La memoria de las cosas.

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 654, del Diario de Querétaro del 16 de abril del 2017.

Los gabinetes de curiosidades, también conocidos como cuartos de maravillas, eran espacios en los que durante la época de las grandes exploraciones y descubrimientos del siglo XVI y XVII, se coleccionaban y exponían gran cantidad de objetos raros y extraños que representan todos o alguno de los tres reinos de la naturaleza de acuerdo a como se entendían y acuñaban en la época: animalia, vegetalia y mineralia, además de las realizaciones humanas. Los cuartos de maravillas son los antecesores directos de los museos modernos.

Es precisamente bajo la premisa de los gabinetes de curiosidades que la poeta Gabriela Jáuregui (Ciudad de México, 1979) construye su primer libro de relatos: La memoria de las cosas (Sexto Piso, 2015), un conjunto de 19 cuentos cortos diseminados en cuatro apartados: Vegetalia, Mineralia, Animalia y Artificialia.

A lo largo de la narrativa, se puede advertir la recurrencia a distintos tonos y voces narrativas que se adhieren a una innegable vocación poética, tanto por la proclividad a la creación de imágenes como en la manera en la que las palabras se van estructurando.

Es precisamente en la construcción de la estructura del lenguaje a través de la cual Jáuregui se permite establecer juegos de palabras que para algunos resultará en guiño poético, mientras que para otros se reducirá a imágenes cacofónicas. Por ejemplo, en el cuento “Pera cocodrilo”: “Huevo, esfera, pera. Fruto mantequilla. Maravilla. Oro verde. Cojones huevos testículos. Fruto afrodisiaco de semilla única” (página 15). O en “Esferas a la esfera, peras esperando, dejan de soñar”, (página 19).

Pero ese juego de palabras incita a la especulación del lenguaje, puesto en perspectiva con nuestras lenguas prehispánicas, no con afán de reconquistar el lenguaje, sino con la intención de que las palabras cobren un sentido y un significado cosmogónico. De esta manera, los aguacates formados y emparentados metafóricamente con los testículos, tienen su punto de encuentro en la palabra nahua ahuacatl o auacatl: especie de drupa llamada aguacate, fruto del árbol del mismo nombre. Testículo. En nuestra antigüedad, a los testículos se les llamaba aguacate, la prueba que da testimonio de la sexualidad del niño. Esa misma raíz (test-) la aportan las palabras testimonio, testigo, testamento…

En este sentido, Jáuregui coloca sus relatos en un epígono literario que encuentra la narrativa cosmogónica, la vocación poética y el estructuralismo lingüística, a veces demasiado academicista, lo cual puede significar un desafío para el lector o un goce estético para el autor.

“Estrategia de supervivencia” y “Follaje” se presentan intercalados como dos ejercicios de microficción contundentes y elocuentes que acaso salieron por algún reducto olvidado del gabinete.

La redundancia es un recurso al que la autora se acerca con insistencia que, si bien fortalece a la imagen de la curiosidad que está siendo construida, no aporta lo suficiente al retrato o relato que se está narrando:

“Sus interacciones eran codependientes. Siempre fueron codependientes. Por eso era adaptable. Se adaptaba fácilmente […] Hermoseaba. Era hermosa, bella. Su belleza era perenne y algunos la llamaban exótica. Era tan exótica, pero tan local a la vez. Dulce, fragante, elegante. Sí, elegante sería lo más preciso”.

Por momentos, esta redundancia sorprende al lector implicado en reiteraciones sensoriales en pleno afán de exploración: “Y verde. Sí: púrpura y verde, sobre todo. Y los volantes. Volantes y más volantes, velos, velamen, holanes”.

El cuento “Citlalli” es en el que Jáuregui coloca todos sus recursos narrativos en una especie de constelación simbólica, un universo inacabado que funge como punto de encuentro para la cosmogonía del gabinete.

Citlalli es un nombre personal femenino de origen náhuatl cuyo significado es “estrella”. También se suele escribir como Citlalí o Citlalin. Su forma reverencial es Citlaltzin. Etimológicamente significa estrella del amanecer, estrella nueva y venus como estrella que marca el amanecer. Citlaltépetl (cerro de la estrella) puede referirse al volcán Pico de Orizaba, en Veracruz, o al propio Cerro de la Estrella de Iztapalapa.

Es desde la relación de estos referentes simbólicos y semióticos que la autora construye el relato de una mujer cosmogónica, un arquetipo que se debate en el choque cultural que representa el presente y el pasado, la noción de universo y el erotismo de Venus: “El silencio. Es como si esta masa mojada que soy se extendiera, se esparciera hasta volverse nada. Inútil. Cuando la ciudad duerme, cuando todo está en silencio, me siento inútil. Sólo me queda esta idea, este silencio que es amar al hombre que duerme profundamente al lado mío. Su calor. Sus manos anchas”.

En “Diamante recuerdo”, Jáuregui juega con los recursos y cuenta seis historias distintas a partir de los servicios que ofrece la empresa DeBeers: transformar las cenizas del difunto en diamante. La mujer besando a su hombre a través del anillo. Los tres amigos geeks que deciden hacer un diamante con los restos de Daniela, una especie de ritual en torno al mundo de los cómics. La mujer que hace un diamante con los restos de Fifi, su perra fiel por más de quince años. El diamante hecho con el reticente profesor de Ciencias Políticas.

Y el diamante hecho con los restos de Tiffany, a son de “Diamonds are Forever” de Shirley Bassey, canción utilizada en una de las películas más emblemáticas de James Bond.

Interesante resulta también “Autobiografía”, más por su vinculación con significados (el lector deberá de investigar un poco) que por su postulación política que al final redunda en cliché cursi. En este cuento donde la imagen de Dimitri Beliáyev (escrito en el libro como Dmitri Belyaev), de Friedrich Nietzsche y de Grayatri Chakravorty Spivak (insisto, si quiere enterarse de qué va el cuento el lector deberá de investigar un poco) desvelan más quien está antes de la pluma que lo está escrito por esa pluma. Este cuento, ergo, se pierde en un halo academicista.

Extraña que, al ser escrito por alguien que se ostenta como obsesionada por el lenguaje, La memoria de las cosas presente errores de sintaxis por triste omisión o negligente descuido, al menos en el uso de vocativos: “Todo tuyo Iñaki, ¡a trabajar!” o “Pero sin embargo”, entre varios que se filtraron por el mismo reducto de donde salieron los dos microrrelatos citados supra.

Pudo haber sido un cuarto de maravillas. Jáuregui, fundadora de la editorial Sur+ con sede en Oaxaca, ha decidido que su primer libro de relatos sea solo un gabinete curioso de curiosidades.

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Autor: doctorsimulacro

Periodista, docente e Investigador en Ciencias Sociales y Humanidades

4 comentarios en “La memoria de las cosas.”

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