Lisérgida de un instante

Dietilamida o simplemente ácido lisérgico. Lisérgida, le dicen los pochos, pero de este lado lo conocemos simplemente como ácido. Pienso en ello mientras miro fijamente la jeringa que Diana me prepara como si se tratara de mi coctel de cumpleaños. Uno. Dos. Tres golpes con el dedo medio para mezclar la ergolina y eliminar impurezas. Es una pequeña pecera tubular de plástico en donde se pasean peces multiformes, multicolores. Mi ritmo cardiaco se acompasa al ritmo de la batería que retumba de la grabadora Hitachi con doble casetera. Tum. Tum. Tum. Tum…

Diana me liga. No, no me refiero a que me hace su novio. Nosotros somos algo más que novios, algo más de lo que sea esta relación. Diana me ata el antebrazo con una liga ámbar como las que usamos alguna vez para hacer resorteras. Me liga y me tensa en un apretón en el que las venas se enrolan, se atrofian, sitian la sangre y palpitan, se engrosan en una hinchazón ansiosa que hormiguea. Abro y cierro mi puño. Trago aire y exhalo tan fuerte que el pelo de Diana se mece dejando entrever una breve sonrisa. Su lengua se asoma por la derecha del labio superior en gesto cómplice. Las piernas, las manos, los ojos, todo me tiembla. La transpiración cede como cede la piel escindida por el tubo milimétrico de la aguja que se abre camino intramuscular, haciendo juego con la vena hinchada de mi brazo plagado de microcráteres. 20 mililitros, 10 mililitros, 5 mililitros…

Ahora me toca respirar y esperar, o esperar y respirar, no recuerdo el orden.

Y fluye.

Cierro los ojos. Fluye. Una niña con las piernas al revés, sin uñas en las manos, con vestido de pechera y cabeza de caballo me hace gestos. Abro los ojos. Fluye. La misma niña, con más luz, mordiéndose la hendidura de sus dedos sin uñas me canta algo en alemán, creo. Las paredes de la habitación se hacen líquido, la textura de plasma corrompe mis intentos por establecer un plano dimensional. Diana vuela mientras la niña canta, y en mi boca el gusto a tristeza me sabe a jarabe para la tos. El tiempo se hace pis en mis manos, siento el chorro hirviendo y después un gotear delicado que se escurre hasta mis codos. Yo soy el otro, soy Diana, soy su madre trabajando en la ensambladora a doble turno. Soy su padre adultero completando los doscientos setenta del cuarto. Soy el gato atropellado que vimos a dos cuadras del departamento donde nos encontramos, soy tú leyendo que soy yo leyendo que soy tú leyendo que soy yo leyendo que soy tú. Soy leyendo que soy lo que siento. Nadie me avisa que si quiero reír estallaré en el llanto más intenso que jamás haya gemido.

Gelatina, papel, té, psicoprofilaxis y un poco de latón. Por la ventana el sol rosa se torna púrpura y a mí me estallan los gritos que antes se arremolinaban en el pecho, pero ahora se van, a través de mis venas, a las venas de Diana. Ella me toca. Dermis. Siento el helio, la saliva, la bruma de un cuerpo sediento, la mano de Diana es el toque de Dios, porque él está con nosotros y nosotros estamos en todas partes: somos su umbral.

Ya voy bajando, o subiendo, según la perspectiva.

La niña con las piernas al revés se aleja, dejando tras de sí una estela de sangre de uñas que desaparece en cada paso. La sinestesia es sustituida por un incipiente dolor que crece. Mi pierna derecha está completamente dormida porque Diana la ha elegido como almohada. No tengo saliva. El sonido de la batería sucumbe a un silencio diáfano y austero hasta desaparecer. Cierro los ojos y alcanzo a ver que la niña se despide con un saludo roto. Abro los ojos y solo quedamos tú y yo. La jeringa inerte entre los dedos de Diana parece que despide un frágil halo de humo blanco

Publicado originalmente en Revista Saltapatrás:

http://www.revistasaltapatras.com/index.php/salto-pa-tras2/narrativa/84-lisergida-de-un-instante

La honestidad tragicómica*

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 648, del Diario de Querétaro del 5 de marzo del 2017.

Lunes por la mañana. Juan decide salir al trabajo con una profunda prerrogativa: dejar de ser corrupto. Epopeya pírrica considerando el modelo heredado por sus padres, por sus abuelos, por sus conocidos: la cultura de todo un país.

Sube a su auto. En el noticiero matutino escucha que Hilario Valeriano Mendoza, exedil de San Javier, Sonora, fue puesto en libertad tras no encontrarse pruebas suficientes para procesarlo por delitos de peculado y ejercicio abusivo de funciones. El 8 de junio, tras dejar la presidencia municipal, Valeriano Mendoza fue detenido por intentar autocomprarse el palacio municipal a precio ridículo. Al menos San Javier recuperó su recinto, pensó Juan.

Tras recorrer apenas un kilómetro sobre Constituyentes un policía municipal lo conmina a detenerse. De las series gringas Juan aprendió que el conductor debe permanecer en el auto hasta que el agente inicie su procedimiento. Pero estamos en México.

–Ese permiso ya está vencido, joven– dijo el oficial mirando a Juan de reojo, preparando la boleta de infracción.

–Sí, oficial. Verá, tuve un problema con el nombre de la carta factura original del vehículo. No era el mío. Hasta el día martes me entregan la carta corregida.

–Sí, pero mientras usted no traiga un documento oficial avalado por el gobierno usted no podrá circular.

Tras entregar la licencia, Juan escucha las voces que emite el radio del oficial. Sin éxito, trata de descifrar los mensajes en clave. Han pasado solamente cinco minutos.

–Estamos en operativo especial para combatir el robo de vehículos, voy a tener que lleverme su coche al corralón hasta que presente sus documentos originales, joven– arguyó el oficial. Su rostro articuló una sonrisa forzada.

–Estoy comprobando la propiedad del vehículo con la copia de mi carta factura, le acabo de explicar que…

–Mire, joven. Mejor nos arreglamos aquí. Si me lo llevo allá lo van a traer vuelta y vuelta.

–¿Arreglarnos?

–Ora’ sí que usted calcúlele: el tiempo que llevamos aquí, lo que vale su coche, la bronca del corralón… Está cabrón, ¿verdad?

–No, señor. Ya no soy corrupto. Haga lo que tenga que hacer.

Dos horas después Juan llegó a su trabajo. Trató de estacionarse en un cajón cercano a la oficina que en ese momento estaba vacío.

–No, mi amigo, no puede estacionarse aquí. Ese lugar ya está apartado– dijo un chico imberbe al que Juan había visto lavando coches anteriormente.

–Todos los lugares son para los empleados, además a ti no te pagan por eso– alegó Juan.

–La señorita de recursos humanos es la que me encargó su lugar. Aliviáneme para el chesco y ya mañana le guardo su lugar…

–No soy corrupto, mi amigo. En cuanto entre te voy a denunciar con el jefe…

–¿El ingeniero Gómez? Ese güey fue quien me trajo a chambear aquí. Ése, el que está allá en la sombrita, es el coche del inge.

Juan ingresó a la oficina. Al mediodía recibió una llamada. Era Estela, su esposa:

–¿Qué pasó, mi amor?

–Soy Socorro, Juan.

–¿Todo bien con Estela, suegra?

–Cálmate, todo está bien. Te llamo para avisarte que la trajimos a Urgencias pero como no la atendían rápido le hablamos a Ulises para que…

–No, suegra. Es muy amable de tu parte pero ya te había dicho que preferimos hacer las cosas sin el apoyo de Ulises.

–Escúchame bien, Juan. Estela ya está siendo atendida. Ulises se encargó personalmente de subirla a piso.

–Gracias, pero no quiero abusar de sus influencias, no quiero que…

–No seas idiota, Juan. Ulises es el director del área de Urgencias, él se está encargando de todo. ¿Qué quieres?, ¿qué se mueran Estela y tu hijo?

Saliendo del trabajo llegó al café en donde se había quedado de ver con Fernando, su compañero de la universidad, quien le quería presentar una propuesta.

–Si te unes a la campaña, igual y te presentó con el licenciado para que te vayamos colocando en una regiduría o algo. El chiste es entrarle, ya adentro nos movemos por más cosas, güey. ¿Cómo ves?, ¿jalas?

–Me late, pero no me convence que sea así, ni siquiera leíste las propuestas que te envié.

–Esto es de conectes, Juan. ¿Por qué crees que no avanza lo del Sistema Estatal de Corrupción? En cuanto se pongan de acuerdo para elegir al fiscal, verás que todo va a seguir igual.

–No le entro, gracias, Fer.

–Pues eres un pendejo, querido amigo.

Casi las seis de la tarde. Juan va a la universidad donde estudió para ver si ahora sí lo habían aceptado en el doctorado. Tanto el anteproyecto como la solicitud los había presentado nuevamente en tiempo y forma, solo faltaba el visto bueno de la directora de posgrado.

–¿Rechazado? Pero si presenté todos los documentos que me solicitaron. Incluso hice la adecuación de mi marco teórico y de mi…

–Mira, mi trabajo solamente consiste en entregar los resultados. Si quieres saca una cita con la directora de posgrado para que…

–¿Con quién saco la cita?– dijo Juan.

–Conmigo– espetó la secretaria con gesto irónico –pero tendrá que ser la siguiente semana, ya que la maestra Lety Dorantes está de viaje.

–¿Leticia Dorantes es la directora de posgrado? Pero ella es la esposa del director de la Facultad, el mismo que rechazó mi solicitud el año pasado– dijo Juan con escozor.

–Ahí sí ya no me meto. ¿Te saco la cita?

Caminando por la calle 5 de Mayo, Juan se preguntaba por qué Estela había llamado primero a sus padres y no a él. No sentía deseos de llegar a casa. Además de la alta probabilidad de que lo infraccionaran por el permiso vehicular vencido, en realidad no tenía motivos suficientes para estar ahí. Decidió ir a tomar algo al café que se encuentra dos cuadras adelante. En una de las primeras mesas estaba Cynthia, su antigua novia con quien había estado a punto de casarse.

–Hola, Juan. ¿Qué milagro?– dijo Cynthia. Lucía muy distinta respecto a la última vez que se habían visto.

–Hola, Cyn. ¡Qué gusto encontrarte aquí! ¿Qué estás haciendo?

–Siéntate, Juan, ayúdame. Mira, acabo de entrar a la secretaría, me pidieron una presentación para mañana pero no tengo idea de qué les voy a hablar.

–¿En la secretaría?– Juan recordaba que Cynthia había terminado su tesis con un trabajo plagiado.

–Sí, entré la semana pasada, luego te cuento. ¡Ayúdame, ándale!

Juan se sentó al lado de Cynthia y comenzó a esbozar algo. Mientras le explicaba el concepto de política pública un sujeto interrumpió su charla.

–¡Hola, mi amor! Mira, te presento a Juan. Te he platicado mucho de él.

–Buenas noches, Juan, No, no levantes, hombre, mucho gusto.

–Te conozco. Andrés, ¿verdad? Entraste a trabajar como coordinador cuando tu primo fue nombrado secretario.

–¡Claro, ya me acordé de ti! Tú eras del equipo del anterior gobernador.

–Andrés es mi esposo, Juan. Él me recomendó para trabajar en la secretaría, ¿verdad mi amor?

Juan salió del café con la boca seca. Cuando estaba a punto de encender el auto, una brizna zumbó por la ventanilla del costado derecho. Le habían dado un cristalazo.

*Inspirado en el texto titulado “La propiedad privada de las funciones públicas” de Gabriel Zaid.

Apuntes para un incipiente escritor de cuentos*

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 646, del Diario de Querétaro del 19 de febrero del 2017.

  1. No existe ni existirán dos cuentos con estilos iguales. El cuento puede estar escrito en modos infinitamente distintos.
  2. Algunos cuentos se resumen de manera clara y concisa a modo de anécdota.
  3. Otros cuentos no son otra cosa que anécdota.
  4. Una anécdota es, a lo sumo, un relato breve de un hecho que resulta curioso. Puede expresarse como ilustración, ejemplo o entendimiento.
  5. Pero recuerda, la anécdota también es el argumento de una obra.
  6. Algunos cuentos tienen un desarrollo que está formado por secuencias abruptas de acciones que se enlazan hasta llegar al clímax.
  7. Otros, en cambio, dan cuenta de una vida oblicua y tangencial, es decir: presenta desviaciones respecto a un tema o personaje.
  8. Existen cuentos en los que parece que el autor los hubiese parido de la vida misma: aún conservan frescas las huellas de su nacimiento.
  9. Hay cuentos que son simples episodios sueltos; su significado puede ser hermético para el mundo o reservado para algunos cuantos.
  10. Hay personas para las cuales lo mejor y más querido que tienen es algún tipo de enfermedad del cuerpo o del alma. La cultivan a lo largo de toda su vida y viven sólo para ella; la padecen, pero se alimentan de ella, se están quejando siempre de esa dolencia ante los demás y de ese modo atraen su atención. Así se ganan la compasión de la gente, pero aparte de eso no tienen nada. Si los librásemos de su enfermedad, si los curásemos, haríamos de ellos unos desdichados, al privarlos de lo único que daba sentido a su vida: se quedarían vacíos. A veces la vida de un hombre es tan mísera que se ve forzado a apreciar su mayor defecto y a vivir para él. Puede decirse que a menudo la gente se vuelve depravada por puro aburrimiento.
  11. Sí, la anterior cita proviene de un cuento, “Veintiséis hombres y una muchacha” de Máximo Gorki.
  12. Cuentos alegóricos: una virtuosa antología de metáforas que construyen una idea compleja.
  13. Cuentos especulativos: ahora se les conoce como ciencia ficción, fantasía, terror, ficción distópica, ficción utópica, ficción apocalíptica y la llamada ucronía.
  14. Cuentos reflexivos: cuyo reflejo puede ir o no emparentado con la cotidianidad de quien lee y de quien lo escribe.
  15. Cuentos pictóricos: un pictograma, por ejemplo.
  16. Cuentos ingeniosos: ¿conoce, Caro Lector, los cuentos de Andrés Neuman?, ¿ha leído “Las furias de Menlo Park” de Ignacio Padilla?
  17. Cuentos psicológicos: no, no son terapéuticos. Suelen ser contraproducentes.
  18. Cuentos que parecen trozos de un reportaje.
  19. No, un reportaje no puede ser un cuento en sentido estrictamente literario.
  20. Cuentos que dicen todo mientras aparentan no decir nada.
  21. La nada (o el todo) puede ser un tema para un cuento.
  22. Nota mental: Lea “El todo que surca la nada” de César Aira.
  23. Todos los cuentos son aceptables. De acuerdo a E. H. Bates, todos los cuentos son parte del desarrollo del cuento moderno.
  24. Los críticos (esos seres tan deleznables como necesarios) se encargarán de hablar de esos cuentos y les darán vueltas, muchas vueltas… pero jamás podrán definir esa virtud llamada equilibrio, un guiño expresivo que delata el instinto del escritor.
  25. Por dicho equilibrio, un cuento deberá de sopesarse en las manos. Con arte cuasi curatorial, deberá de pasar bajo una prueba de estética e intuición.
  26. Quizás deba enmarcar esta frase, Caro Lector, o, al menos, trazarla con marcatextos: el equilibrio del cuento puede ser destruido por una sola frase superflua, por una palabra.
  27. El adjetivo que no da vida, mata. Me dijo alguna vez Francisco de Paula Nieto. Parafraseaba a Huidobro.
  28. La prueba crítica de la forma del cuento consiste en observar a un escritor que trama su cuento pieza por pieza, como alguien que construye una torre de cerillos, y que llega el momento en que siente consciente e instintivamente cuál será el último, y en qué momento la torre no soportará más.
  29. Si un cuento pasa la anterior prueba, ha superado todas las pruebas.
  30. Sí, la Biblia es mejor desde su perspectiva narrativa. Ruth, la parábola del hijo pródigo, Susana, Jonás, son solo algunos ejemplos emblemáticos de la vocación cuentística de la subvalorada Biblia.
  31. Imitar a Roberto Bolaño es un ejercicio interesante y útil, pero no sonarás como Roberto Bolaño, acaso como un impostor.
  32. La novela no es un arte superior al cuento. Mientras ésta se puede permitir el recreo de escenarios, el cuento acude a la concreción de universos.
  33. No puedes morir antes de leer “La princesa y el guisante” de Hans Christian Andersen.
  34. “La dama del perrito” puede arrancarte lágrimas o añorar un amor así. Sí, es de Chéjov.
  35. Joyce es Joyce. Finnegans Wake es quizás la perfecta conjunción entre desafío y lectura lúdica.
  36. Mientras haya escritores de cuentos que puedan pasar la prueba del equilibrio, el cuento sobrevivirá sin importar su forma.
  37. El cuentista que espera que su lector revele signos de audacia artística, morirá en la espera.
  38. Pero nunca escribas para tus contemporáneos, como decía Augusto Monterroso, ni mucho menos para tus antepasados. Escribe para la posteridad.
  39. En la literatura no hay nada escrito aunque ya todo esté escrito.
  40. El lector que por error recibe un libro de cuentos en vez de la novela que pidió se sentirá estafado, porque la novela está de moda.
  41. En Querétaro no hay revistas literarias. Mucho menos una revista dedicada exclusivamente al cuento. Y vaya que hay escritores que fomentan el arte del cuento. ¿Conoce, Caro Lector, a Fernando Tamariz?
  42. A continuación, un cuento, aunque en realidad se trata de un microrrelato que, no obstante, pasa la prueba del equilibrio. Se titula “El emigrante” de Luis Felipe Lomelí:

“El emigrante”

-¿Olvida usted algo?

-¡Ojalá!

  1. Juan Pedro Aparicio escribió el que quizás es el microcuento más corto de habla hispana, consta de una palabra:

“Luis XIV”

Yo.

  1. Parafraseando a Hemingway: si ningún bien puede resultar de los tiempos aciagos por los que atravesamos, al menos producen cuentos.
  2. ¿Y si la idea que tienes en mente la conviertes en cuento?

* Texto inspirado por la lectura del siempre imprescindible Lauro Zavala, Teorías del cuento I. UNAM, 1995.

ERR. Última entrega.

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 609, del Diario de Querétaro del 22 de mayo del 2016.

Después de los cánticos, resonaron estrofas que preludiaron la quema:

  • Contra la decadencia misma y la decadencia de la moral. Por la disciplina, por la decencia en la familia y en la propiedad: a la hoguera Mann, Glaeser y Kaestner.
  • Contra el pensamiento sin principios y la política desleal. Por la dedicación al Pueblo y al Estado: a la hoguera Foerster.
  • Contra el desmenuzamiento del alma y el exceso de énfasis y los instintos sexuales. Por la nobleza del alma humana: a la hoguera la Escuela de Freud.
  • Contra la distorsión de nuestra historia y la disminución de las grandes figuras históricas. Por el respeto a nuestro pasado: Ludwig y Hegemann al fuego.
  • Contra los periodistas judíos demócratas, enemigos del Pueblo. Por una cooperación responsable para reconstruir la Nación: Wolff y Bernhard fueron arrojados a las llamas.
  • Contra la deslealtad literaria perpetrada por los soldados de la Guerra Mundial. Por la educación de la nación en el espíritu del poder militar: adiós, Remarque.
  • Contra la arrogancia que arruina el idioma alemán. Por la conservación de la más preciosa pertenencia del Pueblo: arde en el infierno, Kerr.
  • Contra la impudicia y la presunción. Por el respeto y la reverencia debida a la eterna mentalidad alemana: arde en los infiernos, Ossietzky.

Ente risas, Hitler departía con sus más cercanos colaboradores militares. Uno de sus escoltas se acercó a su oído, casi interponiéndose entre la cuchara y la bocaza del canciller, para informarle acerca de las acciones de Goebbels. Una gota de sudor corrió por la frente de su escolta y confidente. Hitler se limitó a espetar en voz baja: “Creo en lo que hace. Creamos en Goebbels”. No sin complicación, Hitler sabía que, además de extinguir el buen humor (había mandado a prohibir cualquier chiste o caricatura que se hiciera en su nombre o persona), acabar con los libros le acarrearía un mayor balance en términos morales, políticos e intelectuales. La gente habría de acostumbrarse también a las cenizas.

En las calles de Alemania, en 1933, antes de partir Freud fue alcanzado por un periodista. Ante el breve pero grave cuestionamiento de éste por la implacable quema de libros, Freud se limitó a responder:

–Si estuviéramos en la Edad Media, le aseguro que yo habría perecido en la hoguera. Ahora son felices conformándose a quemar mis libros.

Freud se equivocaría.

Las llamas lograron alcanzar a varios autores judíos, no solo a sus libros. La muerte del psicoanalista no permitió que a éste le ocurriese algo así.

Años después, repasando sus memorias y quizás algún procedimiento matemático, Waclaw Sierpinski recordaba aquel libro publicado en 1910 donde daba cuenta de la resolución matemática al problema planteado por Gauss. Aquel hallazgo (por llamarlo de algún modo) fue propicio para la publicación de La teoría de los números irracionales, espécimen tan voluminosos como inteligible que fue quemado cuando la biblioteca de Sierpinski fue arrasada junto a la de muchos de sus colegas:

–Ellos la quemaron.

­–¿Quiénes?

–Los alemanes. Arrasaron la biblioteca de la Universidad de Varsovia. Un grupo de soldados muy jóvenes entro sin el menor de los sigilos para terminar con revistas y textos matemáticos de diferentes autores.

–¿Qué tan grave fue aquello?

–Hemos perdido los 32 tomos de Fundamenta Mathematica, los diez tomos de Monografia Mathematica, por decir algo…– dijo con pesadumbre el matemático.

Ya en 1945, ante un cielo que aparentemente había adoptado a las cenizas, humanas y de papel, como parte de su composición química, Hitler se abrazó con Goebbels. Mientras lo escrutaba en huesos y alma le dijo al oído:

–Te nombro canciller. Y este nombramiento tiene carácter de irrevocable.

–Lo siento, führer.

–¿De qué hablas?

–No hice suficiente.

–Todo está perdonado.

–Acepto el honor que usted me concede.

Mientras hacían su recorrido, Bruce, un soldado estadunidense de la división 101 llevaba a cabo una revisión de rutina con su batallón por las minas de sal cercana a Berchtesgaden. Allí, en uno de los reductos más profundos, el soldado encontró los libros del führer. De los 16 mil volúmenes que se contabilizaban en la biblioteca personal de Hitler, solamente habían sobrevivido 3 mil. Lo anterior se debió principalmente al robo, pero se sabe que muchos de los libros del canciller fueron quemados por el mismo Goebbels. Para enero de 1952, cerca de 1200 libros restantes fueron trasladados al Congreso de los Estados Unidos.

Si bien Hitler le perdonó todo a Goebbels, incluso sus más abyectas fantasías y perversiones sexuales con prostitutas y mujeres menores de edad, jamás le concedió el aborrecible acto de la quema de libros. Hitler era un lector voraz, un reprimido amante bibliófilo de la filosofía oriental y occidental, tanto de autores alemanes como de pensadores judíos.

Se sabe que de sus textos predilectos destacaban la obra completa de Arthur Shopenhauer. Pero el que lo colmaba de pasiones y placeres literarios era Magie: Geschichite, Theorie, Praxis de Ernst Schertel, publicado en 1925.

–“Quien no lleva dentro de sí las semillas de lo demoníaco, nunca dará nacimiento a un nuevo mundo”.

Fue la frase que Bruce encontró en la página blanca inicial, escrita por puño y letra del Hitler.

La quema de libros no se detiene.

Sigue renuente en el anacronismo religioso.

Sagaz y oportunista tras los deseos del fanatismo y el determinismo político.

Se jacta desde la inmundicia de la voraz iniciativa privada (vía best sellers) y el torpe desdén de las políticas públicas que abyectamente están a favor del libro.

Disfrazada de lectura cinco o veinte minutos al día, promovida por un ente paradójicamente llamado consejo de la comunicación…

ERR. Segunda entrega

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 608, del Diario de Querétaro del 15 de mayo del 2016.

Fue en una mañana de abril cuando, a las puertas de su casa, Martin Heidegger recibió un enorme sobre con matasellos de la Universidad de Friburgo. Entró a la sala y, no sin cierta desesperación, abrió de inmediato aquél elegante pliego. Se trataba de una invitación personal para que asistiera a la ceremonia que se celebraría en su honor, con motivo de su nombramiento. Quizás sin sorpresas, leyó nuevamente la invitación. La ceremonia se llevaría a cabo la siguiente semana.

No era para menos. Tras haberse adherido junto a otros importantes filósofos e intelectuales a la ideología de Goebbels, Heidegger había sido nombrado rector de la Universidad de Friburgo, institución que lo había visto crecer meteóricamente como intelectual, primero como discípulo de Carl Braig y Heinrich Rikert, de quienes adquirió los conceptos fundamentales del neokantismo, para posteriormente fungir como asistente de Edmund Husserl, de allí su innegable influencia fenomenológica.

Después de que hubo recibido su nombramiento, con inusitado entusiasmo, y con la efervescencia política del momento, Heidegger se registro como miembro del NSDAP, Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, por sus siglas en español.

En aquel abril, quizás bajo el influjo de la misma efervescencia, hordas de estudiantes universitarios e intelectuales salieron a las calles Düsseldorf para la destrucción de libros. Mientras huía por la acera de Königsallee, Ana, una joven historiadora egresada de la Universidad de Düsseldorf, se recriminaba a sí misma por no haber logrado rescatar a más autores:

–Los están matando, los están quemando a todos. ¡Nadie saldrá vivo de aquí!

No importó el peso de la Historia. Hacia 1773, en esta ciudad se fundó la Academia de Bellas Artes más antigua de todo Europa.

Pero aquello era solamente un preludio a lo que estaba por ocurrir realmente. Relativamente cerca de Düsselfdorf se encuentra Colonia, la ciudad que vio nacer la rampante industria alemana. El día 5 de mayo, hordas de estudiantes de la Universidad de Colonia se organizaron en la explanada central para tomar la biblioteca. De allí sustrajeron todos los libros posibles que hubiesen sido escritos por autores judíos. Cuando hubieron regresado a la explanada con bolsas, cajas, y demás herramientas para el acarreo de libros, levantaron una inmensa pira a donde fueron a parar todas las obras. Prácticamente ningún libro sobrevivió.

Al siguiente día se repitió lo mismo, en esta ocasión en el Instituto de Investigación Sexual de Berlín. Una enorme multitud de estudiantes en contubernio con las Juventudes Nazis lograron incinerar cerca de media tonelada de libros en un solo acto.

A la par de los atentados, y tras largas y álgidas reuniones nocturnas con sus principales colaboradores y representantes del sector estudiantil, Goebbels estableció el 10 de mayo como el día para combatir el desagravio intelectual que seguía lacerando la cultura alemana, de acuerdo a su hipótesis. Sin embargo, desde el 8 de mayo los atentados contra las bibliotecas se seguían multiplicando. Y no se iban a detener.

Aquella tarde del 8 de mayo, entre la muchedumbre que se congregaba alrededor de la pira libresca asentada sobre la plaza central la Universidad de Friburgo, un jocoso Heidegger participaba con ahínco arrojando cientos de volúmenes escritos por autores judíos. Aquello era una fiesta. Las miradas de soldados alemanes se comenzarían a acostumbrar a las cenizas sobrevolando sus cabezas.

El 9 de mayo, un día antes del movimiento para abatir el desagravio cultural, un Goebbels desbordado habría de pronunciar el siguiente discurso en la ciudad de Kaiserhof:

–Protesto contra el concepto que hace del artista un ser apolítico. Ningún artista puede ni debe de mantenerse en la retaguardia. Todo aquel que se ufane de ser artista debe de tomar las banderas y marchar al frente.

Otto, Max, Erick y otros tantos talentosos artistas, virtuosos interpretes en su mayoría de las obras de Goethe y Schiller, recibieron con júbilo las palabras de Goebbels, a grado tal que decidieron acompañarlo en su encomienda: eliminar todo rasgo judío de la cultura e idiosincrasia alemanas.

Desde las primeras horas de aquel 10 de mayo, en los rincones de la Universidad Wilhelm Von Humboldt, comenzó a resonar una insistente melodía coral que hacía correr a los estudiantes que aún se afanaban a tomar cursos como si corrieran días normales:

“Contra la clase materialista y utilitaria,

Por una comunidad de pueblo,

Y una forma ideal de vida,

¡Marx!,

¡Kautsky!”

Stella alcanzaba a escuchar los gritos y cánticos de los miembros de la Asociación de Estudiantes Alemanes. Parecía increíble que ni los propios muros de la biblioteca pudieran repeler el escándalo del exterior. Fue al dar vuelta a la siguiente página que un sonoro golpe rompió el silencio hasta ese momento sagrado de aquel recinto. Stella ocultó instintivamente su Hemingway bajo el brazo y se dirigió al ala norte de la biblioteca. Milagrosamente, ayudada por su inopinada presencia y su lúgubre aspecto, Stella logró pasar inadvertida. Los miembros de la Asociación comenzaron a recolectar todos los libros de autores judíos. Tras cerca de dos horas, la pira congregaba cerca de 25 mil títulos. Stella pudo conservar su Hemingway, aunque le dolió no haber podido hacer algo más por Broch, Freud, Bretch…

–¡Heil!– grito Goebbels minutos antes de la medianoche. Sabía que no lejos de ahí Rosemberg estaba llamando la atención de Hitler. Era el momento de demostrar quién mandaba.

–La era del intelectualismo judío ha llegado a su fin. El día de hoy la revolución alemana abre las puertas nuevamente a una nueva forma de vida que nos permitirá llegar a la verdadera esencia del ser alemán. Pero no se confundan. Esta revolución no comienza desde arriba. Se inicia desde abajo, desde sus raíces, y continua con pulso implacable en ascenso…

La gente, en su mayoría estudiantes y personas vinculadas con el arte, colmaron la plaza con sus aplausos. Tras un breve silencio Goebbels continuó:

–Por esa razón, en el mejor sentido de la palabra, esta revolución es la expresión genuina de la voluntad del pueblo. En los últimos años, ustedes, estudiantes y artistas, recibieron la peor humillación posible con el pretexto de la República de Noviembre, que consistió tácitamente en inundar sus bibliotecas con la basura y corrupción de la mierda literaria de los judíos. Esto provocó que nuestra ciencia y nuestra cultura se aislaran irremediablemente de la vida alemana. Pero eso está por terminar.

Una nueva andanada de aplausos estimularon el brío de un Goebbels plenamente emocionado y entregado. Prosiguió:

–Las revoluciones que son genuinas no se detienen con nada. Ninguna área debe de permanecer intocable. En verdad les digo: ustedes están haciendo lo correcto en este día, a esta hora, en el instante en que entregan a las llamas al espíritu diabólico del pasado.

 

ERR. Primera entrega.

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 607, del Diario de Querétaro del 8 de mayo del 2016.

Decía Bertolt Brecht en su poema Die Bücherverbrennung (traducido como La quema de libros):

Cuando el régimen ordenó los libros con sabiduría peligrosa,

Quemar en público, carretas con libros a las hogueras,

Y todos los bueyes fueron forzados a hacerlo, pero

Uno de los poetas perseguidos al revisar, con gran estudio,

La lista de los quemados, se quedó estupefacto, pues su libro,

Había sido olvidado. Fue volando en la alas de la ira,

A su escritorio, y escribió una carta a las autoridades.

¡Quémenme!, escribió con gran pesar. ¡Quémenme!

¡No me hagan esto a mí! ¿No he dicho

Siempre la verdad en mis libros?

¡Y ahora ustedes me tratan como si fuera un mentiroso!

Yo les ordeno: ¡quémenme!

Lo anterior lo escribió poco después de enterarse que sus libros estaban en el catálogo a quemarse.

La palabra holocausto proviene del latín tardío holocaustum que lacónicamente significa “gran matanza de seres humanos”, de acuerdo a su primera y grave acepción. El peso de la historia ha nombrado con esa palabra a la aniquilación sistemática de millones de judíos acaecida en durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero la idea del holocausto tuvo su origen en otra idea previa: el bibliocausto nazi.

En el calendario ponía 30 de enero de 1933. El entonces presidente de la República de Weimar, Paul Von Hindenburg, había resuelto otorgar a Hitler el título irrefutable de canciller. Tras el nombramiento, el rostro de Hitler cobró una extraña sonrisa con matiz de venganza: venía de una ridícula derrota en 1923 tras orquestar un fracasado golpe de estado, pero con este nombramiento se encaminaba hacia el poder absoluto en pos de la reforma para la recuperación del pueblo alemán.

Sentado ante un cúmulo de documentos propios y ajenos, Hitler fijo su mirada hacia tres objetivos: los judíos, los sindicatos y los partidos políticos a excepción del suyo. Desde aquella oficina con libreros de cedro, el canciller tenía la sensación de que habían quedado muy lejos aquella susceptible estampa del pequeño cabo estulto. Un poco más allá reposaba el retrato frustrado del pésimo artista y peor pintor. Ahora se había impuesto el monolito del sagaz político cuyas ideas reformistas habían cobrado un nuevo impulso. Aquella noche, Europa durmió hecha un polvorín.

Para el mes febrero de 1933 de ese mismo año, con base en la Ley para la Protección del Pueblo Alemán, asestaría varios golpes a la libertad de expresión: restricción a la libertad de prensa y la definición de los esquemas de confiscación de material que eventualmente pudiera considerarse peligroso, así como la derogación de la libertad de reunión.

A pesar de no ser alemán, la popularidad de Hitler seguía en aumento. Pero su inusitado éxito no se debía a su propia persona, sino al trabajo coordinado en dos frentes: Hermann Göring y Joseph Goebbels, el segundo con un fanatismo férreo y más acentuado que el primero.

Fue precisamente ese fanatismo exacerbado que le permitió a Goebbels persuadir a Hitler para extremar las medidas persecutorias, por lo que tiempo después fue designado como director de un nuevo órgano regulador del Estado: el Reichsministerium für Volksaufklärung und Propaganda (Ministerio del Reich para la Ilustración del Pueblo y la Propaganda).

A causa de una maldita cojera (su renquear le había merecido varios apodos de los que nunca llegó a oír), Goebbels fue rechazado del ejército, por lo que se refugió en la academia. Su férrea disciplina y su interés por la comprensión del devenir occidental lo llevaron a obtener un doctorado en Filología en el año de 1922. Fanático de Nietzsche, no era raro verle en las aulas después de las clases devorando a los clásicos (los griegos eran su predilección) y textos de teoría social desde el enfoque marxista, y todo aquel volumen que cayera en sus manos, siempre y cuando hablara en contra de la burguesía. No era raro verlo en las aulas o en el auditorio del colegio declamando poesía o leyendo en voz alta textos dramáticos.

En la labor de limpia, Goebbels contó con el apoyo incondicional de la Gestapo y del Sicherheitsdienst, así como de Heinrich Himmler, después de que éste obtuvo el nombramiento de jefe de la SS. Este triple entente vicioso, no obstante, tuvo un contrincante: Alfred Rosenberg, el director de la Oficina de Supervisión General de la Cultura, la Ideología, la Educación y la Instrucción del NSDAP. Tan culto como Goebbels, y tan fanático como Göring, Rosemberg había ocupado un lugar especial en el corazón de Hitler tras publicar su libro El mito del siglo veinte, publicado en 1930, en donde se plasmaban sus ideas filosóficas, estéticas y políticas, con una cargada influencia hacia Arhur Shopenhauer. Aun se escucha en la oficina de Rosemberg lo que él interpretaba como un voto de confianza otorgado por Hitler:

–Hitler sabía naturalmente que yo tenía un conocimiento más profundo del arte y la cultura en comparación con Goebbels.

–Pero el trabajo de Joseph ha sido determinante para disuadir al pueblo de la propaganda oposicionista.

–No lo dudo, pero Goebbels solamente llegó a la superficie. La profundidad, a donde hemos llegado, yacía intacta.

–Entonces, ¿por qué Hitler mantiene en ese puesto de semejante responsabilidad a Goebbels?

–Hitler nunca disminuyó su cariño hacia Goebbels, le perdonó todo, inclusive esa perversa fascinación por las prostitutas.

–Pero eso podría interpretarse un agravio contra el Reich.

–Hitler decidió dejar a ese hombre en la dirección de esa esfera que, más que darle poder, lo complementaba desde un punto de vista filosófico. Quizás eso explique el modo en que Joseph Goebbels pudo ganarse la confianza del Führer del modo que yo jamás podría ni siquiera intentar.

El rol de Rosemberg sería efectivo solamente hacia la política exterior, en la reeducación de las naciones invadidas. Sin embargo, Rosemberg tuvo el suficiente poder como para constituir la Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg (ERR), órgano de gobierno que iría más allá de la vulgar quema de libros: se encargaría de confiscar bienes culturales para beneficio del Institut zur Erforschung der Judenfrage (Instituto para la Investigación para la Cuestión Judía).

Para el año de 1940, desde su oficina central, Rosemberg había redactado la orden que apremiaba a conseguir libros para la mítica biblioteca nazi llamada Hohe Shule, la cual tendría su sede en Baviera. La biblioteca estaba adscrita al proyecto mayor de la fundación de la Escuela Superior de la NSDAP, la universidad con mayor élite en todo el mundo la cual funcionario como núcleo de otros proyectos alineados a la ideología de Rosemberg.