ERR. Última entrega.

Quemalibros1

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 609, del Diario de Querétaro del 22 de mayo del 2016.

Después de los cánticos, resonaron estrofas que preludiaron la quema:

  • Contra la decadencia misma y la decadencia de la moral. Por la disciplina, por la decencia en la familia y en la propiedad: a la hoguera Mann, Glaeser y Kaestner.
  • Contra el pensamiento sin principios y la política desleal. Por la dedicación al Pueblo y al Estado: a la hoguera Foerster.
  • Contra el desmenuzamiento del alma y el exceso de énfasis y los instintos sexuales. Por la nobleza del alma humana: a la hoguera la Escuela de Freud.
  • Contra la distorsión de nuestra historia y la disminución de las grandes figuras históricas. Por el respeto a nuestro pasado: Ludwig y Hegemann al fuego.
  • Contra los periodistas judíos demócratas, enemigos del Pueblo. Por una cooperación responsable para reconstruir la Nación: Wolff y Bernhard fueron arrojados a las llamas.
  • Contra la deslealtad literaria perpetrada por los soldados de la Guerra Mundial. Por la educación de la nación en el espíritu del poder militar: adiós, Remarque.
  • Contra la arrogancia que arruina el idioma alemán. Por la conservación de la más preciosa pertenencia del Pueblo: arde en el infierno, Kerr.
  • Contra la impudicia y la presunción. Por el respeto y la reverencia debida a la eterna mentalidad alemana: arde en los infiernos, Ossietzky.

Ente risas, Hitler departía con sus más cercanos colaboradores militares. Uno de sus escoltas se acercó a su oído, casi interponiéndose entre la cuchara y la bocaza del canciller, para informarle acerca de las acciones de Goebbels. Una gota de sudor corrió por la frente de su escolta y confidente. Hitler se limitó a espetar en voz baja: “Creo en lo que hace. Creamos en Goebbels”. No sin complicación, Hitler sabía que, además de extinguir el buen humor (había mandado a prohibir cualquier chiste o caricatura que se hiciera en su nombre o persona), acabar con los libros le acarrearía un mayor balance en términos morales, políticos e intelectuales. La gente habría de acostumbrarse también a las cenizas.

En las calles de Alemania, en 1933, antes de partir Freud fue alcanzado por un periodista. Ante el breve pero grave cuestionamiento de éste por la implacable quema de libros, Freud se limitó a responder:

–Si estuviéramos en la Edad Media, le aseguro que yo habría perecido en la hoguera. Ahora son felices conformándose a quemar mis libros.

Freud se equivocaría.

Las llamas lograron alcanzar a varios autores judíos, no solo a sus libros. La muerte del psicoanalista no permitió que a éste le ocurriese algo así.

Años después, repasando sus memorias y quizás algún procedimiento matemático, Waclaw Sierpinski recordaba aquel libro publicado en 1910 donde daba cuenta de la resolución matemática al problema planteado por Gauss. Aquel hallazgo (por llamarlo de algún modo) fue propicio para la publicación de La teoría de los números irracionales, espécimen tan voluminosos como inteligible que fue quemado cuando la biblioteca de Sierpinski fue arrasada junto a la de muchos de sus colegas:

–Ellos la quemaron.

­–¿Quiénes?

–Los alemanes. Arrasaron la biblioteca de la Universidad de Varsovia. Un grupo de soldados muy jóvenes entro sin el menor de los sigilos para terminar con revistas y textos matemáticos de diferentes autores.

–¿Qué tan grave fue aquello?

–Hemos perdido los 32 tomos de Fundamenta Mathematica, los diez tomos de Monografia Mathematica, por decir algo…– dijo con pesadumbre el matemático.

Ya en 1945, ante un cielo que aparentemente había adoptado a las cenizas, humanas y de papel, como parte de su composición química, Hitler se abrazó con Goebbels. Mientras lo escrutaba en huesos y alma le dijo al oído:

–Te nombro canciller. Y este nombramiento tiene carácter de irrevocable.

–Lo siento, führer.

–¿De qué hablas?

–No hice suficiente.

–Todo está perdonado.

–Acepto el honor que usted me concede.

Mientras hacían su recorrido, Bruce, un soldado estadunidense de la división 101 llevaba a cabo una revisión de rutina con su batallón por las minas de sal cercana a Berchtesgaden. Allí, en uno de los reductos más profundos, el soldado encontró los libros del führer. De los 16 mil volúmenes que se contabilizaban en la biblioteca personal de Hitler, solamente habían sobrevivido 3 mil. Lo anterior se debió principalmente al robo, pero se sabe que muchos de los libros del canciller fueron quemados por el mismo Goebbels. Para enero de 1952, cerca de 1200 libros restantes fueron trasladados al Congreso de los Estados Unidos.

Si bien Hitler le perdonó todo a Goebbels, incluso sus más abyectas fantasías y perversiones sexuales con prostitutas y mujeres menores de edad, jamás le concedió el aborrecible acto de la quema de libros. Hitler era un lector voraz, un reprimido amante bibliófilo de la filosofía oriental y occidental, tanto de autores alemanes como de pensadores judíos.

Se sabe que de sus textos predilectos destacaban la obra completa de Arthur Shopenhauer. Pero el que lo colmaba de pasiones y placeres literarios era Magie: Geschichite, Theorie, Praxis de Ernst Schertel, publicado en 1925.

–“Quien no lleva dentro de sí las semillas de lo demoníaco, nunca dará nacimiento a un nuevo mundo”.

Fue la frase que Bruce encontró en la página blanca inicial, escrita por puño y letra del Hitler.

La quema de libros no se detiene.

Sigue renuente en el anacronismo religioso.

Sagaz y oportunista tras los deseos del fanatismo y el determinismo político.

Se jacta desde la inmundicia de la voraz iniciativa privada (vía best sellers) y el torpe desdén de las políticas públicas que abyectamente están a favor del libro.

Disfrazada de lectura cinco o veinte minutos al día, promovida por un ente paradójicamente llamado consejo de la comunicación…

Puente.

I

La señora Garduño.

Le decíamos Mane a Manuel, mi hijo. Nació un 7 de diciembre de 1999, justamente en la fiesta de nuestra señora de la Concepción. Mi papá le quería poner José Concepción, su mismo nombre. Pero me negué. Mi padre argumentó que “cómo una vieja que no sabe ni quién la embarazó iba a tener idea de cómo llamar a su muchacho”. Me negué tercamente, lo que provocó que mi padre me corriera de la casa no bien pasaron los cuarenta días de rigor.

El tipo del traje azul marino.

¿Me está hablando en serio, señorita? Espero que se apiade de mí, que se ponga por un minuto en mi lugar: no me puedo ausentar con tanta frecuencia de mi trabajo, a menos que acepte que me despidan por incumplimiento de contrato- dijo el tipo del traje azul marino.

No hay problema, señor. Le hago su justificante de la clínica y se presenta mañana como si nada a su trabajo: es su derecho como trabajador- atajó la asistente del consultorio. Al término de su argumento engulló con prisa voraz un trozo inmenso de jícama con chile.

No se trata de eso, señorita. Mi trabajo consiste en educar adolescentes, no puedo permitirme el lujo de faltar…¡Imagínese cuántas clases hemos perdido en tiempos de exámenes finales! ¿Se da cuenta de las consecuencias que esto podría acarrearles?- dijo el tipo del traje azul marino. Algunas personas habían interrumpido su soporífera espera para entretenerse con el debate entre derechohabiente y asistente.

Nada más le pido que no se enoje ni se desquite conmigo porque las reglas no las pongo yo- cerró la asistente sin mirarlo, con un timbre alterado y engullido por los efectos del chile en su esófago. Al tipo del traje azul marino le pareció haber escuchado esa misma expresión en los trámites de su título universitario, quizás en la ventanilla de tránsito municipal para el trámite de su licencia, acaso su madre se lo dijo cuando el tipo del traje azul marino decidió largarse para siempre de las miserables vidas de su infeliz y patológica familia. Al final, la asistente lo miró con un rostro de ballena muerta.

Claudia, la de la prepa.

Ya se me estaba haciendo tarde para llegar a la escuela pero ocurre que, en cuanto te animas a no repetir el esquema de perdedora que me ha distinguido de entre el circulo de amigas, Mane me intercepta en la esquina de la calle Peñones, a cinco casas de mi casa. Es lindo ese Mane.

Mane.

¡Chingo a mi madre si no me cojo a la Claudia el viernes! Tanto pinche faje y tantas pinches mamadas y chaquetas ya me tienen hasta la madre. Se hace pendeja porque sabe que me trae bien pendejo. La otra vez se me escapó en la fiesta del Checo, bien que la veía como se me embarraba por todo mi cuerpo, hasta parecía que se me quería arremangar hasta los huesos.

La señora Garduño.

Era peleonero, buscapleitos, más bien. Le gustaba la música de rock, en la primaria; ya después empezó a escuchar otras música que yo ni entendía. Al final le dio por la banda sinaloense. En repetidas ocasiones me desafiaba: “¿Qué haría si me voy pa’l otro lado, jefa?”, “¿Y si le entro al narco, jefa?”, “Me voy a meter de dealer, jefa. Ya no aguanto la pinche jodidez”. Yo me quedada callada, lo tiraba de a loco. Me gustaba imaginar que eran solamente ideas que sus amigos le metían en la cabeza. Lo que sí es que mi Mane era bien trabajador, acomedido, hacendoso. También era muy religioso: quería mucho a diosito.

El tipo del traje azul marino.

Nada, mi amor. Tengo que presentarme el próximo lunes a solicitar mi cita para especialidades…

No, primero me dan la cita y posteriormente me dan el tratamiento. Pero me dice la doctora que harán todo lo posible para evitar la operación, me dice que…

No, mi vida, no es nada grave. Dice la doctora que…Espera, tengo que meter mi mochila y mis libros a la cajuela…

Sí, por supuesto. Lo mejor de perder el tiempo en la clínica es que ganas horas/libro…

Ya voy en camino…

Claudia, la de la prepa.

Mane nada más me engaña. Me hizo creer que íbamos rumbo a la escuela, pero en cuanto doblamos la esquina hacia la entrada, aceleró su VW a todo lo que levanta. Pasamos enfrente de los chavos de mi salón y de los amigos de Mane. Solamente alcancé a escuchar algunos silbidos de burla y uno que otro insulto gritado. No. También escuché que le decían a Mane que ya me cogiera porque ya se estaba tardando. Mane no es como los otros, conozco a su mamá. Doña Gloria es una señora muy buena gente, atenta y amable conmigo. Cocina delicioso, siempre le manda dos tortas a Mane: una para él y una para mí. Cuando fantasea, doña Gloria me hace sentir una mujer especial. Me dice que imagina que Mane y yo nos casamos, que hacemos una boda enorme en el salón de fiestas que queda por su casa, que llega una banda y que nos toca canciones que el Mane me canta cuando anda borracho. Me dice que cuando tengamos nuestros hijos ella los va a cuidar con gusto. Al primero le quiere poner Manuel, como al papá. Yo le quisiera poner René, porque hasta donde sé así se llamaba mi padre.

Mane.

No mames, nomás de verle el culo a la Claudia se me paró la verga. Además huele bien rico, si así huele de afuera no quiero pensar cómo olerá por dentro. Mis compas me dicen que ya se la han cogido un chingo de culeros, pero a mí ella me ha dicho que nadie le ha tronado su panochita. Y le creo, porque además de sabrosa está bien pendeja…y le gusta que la trate como pendeja. Le alborotan las rolas de banda; apenas se metió al vocho y le puse bien duro unas rolotas de la Banda La Original Curtidora de Fernando Trejo, esa que va a tocar en la feria dentro de dos sábados. Ya para entonces me habré cogido un chingo a la Claudia.

La señora Garduño.

Es pecado hablar de las personas ausentes, peor tratándose de muertitos. Pero mi Manuelito era bien atrabancado. Peor cuando se ponía borracho o mariguano… o vaya a saber dios qué. No fueron pocas las veces que llegaba en la madrugada, al principio solamente los fines de semana; después ya daba igual que fuera lunes o viernes. Cambió. Mi Mane se puso muy agresivo. Con esa música que escuchaba era como si le prendieran un judas por dentro, una mecha en el pecho o en su corazón. Las vecinas y las señoras del rumbo de las vías del tren me contaban que seguido andaba en problemas de drogas y dineros. Yo me hacía la loca, la desentendida, porque no quería creer ni creía querer lo que decían.

En una noche, no muy lejos de la vinatería de Don Lalo -según me cuentan gentes de por ahí- mi Mane junto con otros muchachos golpearon hasta matar a tres muchachos del fraccionamiento de los ricos. Dicen que los tres ricachones venían muy vestidos en un coche negro de lujo. Rodaban por la Calle de los Remedios en busca de tachas, aunque Don Lucas, el ferretero muy amigo de Don Lalo, me dijo que en realidad venían buscando a Jéssica, la hermana de Claudia y cuñada de mi Mane. Pero Doña Juanita, la señora que vende elotes junto a las vías, me dijo que andaban bien borrachos, que llegaron a la casa de Claudia y comenzaron a cantar una canción. “Era una como serenata, pero en lugar de mariachi pusieron música desde el coche negro de lujo” dijo Doña Juanita. Don Lalo dijo que a la canción no se le entendía nada: “Era en inglés”.

El tipo del traje azul marino.

Muchas gracias. Oiga, señorita, disculpe. ¿Está segura que sirve para quitar el dolor? Fíjese que me van a operar y…

Esta es la más fuerte, es de 500 miligramos. Pero no se puede tomar más de una cada ocho horas- dijo la vendedora de la farmacia de patente.

¿Cuánto tiempo aproximadamente tarda en hacer efecto?

Depende de cada persona.

Gracias- dijo el tipo del traje azul. La vendedora no respondió a la despedida. La farmacia había quedado sin clientes en una escena atípica considerando la hora pico y el día: viernes.

Claudia, la de la prepa.

La verdad no me gustan las canciones que me pone el Mane. Pero es imposible, no tengo opción. Prácticamente es la única música que escucho en la casa, en la escuela, en el camión… A pesar de que el Mane me las pone a cada rato y me las dedica hasta en la radio, no me emocionan. Es como si le aventaran piedras a una pared de concreto. Yo me limito a sonreír y a cambiar de tema. Siento que en esas canciones están pensadas para mujeres estúpidas, para llevárselas solamente a la cama. Creo que con el tiempo Mane cambiará de parecer y sus gustos musicales cambiarán con él. Por eso a veces extraño al Max, ese chavo siempre me subía a su coche negro de lujo y me ponía canciones en inglés que, aunque yo no entendía, él se encargaba de traducir para mí. ¿Qué habrá sido del Max? Cuando cantaba, Max se escuchaba como un actor de películas. Aunque nunca me llevó a ninguna fiesta, porque siempre dije no a cada invitación, por momentos me arrepiento de no haber ido con él. Me imagino que habría sido muy diferente a empedarse como lo hace el Mane, a dejarse fajar como me faja el Mane, a hacer como divierto como disque me divierto con el Mane.

Mane.

El Quique me dijo la otra vez que su hermana trabaja en un motel que está a la orilla de la carretera 57, al lado de donde se ponen Los Caballeros del Zodiaco, o sea, los putos travestis de mierda. Me dijo también que cobran bien barato: $200 por cuatro horas. Con el dinero que saqué del estereo que nos chingamos afuera de la universidad me alcanza para pagar el cuarto, comprar un pomo de Don Peter, un chingo de condones y unas pastillas para la Claudia. La neta no me gusta meterme en pedos, menos en pedos de viejas. El pedo de coger es que el pinche riesgo está cabrón, pero si te pones al tiro coges y a la chingada. Ora sí me vale verga lo que me diga la Claudia: que si se quiere esperar, que si el amor, que si mi jefa, que si está en sus putos días…¡A la mierda! De hoy no pasa esa pinche vieja.

La señora Garduño.

El coche se lo compró con sus chambas que hace de chofer, de lavacoches, de rotulador, de guardia de seguridad en el bar La Negra, de vender ropa americana a los chavos de la prepa. Mijo siempre le ha sabido mover a su dinerito. Luego se iba al defe para comprar piezas para los coches que arreglaba. Muchas veces le vi su cartera retocada de billetes. Yo me conformaba con que me invitara a comer mole al mercado de San Francisco, pero me ponía contenta con ver que a mi Mane lo estaba bendiciendo dios.

II

El tipo del traje azul marino tomó la incorporación hacia la carretera 57. Conducía un Toyota último modelo sin placas. Un sonido estridente música de banda se hizo presente de súbito. Era un VW blanco conducido a exceso de velocidad que viró repentinamente hacia el Toyota; faltó muy poco para consumar un accidente. El tipo del traje azul marino se limitó a mascullar un leve insulto. Siguió su ruta mientras miraba delante de él, con suma paciencia, el rodar del VW blanco. Se conformó con proclamarse victorioso al saberse superior en cuanto a tipo de automóvil se refería.

Con el impulso que le dio la pequeña victoria, el tipo del traje azul marino pisó el acelerador hasta quedar dos metros detrás del VW blanco, que al reparar en la presencia del Toyota aplicaba intermitente e intensamente el freno, en un juego estúpido pero efectivo para sacar de juicio a su ahora rival. El Toyota guardó distancia sin desviar su ruta. Mantuvo una velocidad de 70 km/h mientras que el VW blanco, con un ruido agudo y lastimero, despegó a 100 km/h.

El tipo del traje azul marino había alcanzado a leer de súbito dos calcomanías en la parte posterior del VW blanco: “Dios es mi conductor designado”; “Jesús me guía en mi camino”. No pudo evitar soltar una breve risa entreverada entre lástima y desprecio. En su ruta, a velocidad constante, rebasó con determinación un gran bloque de trailers. Repentinamente perdió de vista al VW que había decidido perderse rebasando torpemente por la derecha. A unos 3 kilómetros del distribuidor poniente, el tipo del traje azul marino experimentó una curiosa coincidencia: al mismo tiempo sintió un fuerte dolor en el vientre y terminó colocado nuevamente detrás del VW blanco, aunque en esta ocasión, a razón de la ruta que ambos vehículos habían tomado, sin la concurrencia vehicular del tramo anterior.

El tipo del traje azul se aferró al volante. La sensación de dolor plasmó en su rostro un semblante agrio. En ese mismo momento, el VW blanco viró a la derecha, bajó la velocidad de tal manera que quedó emparejado con el Toyota. Tan elocuente fue el rictus del tipo del traje azul que no pasó desapercibido por la chica que acompañaba al conductor del VW blanco. La chica quizás llevaba unas 40, 50 ocasiones que volteaba para monitorear el comportamiento del Toyota. Su nombre era Claudia, estudiaba en ese entonces el cuarto semestre de bachillerato. El conductor del VW blanco era Manuel, apodado el Mane, novio de Claudia.

El tipo del traje azul marino se sentía peor. Al verse emparejado con el VW blanco, su móvil sonó repentinamente. Tomó el dispositivo con su mano derecha y contestó:.

¿Hola?.

Sí, ya voy en camino, mi amor. Me está dando otra vez el dolor. No vas a creer lo que me está ocurriendo…

Sí, amor, ya sé que necesito, reposar. Lo peor es que no puedo tomar otra pastilla sino hasta dentro de ocho horas. Mi amor, algo extraño está pasando, fíjate que…

Ok, te amo. Te cuento al rato…

Nada, nada. Un par de muchachos en un VW blanco…

Sí, no te preocupes. Nos vemos en un rato.

La llamada telefónica fue interpretada desde una perspectiva muy distinta por los ocupantes del VW blanco. Claudia apagó la música. El sonido agudo y estridente del WV blanco imperó en la escena.

– Ese cabrón ya me tiene hasta la madre.

Vámonos, Mane, no te metas en problemas.

Nel, a este pendejo me lo voy a chingar.

Mane, piensa en tu madre. Ya le has dado mucho problemas, Mane…

¡Cállate, Claudia! Te pones igual que mi madre. Igual de estúpidas.

Mane, mira, ya le está llamando a alguien. ¿Y qué tal si es por los chavos del coche negro? ¿Recuerdas, Mane? ¿Recuerdas a aquellos tres chavos que golpeaste hasta dejarlos casi muertos? Te vienen a buscar, Mane. Vienen por nosotros… ¡Mane, nos van a matar!

¡Cállate, Claudia! No hagas esto más difícil. A mí ningún pendejo me va a…

¡Mane! ¡Cuidado! ¡Mane!

El tipo del traje azul marino bajó la velocidad. Al frente, la carretera dibujaba un sendero perfecto hacia el horizonte bengala de aquel mediodía. Un túnel de apacible viento rodeo su cabeza, mientras su mirada se dirigió hacia la ruta del VW blanco. Observó los rostros de los ocupantes, se notaban horrorizados: rostros adolescentes bellamente desencajados. Acaso fue el miedo, la impericia, o la misma situación… –Mi trabajo es educar adolescentes– recordaba.

El VW blanco viró repentinamente a la derecha. En un parpadeo el automóvil se encontraba a media altura del puente del distribuidor poniente. En otro parpadeo, el conductor perdió el control. El VW blanco subió a la cornisa, rompió la valla de contención y salió del puente. El tipo del traje azul marino apreció la sutil curva que dibujó el VW blanco. Notó la manera en la que un par de manos que se aferraban al toldo del auto. Sin embargo, no escuchó ningún sonido. La caída frontal del VW emitió un sonido sordo, similar al sonido que emite una calabaza al caer al piso. Una calabaza gigante, en este caso. En lugar de caer en sus cuatro ruedas, el VW blanco quedó parado de frente durante un instante, para luego quedar ruedas arriba. La masa informe quedó inerme a la intemperie. Los cuerpos de los ocupantes se confundieron entre el lodo y el metal. La piernas de Claudia quedaron en un compás insólito. El rostro de Mane manifestaba una especie de sonrisa no dentada y sangrante. Yacían con los ojos abiertos, pero sin el brillo de los ojos de los cuerpos vivos.

Entrevista (primera parte).

Con el breve tiempo que llevo en la adolescencia, de manera espontánea me volví un coleccionador de lugares comunes. No es que haya sido una elección a conciencia, ni una predestinación. Simple y llanamente para la vida diaria funciona ser un coleccionador de lugares comunes. Con tu madre funciona ser un niño problema, un incomprendido, un rebelde con o sin causa (con esa peculiar e irritante entonación que le otorgan los adultos a la palabra rebelde), ya que ese estatus te da automáticamente completa libertad creativa/creadora. Te sientes suelto, como si te sintieras harto de pedir permiso. Es decir, después de tantos años de pedir permiso hasta para respirar (en mi caso, eso no es una exageración), de súbito llega el momento de la ruptura, como una pequeña revolución cultural a nivel personal. Un giro lingüístico que ante los demás se traduce como un coloquial desmadre.

Funciona con tus amigos y compañeros de clase. Les facilita la vida. Los convierte en jugadores torpes de un juego de clichés y los entretiene durante tu estancia en el colegio. Se sienten con un control aparente, pero control al fin, de tal suerte que un día llegas al colegio y tus colegas han cobrado forma de semidioses. Entonces eres el gordo, el flaco, el nerd, el deportista, la sexy o la zorra… Como estas categorías usualmente emanan de un flaco desafío intelectual, acaban por nombrarte cínica y llanamente el raro. Cuando te lo dicen por primera vez, quisieras sentirte aplaudido como José José, pero solamente se oye otro raro escupido así, sin miramientos. Pero puede ser peor. No es raro que en un país televisado, pirateado, violento, corrupto, corrompido hasta el copete e iletrado a un estudiante lector le impongan el apelativo de raro.

Yo era el raro y funcionaba. Con los profesores, el raro obtenía los mejores promedios, no a costa de mi esfuerzo, sino a base de una exquisita reproducción del protocolo del lugar común: un estudiante bien portado, de familia disfuncional, pero con ganas de ser alguien en la vida. Nótese el siguiente lugar común: un chico que le echa ganas (¿Qué mierda quiere decir ‘échale ganas’?).

También aquí, como ocurre con el concepto de rebeldía en el plano familiar, el concepto de raro te otorga una categoría de autonomía, más que de aislamiento. El raro no se preocupa de conseguir chica: las repele; no se ocupa de los deportes: los aborda desde un punto de vista probabilístico; no se encarga de su aspecto: impone una contraimagen; no se preocupa por tener amigos: gestiona las percepciones ajenas. Me sentía suelto, pues.

Pero lo anterior tiene un maldito costo. Ser raro cuesta caro, sobre todo cuando eres adolescente, vives en este jodido país y eres lector. De manera estúpida, un adolescente promedio lector es similar al protagonista que tiene que luchar contra una horda urbana de zombies. Ya no digamos si el adolescente quiere ser lector-estudiante-empleado. Qué lejos ha quedado el concepto de McJob tanto en la literatura como en la vida real, más en un país donde asesinar, secuestrar, vender y prostituir siempre serán opciones viables para sobrevivir.

No es suficiente. Al costo de ser raro hay que agregarle los estúpidos valores. Muy lejos de las definiciones de libro de texto que nos escupía nuestro profesor de la clase llamada atrevidamente Ética y Valores I, para mí los valores son como el acné: conflictos que saltan de repente en tu cara, ante tu mirada estúpida. No se enseñan en las aulas con ejemplos cursis y predecibles, bajo el enfoque de competencias (#WTF). Los valores son como la diarrea: te agarran en la calle cuando menos te lo esperas, y tienes que resolver la situación ya, por bien de todos y el tuyo propio, a menos de que estés dispuesto a cagarla. Y yo nunca estuve dispuesto a cagarla, mucho menos con las drogas, de las cuales tuve que soportar un rápido y doloroso destete. Pero muy oportuno.

El lugar común que aquí aplica es: “si tuviera lo suficiente no necesitaría tener un trabajo extra”. Y Mis valores me impiden darle por lo ilegal. Pero el punto es que no tengo siquiera lo necesario para ser adolescente-raro-con valores-legal-lector. Con la anterior conclusión cobró fuerza el letrero que estaba mal pegado en las afueras del KFC. Con los días miserables que te regalan pelusa y mugre en los bolsillos del pantalón, la frase “Únete a nuestro equipo triunfador” cobró fuerza estridente. Y mientras caminaba de regreso a casa, después de la escuela, porque tienes que elegir entre comer algo o viajar en transporte público, la frase “Solicitamos colaboradores” retumbaba en mis oídos (he aquí un lugar común).

Porque, si ponemos atención, no dice empleado, trabajador, ni mucho menos obrero (concepto cuya sinonimia ha alimentado a la posmodernidad). Dice colaborador: eufemismo que te invita a las masturbaciones mentales más tangibles de tus 17 años. Y son tangibles porque el colaborador no trabaja en la empresa, colabora en/con/para/por ella y así. El colaborador es una presencia ausente, anónima, pero activa para los intereses de la empresa. No por nada colaborador se parece a emprendedor. En otros lugares de comida rápida son más elocuentes. No les llaman colaborador sino asociado, y aquí es donde la cose fluye, porque eres más allá de un colaborador. Tan lejos del empleado, pero tan cerca del socio. Y así, en asociación cocinamos, limpiamos, sonreímos, cobramos y atendemos auto-server. Somos colaboradores, somos asociados para corporativos que fueron las delicias de las teorías de la conflagración de la década de los setenta. Y esos son lugares comunes de peso.