Los cincos sentidos del periodista

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 598, del Diario de Querétaro del 28 de febrero del 2016.

De acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), el concepto “enseñanza” sugiere la acepción de “ejemplo, acción o suceso que sirve como experiencia, enseñando o advirtiendo cómo se debe obrar en casos análogos”. Asimismo, el DRAE refiere que la locución verbal “dar a alguien una lección” significa hacerle comprender a alguien la falta que ha cometido, corrigiéndolo hábil o duramente.

Lo anterior viene a cuento porque, ante el presunto acto de asesinato de una mujer de 18 años, el discurso mediático de las redes sociales se ha volcado en elucubraciones maniqueas y simplistas que van de lo abyecto, al pretender rescatar enseñanzas y dar lecciones, a lo melodramático, apostando a una tribulación masiva y oportunista a costa de la congoja ajena y dejando de lado todo sustrato de fundamento deontológico periodístico.

Hace 60 años, el periodismo era una profesión seria, de alto respeto y dignidad, que se le atribuía constantemente un carácter intelectual y político. Por ende, el periodismo era ejercido por un reducido grupo de personas competentes que, a través de un trabajo metodológico, ético y deontológico, obtenían el reconocimiento de sus sociedades: un periodista era una persona importante y admirada.

Winston Churchill, premio Nobel de Literatura en 1953, fue corresponsal en África, mientras que Ernest Hemingway, premio Nobel de Literatura en 1954, fue corresponsal de guerra. El primero se convirtió en un gran estadista; el segundo en un emblemático escritor. Ambos se sintieron siempre orgullosos de su carrera como periodistas.

En la actualidad, el periodismo contemporáneo se ha reducido a una legión anónima de media workers que desconocen el oficio, se desconocen a sí mismos y no reparan en la gente de quien escriben. El producto final del media worker es el resultado de una verborrea hipertextual exenta de atisbos metodológicos pero plagada de prenociones fútiles. No es de extrañar que al leer las notas del presunto asesinato en diferentes medios el lector advierta que está leyendo un pastiche.

Asimismo, declaraciones, percepciones, comentarios y opiniones son elevados al rango de noticia, en una penosa y flagrante transgresión de los géneros periodísticos. Al narrar el suceso, decretado como tragedia y tratado como noticia, el interés público (circunstancias objetivas que determinan la interacción social) se confunde con el interés psicológico (acontecimientos que genéricamente conmueven a las personas por motivos psicológicos).

¿Cuáles son los factores que determinan la noticiabilidad de un suceso? Los medios atienden especialmente a los acontecimientos que presentan al menos uno de los siguientes rasgos: apariciones (presencias elocuentes de personajes conocidos, sus declaraciones y opiniones); desplazamientos (viajes, cumbres, congresos, y todo traslado que tiene un efecto en particular que se trata de provocar); resultados (leyes, sentencias, resoluciones, resultados deportivos y expresiones numéricas de la realidad social); y explosiones (asesinatos, atentados, guerras, fenómenos naturales de carácter violento, destrucciones repentinas irreversibles de la vida humana provocadas por procesos inesperados o acciones fulminantes).

En crisis, cierto tipo de periodismo se desempeña en un pírrico territorio de la prensa escrita, con una lógica fluctuante que oscila entre la manipulación de la opinión pública y la construcción de una realidad virtual que desplaza a la realidad real.

La acumulación de los discursos en torno a un hecho noticioso a través de la realidad virtual escombran la comprensión del fenómeno en sí. A través de las redes sociales, elevadas al rango de fuentes primera mano, se elaboran y relatan discursos incompetentes y erróneos que se imponen sin ser cotejados con fuentes auténticas y documentos originales: el derecho de réplica es una abdicación.

Ante los protagonistas del hecho noticioso, algunos medios se ostentaron como jueces, tomaron partido, dictaron sentencia y vincularon con alevosía a otros protagonistas de otros hechos noticiosos, en una infame atribución de responsabilidades y suspicacias basadas en su anónima intuición. Por tanto, se impone la versión ficticia, porque las voces alternativas (ofensores y ofendidos, posibles testigos, autoridades competentes, psicólogos, sociólogos, antropólogos y otros especialistas) no ofrecen el nivel de accesibilidad e inmediatez de las redes sociales: stalkear (valga el anglicismo, caro lector) el Facebook de un implicado no es periodismo de investigación.

Manipulaciones como la que nos ocupa, nos alejan de las historias y problemas reales y nos coloca en el discurso fragmentado y superficial que los medios condensan en un minuto, en un tweet o en una actualización de muro de Facebook. Es un problema que seguirá fecundándose mientras el interés por la primicia, el titular sensacionalista, la columna oportunista y las hipótesis simplistas compitan como productos noticiosos e informativos, alérgicos a la deontología más elemental y al periodismo de investigación.

Más que un conflicto de libertad de expresión se trata de un problema de identidad del ejercicio periodístico en nuestra entidad, donde los fenómenos sociales son tratados como la materia prima que alimenta al espectáculo. De acuerdo a Ryszard Kapuściński (Pinks, 1932-Varsovia, 2007), en su libro Los cinco sentidos del periodista: estar, ver, oír, compartir, pensar (Fondo de Cultura Económica, 2004), volumen con el que se inicia la colección Nuevo Periodismo, dirigida entonces por Tomás Eloy Martínez (Tucumán, 1934-Buenos Aires, 2010), lo que el periodista hace no es un producto, ni tampoco una expresión del talento individual del reportero: “Tenemos que entender que se trata de una obra colectiva en la que participan las personas de quienes obtuvimos las informaciones y opiniones con las que realizamos nuestro trabajo. Por supuesto que un periodista debe tener cualidades propias, pero su tarea va a depender de los otros: aquél que no sabe compartir, difícilmente puede dedicarse a esta profesión”.

El periodismo massmediático y proclive a la inmediatez, el que se erige como juez y toma partido, el que funde y confunde el interés público con el interés psicológico, es el mismo que olvida que “ninguna sociedad moderna puede existir sin periodistas, pero los periodistas no podemos existir sin la sociedad”.

¿Cuál es la condición fundamental para ejercer el oficio del periodismo? Básicamente consiste en ser capaces de funcionar en conjunto con los otros. ¿Qué pasa cuando se tiene una visión sesgada de los hechos o se intenta manipular con una opinión? De acuerdo a Kapuściński, “no existe receta alguna. La única medida que se puede tomar es […] juntar la mayor cantidad de opiniones para que podamos equilibrar y hacer una selección”.

Conviene recordar, pues, que trabajamos con la materia más delicada de este mundo: la gente. Con lo que escribimos podemos destruir vidas. Tal vez nunca regresemos a la escena del crimen, pero la gente que nos ayudó se quedará ahí y sus vecinos leerán lo que hemos escrito sobre ellos: nuestro criterio ético debe de basarse en el respeto a la integridad y la imagen del otro.

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Autor: doctorsimulacro

Periodista, docente e Investigador en Ciencias Sociales y Humanidades

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