Paréntesis.

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Para los que somos turistas pendulares, la carretera es nuestro sitio de recreo. Un recorrido diario de 45 minutos o de 75 kilómetros de ida y los mismos de regreso (el lector puede elegir su propia medición) es una terapia autoinfundida. El sonido del motor a veces sustituye al de los latidos.

Pero hay espacios, a veces gratuitos, que rompen con la cotidianidad de la cinta asfáltica. El usuario puede entablar un diálogo transparente con los espejos de esos espacios. O al menos una invitación lacónica pervive. En su mayoría están conformados por una habitación efímera, condenada a recibir perpetuamente heces como instantes. Los pensamientos fugaces de los conductores cotidianos quedan entramados en un ir y venir de autos vedados al deseo de fuga.

En esos espacios donde cualquier presencia es ajena, la conciencia no sirve porque no hay sentido de pertenencia a ninguna parte. La acción absurda de mirarse al espejo es una burla de uno mismo. Y así, los espacios van acumulando retratos móviles de turistas inéditos.

Nos han robado la cotidianidad.

Nos han robado la cotidianidad y la certeza se fue a ninguna parte. El ego lo sustituyeron por el miedo. El miedo devoró al sueño y arrojó sus restos a la fosa común. La certeza extraña y añora a la cotidianidad porque, curiosamente, la alimentaba de certeza. Los recuerdos como ataques epilépticos de una memoria fotográfica. El asesino solitario que disparó un sordo revólver. Quedó zanjado el capricho con el que la vida y la muerte se fotografiaban mútuamente.