Paréntesis II.


Porque para algunas personas, lo sublime es sinónimo de terror. No. Mejor así: ¿por qué para algunas personas lo sublime es sinónimo de terror?

Quizás se entienda mejor si acudimos a nuestros instantes interminables de apetencia. Elegimos esta tarde como la concatenación de ese espacio entre el mediodía y el anochecer. Un capricho diurno y fugaz. Son instantes porque contigo el tiempo suele extinguirse como un parpadeo entre las manos; son interminables porque la memoría les otorga la facultad de ser perennes. El estar juntos como una confusión salvaje entre la esperanza de complacernos por poseernos y el denuedo de recordarnos como poseídos mutuamente.

Y el alma salía insumisa al encuentro de nuestra alegría. Yo solía escribirte cantos en el suelo con trozos de leña devenida a carbón. Tú solías soltar tu pelo al viento en un crepitar contrapuntísitico como la sal al fuego. En esta tarde, en la zona oriente de la ciudad, se fundó entre paréntesis nuestro sitio de recreo. La víspera un sueño. Al arribo del crepúsculo una colección de infinitos campos plagados con animales místicos de papel.

El escape anónimo y frugal para los cotidianos, era nuestro inminente disfrute. La revolución de lo bello no ya como el vapuleo del gozo: nosotros reinventamos los encuentros con los ojos de par en par. No nos hacíamos simple compañía, más bien compartíamos nuestras soledades en una ausencia colmada de placer. Irremediablemente, coincidiamos una y otra vez en tu sonrisa, la niña en fachas que con su canto sosiega la razón contraria de tu no presencia. Lo más difícil de estar contigo es afrontar el momento de separarme de ti para volver a ocupar los roles impelidos por el vacío social. Las horas contigo son horas con musas (tú eres muchas musas), todas ellas manifestaciones sublimes de la vanagloria y la presunción.

Tú, la fuerza de mi voluntad, el sagaz consentimiento, el loor al beneplácito. Tú, la antipoda del escepticismo a la inmortalidad. Porque en esta y en todas las tardes he decido ser inmortal a tu lado. Porque el discurso de las cosas ha cobrado un fuero vehemente, febril e inédito: real.

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