Indio Borrado o la sublimación de la tragedia urbana.

indio

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 628, del Diario de Querétaro del 2 de octubre del 2016.

No pocas veces busqué entre las estanterías de las librerías comerciales más populares de nuestra ciudad algún libro de Luis Felipe Lomelí (Etzatlán, Jalisco, 10 de enero de 1975) sin éxito: en cuanto los pocos volúmenes hubieron llegado se agotaron en pocos días. Especialmente me sentía atraido por su segunda y más reciente novela: Indio borrado (Tusquets, 2014), o la novela del Güero como le digo de cariño. Al fin la encontré.

Mi curiosa predilección provenía del título, el cual sin complicación alude a un simbolismo preeminente en nuestra conciencia de raza. El Güero es hoy, más que nunca, un mestizo.

La palabra indio comparte con el término raza una condición por momentos decimonónica, a veces oportunista por su connotación apodíctica, pero de ninguna manera anecdótica. Contra todo determinismo, el personaje central de El Güero está más cercano a un reducto (en contraposición a producto) del abandono contemporáneo. En ningún momento el autor trata de hacer remedos sociológicos desde la Literatura, pero a cada capítulo se hace patente la encomienda de desmitifcar el ícono del delincuente juvenil: Indio borrado no es una suerte de apología poética del delito.

El Güero es un proscrito antropológico que se debate entre la violencia al ser un irredento del lugar donde le tocó vivir, entre la necesidad de ganarse la vida trabajando de albañil, y entre el carácter iracundo del parricida en potencia alejado del retrato edípico y más cercano al cercenado retrato de la familia tradicionalista biparental, lo que quiera que eso signifique

“El Güero sueña cuando era niño y su mamá lo mandaba con el tío Absalón al rancho, atrás del Cerro, cerca de Juárez, para que no se encontrara con su padre”.

Sin ser una novela de formación, en Indio borrado encontramos al menos tres momentos iniciáticos en los que incursiona el personaje principal:

  • Provocar la muerte a otro ser, ya sea un animal (una gallina), a los miembros de las pandillas rivales, o a un consanguíneo. Porque, al final de cuentas, como repite el tío Absalón, “tienes que matar para seguir vivo”.
  • Ingresar con vehemencia a la vida sexual activa, no con la violencia de la narrativa, sino desde un punto de vista contrapuntístico. Es decir, Lina, personaje femenino que sugiere una proclividad erótica apenas esbozada, manifiesta con la acción melodramática puesta en perspectiva a modo de analepsis: “La luz. El recorrido del trino tras el ave que procura, y alcanza la boca de su canto. Pluma de colibrí sobre los labios, nerviosa, colibrí de miel. Todos los besos de la historia en el primer beso, el único beso, piélago, Mar de Tetis bordado de corales.”.
  • Pelear en una nueva actualización de la guerra de castas. Es el Güero acaso una referencia posmoderna en su carácter mestizo, urbano, por su slang deíctico, que tiene que abrirse paso en una porción territorial occidental, en la guerra cotidiana de la urbe.

Mientras que desde la sociología ingenua, cursi y maniquea algún autor defectivo podría abrirse paso al compás que le marque el tipo ideal del retrato de la descomposición social, del carácter eternamente vulnerable del tejido social, el autor nos presenta una interpretación que proviene desde una poética más que de una apología.

Si bien para algunas lecturas el uso del slang podría quedar limitado a algunos hablantes, es precisamente este metalenguaje que funciona como un nuevo y avasallador mestizaje que incide tanto en lo cultural como en las acciones de los personajes. El Güero personaje se proclama entonces como un arquetipo, que no en monolito como se podría esperar desde una lectura optimista.

Es a través de una irrefrenable vocación minificcional que el retrato del Güero se va aludiendo y se va borrando. La connotación como estrategia y lascivia dispuestas al gusto del lector. Quien espere grandes párrafos y profusión de detalles no solo estará aspirando a una lectura anacrónica, sino que estará capitulando a la magia del instante y a la elocuencia del microrelato. Recuérdese que junto a Augusto Monterroso y Juan Pedro Aparicio, Luis Felipe Lomelí es célebre autor de relatos breves. Su relato, El emigrante (2005), considerado ese año el relato más corto jamás escrito en castellano, da cuenta de ello.

Es así que en cien capítulos condensados en 171 páginas (el libro se puede leer plenamente en una sentada) Luis Felipe Lomelí presenta una historia genérica pero intimista, con escapes a la hiperviolencia, cercanos al infierno rutinario del núcleo del mito de la familia tradicional hoy tan sobado.

Allende las azoteas, el choque de pandillas (Los Rats, Los Bóxer, Los Máfer, Los Dragons, Los Calcos, los personajes cuyos nombres propios sucumben al uso de nicknames o metonimias (el Güero, el Deivid, el Fede, el Vúkaro, el Rapero, el Koyi), queda matar, agandallar, robar, inhalar, chingar, bombear, calar, disparar, chingarse, cagarse, putearse…

Sugerida apenas, con la violencia de un grafiti, se narra la historia de aquella pareja que estaba echando novio hasta que llegaron los miembros de una pandilla y los desbrozaron con la violencia de quien borra a un cuerpo, a un pueblo, a un país entero.

Asimismo, desde un guiño intertextual propio de una sutil metaficción historiográfica, pervive el mito del Mar de Tetis debajo del cual, durante los periodos Jurásico y Cretácico, se encontraba hundida gran parte del territorio mexicano. Es la imagen del Mar de Tetis la que se confronta con el fondo multicromático del progreso: fábricas, macroplazas, industrias, ciudades.

Compadecernos del Güero, como plenamente no lo hizo su autor, sería traicionar a la tragedia, aquella que en Indio borrado se ha sublimado desde y hacia lo urbano. Apiadarse del tipo ideal que constituye el personaje sería hacer un remedo maniqueista de la sociología más mezquina, aquella que aprovecha el viaje literario para instalarse en nuestra superioridad moral y en nuestras buenas conciencias. Si bien Indio borrado es una alusión, esta se presenta más como un escupitajo en la cara que como una estadística. El Güero no es privativo de Monterrey y su infinita plaza. Al Güero lo encontraremos en el corazón de nuestro patrimonial Centro Histórico, levantando el tercer piso del estacionamiento de la extensión de nuestro mall, el más importante de Latinoamérica, recuperando su territorio en una nueva actualización en micro de la guerra de castas (Santa Rosa Jáuregui, Menchaca, San José El Alto). Del Güero daran cuenta los fantasmas, entidades etéreas que subvierten a su estado de conciencia de manera latente a lo largo de la novela, y que pululan en los rincones de nuestra más abyecta conciencia.

Porque, al final del día, de la novela y de éste texto, “La risa –le dice uno de los fantasmas–, la risa es lo único que nos salva”.

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Autor: doctorsimulacro

Periodista, docente e Investigador en Ciencias Sociales y Humanidades

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