La vida inmoral de la pareja ideal.

 

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 633, del Diario de Querétaro del 6 de noviembre del 2016.

A pesar de que existe una diversidad de espectadores y lectores, el cine mexicano sigue reproduciendo los mismos modelos discursivos de entretenimiento que nos han heredado las telenovelas y el cine mexicano de susurros de los últimos quince años.

Dichos modelos, combinados con una lectura superficial del cine de Almodóvar y de una afición irredenta por las teen films norteamericanas, han persuadido a un número considerable de creadores, entre ellos a Manolo Caro, guionista y director de La vida inmoral de la pareja ideal (2016).

De manera pendular, la narración se ubica en la Ciudad de México y en San Miguel de Allende, que desde el planteamiento ya presenta un irracional contraste cultural y geográfico planteado de manera fallida desde el guión. Pero el fracaso mayor se da en la integración de los símbolos en el desarrollo de la historia.

En la escena inicial, el lector infiere como testigo directo la relación sexual entre dos adolescentes. Como incipit funciona, ya que a la escena se le agrega el riff de “Cuando pase el temblor” de Soda Stereo, más por pretexto demagógico que por intención dramática porque con los referentes simbólicos ni siquiera tienen una lógica temporal. La escena cierra con una cámara de video que se rompe tras ser arrojada de la habitación donde se encuentra la pareja, para obviar una transición a la analepsis explicadora.

San Miguel de Allende es donde se encuentra la pareja a la distancia del tiempo y las circunstancias. Lucio, a sus 17 años (interpretado por Sebastián Aguirre), no corresponde con el Lucio de Manuel García-Rulfo. Lo mismo ocurre con Martina, a sus 17 años (interpretada por Ximena Romo) y la Martina de Cecilia Suárez en plena flagrancia famélica, imposible que el espectador no repare en advertir ora por morbo, ora por distracción. Caro, subestimando o burlándose del espectador mexicano, no reparó en las escandalosas diferencias de la fisonomía de los personajes, ni en la inhóspita composición de la miscelánea donde ocurre el encuentro, que al final de cuentas marcaría la tónica de los descuidos de producción a lo largo de la película: dobles en torpeza trepidante, decoraciones anacrónicas, sincretismos negligentes.

La escuela, uno de los espacios en donde se desarrollan momentos importantes de la historia, atribuidos plácidamente a los insultantes azares del destino, tiene por nombre “Santísimo Corazón”. Por sí mismo, el colegio apela ingenuamente a un legajo de clichés: pretende ser un férreo colegio católico de la década de los ochenta, pero es mixto en su matrícula y en su dinámica estudiantil; tiene casilleros adoptando el estilo de los colegio americanos, y se dan clases mixtas de ballet, con un profesor que en la propuesta ficcional no tendría posibilidad de ejercer como educador.

Más que una comedia de enredos, es un conflicto impuesto por Caro, ni siquiera sugerido o provocado, sino más bien contado como chisme. Ambos personajes presumen que han hecho sus vidas por separado. En sus respectivos núcleos sociales, se encargar de acondicionar su realidad con un montaje tan pueril como inútil. Lucio, con su entrañable amigo Vicente (Andrés Almeida) que, a pesar de la profunda relación que se presumen, no logran imprimir una complicidad lo suficientemente verosímil para favorecer a la narración; y Loles (Paz Vega, sin la gloria de otros años), esposa de Vicente, un inútil homenaje a Loles León, célebre por ser una de las chicas Almodóvar. Por su parte, Martina, con su hermana Amelia (Natasha Dupeyrón) y la hija de ésta, para fungir como hija de Martina, e Igor (Juan Pablo Medina) un remiendo vil para favorecer al enredo.

Es el teatro Ángela Peralta, en el marco de una obra de teatro, pero que resultó ser una especie de ballet, en donde se reencuentra la pareja ya con sus respectivos montajes que irán sucumbiendo conforme avanza la desastrosa narrativa de los flashbacks.

Enfundados en sus roles, más por condición que por convicción, Marina adolescente es la chica irreverente que se vincula de inmediato con el supuestamente tímido Lucio, un adolescente que vive con su padre, pero que tiene predilección por un timorato discurso revolucionario: si tienen predilección por el pensamiento irredento, ¿por qué estudia Lucio en una escuela católica?

Acaso, la mayor inconsistencia a nivel discursivo se comparta en una especie de composición azarosa del guion con la pretenciosa y demagógica selección del soundtrack, cuyas apariciones recuerdan a las intro mix de discos pirata. A saber y por orden de aparición:

  • “Cuando pase el temblor” de Soda Stereo.
  • “Estrechez de corazón” de Los Prisioneros, queriendo inútil y pretenciosamente ser elevada a calidad de himno.
  • “¿Cómo pudiste hacerme esto a mí?” De Alaska y Dinarama.
  • “Amarillo Azul” de Thalía.
  • “No dejes que” de Caifanes.
  • “Beber de tu sangre” de Los Amantes de Lola.
  • “Veneno en la piel” de Radio Futura.
  • “En algún lugar” de Duncan Dhu.

El repertorio obedece a un cliché comercial y a una nostalgia decadente más que reflexiva. Lo moral, más que ponerse en entredicho con las fantasías de la pareja efectuadas en la realidad con el maestro de ballet y con la ‘escritora’ Florentina Calle (Eréndira Ibarra), se sustenta desde el principio porque el mensaje es que el primer amor debe de ser el único.

Por su parte, lo ideal no radica necesariamente en la pareja, sino en las entidades simbólicas y culturales del entorno de ésta. Una idealización por San Miguel de Allende (que en la década de los ochenta o noventa o donde quiera que ocurra la historia) no era el núcleo cultural e irreverente que se presume en la película. El movimiento comercial de Rock en Tu Idioma fue más bien una etiqueta de condensación del pop en español que en la cumbia (“La negra Tomasa” de Caifanes) o en las imitaciones sagaces de Duran Duran (Soda Stereo) encontró sus mayores glorias mercantiles.

La peli (porque eso es lo que es) patenta la nostalgia de la decadencia no a modo de remake, sino como una melodramática condensación de los referentes culturales que han llevado a Manolo Caro del gusto a uso, en pos de una propuesta ausente y adversa. Dirigida a las masas por su diseño descaradamente comercial, La vida inmoral de la pareja ideal se ha instalado como un imaginario negligente y populista. Su recurrente escarceo debería de ofender al espectador de cine promedio. Pero seguramente tranquilizará a los treintañeros y cuarentañeros porque, en el finito horizonte de expectativas de la escasa producción cultural mexicana, al parecer no ha pasado nada. Basta con atestiguar el ridículo de Leonardo de Lozanne echándose un insulso palomazo con una banda escolar vociferando la aséptica y olvidable “El mundo bajo el brazo”.

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Autor: doctorsimulacro

Periodista, docente e Investigador en Ciencias Sociales y Humanidades

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