Nobel

nobel

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 629, del Diario de Querétaro del 9 de octubre del 2016.

Un freno automático, una caldera antiexplosiva inspirada en el casco de un barco, dispositivos y aparatos vaporizadores y congeladores, medios modernos para refinar hierro de fundición, un método eficaz para la destilación continua del petróleo, una colección de máquinas para llevar a cabo procedimientos médicos, una producción incipiente de cueros sintéticos, un procedimiento efectivo para lograr concentrar ácido sulfúrico, una mezcla estable de nitroglicerina y diatomita, y un premio que legitima o estigmatiza la carrera de un escritor.

Todos los elementos anteriores tienen algo en común: fueron invenciones y ocurrencias de un mismo creador, Alfred Nobel (Estocolmo, 1833-San Remo, 1896).

El penúltimo invento que citamos, la nitroglicerina combinada con diatomita (este último elemento conocido con el literario nombre de tierra de diatomeas, que consiste en un particular tipo de arena de dióxido de silicio que encontró su origen en los fósiles de microorganismos marinos) se le conoce vulgarmente con el multisemántico nombre de dinamita.

De haber sabido antes que la diatomita era capaz de absorber la nitroglicerina para así poder controlar su manejo, Alfred Nobel y su padre se habrían evitado muchos accidentes, incluso aquél trágico evento en el que uno de sus cinco hermanos de Alfred salió volando por los aires gracias a una explosión de nitroglicerina.

Un asalto de ciencia lo posicionó como inventor de la dinamita; un golpe de conciencia lo emplazó como el fundador del Premio Nobel.

Los usos que se hagan de un invento no responsabilidades del inventor, estrictamente hablando. De esto da cuenta Marie Curie cuando, en la ceremonia de recepción del premio Nobel, dijo que las utilizaciones del elemento radio (Ra) en la medicina podrían ser invaluables (el cloruro de radio produce radón, que es utilizado en el tratamiento para combatir el cáncer), pero su manipulación con otros fines podría resultar nefasta (su extrema radiactividad, un millón de veces más que el uranio, le confiere una peligrosidad es sempiterna: su isótopo más estable, Ra-226, tiene un periodo de semidesintegración de 1.602 años).

Del ruido de la dinámita y del Nobel de Literatura los responsables directos somos los usuarios finales. Paradójicamente el premio Nobel de la Paz se sigue entregando en Noruega que, desde 1905, rompió pacificamente relaciones con Suecia. De allí que el premio de la paz se siga entregando en Oslo, mientras que el resto se entrega en Estocolmo. Una paradoja más: de la ciencia es de donde sale el dinero para el otorgamiento del Nobel de Literatura. Lo que ocurre con algunos escritores que obtienen el galardón es similar a una efímera ignición (llamarada de petate, le llamamos en el español mexicano): resplandecen con el fulgor del premio, tras una sistemática anonimia repentinamente sus libros se encuentran en todas partes, máxime si el galardonado es latinoamericano; ya no digamos mexicano, aunque Octavio Paz nunca necesitó de un impulso adicional. Posteriormente, cuando el furor del galardón no resiste el embate del tiempo, el escritor nobel (que no novel) regresa con más grima que gloria a la oscuridad. ¿Alquien recuerda a Imre Kertész, fallecido el pasado mes de marzo del presente año?

Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Federico García Lorca, Marcel Proust, James Joyce, Franz Kafka, Paul Valéry, Henry James, August Strindberg, Antón Chejov, Emile Zola son algunos de los nombres que no aparecen en el dinámico firmamento de los autores laureados. Las causas para esta aparente injusticia, al menos en gran parte del siglo XX, es que los académicos de aquellos tiempos no conocían la obra de estos autores simplemente porque no los habían leído. O, de manera similar que cuando se rechaza un manuscrito, no pudieron establecer una valoración prospectiva hacia la obra de ciertos autores. ¿Acaso Roberto Bolaño debió haber ganado el premio después de que se hubo publicado Los detectives salvajes (Anagrama, 1998) por encima de José Saramago o Günter Grass?

Lev Tolstoi (Rusia, 1828-1910), quizás uno de los autores que debieron haber ganado indiscutiblemente una de las primeras ediciones del Nobel de Literatura, por su desbordante calidad literaria y su perspectiva idealista puesta en letras y llevada con virtuosismo a la práctica en su estilo de vida encomendada a la santidad, no ganó acaso por la hipótesis política más concurrida: Carl David arf Wirsén no podía premiar a un anarquista que se había lanzado contra la sociedad de su tiempo, a un prófugo de la justicia perseguido infinidad de veces por la policía zarista, a un excomulgado por la delicada orden del Santo Sínodo de la Iglesia Ortodoxa, allá por 1901. La herejía: Tolstoi consideraba que el libre albedrío de las personas les permite distinguir entre el bien y el mal sin la necesidad de que estorbosos sacerdotes vinieran a tergiversar la realidad o, lo peor, a corromper como intermediarios el mensaje evangélico. Al final, Wirsén se defendería aduciendo que el autor de Guerra y Paz (1869) no había sido condecorado porque Tolstoi había rechazado todas las formas de civilización. Pocos años después, la Historia le daría la razón a Tolstoi.

Theodor Mommsen (1817-1903), el segundo galardonado en la historia del Nobel de Literatura, en 1902, es el único historiador profesional que se ha hecho acreedor al premio. Hoy olvidado, la academia lo consideró “El más grandioso maestro con vida en el arte de la escritura histórica. Por esos mismos años, Joseph Conrad había publicado El corazón de la tinieblas, una bella parábola acerca del colonialismo. Máximo Gorki, por su parte, publicó Los bajos fondos, un agrio retrato multicolor desde el realismo más violento de la Rusia zarista. Ninguno de los dos ganó el premio. Y como este, ejemplos abundan: José Luis Borges, Julio Cortázar, Federico García Lorca, Marcel Proust, James Joyce, Franz Kafka, Paul Valéry, Emile Zola…

En 1935 el premio no se entregó porque fue declarado desierto. Un año antes lo ganó Luigi Pirandello; uno después Eugene O’Neill.

En el 2008, J. M. G. Le Clézio recibió un premio en efectivo de 10 millones de kronas suecos, equivalentes a 22 millones 253 mil 144 pesos con 91 centavos.

Si bien el nombramiento del ganador se realiza durante la segunda semana de octubre, es hasta el 10 de diciembre que el galardonado se presenta para la recepción del premio en Estocolmo, Suecia. La fecha es por la conmemoración del fallecimiento de Nobel.

Como norma general la academia no puede hacer pública la lista de los nominados ni de los finalistas al galardón, sino hasta después de que hayan pasado cincuenta años. Y eso se agradece, porque de lo contrario Haruki Murakami, apoyado por una estridente horda de idiotas, habría ganado desde hace cinco años, como si se tratase de un reality show.

De los 112 ganadores del Nobel de Literatura entregados, 11 han sido otorgados a escritores de habla hispana: 6 latinoamericanos y 5 españoles. Solamente 14 mujeres se han alzado con el premio. La última, el año pasado, la periodista Svetlana Alexievich. A continuación, la quiniela ociosa de El Libro de Cabecera.

Posibles galardonados:

  1. Cees Nooteboom
  2. Joyce Carol Oates
  3. Ali Ahmad Said Esber, alias Adunis.
  4. Ngugi Wa Thiong’o
  5. Philip Roth
  6. Bob Dylan, Leonard Cohen y hasta Bruce Springsteen…

Quienes nunca serán condecorados:

  1. Haruki Murakami.
  2. L. James
  3. Elena Poniatowska, aunque haya sido mencionada por Ana María Shua del diario argentino La Nación.
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Autor: doctorsimulacro

Periodista, docente e Investigador en Ciencias Sociales y Humanidades

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