¿Qué vamos a hacer con el silencio, Luis Alberto?

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 639, del Diario de Querétaro del 18 de diciembre del 2016.

El 13 de octubre pusiste una suerte de epitafio en tu muro de Facebook: No se disculpe a nadie de mi muerte. Ya no podré preguntarte si era un vaticinio o uno de tus selectos sarcasmos que intermitentemente se asomaban en tu red social. Tenías 23 likes, ahora se acerca a los cien. En silencio.

Allá por el 2007 nos vimos tú, José Manuel Velázquez y yo para platicar sobre la segunda edición del Maratón de Literatura Queretana. Aquella idea, que para no pocos era improbable su continuidad, fue apoyada por el Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, porque en ese entonces al instituto sí le interesaba la actividad literaria local: “es una visión emergente de la literatura de nuestro estado”, dijiste entre tragos de café. Se trataba también de es conocer distintas líneas temáticas sobre las que estaban trabajando los autores en ese entonces: “Tadeus Argüello, con una poesía muy particular, exhibe claras influencias formales de la poesía española contemporánea; José Manuel Velázquez, con más bien una poética antimoderna y reaccionaria; Brenda Mariana Medrano, con otro tipo de exploraciones literarias a partir de la prosa y con menos proposiciones formales, más de corte temático; y Sirac Patricio con una voz más bien incipiente, pero que quiere mostrarse”, dijiste.

El maratón era uno de tus tantos pretextos que tenías para presentar nuevas voces de la literatura local. Lo que nosotros llamamos proyectos, para ti eran provocaciones. Gracias a tu necedad, el evento sigue llevándose a cabo, ahora como “Maratón de la Palabra”, celebrado apenas el pasado 12 de noviembre en el Centro Cultural Manuel Gómez Morín. Allí estuviste junto con Óscar Merino, Rubén Cantor, Angélica Azkar, Emilio Castelazo, Fernando Jiménez y Tadeus Argüello.

En los días otoñales del 2006 me dijiste que me tenía que lanzar a la poesía, porque mis textos tenían prosodia y mucha imaginación: eran un madrazo al silencio. Estábamos echando cigarro en el expendio de café del antiguo campus de la Facultad de Lenguas y Letras. Era el 2006 y Gerardo Arana fumaba irrefrenablemente con sus uñas amarillentas que ya delataban una hiperquinesia suicida. Esa mañana hablamos de fraudes, de Jean Luc Godard, de David Bowie, de Pixies, de mujeres felinas puestas en escena desde la perspectiva de Gerardo Arana, de la mezquindad universitaria y la envidia académica que impedía que Ignacio Padilla tuviera mayor participación en la Facultad, y del tiempo. Gerardo Arana sucumbió a la hiperquinesia; el antiguo campus de la Facultad de Lenguas y Letras se ha mudado sin la magia de antes, sin los usurpadores sociólogos-polítólogos-comunicólogos que gustábamos de establecer relaciones estéticas en la facultad hermana; David Bowie  transmutó en Major Tom y tú sucumbiste a una bacteria en el pulmón. Del ruido al silencio.

Pero tu realidad extraliteraria siempre te desbordó por momentos, Luis Alberto. Sonido y furia. El resonar de tu obra fue acallado por el estridentismo de tu falange crítica, a veces lacerante, otras tantas vista a contraluz de la arrogancia, de acuerdo a quienes se refieren como experiencias desagradables cada uno de sus fugaces encuentros contigo. En tu andar complejo por las instituciones, devastabas las pretensiones de quienes buscaban ser leídos en las instituciones, pero esperabas coba por tus logros en otras instituciones. Silencio estridente.

El 18 de diciembre, en un acto crítico y reflexivo que oscila entre “el placer del extravío” y “el placer de reencontrarse”, el poeta Mario Bojórquez publicó un ejercicio de estilística al que intituló “Los 100 peores poemas mexicanos de autores vivos”[i]. En la lista se encuentra uno tuyo ocupando un digno octavo lugar:

HORIZONTAL Y PRONOMBRE, contracción, tres letras

El hueco por el que

fugamos todos los pasos

uno a uno

rumbo al llano principio de los metales

Querer a ciegas como los párpados en llamas

lámpara de sonido y no de luz negra

en este infierno de las manos sobre la mano

cuadriculado, genuflexo

Al calor de tu estridencia, te enfocaste a señalar nuestras carencias, nuestro divisionismo como comunidad artística y cultural de la que fuiste verdugo, juez y parte, y la incompetente política editorial del Fondo Editorial de Querétaro. Lo hiciste desde un frente abierto, por momentos abandonado y no pocas veces divergente respecto a otras voces, pero con la legitimidad y justicia de quienes aspiramos a una literatura queretana digna, dinámica, incluyente, propositiva, innovadora, genuina: viva. Acaso la parsimonia institucional, los escritores de moda y la festivalitis cultural te otorguen indefectiblemente la razón. Pero ignoraste con total convicción que hay autores que asistimos a otros talleres, leemos otros textos, nos acurrucamos en otros autores y nos arrastramos en otros ámbitos.

En tu célebre “Bucólica y celeste”[ii] te referiste a nuestro Querétaro como “ciudad colonial, conservadora y poco interesada en las artes la práctica de la literatura (formación, escritura y difusión) […] patrimonio del café de artistas que de moda estuviera.”. Señalaste también que “la disolución de los discursos centrales le pegó también a la literatura. No hay ya una versión hegemónica de qué es literatura. No hay un centro que ordene las periferias. Por tanto, los escritores de esta tierra tienden a ser glocales (en un neologismo robado a Heriberto Yépez), es decir, globales y localizados. Y eso les permitió conseguir otra circulación para sus libros […]. Las tecnologías que hace poco más de una década explotaron en el mundo les permitieron la creación de páginas web, blogs, la circulación de sus textos más allá del soporte libro. Y eso tuvo como consecuencia que otros editores, también glocales, buscaron publicarles libros. Así que la diada estaba rota. Y creo que se quedará así. No tienen mucho que ofrecerles a las nuevas generaciones: el poeta local no tiene la formación para discutir y entender la riada de lecturas y referencias de un mundo cambiante. El editor local no tiene con qué ejercer un control discriminador con esas generaciones. Como ocurrió con Ignacio Padilla, no faltaremos a la cita de sacar raja a la muerte del poeta. Pero también estamos los que mantuvimos una postura justa, congruente y ecuánime. Platicando vía Facebook con Leslie Dolejal, le comentaba que iba a extrañar sus madrazos epistolares entre tú, Luis Alberto, y Leslie. A lo que Leslie me respondió: “Sí, por ese lado ya empecé a sentirme solo, a ver si se anima Luis Enrique a entrarle al quite”.

Ya me voy, Luis. Ya comenzó la ridícula afrenta por ver quién logra más likes en su muro a pretexto de tu muerte. De la esquela ya pasamos al tren del mame. A la salud de tu deceso, hoy no será la excepción. Va ganando LEGOM.

Silencio.

[i] Mario Bojórquez, Los 100 peores poemas mexicanos de autores vivos. Círculo de Poesía, revista electrónica. 18 de diciembre del 2011.

[ii] Luis Alberto Arellano, “Bucólica y Celeste”. Suplemento Barroco de El Diario de Querétaro, 3 de enero del 2010.

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Autor: doctorsimulacro

Periodista, docente e Investigador en Ciencias Sociales y Humanidades

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