de la DEA, y Daniel Fuentes, del FBI. Un movimiento equivocado y lo que se estaba llevando a cabo como una negociación podría devenir en una carnicería. “Si no nos dejas ir, el gobierno de los EEUU te perseguirá hasta la tumba” dice uno de los agentes a Cárdenas Guillén, mientras éste apunta con una pistola en la cara al agente. El narcotraficante accede y deja el libertad a los agentes, pero a partir de ese hecho las autoridades estadounidenses ofrecen una recompensa de 2 millones de dólares por la cabeza de Cárdenas Guillén, quien tras enterarse de esto estalla en paranoia.

Cárdenas Guillén aumenta su fuerza paramilitar. Con desertores y corruptos del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales (GAFE) construye su ejército. Irónicamente el GAFE tenía la misión de cazar delincuentes como “El Mata Amigos”, como se le conoce a Cárdenas Guillén. Así nacen los Zetas, ejército privado de Osiel bautizado así porque “Z” era el código utilizado por los elementos del GAFE para comunicarse entre sí por radio.

Lo anterior se narra en CeroCeroCero (Anagrama, 2014) de Roberto Saviano, para quien “escribir sobre la cocaína es como consumirla. Cada vez quieres más noticias, más información, y las que encuentras son suculentas, ya no puedes prescindir de ellas. Eres addicted. Aún cuando remiten a un esquema general que ya has comprendido, esas historias fascinan por sus detalles. Y se te meten en la cabeza, hasta que otra -increíble, pero cierta- ocupa el sitio de la anterior”.

En reciente su visita a México, en agosto del año pasado, Saviano señalaba en entrevista que “el sector empresarial mexicano no experimenta placer alguno en ver al país en manos de los traficantes de drogas, pero también sabe que con un Poder Judicial y una policía tan débiles como son los de ahora, cada problema se puede resolver con dinero, mientras que mañana debemos resolverlos actuando legalmente y con el riesgo a tropezar con una justicia propia”.

El caso del asesinato masivo de mujeres en Ciudad Juárez es un fenómeno social vinculado al narcotráfico. Abdel Sharif Sharif, el eterno presunto asesino de mujeres, quizás fue el chivo expiatorio idóneo para un caso que nunca tuvo una la suficiente atención. En el advenimiento del siglo XXI, por cada 9 hombres víctimas de homicidio doloso se mataba a una mujer. En comparación con el resto del país, en Ciudad Juárez, Chihuahua, esta proporción aumentó a cuatro asesinadas.

A pesar de que se presume que el 80% de los más de 300 homicidios contra mujeres en la última década han sido resueltos, en Huesos en el desierto (Anagrama, 2006) de Sergio González Rodríguez, se evidencian las omisiones de las autoridades, la imposibilidad de hacer cumplir la ley y su incapacidad para aplicar justicia. El libro, una entrecruza de documentos y testimonios, ubica el límite entre lo delincuencial y el feminicidio, la existencia de una centenar de asesinatos en serie bajo el amparo de la impunidad y la corrupción, en una ciudad que presumía de bonanza económica y crecimiento sustentado.

Más allá del petardo que gritamos con el tronar de la tuba y lejos de la amplificación de nuestros anhelos vilipendiados por una serie de televisión, está el criterio y la memoria: la invitación a hacer frente a la amnesia, a la fetichización, a la banalización y a la idolatría sigue abierta.

NOTA: el tema de este texto no tiene intención crítica. Acerca de CeroCeroCero de Roberto Saviano recomiendo leer: Saviano y el plagio.

Cuando el cine conoció a la literatura II

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 594, de El Diario de Querétaro de  30 de enero del 2016.

Tanto en el cine como en la literatura, las posibilidades de un análisis son asequibles en la medida en que el lector/espectador sea capaz de sistematizar y expresar sus propias ideas de acuerdo a lo que lee o ve. En esta vertiente de posibilidades surgen experiencias en los linderos del placer estético y del placer intelectual. Ambos universos, tanto el estético como el intelectual, son parte de una experiencia estética total, sofisticada, concreta, intransferible y, sin embargo, efímera.

La mancuerna virtuosa del placer estético y del placer intelectual tiende a cobrar vivacidad y sofisticación dignas de un acto de plena libertad.

Para una mejor recepción e interpretación de la obra, tanto el placer estético como el intelectual aportan un conjunto mínimo de elementos, tales como:

  1. El prestigio de los autores, editoriales, actores, escritores, productores…: “sigo esperando que llegue a las librerías mexicanas el más reciente libro de Karl Ove Knausgård”; “pues claro que es buena película, el director es González Iñárritu y la actúa DiCaprio”.
  2. Las condiciones personales para elegir determinado libro o película de acuerdo a los interesantes de cada lector/espectador: “Dicen que el libro de las 50 sombras de Grey es muy intenso. Ya me interesó”; “¿Ya viste la nueva de Star Wars”.
  3. Los antecedentes simbólicos que presente la obra: “este libro presenta un replanteamiento del género detectivesco”; “dicen que esta película propone un giro en el personaje Mad Max”.
  4. La memoria literaria y cinematográfica de cada lector/espectador: “Ah, esa película me recuerda a Gladiador y a El Conde de Montecristo”.
  5. Y el contrato simbólico y de inteligibilidad para que el mundo narrado y representado a través de la narrativa literaria y cinematográfica: “–¡Ay, no es posible que un helicóptero sobrevuele así sobre el zócalo de la Ciudad de México; –Te recuerdo que estamos viendo una película del 007”.

En este sentido, dentro de las películas nominadas encontramos ejemplos clave que nos permiten poner en práctica los anteriores elementos de análisis e interpretación. Veamos.

Carol (Carol, 2015) bajo la dirección Todd Haynes, con el sublime duelo actoral de Cate Blanchett y Rooney Mara y la adaptación de la dramaturga neoyorkina Phyllis Nagy, es una composición poética narrativa y visual inspirada en la novela El precio de la sal (Anagrama, 1997) de Patricia Highsmith, quien la publicó originalmente en 1952 bajo el seudónimo de Claire Morgan.

La novela narra la historia de Therese Belivet, una escenógrafa que para ganarse la vida trabaja eventualmente en una tienda departamental durante la temporada decembrina neoyorkina. Entre el bullicio de la temporada, la situación emocional de Therese y el irrefrenable paso de la cotidianidad, una mujer rubia aparece para comprarle una muñeca a su hija. Se trata de Carol Aird, dama elegante, sofisticada, poderosa en el terreno de lo económico, que padece una profunda crisis emocional ante su inminente divorcio.

Tras aquel encuentro fortuito, ambas mujeres se enamoran. Luego de sostener encuentros cada vez más frecuentes, secretos e intensos, emprenden juntas un viaje pretendiendo cruzar el país, aunque el aún esposo de Carol se encargará de suspender la travesía.

De ninguna manera piense, caro lector, que le estoy “espoileando” (del modismo anglicismo spolier: describir aspectos importantes de una trama antes de que el lector/espectador haya accedido a la obra). Uno de los rasgos narrativos que diferencian el estilo de Highsmith respecto a Agatha Christie, Arthut Conan Doyle y hasta de Alfred Hitchcock, es que suele revelar aspectos fundamentales de la trama en las primeras páginas del libro, por ejemplo, desvelar al asesino.

Como autora de suspenso, Highsmith estaría más cercana a Dostoievsky, es decir, a un suspenso que pasa de largo los datos, cifras, pistas, y se avoca más a los motivos del asesino. Más allá de una profunda exploración en el protagonista, el lector tendrá poco o nada que encontrar.

Acaso para conservar su incipiente prestigio en el mundo de las literatura y el cine (Alfred Hitchcock llevó al cine Extraños en un tren (Editorial El País, 2004), novela que había sido editada por la prestigiosa Harper & Bros.); quizás porque en la década de los cincuenta la homosexualidad era considerada como una enfermedad; tal vez porque Highsmith intuía que podía ser estigmatizada como escritora lesbiana de literatura lesbiana; la autora con seudónimo decidió utilizar el título de la sal, para posteriormente retomar el de Carol en la década de los ochenta, cuando los prejuicios hacia la homosexualidad se habían matizado.

En realidad, Carol o El precio de la sal es un retrato literario de la misma Patricia Highsmith, cuya inspiración surgió desde 1948 cuando la autora vivía en Nueva York, a un año de la publicación de Extraños en un tren. Una fuerte depresión y una profunda crisis económica orillaron a Highsmith a conseguir un empleo eventual como empleada en una tienda de almacenes en Manhattan durante la aglomerada temporada decembrina. Junto a otros cuatro o cinco jóvenes en sus mismas condiciones, fue asignada como dependienta del departamento de juguetes, específicamente del enorme aparador de muñecas.

Fueron largas jornadas de trabajo, adosadas por el arduo convivió con muñecas caras y baratas, y por el ingente contacto con niños que se apretujaban a sus padres, o que se deslumbraban o lloriqueaban ante las muñecas nuevas.

Una mañana, entre el agotamiento de permanecer de pie por muchas horas, el barullo de las compras y el caos de la tienda departamental, apareció una mujer rubia envuelta en un abrigo de piel. Aquella dama con mirada confusa y aire ausente, golpeando lúdicamente su mano con un par de guantes, se acercó al aparador de muñecas atendido por Highsmith. Con un gesto pensativo, la mujer compró una muñeca, anotó sus datos en una tarjeta para la entrega a su domicilio y se marchó. A pesar de que se trataba de una compra cotidiana, Highsmith se sintió extraña, conmocionada, al borde del desmayo.

Tanto el libro como la película ofrecen personajes memorables, un relato apasionante por su complejidad y su poética literaria y visual, que impone referentes narrativos que suscitan la empatía y convicción, y un final atípico al que quizás se atribuye que la obra haya vendido más de un millón de copias en su edición de bolsillo en 1954.

Cuando hubo llegado a su departamento, con el fervor de la imaginación creativa, Highsmith plasmó en menos de dos horas su idea en ocho páginas: una historia de amor entre Carol, aquella rubia elegante envuelta en un oneroso abrigo de piel, y Therese, un personaje que quizás pueda parecer un anacronismo en pleno siglo XXI, pero que sigue siendo un referente, quizás un reflejo confidencial propio de nosotros los lectores.