ERR. Última entrega.

Quemalibros1

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 609, del Diario de Querétaro del 22 de mayo del 2016.

Después de los cánticos, resonaron estrofas que preludiaron la quema:

  • Contra la decadencia misma y la decadencia de la moral. Por la disciplina, por la decencia en la familia y en la propiedad: a la hoguera Mann, Glaeser y Kaestner.
  • Contra el pensamiento sin principios y la política desleal. Por la dedicación al Pueblo y al Estado: a la hoguera Foerster.
  • Contra el desmenuzamiento del alma y el exceso de énfasis y los instintos sexuales. Por la nobleza del alma humana: a la hoguera la Escuela de Freud.
  • Contra la distorsión de nuestra historia y la disminución de las grandes figuras históricas. Por el respeto a nuestro pasado: Ludwig y Hegemann al fuego.
  • Contra los periodistas judíos demócratas, enemigos del Pueblo. Por una cooperación responsable para reconstruir la Nación: Wolff y Bernhard fueron arrojados a las llamas.
  • Contra la deslealtad literaria perpetrada por los soldados de la Guerra Mundial. Por la educación de la nación en el espíritu del poder militar: adiós, Remarque.
  • Contra la arrogancia que arruina el idioma alemán. Por la conservación de la más preciosa pertenencia del Pueblo: arde en el infierno, Kerr.
  • Contra la impudicia y la presunción. Por el respeto y la reverencia debida a la eterna mentalidad alemana: arde en los infiernos, Ossietzky.

Ente risas, Hitler departía con sus más cercanos colaboradores militares. Uno de sus escoltas se acercó a su oído, casi interponiéndose entre la cuchara y la bocaza del canciller, para informarle acerca de las acciones de Goebbels. Una gota de sudor corrió por la frente de su escolta y confidente. Hitler se limitó a espetar en voz baja: “Creo en lo que hace. Creamos en Goebbels”. No sin complicación, Hitler sabía que, además de extinguir el buen humor (había mandado a prohibir cualquier chiste o caricatura que se hiciera en su nombre o persona), acabar con los libros le acarrearía un mayor balance en términos morales, políticos e intelectuales. La gente habría de acostumbrarse también a las cenizas.

En las calles de Alemania, en 1933, antes de partir Freud fue alcanzado por un periodista. Ante el breve pero grave cuestionamiento de éste por la implacable quema de libros, Freud se limitó a responder:

–Si estuviéramos en la Edad Media, le aseguro que yo habría perecido en la hoguera. Ahora son felices conformándose a quemar mis libros.

Freud se equivocaría.

Las llamas lograron alcanzar a varios autores judíos, no solo a sus libros. La muerte del psicoanalista no permitió que a éste le ocurriese algo así.

Años después, repasando sus memorias y quizás algún procedimiento matemático, Waclaw Sierpinski recordaba aquel libro publicado en 1910 donde daba cuenta de la resolución matemática al problema planteado por Gauss. Aquel hallazgo (por llamarlo de algún modo) fue propicio para la publicación de La teoría de los números irracionales, espécimen tan voluminosos como inteligible que fue quemado cuando la biblioteca de Sierpinski fue arrasada junto a la de muchos de sus colegas:

–Ellos la quemaron.

­–¿Quiénes?

–Los alemanes. Arrasaron la biblioteca de la Universidad de Varsovia. Un grupo de soldados muy jóvenes entro sin el menor de los sigilos para terminar con revistas y textos matemáticos de diferentes autores.

–¿Qué tan grave fue aquello?

–Hemos perdido los 32 tomos de Fundamenta Mathematica, los diez tomos de Monografia Mathematica, por decir algo…– dijo con pesadumbre el matemático.

Ya en 1945, ante un cielo que aparentemente había adoptado a las cenizas, humanas y de papel, como parte de su composición química, Hitler se abrazó con Goebbels. Mientras lo escrutaba en huesos y alma le dijo al oído:

–Te nombro canciller. Y este nombramiento tiene carácter de irrevocable.

–Lo siento, führer.

–¿De qué hablas?

–No hice suficiente.

–Todo está perdonado.

–Acepto el honor que usted me concede.

Mientras hacían su recorrido, Bruce, un soldado estadunidense de la división 101 llevaba a cabo una revisión de rutina con su batallón por las minas de sal cercana a Berchtesgaden. Allí, en uno de los reductos más profundos, el soldado encontró los libros del führer. De los 16 mil volúmenes que se contabilizaban en la biblioteca personal de Hitler, solamente habían sobrevivido 3 mil. Lo anterior se debió principalmente al robo, pero se sabe que muchos de los libros del canciller fueron quemados por el mismo Goebbels. Para enero de 1952, cerca de 1200 libros restantes fueron trasladados al Congreso de los Estados Unidos.

Si bien Hitler le perdonó todo a Goebbels, incluso sus más abyectas fantasías y perversiones sexuales con prostitutas y mujeres menores de edad, jamás le concedió el aborrecible acto de la quema de libros. Hitler era un lector voraz, un reprimido amante bibliófilo de la filosofía oriental y occidental, tanto de autores alemanes como de pensadores judíos.

Se sabe que de sus textos predilectos destacaban la obra completa de Arthur Shopenhauer. Pero el que lo colmaba de pasiones y placeres literarios era Magie: Geschichite, Theorie, Praxis de Ernst Schertel, publicado en 1925.

–“Quien no lleva dentro de sí las semillas de lo demoníaco, nunca dará nacimiento a un nuevo mundo”.

Fue la frase que Bruce encontró en la página blanca inicial, escrita por puño y letra del Hitler.

La quema de libros no se detiene.

Sigue renuente en el anacronismo religioso.

Sagaz y oportunista tras los deseos del fanatismo y el determinismo político.

Se jacta desde la inmundicia de la voraz iniciativa privada (vía best sellers) y el torpe desdén de las políticas públicas que abyectamente están a favor del libro.

Disfrazada de lectura cinco o veinte minutos al día, promovida por un ente paradójicamente llamado consejo de la comunicación…

ERR. Segunda entrega

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 608, del Diario de Querétaro del 15 de mayo del 2016.

Fue en una mañana de abril cuando, a las puertas de su casa, Martin Heidegger recibió un enorme sobre con matasellos de la Universidad de Friburgo. Entró a la sala y, no sin cierta desesperación, abrió de inmediato aquél elegante pliego. Se trataba de una invitación personal para que asistiera a la ceremonia que se celebraría en su honor, con motivo de su nombramiento. Quizás sin sorpresas, leyó nuevamente la invitación. La ceremonia se llevaría a cabo la siguiente semana.

No era para menos. Tras haberse adherido junto a otros importantes filósofos e intelectuales a la ideología de Goebbels, Heidegger había sido nombrado rector de la Universidad de Friburgo, institución que lo había visto crecer meteóricamente como intelectual, primero como discípulo de Carl Braig y Heinrich Rikert, de quienes adquirió los conceptos fundamentales del neokantismo, para posteriormente fungir como asistente de Edmund Husserl, de allí su innegable influencia fenomenológica.

Después de que hubo recibido su nombramiento, con inusitado entusiasmo, y con la efervescencia política del momento, Heidegger se registro como miembro del NSDAP, Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, por sus siglas en español.

En aquel abril, quizás bajo el influjo de la misma efervescencia, hordas de estudiantes universitarios e intelectuales salieron a las calles Düsseldorf para la destrucción de libros. Mientras huía por la acera de Königsallee, Ana, una joven historiadora egresada de la Universidad de Düsseldorf, se recriminaba a sí misma por no haber logrado rescatar a más autores:

–Los están matando, los están quemando a todos. ¡Nadie saldrá vivo de aquí!

No importó el peso de la Historia. Hacia 1773, en esta ciudad se fundó la Academia de Bellas Artes más antigua de todo Europa.

Pero aquello era solamente un preludio a lo que estaba por ocurrir realmente. Relativamente cerca de Düsselfdorf se encuentra Colonia, la ciudad que vio nacer la rampante industria alemana. El día 5 de mayo, hordas de estudiantes de la Universidad de Colonia se organizaron en la explanada central para tomar la biblioteca. De allí sustrajeron todos los libros posibles que hubiesen sido escritos por autores judíos. Cuando hubieron regresado a la explanada con bolsas, cajas, y demás herramientas para el acarreo de libros, levantaron una inmensa pira a donde fueron a parar todas las obras. Prácticamente ningún libro sobrevivió.

Al siguiente día se repitió lo mismo, en esta ocasión en el Instituto de Investigación Sexual de Berlín. Una enorme multitud de estudiantes en contubernio con las Juventudes Nazis lograron incinerar cerca de media tonelada de libros en un solo acto.

A la par de los atentados, y tras largas y álgidas reuniones nocturnas con sus principales colaboradores y representantes del sector estudiantil, Goebbels estableció el 10 de mayo como el día para combatir el desagravio intelectual que seguía lacerando la cultura alemana, de acuerdo a su hipótesis. Sin embargo, desde el 8 de mayo los atentados contra las bibliotecas se seguían multiplicando. Y no se iban a detener.

Aquella tarde del 8 de mayo, entre la muchedumbre que se congregaba alrededor de la pira libresca asentada sobre la plaza central la Universidad de Friburgo, un jocoso Heidegger participaba con ahínco arrojando cientos de volúmenes escritos por autores judíos. Aquello era una fiesta. Las miradas de soldados alemanes se comenzarían a acostumbrar a las cenizas sobrevolando sus cabezas.

El 9 de mayo, un día antes del movimiento para abatir el desagravio cultural, un Goebbels desbordado habría de pronunciar el siguiente discurso en la ciudad de Kaiserhof:

–Protesto contra el concepto que hace del artista un ser apolítico. Ningún artista puede ni debe de mantenerse en la retaguardia. Todo aquel que se ufane de ser artista debe de tomar las banderas y marchar al frente.

Otto, Max, Erick y otros tantos talentosos artistas, virtuosos interpretes en su mayoría de las obras de Goethe y Schiller, recibieron con júbilo las palabras de Goebbels, a grado tal que decidieron acompañarlo en su encomienda: eliminar todo rasgo judío de la cultura e idiosincrasia alemanas.

Desde las primeras horas de aquel 10 de mayo, en los rincones de la Universidad Wilhelm Von Humboldt, comenzó a resonar una insistente melodía coral que hacía correr a los estudiantes que aún se afanaban a tomar cursos como si corrieran días normales:

“Contra la clase materialista y utilitaria,

Por una comunidad de pueblo,

Y una forma ideal de vida,

¡Marx!,

¡Kautsky!”

Stella alcanzaba a escuchar los gritos y cánticos de los miembros de la Asociación de Estudiantes Alemanes. Parecía increíble que ni los propios muros de la biblioteca pudieran repeler el escándalo del exterior. Fue al dar vuelta a la siguiente página que un sonoro golpe rompió el silencio hasta ese momento sagrado de aquel recinto. Stella ocultó instintivamente su Hemingway bajo el brazo y se dirigió al ala norte de la biblioteca. Milagrosamente, ayudada por su inopinada presencia y su lúgubre aspecto, Stella logró pasar inadvertida. Los miembros de la Asociación comenzaron a recolectar todos los libros de autores judíos. Tras cerca de dos horas, la pira congregaba cerca de 25 mil títulos. Stella pudo conservar su Hemingway, aunque le dolió no haber podido hacer algo más por Broch, Freud, Bretch…

–¡Heil!– grito Goebbels minutos antes de la medianoche. Sabía que no lejos de ahí Rosemberg estaba llamando la atención de Hitler. Era el momento de demostrar quién mandaba.

–La era del intelectualismo judío ha llegado a su fin. El día de hoy la revolución alemana abre las puertas nuevamente a una nueva forma de vida que nos permitirá llegar a la verdadera esencia del ser alemán. Pero no se confundan. Esta revolución no comienza desde arriba. Se inicia desde abajo, desde sus raíces, y continua con pulso implacable en ascenso…

La gente, en su mayoría estudiantes y personas vinculadas con el arte, colmaron la plaza con sus aplausos. Tras un breve silencio Goebbels continuó:

–Por esa razón, en el mejor sentido de la palabra, esta revolución es la expresión genuina de la voluntad del pueblo. En los últimos años, ustedes, estudiantes y artistas, recibieron la peor humillación posible con el pretexto de la República de Noviembre, que consistió tácitamente en inundar sus bibliotecas con la basura y corrupción de la mierda literaria de los judíos. Esto provocó que nuestra ciencia y nuestra cultura se aislaran irremediablemente de la vida alemana. Pero eso está por terminar.

Una nueva andanada de aplausos estimularon el brío de un Goebbels plenamente emocionado y entregado. Prosiguió:

–Las revoluciones que son genuinas no se detienen con nada. Ninguna área debe de permanecer intocable. En verdad les digo: ustedes están haciendo lo correcto en este día, a esta hora, en el instante en que entregan a las llamas al espíritu diabólico del pasado.