Mi historia secreta de la música.

 

Urdanivia

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 599, del Diario de Querétaro del 6 de marzo del 2016.

La memoria es la facultad que permite la retención de información a través del tiempo. El recuerdo es el producto de la memoria a modo de evocación, y se refiere a algo pasado o de que ya se habló con anterioridad. Cuando alguien regala un recuerdo (un recuerdito, decimos en ámbitos más cotidianos, familiares, inmediatos) se trata de un obsequio que se entrega como testimonio de buen afecto. Asimismo, conservamos objetos que sirven como recuerdos en sí mismos para recordar a personas, acontecimientos o circunstancias en particular.

Más allá del concepto de anacronía (cuando se cuenta un relato sin orden canónico, en plena confusión potestativa o espontánea de épocas por parte del narrador) y de analepsis (evocación de uno o más acontecimientos que ocurrieron en el pasado desde la perspectiva de la instancia narrativa, en pocas palabras, flashback), el recuerdo es una noción fundamental tanto para la literatura como para la vida cotidiana.

Alguna fiesta de cumpleaños, nuestra primera vez que anduvimos en bicicleta por cuenta propia, aquella ocasión en que subimos a la pirámide del sol, o conocer el valor de , son solo algunos ejemplos que dan cuenta de la amplísima gama de información que almacenamos a modo de recuerdos.

¿Qué importancia tiene que los recuerdos cobren esa vivacidad que les permite ser considerados como verdaderos? Marcel Proust (París, 1871-1922), en En busca del tiempo perdido. 1. Del lado de Swann (Losada, 2007) responde: “Y una vez que el novelista nos ha puesto en ese estado en el que toda emoción se decuplica, en el que su libro ha de turbarnos como lo haría un sueño, pero un sueño más nítido que el que tenemos dormidos y destinado a durar más en el recuerdo, resulta entonces que desencadena en nosotros durante una hora, todas las dichas y todas las desgracias posibles, que en la vida tardaríamos muchos años en conocer parcialmente (así́ cambia nuestro corazón en la vida, y el peor dolor es ése; pero sólo lo conocemos en la lectura, en la imaginación)”.

En la música, aquellas dichas y desgracias posibles se matizan con las luces, el telón, el recital del pianista, el concierto de una orquesta sinfónica, una función de danza… De lo que ocurre tras el espectáculo da cuenta el artista, el administrador, el periodista, el personal técnico y los promotores. De lo que acontece frente al escenario da cuenta el público, quien rara vez se entera del pánico del artista, del berrinche de la diva, de los representantes o promotores que exigen el cumplimiento de algún capricho como condición para tocar la segunda parte de un concierto, de la visa que nunca llegó, de la descompostura del autobús que causó que los bailarines llegaran agotados en a la función, del jazzista que decidió pelearse con el personal de foro un minuto antes de su presentación. Quien ha estado involucrado directamente con la planeación, contratación y logística sabe que a la hora de las urgencias hay que fungir como gestor, filántropo, guardaespaldas, psicólogo, enfermero, locutor o chofer, cambiar sillas o llantas y, a veces, llevar en vilo a algún artista ebrio: ¡todo sea por el arte!

Fernando Díez de Urdanivia Serrano (Ciudad de México, 1932), definido como un quijote de las artes escénicas por el pianista Raúl Herrera, presenta en los dos volúmenes de Mi historia secreta de la música (Luzam, 2007) un conjunto de recuerdos dispuestos a modo de anecdotario por donde desfilan personalidades nacionales e internacionales que se encargaron de fundar la historia de la música contemporánea en México, a partir de los años cuarenta y hasta la última década del siglo XX.

Fernando Diez de Urdanivia Serrano, hijo del célebre periodista Fernando Díez de Urdanivia y Díaz (Puebla, 1897-1966), fundador de la escuela de periodismo Carlos Septién García en 1949, es periodista, fundó El Heraldo de México en 1965; promotor cultural, fue gerente de la Orquesta Sinfónica de la UNAM; músico, como pianista ha participado con el Cuarteto Latinoamericano, con la Camerata de Luis Humberto Ramos, con el violonchelista Carlos Prieto; y escritor tardío, autor de Cómo hablan los que escriben. 25 entrevistas con escritores de habla española (Luzam, 1996) entre los que destacan Camilo José Cela, Augusto Roa Bastos, Carlos Fuentes, Juan José Arreola, entre otros.

En un estilo anecdótico, que fluctúa entre lo conversacional, el chisme, la confesión y el monólogo, Díez de Urdanivia presenta un mosaico onomástico que da vida a un microcosmos artístico que ha quedado varado en un tiempo determinado de la música en México. Por las páginas del texto se asoma Marta García Renart, con quien Díez de Urdanivia se las arreglaba para que su hora de clase quedara junto a la de ella: “Ignoro si el maestro se daba cuenta, pero siempre cedía a mi petición. A la entrada o a la salida Marta y yo nos encontrábamos. Su tía Angelina la esperaba cerca de la academia. Cuando me veía venir se metía detrás de un árbol, para no tener que saludarme”.

Asimismo, convive en el libro Otto Mayer-Serra (Barcelona, 1904-Ciudad de México, 1968), musicólogo, intelectual y refugiado español que inició con los primeros estudios de la música mexicana del siglo XX, que era “absorbente y fastidioso. Talento encantador pero de carácter insoportable” y de quien todavía resta mucho por descubrir y aprender.

Si bien el texto necesita de un trabajo de edición de mayor cuidado, Mi historia secreta de la música debería de ser elevado a rango de libro texto como complemento de las materias de música mexicana, en las escuelas de arte, como un marco referencial mínimo para cualquier estudiante o profesor de música, aunque eso equivalga a navegar a contracorriente de acuerdo a las nuevas tendencias.

Acaso en la primera y en la última anécdota se encuentre el sustrato más emblemático del texto. En la última anécdota titulada “50. Una cosa es tocar; otra, hacer música”, la última parte del texto, el autor destaca algunas lecciones de vida a partir de sus enseñanzas con Luis Herrera de la Fuente: estamos llenos de músicos intérpretes con capacidades prodigiosas para dominar la técnica, y con los maestros que los ayudan a lograrlo. Cada vez que tocan asombran pero no convencen. Tocar no es siempre hacer música. Aterroriza la actual reverencia de la técnica la cual es síntoma de que este mundo no está en manos de los artistas ni de intelectuales. Ante la idea de la audición perfecta, del pianista rápido y furioso, del ejecutante ignorante de la cultura pero impecable en la técnica, el autor se llena de horror el pensar que llegaríamos a lo que finalmente al paso de los años hemos llegado, a la proliferación de violinistas, pianistas, violonchelistas y demás intérpretes quizás reverenciados por el público, para los que Enrique Bátiz tiene una definición demoledora: “tocan todas las notas”.

A propósito de Enrique Bátiz Campbell (Ciudad de México, 1942), allá por el 2012, cuando cobraban fuerza las fuerzas simplificadoras y pseudoprogresistas del arte y la educación musical, Bátiz espetaba con la irreverencia de su palabra y memoria: “Soy un músico modesto al servicio de Euterpe y que chinguen a su madre los que no lo entienden”.

 

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Autor: doctorsimulacro

Periodista, docente e Investigador en Ciencias Sociales y Humanidades

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