Tres caídas. Cuento.

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Publicado en dos partes originalmente en el suplemento cultural Barroco número 678 y 679, del Diario de Querétaro del 1 y 9 de octubre del 2017.

No se me pregunte cómo nació ni cómo llegó a la Tierra. De él solamente se sabe que apareció como dios nos deyecta al mundo, desnudo junto a las vías del tren de la estación Héroes de Nacozari, del vetusto barrio Tres Caídas. Un niño moreno, rollizo, con el pelo azabache grueso, que en lugar de gemidos lanzaba aullidos fatales como los de un armiño en celo. Una ciudad aciaga en tiempos de zozobra, cuando los sismos, la deuda externa, las caídas del sistema, la guerrilla indígena y la inflación azotaban aquel barrio mestizo.

Por el murmullo perenne del chisme se cuenta que su padre se llamaba José, un alcohólico trabajador del rastro municipal. Fue él quien lo encontró mientras regresaba a casa completamente borracho. José lloraba porque su patrón le había negado el control de la paila que tantas veces le habían prometido; el niño lloraba porque le habían negado el seno de una familia, o porque su familia lo había negado a él, vaya usted a saber.

Rastrero de siempre, José cargó el pesado bulto con el cuidado de quien carga a un cordero herido, quizás lo atropelló el tren de las seis, tejió José en su delirio etílico. Cuando hubo retirado la jerga que cubría el rostro del infante, éste sustituyó el llanto por una mueca adusta que provocó escalofríos a José. Qué pinche niño tan horripilante me fui a encontrar, gritó José no sin ansias de arrojarlo al río.

Al llegar a su casa, un cuarto en la vecindad ubicada en la calle 5 de Mayo, a 12 kilómetros del encuentro, Rafaela, la esposa de José desde hace veinte años, apenas iniciaba desde adentro la retahíla de insultos, pero al instante sucumbió en cuanto José posó frente a los ojos de la vieja al recién nacido. No ha llorado en todo el camino, a mí se me hace que está empachado, alcanzó a decirle José antes de caer dormido sobre el escudo de Cerveza Corona de la mesa de aluminio. ¿De dónde sacaste esto, José?, insistió Rafaela, pero sus gritos no surtieron efecto en el briago; tampoco tenía ganas de indagar demasiado como para ponerse a buscar a los padres al chamaco. Las horas interminables de oración en el templo de la Cruz suplicando por un hijo por fin han rendido frutos, pensó Rafaela, ¡Ea, pues, señora abogada nuestra, has vuelto a mí esos ojos misericordiosos!, dijo, y se puso a rezar un diostesalve, un credo y tres padresnuestros.

Sus discípulos aseguran que, en lugar de entrar a la escuela, el niño mesías recorrió a pie de gloria y aprendizaje los caminos sinuosos de la sierra gorda y del nudo mixteco, en donde tuvo el encuentro con los cuatro pilares de su existencia: fue nopal, pájaro, gato montés y fuego. Se dice que, a su regreso, por el camino a Tolimán y despojado de sus ropas, los vieron con un manto púrpura sobre el que caía una larga cabellera azabache y una banda de heno ceñida en la cabeza. Calzaba sandalias de cuero y llanta, abotonados por guirnaldas de mecate.

Se dice que por imposición de sus manos curaba a los enfermos. Todavía hay quien asegura que resucitaba a los muertos. A las afueras de los templos recitaba versos, con la prosodia de poeta paráclito. Su tono pomposo y prosaico les arrancaba alaridos orgásmicos a las plañideras más longevas. Lo hacía sobre piedras, en el camión de la ruta 67, por la ribera del río, a la sombra de los nopales, en la cancha de fut o en la cripta más alta del cementerio, con sus manos extendidas y la cabeza erguida al cielo. Primero lo siguieron los ebrios, las putas, los adúlteros, los deudores con orden de embargo y los lisiados, éstos últimos reptando a la retaguardia del tropel. Luego fue el pueblo en masa, prosternado a su alrededor para escuchar la palabra de dios en voz de su hijo.

Al cobijo del cielo bengala que retumbaba en baldosas, la plebe llegaba desde inauditos arrabales buscando al Jesús Cristo, pues ese nombre le había impuesto su madre, orgullosa de que su hijo no le hubiera salido mariguano, narco, sicario, soldado o político. Se hizo costumbre verlo escoltado por mujeres morenas con las tetas al viento, que caminaban en procesión con sus brazos colmados de ofrendas. Jesús Cristo respondía declamando advenimientos y profecías, con canciones que aludían al manto estelar, con efluvios melódicos de quien anuncia la buena nueva, señalando a la bola de fuego que solemos llamar sol. Y al amor, que todo lo incluye en su vasta esfera cosmogónica: Somos los retazos que se han desprendido de esa esfera. Nos hemos reducido a insinuaciones de odio a nosotros mismos, proclamaba.

Con la enfermedad, Rafaela se volvió violenta y José se extravió en su delirio permanente. Tras la muerte de sus padres, Jesús Cristo declaró que era el hijo del fuego. Quienes lo vieron crecer predijeron que estaría sometido al dominio de una mujer. Magdalena, la puta que se enjaretaba a los traileros que solían repostar en el paradero del libramiento norte, sería el sino manifiesto del Jesús Cristo.

Aquel día de María Santísima, en el que prevaricaba sobre un adúltero una sentencia a todas luces justa, consistente en cortarle el pito y los huevos, el padre Rogelio, párroco de la parroquia de Pentecostés, corrió hacia donde se estaba llevando a cabo el proceso y de un solo movimiento contuvo el brazo castigador del Jesús Cristo cuando blandía el cielo, a punto de deshollejar el miembro. ¡Vade retro, Satanás!, gritó energúmeno el diácono. Las mujeres de tetas al viento, con Magdalena a la zaga, se aprestaron cual hienas para brincar en favor del hijo del fuego, quien las contuvo con una mirada de ternura. El Jesús Cristo desbordó su ira contra el vicario no con la violencia que aclamaba el populacho, sino con la retórica del cofrade del reino de dios: Padre mío, tuyo y vuestro, que existes en el agua, en la tierra, en el fuego y en la mierda, santificado sea yo en tu nombre, hazme ser, ¡oh, Dios!, la verga de tu reino… Aún no llegaba a medio rezo cuando Rogelio quitole el machete a un mercachifle garbancero y de un solo golpe se deshizo a sí mismo de su propio brazo. Desprendido de Rogelio, su brazo ígneo ardió espontáneamente. Las mujeres con las tetas al viento arroparon al manco en un abrazo fatuo, lo besaron, lamieron su herida, bebieron su sangre, chuparon sus ojos y su miembro venoso, mientras el Jesús Cristo salmodió versos inéditos: Amor es unirnos, fundirnos y fundarnos, confundirnos tal y como estábamos antes de la muerte del dios, bajo el puñal de la discordia. Tras una invocación a la esfera divina, la confusión de carne, sudor y lágrimas cobró la advocación de una orgía divina en donde las almas, ¡ay!, se hincharon en una sola alma, exenta de odio y pudor.

En enero de aquel funesto año, según cuenta el más longevo de sus discípulos, la mansedumbre del Jesús Cristo, entre quienes ya se contaban abogados litigantes, adolescentes embarazadas, traileros, maestros, franeleros, amas de casa, sindicatos enteros, mariachis, diputados, travestis y ancianos empacadores del supermercado, tuvieron a bien viajar a la capital para encomendarse ante el obispo. Rogáronle que Jesús Cristo fuera la representación en carne y hueso de nuestro otrora salvador Jesucristo, mito obcecado ante el advenimiento del verdadero dios. El obispo se negó rotundamente: el hijo del fuego no era un parroquiano ferviente de la congregación del barrio Tres Caídas. El obispo no faltaba a la verdad, pues el mesías ni CURP tenía. Mas, dichoso aquel que teme al señor, las criaturas increparon al señor obispo quien, desde la luminosidad de su camioneta Cadillac nacarada, ungió a la muchedumbre con su venia para que el Jesús Cristo fuera al fin, ¡Hossanna!, la quintaesencia de la cuaresma, ¡Aleluya!

Al sonar de las campanas cientos de gentes caminaron por las calles del barrio Tres Caídas. En las vicisitudes propias del misterio, una de las Magdalenas no quería más ser puta, una puta quería salir de Magdalena y no de Elena. Los soldados romanos condicionar su asistencia siempre y cuando se les hiciera partícipes del milagro de coger entre todos nosotros, como se hiciera en el episodio del manco Rogelio. Que el Poncio Pilotos quería lavar sus manos con aguardiente y que el Judas no quería traicionar a quien por él su vida dio: la neta yo la llevo chido con ese güey, chillaba. El Jesús Cristo lucía agotado, fastidiado, dubitativo, con el desgano no de quien se cansa de hablar, sino del que se desespera cuando no es escuchado. Quería ser un instrumento de su paz, pero esto lo había desbrozado.

Cuando tocó el acto de la crucifixión, el Jesús Cristo dijo no subiré a esa cruz que está concebida ipso facto. Mi alma y la suya claman al señor, y mi espíritu se alegra en su presencia. Por tanto, yo les digo, que mi ánima penderá de ese sino, dijo señalando un poste de alta tensión. Aprestaron lo necesario para subir al hijo del fuego al crucifijo trifásico. Un discípulo lo aupó con ayuda de tres mecates, uno de los cuales quedaría pendiente a nivel del piso. Desde las alturas, el mesías vio que las Magdalenas se arrancaron con un bailoteo venial, a modo de proclamación, derramando sobre la plebe aceite de olivo de nardo, aunque hay quien asegura que se trató de gasolina Magna, de la verde. Habla, tú eres el camino a la verdad, habla, tú eres nuestra noción de esperanza, decía el Judas, negado a ahorcarse para no traicionar.

La Magdalena del Jesús Cristo, evanescente y voluptuosa, sacó de una bolsa del mandado decenas de ejemplares de la biblia latinoamericana de gran formato a las que arrancó sus hojas y les prendió fuego una a una. La flama alumbró los conos sublimes de tetas erectas y destacó el culo amplio y firme de la Magdalena, mientras el Jesús Cristo exclamaba versos en una lengua que nadie conoció. ¡Fuego!, ¡Fuego! Gritaba alguien entre la multitud sudorosa. Magdalena tomó el mecate a nivel del piso y acercó una página ardiente del Cantar de los Cantares al borde de lo que resultó ser una mecha. El mecate crepitó, lentamente, luego a ritmo fugaz, alimentado por el aceite de olivo de nardo con el que estaba impregnado. La llama subió en azul ardiente hasta el cuerpo del nazareno. Magdalena arrojó fragmentos llameantes del Apocalipsis. De inmediato, el fuego abrasó a los cuerpos de la turba, se arrastró por los baldíos e iluminó con su candor las callejuelas. Una a una, los cuerpos de las Magdalenas sucumbieron al suelo ardiente en resonancias de clamor. El haz fulgurante estalló en la punta del inmenso crucifijo del Jesús Cristo, iluminando la región sur del acantilado. El cuerpo del Jesús Cristo carbonizado se erguía en el centro del resplandor, clamando su nombre al filo de la noche: ¡Jesús Cristo!, ¡Jesús Cristo!

Todo el barrio Tres Caídas fue un cúmulo rojo, una herida ígnea en la piel de las tinieblas. Las fuerzas del orden, que a duras penas podían respirar, sacaron de las llamas a la Magdalena quien, desprendida de su piel, seguía con el bailoteo venial, canturreando el nombre del Jesús Cristo. El comandante de las fuerzas del orden dio la orden de que la llevaran al Hospital del Niño y la Mujer y que, si era preciso, la torturaran para que soltara información que ayudara a dar con el paradero de los hijos de puta que habían hecho esto. Los dieciocho municipios y las tres ciudades conurbadas de la megalópolis prohibieron, so pena de muerte, que se transmitiera el nombre del Jesús Cristo a las generaciones futuras. Pero el chisme, con su murmullo perenne y subyacente, lo hizo llegar hasta nosotros. La noche en que Magdalena quemó el barrio de Tres Caídas a orden del Jesús Cristo, no vino al mundo ningún mesías, ningún salvador, ni ningún rey. Ya no tenemos dios.

 

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