La honestidad tragicómica*

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 648, del Diario de Querétaro del 5 de marzo del 2017.

Lunes por la mañana. Juan decide salir al trabajo con una profunda prerrogativa: dejar de ser corrupto. Epopeya pírrica considerando el modelo heredado por sus padres, por sus abuelos, por sus conocidos: la cultura de todo un país.

Sube a su auto. En el noticiero matutino escucha que Hilario Valeriano Mendoza, exedil de San Javier, Sonora, fue puesto en libertad tras no encontrarse pruebas suficientes para procesarlo por delitos de peculado y ejercicio abusivo de funciones. El 8 de junio, tras dejar la presidencia municipal, Valeriano Mendoza fue detenido por intentar autocomprarse el palacio municipal a precio ridículo. Al menos San Javier recuperó su recinto, pensó Juan.

Tras recorrer apenas un kilómetro sobre Constituyentes un policía municipal lo conmina a detenerse. De las series gringas Juan aprendió que el conductor debe permanecer en el auto hasta que el agente inicie su procedimiento. Pero estamos en México.

–Ese permiso ya está vencido, joven– dijo el oficial mirando a Juan de reojo, preparando la boleta de infracción.

–Sí, oficial. Verá, tuve un problema con el nombre de la carta factura original del vehículo. No era el mío. Hasta el día martes me entregan la carta corregida.

–Sí, pero mientras usted no traiga un documento oficial avalado por el gobierno usted no podrá circular.

Tras entregar la licencia, Juan escucha las voces que emite el radio del oficial. Sin éxito, trata de descifrar los mensajes en clave. Han pasado solamente cinco minutos.

–Estamos en operativo especial para combatir el robo de vehículos, voy a tener que lleverme su coche al corralón hasta que presente sus documentos originales, joven– arguyó el oficial. Su rostro articuló una sonrisa forzada.

–Estoy comprobando la propiedad del vehículo con la copia de mi carta factura, le acabo de explicar que…

–Mire, joven. Mejor nos arreglamos aquí. Si me lo llevo allá lo van a traer vuelta y vuelta.

–¿Arreglarnos?

–Ora’ sí que usted calcúlele: el tiempo que llevamos aquí, lo que vale su coche, la bronca del corralón… Está cabrón, ¿verdad?

–No, señor. Ya no soy corrupto. Haga lo que tenga que hacer.

Dos horas después Juan llegó a su trabajo. Trató de estacionarse en un cajón cercano a la oficina que en ese momento estaba vacío.

–No, mi amigo, no puede estacionarse aquí. Ese lugar ya está apartado– dijo un chico imberbe al que Juan había visto lavando coches anteriormente.

–Todos los lugares son para los empleados, además a ti no te pagan por eso– alegó Juan.

–La señorita de recursos humanos es la que me encargó su lugar. Aliviáneme para el chesco y ya mañana le guardo su lugar…

–No soy corrupto, mi amigo. En cuanto entre te voy a denunciar con el jefe…

–¿El ingeniero Gómez? Ese güey fue quien me trajo a chambear aquí. Ése, el que está allá en la sombrita, es el coche del inge.

Juan ingresó a la oficina. Al mediodía recibió una llamada. Era Estela, su esposa:

–¿Qué pasó, mi amor?

–Soy Socorro, Juan.

–¿Todo bien con Estela, suegra?

–Cálmate, todo está bien. Te llamo para avisarte que la trajimos a Urgencias pero como no la atendían rápido le hablamos a Ulises para que…

–No, suegra. Es muy amable de tu parte pero ya te había dicho que preferimos hacer las cosas sin el apoyo de Ulises.

–Escúchame bien, Juan. Estela ya está siendo atendida. Ulises se encargó personalmente de subirla a piso.

–Gracias, pero no quiero abusar de sus influencias, no quiero que…

–No seas idiota, Juan. Ulises es el director del área de Urgencias, él se está encargando de todo. ¿Qué quieres?, ¿qué se mueran Estela y tu hijo?

Saliendo del trabajo llegó al café en donde se había quedado de ver con Fernando, su compañero de la universidad, quien le quería presentar una propuesta.

–Si te unes a la campaña, igual y te presentó con el licenciado para que te vayamos colocando en una regiduría o algo. El chiste es entrarle, ya adentro nos movemos por más cosas, güey. ¿Cómo ves?, ¿jalas?

–Me late, pero no me convence que sea así, ni siquiera leíste las propuestas que te envié.

–Esto es de conectes, Juan. ¿Por qué crees que no avanza lo del Sistema Estatal de Corrupción? En cuanto se pongan de acuerdo para elegir al fiscal, verás que todo va a seguir igual.

–No le entro, gracias, Fer.

–Pues eres un pendejo, querido amigo.

Casi las seis de la tarde. Juan va a la universidad donde estudió para ver si ahora sí lo habían aceptado en el doctorado. Tanto el anteproyecto como la solicitud los había presentado nuevamente en tiempo y forma, solo faltaba el visto bueno de la directora de posgrado.

–¿Rechazado? Pero si presenté todos los documentos que me solicitaron. Incluso hice la adecuación de mi marco teórico y de mi…

–Mira, mi trabajo solamente consiste en entregar los resultados. Si quieres saca una cita con la directora de posgrado para que…

–¿Con quién saco la cita?– dijo Juan.

–Conmigo– espetó la secretaria con gesto irónico –pero tendrá que ser la siguiente semana, ya que la maestra Lety Dorantes está de viaje.

–¿Leticia Dorantes es la directora de posgrado? Pero ella es la esposa del director de la Facultad, el mismo que rechazó mi solicitud el año pasado– dijo Juan con escozor.

–Ahí sí ya no me meto. ¿Te saco la cita?

Caminando por la calle 5 de Mayo, Juan se preguntaba por qué Estela había llamado primero a sus padres y no a él. No sentía deseos de llegar a casa. Además de la alta probabilidad de que lo infraccionaran por el permiso vehicular vencido, en realidad no tenía motivos suficientes para estar ahí. Decidió ir a tomar algo al café que se encuentra dos cuadras adelante. En una de las primeras mesas estaba Cynthia, su antigua novia con quien había estado a punto de casarse.

–Hola, Juan. ¿Qué milagro?– dijo Cynthia. Lucía muy distinta respecto a la última vez que se habían visto.

–Hola, Cyn. ¡Qué gusto encontrarte aquí! ¿Qué estás haciendo?

–Siéntate, Juan, ayúdame. Mira, acabo de entrar a la secretaría, me pidieron una presentación para mañana pero no tengo idea de qué les voy a hablar.

–¿En la secretaría?– Juan recordaba que Cynthia había terminado su tesis con un trabajo plagiado.

–Sí, entré la semana pasada, luego te cuento. ¡Ayúdame, ándale!

Juan se sentó al lado de Cynthia y comenzó a esbozar algo. Mientras le explicaba el concepto de política pública un sujeto interrumpió su charla.

–¡Hola, mi amor! Mira, te presento a Juan. Te he platicado mucho de él.

–Buenas noches, Juan, No, no levantes, hombre, mucho gusto.

–Te conozco. Andrés, ¿verdad? Entraste a trabajar como coordinador cuando tu primo fue nombrado secretario.

–¡Claro, ya me acordé de ti! Tú eras del equipo del anterior gobernador.

–Andrés es mi esposo, Juan. Él me recomendó para trabajar en la secretaría, ¿verdad mi amor?

Juan salió del café con la boca seca. Cuando estaba a punto de encender el auto, una brizna zumbó por la ventanilla del costado derecho. Le habían dado un cristalazo.

*Inspirado en el texto titulado “La propiedad privada de las funciones públicas” de Gabriel Zaid.

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Autor: doctorsimulacro

Periodista, docente e Investigador en Ciencias Sociales y Humanidades

1 comentario en “La honestidad tragicómica*”

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