De madres, perros y lotes baldíos.

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 651, del Diario de Querétaro del 26 de marzo del 2017.

El viernes 12 de noviembre del año 2004, cuando una plaza era simplemente una plaza, montones de gentes nos arremolinábamos en torno de mesas improvisadas sobre la plancha de Plaza de Armas. Estaban regalando libros.

Por esos días, el Centro Histórico tenía más librerías que en la actualidad: la Librería Cultural del Centro, El Alquimista (indispensable), la en aquel entonces moribunda Librería de Cristal, la Librería México (casi enfrente de la de Cristal), una librería pequeña sobre avenida Pasteur en donde encontré ediciones conmemorativas de El Mahabharata y la librería Un Lugar de la Mancha, en donde vendían uno de los cafés más exquisitos que he probado, que posteriormente albergaría a la extinta Librería del Fondo de Cultura Económica “Ricardo Pozas Arciniega”.

Regalaban pequeños libros, a muchos curiosos se les hizo poco: uno volumen pequeño de menos de cien páginas, con pastas coloreadas de un amarillo mostaza inconfundible, en cuyo centro se presentaba una mandala de iguanas. Varios decidieron darle una oportunidad, lo pusieron bajo su axila y se largaron de allí. Algunos vieron la oportunidad de improvisar un regalo pequeño pero sofisticado para dar a su pareja. Los muy pocos se emocionaron porque se trataba de un libro de poesía. Y solamente a un puñado nos importó el título y el autor del libro: Lotes baldíos (Consejo Estatal para la Cultura y las Artes, 2004) de Fabio Morábito (Alejandría, 1955).

Pero Lotes baldíos ya había parecido desde hace 20 años para aquel entonces. “Cómo suena Lotes baldíos veinte años después? El tiempo no ha modificado su poesía ni el oído de este lector para su música. Su canto, entre juguetón y antiguo, cuenta en versos cortos, la mayoría heptasílabos, una historia con oído fino y verdadero”, dice Antonio Deltoro en el prólogo de aquella memorable edición.

Madres y perros (Sexto Piso, 2016) es el más reciente libro de cuentos de Fabio Morábito. Reúne quince relatos con temáticas y escenarios variados dispuestos en su mayoría desde un enfoque cotidiano e intimista.

“El velero” es un relato con tono nostálgico, en donde el personaje principal confronta la alteración del espacio propio, la casa como una metáfora del pasado y de la memoria, ajena a los ojos de los nuevos habitantes. Un estuche narrativo que se ancla con el destello memorístico de quienes hemos sucumbido a la movilidad, pero puesto en perspectiva subjetiva, allá donde la memoria se encuentra con la conciencia.

“Madres y perros”, el que da título al volumen, es un retrato familiar de dos hermanos que atraviesan un momento de zozobra a propósito de la muerte de su madre. El elemento que funge como detonador dramático es un perro que, en contraste con los personajes humanos, permanece a lo largo del cuento encerrado en su propio espacio. Es aquí donde la pluma de Morábito, valiéndose de una genuina sencillez y exenta de toda clave metarreferencial oportunista, persuade al lector y lo sorprende a sí mismo en su propia subjetividad. Los temores, las filias y el proceso de duelo se trastocan de manera indirecta ante la muerte de un familiar. La conciencia y el dolor son finamente matizados en un relato que propicia posteriores relecturas.

“Tumbarse al sol” es acaso un relato que funciona en la medida en que nuestros complejos y nuestra conciencia de clase entran en juego. No obstante, esto se narra sin enfoques aleccionadores ni perspectivas ideológicas, pero colocando al protagonista en un contexto que no le pertenece, ajeno a su realidad, tan ajeno como la mujer que incursiona circunstancialmente en dicho contexto. Entre el rumor de un deseo tan genuino como inaudito y una profunda depresión apenas sugerida, Morábito entrega un relato sugestivo.

Mientras que el personaje de “En la pista” es atrayente por su doble carácter que se debate entre la irreverencia de la senectud y la violencia extradeportiva, el personaje de “Celulosa nítrica” recupera de la memoria la importancia que las personas le entregamos a las cosas cotidianas que sustentan nuestros días, aparentemente insignificantes pero elocuentes en cuanto a su capacidad de dotarnos de dignidad y valor, máxime si se trata de la escritura, en cualquiera de sus formas.

La anécdota de “Más allá del alambrado” recupera las memorias de la infancia en los tiempos en que volar un balón a la casa del vecino era cosa de todos los días, cuando la ética del juego lo abarcaba todo. Por su parte, “Los holandeses” esgrime una posibilidad que recuerda las grandes esperanzas de Dickens, pero en la perspectiva de un recuerdo fotográfico. La idea de una eventual confrontación a la luz del tiempo seduce al lector quien junto al narrador emprende la búsqueda del recuerdo.

Mientras “Roxie Moore” es un cuento metatextual que apela a referentes mediáticos propios de la cultura de la pornografía gráfica impresa y digital, una especie de fantasía generacional manifiestamente compartida, “Panadería nocturna” presenta una narración dual entre la soledad y el carácter huraño en las postrimerías de la otredad.

“La fogata”, quizás el título menos sugerente pero determinante para la memoria, es una oda a la renuente presencia de los apegos infantiles, del marasmo emocional de la soledad y del silencio. “Oncólogo” es un relato que bien podría encajar en una adaptación televisiva para los nuevos discursos narrativos multimedia (Netflix o Amazon Video), una especie de sitcom literario que juguetea con la presencia latente y macabra del cáncer.

“El balcón” es una metáfora con dedicatoria a la memoria y a los apegos críticos de la familia extendida, cuyos lazos son sometidos a una tensión generacional. “The next stop” es un cierre digno, anecdótico y cercano, con el peso de personajes cotidianos pero con la consigna de que aquellas pequeñas cosas son determinantes para una existencia rotunda.

Quizás el relato en el que mejor se integran los elementos cuentísticos es el que se titula “En la parada del camión interestatal”, no solo por el cambio radical de tono, sino por la construcción de escenarios abandonados, espacios alejados de nuestra realidad, pero tan cercanos e íntimos como nuestra propia cultura. Los dos personajes anónimos se baten desde el inicio en un duelo de posibilidades, donde el hecho puntual es trasladado de un lado a otro de la carretera interestatal, el margen físico que separa a los dos hombres. La maestría de Morábito logra integrar elementos estéticos propios de los escenarios mexicanos, sin la estridencia trágica que se respira por momentos en los cuentos de Emiliano Monge o en la narrativa de Antonio Ortuño, sin la necesidad de recurrir pretenciosamente a referentes rulfianos.

No obstante, en esa carretera hemos estado todos, con lo cual el elemento de la verosimilitud se subleva ante el hecho literario. Se cuenta más con menos porque cobra relevancia el fenómeno de la violencia, la imbricación del individualismo y hasta el reflejo del narco, pero sin hacer alusión directa: narrando más con menos. En desenlace del cuento es tan soberbio como hilarante.

En 2004, el gobernador de Querétaro era Francisco Garrido. Guadalupe Murguía era secretaría de educación mientras que Manuel Naredo coordinaba el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes. Manuel Cruz era el jefe del Fondo Editorial de Querétaro.

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Autor: doctorsimulacro

Periodista, docente e Investigador en Ciencias Sociales y Humanidades

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