Desde el manchón penal

unnamed

La última vez que vi completo un partido de futbol fue el 26 de mayo del 2013. América y
Cruz Azul se enfrentaban en el partido de vuelta de la Final del Torneo de Clausura 2013. La Máquina Celeste (siempre he amado ese mote) ganaba en el global 2 a 1. El juego reunía todos los elementos de una película de acción: tarde lluviosa de domingo, el equipo favorito de la mayoría perdiendo contra uno de sus más férreos rivales, el reloj a punto de fenecer. Al minuto 92, Moisés Muñoz, portero del América, salió de su marco para rematar con la testa y colocar el balón fuera del alcance de Jesús Corona, portero de la Máquina.
A continuación, un modesto homenaje a los escritores que odiaban y amaban el
futbol.

Jorge Luis Borges
Titular indiscutible de La Albiceleste, autor de El Aleph y Ficciones, gambetero y
antifutbolista, siempre fue célebre y ampliamente respetado por su juego total. Aunque fue coterráneo de Maradona, colocó varios balonazos a la hinchada afincada en la intensidad del futbol: “El futbol es popular porque la estupidez es popular”, dijo el crack.

Albert Camus
Orgullo del equipo galo, habría sido un gran guardameta de no ser por la tuberculosis que lo derribó en su propia área. “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las
obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol” dijo en un tiro razo, fuerte y colocado.
Rudyard Kypling
Jugador titular con el Equipo de la Rosa, el autor de El libro de la selva fue sorprendido en
posición adelantada por su pasión antifutbolera. Desde la media cancha disparó a bocajarro
“las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”.

Mario Benedetti
Portento de La Celeste, el poeta charrúa amagaba al adversario con el palmarés de su equipo a la menor provocación. “Un estadio de futbol vacío es un esqueleto de la multitud” dijo en un autopase, aunque con “Aquel gol que le hizo Maradona a los ingleses con la ayuda de la mano divina es, por ahora, la única prueba fiable de la existencia de Dios” hizo un autogol.

Carlos Monsivais
Surgido de la cantera cronista de México, este muchacho gambeteó a su afición diciendo que era un deporte para tontos. Aunque salió invicto (excepto ante Paz, quien siempre demostró su paternidad en la cancha) careció del olfato goleador para comprender la pasión que suscita el juego del hombre. A ras de cancha le preguntaron su opinión acerca de los penales, “los hacinamientos provocan motines” dijo con un tiro chorreado, aunque para los aficionados fue una jugada versallesca.

Sir Walter Scott.
Titular indiscutible en la alineación de The Cranberries y renombrado cronista deportivo, el ariete autor de Ivanhoe sigue siendo ovacionado por su “Quitaos la ropa, muchachos, y vamos allá, aunque el clima sea malo. Y si por desventura sucede que caes en una jugada, hay peores en la vida que caer en los brazos: la vida en sí misma no es más que un partido de
futbol”.

Álvaro Mutis.
Aunque se alzó con la Copa Cervantes 2001, el escritor cafetero hizo un gran trabajo de
pressing con su célebre “Estadios, prostíbulos de la gloria”. Para el equipo contrario, el
parado de Mutis alineaba al amor, la pasión y a la vida misma en una línea de tres, con juego ingrato, de mucho desgaste y sacrificio.

Salman Rushdie.
Canterano de Los Guerreros de Hind y autor de Los versos satánicos, es mejor conocido por ser un aguerrido hincha del Tottenham Hotspur. Recientemente en Twitter hizo un pase a tres dedos: “Publicar un libro y que te hagan una película está todo muy bien, pero que el Tottenham gane 3-2 al Manchester United… no tiene precio”.

Woody Allen.
Con experiencia en muchas posiciones (ha sido titular como director de cine, actor, escritor, guionista, clarinetista de jazz…) el veterano neoyorkino del equipo de las barras y las estrellas tiene varias lagunas: simplemente no le haya sentido al futbol. Con su conocida visión de juego, el tetracampeón del Oscar prefiere permanecer a la zaga después de su mala racha.

Oscar Wilde.
Con su sabida claridad en el ataque y definición, el autor de El retrato de Dorian Gray
remató sendos cabezazos: “El rugby es u juego de bárbaros practicado por caballeros; el
futbol, un juego de caballeros practicado por bárbaros” y “Como juego, el futbol está muy
bien para chicas toscas; pero apenas es conveniente para chicos delicados”.

Umberto Eco.
Máximo representante de la Squadra Azzurra, Eco nunca se achicó frente al arco cuando de un punterazo dijo que su odio no era hacia el deporte, sino a los aficionados que daban todo en la cancha por el pambol: “Yo no odio al futbol, yo odio a los apasionados del futbol. El aficionado tiene una extraña característica: no entiende por qué tú no eres aficionado, e insiste en hablar contigo como si tú lo fueras”.

Anuncios

El pachuco enmascarado.

zoot-suit-traje-pachuco-latino-5

A pesar de que su aparición fue en la mitad del siglo XX, la huella de El laberinto de la soledad de Octavio Paz permanece con una vigencia indeleble en el pensamiento contemporáneo, incluso en nuestro siglo XXI en el que las interpretaciones psicológicas, metafísicas siguen fungiendo como tamices de interpretación, aunque se hace cada vez más pertinente un mayor acercamiento a la obra paciana. Si bien en la entrega titulada “La soledad en su laberinto” (BARROCO, domingo 6 de mayo del 2018) la dedicamos al autor a propósito de sus años de ausencia, no nos enfocamos de manera directa a la obra en sí. Vayamos a los primeros dos capítulos.

Capítulo 1. El pachuco y otros extremos.

De modo literal aunque inevitablemente analógico, Paz plantea inicialmente la imagen del adolescente y su asombroso descubrimiento de sí mismo, que lo lleva, casi por defecto, a un acto de conciencia contundente: el sujeto adolescente se encuentra solo en el mundo. Para abrirse paso ante esta condición, Paz plantea la siguiente pregunta: ¿Qué somos y cómo realizaremos eso que somos? La adolescencia, ese preciso momento en que tomamos conciencia de nuestro ser, y en el que concluyen procesos determinantes de desarrollo, es comparada por el autor con los pueblos “en trance de crecimiento”. El México posrevolucionario heredó la noción de un país en etapa reflexiva que necesariamente lo llevó a la autocontemplación. A partir de entonces afloraron los distintos niveles históricos que convivían o se confrontaban en un mismo presente. México se desveló como un mosaico de distintas razas, además de las diferentes lenguas, que ya de por sí marcaban una brecha por entender.

Fue en la ciudad de Los Ángeles donde Octavio Paz comienza su análisis (allí radicó el poeta de 1914 a 1919), comparando precisamente al gringo promedio con el bloque de más de un millón de mexicanos que ahí radicaban, que no se mezclan con la cultura estadunidense y que, por su parte, se autonombran pachucos, es decir, “bandas de jóvenes generalmente de origen mexicano, que viven en las ciudades del sur, que se singularizan por su vestimenta conducta y lenguaje”. Este grupo se encuentra ante una paradoja cultural e identitaria, similar al adolescente: no quiere volver a su origen mexicano, pero tampoco quieren pertenecer al sistema americano. El pachuco, según Octavio Paz, “es uno de los extremos a los que puede llegar el mexicano”. Pero esta posibilidad es siempre marginal, al pachuco le gusta irritar a la sociedad; entonces, y sólo entonces, el pachuco encuentra su lugar en el mundo, ergo, su razón de ser: se siente libre de romper las reglas, de conocer lo prohibido y, en pocas palabras, de desafiar al sistema.

En suma, el pachuco se sabe distinto y, precisamente por ello, se sabe solo.

No obstante, y al contrario de la tendencia frívola que aún ulula en nuestra autocomplacencia, Octavio Paz niega ese supuesto complejo de inferioridad que caracteriza al mexicano. En este sentido, confirmará Paz, para el mexicano “Sentirse solo no es sentirse inferior, sino distinto”. En este grado de identificación, la soledad no es una ilusión, sino más bien la vida contemplada con los ojos abiertos. La soledad del mexicano tiene sus raíces en dos vertientes: su profundo sentido religioso y en su convivencia con la muerte, su compañera perfecta fecundadora de vida (posteriormente, Paz se referirá al estilo de vida del mexicano: vivir como si la muerte no existiera). En ningún otro país más que en México se rinde culto a la muerte (la película Coco, por ejemplo, es una actualización importante en el espectro insondable de la cultura popular) pues se sabe que es la dadora de vida por excelencia.

Más que una cronología crítica, la historia de México es una búsqueda desesperada por encontrar su propio origen: a veces indigenista, otras hispanista, otras más afrancesado. De este modo, encerrado en el círculo de soledad que nosotros mismos hemos trazado, México, quiere “volver al centro de la vida de donde un día, en la Conquista o en la Independencia, fue desprendido”.

Capítulo 2. Máscarás mexicanas.

El ser mexicano se distingue por sus varias facetas que, a pesar de ser un ser singular, “siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos también de sí mismo.” Una vez tomada la distancia, o quizás para concretarla, el mexicano es capaz incluso de hacer uso del silencio, además de la palabra, como un instrumento de defensa, coerción, punición, autocomplacencia o consuelo. En México gustamos de quedarnos callarnos para expresar nuestro enojo con el otro.

A propósito de la palabra, Paz reflexiona sobre el poder real que la palabra misma ejerce sobre el mexicano. De entre el espectro lexicológico nacional, Paz destaca el concepto de “rajarse” cuyo significado, a la luz de nuestra cultura, revela el grado de machismo que nos distingue como mexicanos: ¡Puto el que se raje!

A pesar de su denominación de origen, sólo en México el concepto de “rajar” se complementa con otro ejemplo, el albur: lenguaje subliminal, más que sublime, enunciado en condificación secreta y de modo ingenioso y oportunista, pero, sobre todo, cargado de fuertes connotaciones sexuales y homosexuales utilizadas para agredir, retar al otro, y, finalmente, confirmar carácter cerrado frente al mundo. Una vuelta mas en el círculo de la soledad.

Pero, subyugado al círculo de la soeldad, el mexicano tiene la posibilidad de portar máscaras para proteger o disimular su intimidad, aunque no le intersa la intimidad ajena, de nueva cuenta el círculo de la soledad se vuelve a cerrar. La manera casi instintiva en la que consideramos peligroso todo aquello que represente a lo exterior/extranjero tiene su razón si revisamos la historia de nuestro país. No obstante, el mexicano sabe morirse en la raya, porque para nosotros las derrotas se sufren con dignidad.

@doctorsimulacro

 

Cómo leer literatura

Terry-Eagleton-010-1160x696.jpg

Publicado originalmente el 4 de junio en el suplemento cultural Barroco de El Diario de Querétaro.

Es ironía, pero el pesimismo es tan hilarante como provocador: “Igual que la danza folclórica, el arte de analizar obras literarias está en las últimas. La tradición de lo que Nietzsche llamaba lectura lenta corre el peligro de extinguirse para siempre”. Así abre Terry Eagleton su libro Cómo leer literatura(Ariel, 2013) un manual de literatura para principiantes en donde se presentan las claves para conocer las herramientas básicas de la crítica literaria: el tono, el ritmo, la textura, la sintaxis, las alusiones, la ambigüedad y otros aspecto formales de las obras literarias.

¿Cuál es la pertinencia para presentar un manual de crítica literaria para principiantes? Leemos sin poner atención. En nuestra lectura –a decir de Eagleton– nos quedamos unicamente con el argumento, en el mejor de los casos. Dejamos de lado la forma, los recursos que utiliza el autor para explicar el argumento, que es lo que confiere a un texto su carácter literario, su naturaleza de creación artística. Somos víctimas y victimarios de la lectura dispersa y superficial. Tras leer un libro, ¿cómo aprendemos a distinguir el grano de la paja, cómo sabemos si un texto es bueno, malo o solo intrascendente?

El espectro de autores que aborda y que, sutilmente, obliga a leer Eagleton van desde Shakespeare y Jane Austen hasta Samuel Beckett y J. K. Rowling (sí, Harry Potter es una obra literaria maravillosa apta para los lectores de todas las edades). En el repertorio de obras que se esparcen a lo largo del libro a modo de objeto de estudio y de detonadores de la lectura, se examina la narratividad, la imaginación creativa de los autores analizados, el significado de la ficcionalidad y la tensión entre lo que la obra literaria dice y lo que muestra.

Para abrir el texto, Eagleton se vale de una anécdota escolar: la discusión de un imaginario grupo de estudiantes que debaten en un seminario sobre la novela Cumbres borrascosasde Emily Brönte (¿cuántos colegios en Querétaro tienen este tipo de iniciativas al interior de sus actividades cotidianas?). A partir de esa anécdota, Eagleton aporta su primer argumento: una obra de ficción puede contarnos que uno de los personajes está ocultando su verdadero nombre bajo un seudónimo, pero aunque nos cuenten cuál es su verdadero nombre, formará parte de la ficción en la misma manera que el seudónimo.

Eagleton no solo se enfoca en la narrativa. A propósito de la creación en el campo de la poesía, el autor refiere que un poeta puede componer un auténtico lamento sin sentir el más mínimo desconsuelo, del mismo modo que puede escribir acerca del amor sin sentir pasión. ¿Cómo es posible esto? Implicando en un enfoque contextual propio de los Estudios Culturales, Eagleton deduce que una cosa es la emoción y otra la convención. La emoción genuina implica rechzar el artificio de las formas sociales y hablar directamente con el corazón.

Respecto a los personajes, Eagleton reconoce que los personajes más atractivos en la Literatura son aquellos cuyas pillerías resultan más fascinantes que la posibilidad de ganarse el respeto de la gente. Asimismo, los personajes poderosos se pueden permitir la trasgresión, mientras que los personajes pobres y los indefensos deben de andar con cuidado: tienen que evitar se insípidos para evitar acusasiones graves. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

¿Qué hace a un personaje ser memorable? Al respecto, Eagleton señala que un escritor puede acumular una frase tras otra, un adjetivo tras otro (Huidobro decía que el adjetivo, cuando no da vida, mata), con el objetivo de determinar la esencia imprecisa de una cosa. No obstante, cuanto más lenguaje ocupe el escritor para descubrir un personaje o una situación, más tenderá a enterrarlo bajo un montón de generalizaciones. O, pero aún, lo hundirá bajo el lenguaje mismo.

Terry Eagleton (Salford, Lancanshire, actualmente Manchester, Inglaterra, 22 de febrero de 1943) es crítico literario y cultural británico. Nació en el seno de una familia obrera y católica, cuyos abuelos era inmigrantes irlandeses, más humildes incluso que su familia paterna. De niño fungió como monaguillo y portero en un conventos de carmelitas, de acuerdo a lo que el mismo autor rememora en su autobiografía con su acostumbrado tono irónico.

Tempranamente padeció el elitismo de la universidad en la que estudió y de donde se doctoró, el Trinity College of Cambridge. Posteriormente fungió como profesor en el Jesus College of Cambridge. Tras varios años de enseñar también en Oxford (Wadham College, Linacre College y St. Catherine’s Colleg), obtuvo la cátedra John Rylands de Teoría Cultural de la Universidad de Manchester. Actualmente es profesor de Literatura Inglesa de la Universidad de Lancaster.

Eagleton fue discípulo del crítico marxista Raymond Williams. Inició su carrera como estudioso de la Literatura de los siglos XIX y XX para, posteriormente, trabajar la teoría literaria marxista, bajo la influencia de Williams. En las últimas décadas, Eagleton se ha integrado al espectro teórico de los Estudios Culturales integrándolos con la teoría literaria tradicional.

En la década de los años sesenta formó parte de Slant, agrupación católica de izquierda, desde donde escribió varios artículos de corte teológico, cuyo resultado se plasma en el libro Towrads a new left theology. Sus publicaciones recientes evidencian un interés renovado por los temas teológicos. Asimismo, Eagleton sigue esgrimiendo sus ideas en otra de sus grandes áreas de interés teórico: el psicoanálisis. Es también un gran promotor en el Reino Unido de la obra de Slavoj Žižek.

Al calce:el 1 de junio iniciamos con la lectura de El Quijote de la Mancha. Busca el #Cervantes2018 y únete al viaje lector.

Ingresa a la publicación original.

Los personajes del debate: un análisis desde la ficción

En mis redes sociales varios usuarios se han tomado la molestia de disuadirme de hablar de política, que mejor me dedique a tratar temas de los que más sé: cine, música y libros. Obviamente no iba a ceder al donaire retrógrada e intolerante de las pirañas cibernéticas, aunque, no obstante, me pareció una idea interesante hacer un acercamiento del Segundo Debate Presidencial desde la narratología, no un estudio exhaustivo de análisis del discurso, pero sí un divertimento desde el espíritu liberal.

Considerando que los tres candidatos (Jaime Rodríguez Calderón, alias “El Bronco” no fue considerado puesto que pretendo ahorrar tiempo y tinta) pueden ser analizados como personajes literarios, cabe preguntarse ¿por qué estudiar a los personajes? La importancia que tienen los personajes puede variar de un texto a otro. Hay textos que enfocan más la acción en sí, o que dirigen el interés hacia otros elementos, como, por ejemplo, el espacio en que ocurren los eventos narrados. Por lo general, los personajes juegan un papel muy central en la narración, dígase en este caso, en este relato llamado debate, que más bien pareció una sátira cutre.

Desde la tipología de los personajes de ficción, y considerando su respectivo desempeño dentro del segundo debate, presentamos el análisis de cada candidato:

Andrés Manuel López Obrador, el bufón, héroe torpe y payaso malvado.

Es un payaso o un bromista que cuenta adivinanzas, juegos de palabras (el ridículo y lento Ricky Riquín Canayín, aunque el personaje de ficción al que hizo referencia es Ricky Ricón). Con frecuencia es inteligente, aunque en el caso del candidato más bien es sagaz, ingenioso. Presume revelar supuestos hechos clave acerca de los personajes (las supuestas mentiras de Anaya) sobre los que hace payasadas, muy malas y pasadas de moda. Los bufones de Shakespeare, como los de Noche de Reyes o El rey Lear, son ejemplos muy conocidos. A pesar de esto, sus fanáticos, sin reconocerlo, lo asumen y entronizan como un héroe torpe: una persona bien intencionada (sobre todo con los sectores menesterosos) pero incompetente (su ignorancia en temas de política exterior y economía internacional es más que evidente), y que suele poner en riesgo de manera involuntaria a sus amigos, aliados y proyectos, en este caso a su propio partido con la incorporación de una enorme lista de personalidades polémicas, que van desde Napoléon Gómez Urrutia, Manuel Espino, Alfonso Romo, hasta Nestora Salgado. Los actos más llamativos del héroe torpe se derivan de confundir y estigatizar a inocentes y villanos (los que disentimos con el candidato somos corruptos, parte de la Mafia del Poder), detener a los malos con su sola presencia aparentemente superior al enemigo (recordemos que con su autoridad moral pretende combatir a la corrupción y demás problemas complejos), y malinterpretar las pruebas evidentes (por ejemplo, el incremento de la inversión en el DF durante su gestión como jefe de gobierno, en la cual no incluyó el ingreso por la venta de Banamex). Con su última actuación, López Obrador quedó más cerca del Payaso Malvado (por ejemplo, el Conde Milenario de D. Gray-Man) e inmensamente lejos del Viejo Sabio (Merlín, Yoda o Dumbledore).

Ricardo Anaya Cortés, el joven angustiado, el señorito, el genio malvado.

Un personaje masculino joven, normalmente guapo (no en el caso de Anaya) y viril (tampoco en el caso de Anaya), pero eso sí, muy conflictivo (sigue acumulando escándalos), hosco (¿Será por eso que no tuvo éxito su spot cantando al lado de Yuawi) y en lucha con el sistema establecido (basta ver cómo dejó al PAN). Suele representarse con James Dean y Holden Caulfield, de Salinger en El guardián entre el centeno, aunque Anaya encaja más en la línea de Anakin Skywalker, con la consigna de transformarse en señor oscuro, en un Darth Vader. Anaya también reúne caraterísticas del personaje tipo señorito: aristócrata muy elegante, típicamente vestido muy laboriosamente (reconozco que traje a la medida que usó en el debate fue impecable) y cuya forma de hablar se caracteriza por el abuso o mal empleo de frases o expresiones en inglés o francés (“Insolting” y “Unacceptabol”) o varias formas de hipercorrección. Más que por su inteligencia, el señorito destaca por ser parlanchín. No, Ricardo Anaya no es un héroe, en todo caso, por esa sonrisa inquietante que desveló contra AMLO en el debate, es plausible que devenga en genio malvado.

José Antonio Meade, un mayordomo británico.

No podría estar más de acuerdo con Jesús Silva-Herzog Márquez: Mead es un funcionario, no un político, y no termina de persuadir al electorado con la recurrente idea de que es un ciudadano autónomo; si bien se ha desempeñado como funcionario no militante, a sus espaldas lleva el peso implacable del PRI. Presente a menudo, si el personaje principal es rico o de clase alta (Enrique Peña Nieto, y anteriormente Felipe Calderón), es muy correcto, educado, hábil y leal a sus patrones, y siempre acude en su ayuda cuando lo necesitan (prueba de ello están sus cargos emergentes como secretario de energía, hacienda, relaciones exteriores, desarrollo social y candidato a la presidencia). Suele hablar con un exagerado acento inglés o tecnicista (como cuando habló de la implementación de tecnología en las aduanas) y puede tener un sentido del humor lacónico o ser propenso a comentarios cínicos (#YoMero). Algunos ejemplos son: Alfred Pennyworth de Batmano uno de los Hijos de Thanos en Avengers: Infinity War, Ebony Maw, por ejemplo. Estos mayordomos y otros sirvientes se solapan a veces con el hombre competente en contraste con otros empleados menos competentes o inteligentes (Miguel Ángel Osorio Chong o Luis Videgaray). Cuando ha ocurrido un crimen, siempre es el principal sospechoso, a veces de manera justificada como Ramsley en La mansión embrujada. Al mostrarse incapaz de reconocer el error de aceptar la visita de Donald Trump a Enrique Peña Nieto aquel amargo 31 de agosto del 2016, y anteponer a toda costa el concepto de diplomacia (algo que se aplaude, pero no en el caso de un visitante hostil como Trump) Mead corre el riesgo de ser un profesor chiflado, es decir un académico con información importante, pero cuyo interés en sus conocimientos le lleva a ignorar lo que sucede a su alrededor.

¿Por qué AMLO abarca más rasgos? Ya es una tradición de el eterno candidato aporte más material que sus contrincantes.

La implementación: el talón de la Reforma Educativa.

5-55

Desde su promulgación, la aplicación de la Reforma Educativa para la Educación Básica ha evidenciado varios problemas, sobre todo en la fase que puede considerarse su talón de Aquiles: la implementación. Dentro de los acuerdos establecidos en el llamado Pacto por México, firmado 2 de diciembre del 2012 por el presidente Enrique Peña Nieto, y por los entonces presidentes de los partidos PAN, PRI, PRD y PVEM, estaba el de la reforma educativa, la cual a la postre fue promulgada el 25 de febrero del 2013 para, posteriormente, ser complementada por la Ley General de Educación, el 10 de septiembre del mismo año. El encargado de operar la reforma fue el entonces secretario de educación, Aurelio Nuño Meyer, quien actualmente se desempeña como coordinador de campaña del candidato presidencial por el PRI, PVEM y PANAL, José Antonio Meade.

En el tema de la implementación me referiré especificamente a lo concerniente al Servicio Profesional Docente, cuya concepción fue posible gracias a la reforma del artículo 73 que, en concreto, considera al examen de oposición como la única vía para el ingreso al servicio docente y la promoción a funciones directivas o de supervisión en la educación básica y media superior. Con base en la ley reglamentaria del artículo 3º, el Instituto Nacional para la Evaluación Educativa (INEE) está facultado y dotado de autonomía constitucional para establecer los criterios y evaluar los resultados.

No obstante, el examen nacional de oposición, más que ser un instrumento integral y genuino de evaluación, queda reducido a un mero trámite burocrático. Al tener validez anual, los profesores cada año se postulan como candidatos para la promoción o ingreso al Servicio Profesional Docente tantas veces sean necesarias con tal de obtener un lugar en la lista de prelación, la cual ésta condicionada por el número de plazas disponibles que oferte la unidad de servicios educativos de cada estado (en Querétaro, le corresponde a USEBEQ). En caso de que los candidatos ingresen a la lista de prelación, la cual ronda alrededor de 20 plazas disponibles a lo mucho, reciben el nombramiento de interinos y tienen la opción de “elegir” entre las plazas que se ofertan. Esto constituye un verdadero un limbo profesional para los profesores interinos caracterizado por las siguientes situaciones:

  • Al ser trabajador para el Estado, la calidad de interinato tiene una duración de seis meses, tras los cuales el interino puede recibir un nombramiento definitivo, lo que se le llama basificación, la cual dependerá del número de bases que se liberen en cada ciclo escolar, tanto por jubilaciones o creación de plazas nuevas.
  • El interino puede elegir una plaza prejubilatoria, la cual puede ser asignada de manera definitiva, puesto que el profesor anterior que deja la plaza está en proceso de jubilación, aunque esto dependerá del lugar que ocupe el interino en la lista de prelación y de la asignación que hagan tanto el SNTE como USEBEQ de dichas plazas (de 10 plazas, por ejemplo, 5 son para el SNTE y 5 para USEBEQ). En este caso, el pago de nomina para los interinos es de 70% sin ningún tipo de prestación.
  • El interino puede optar por elegir una plaza disponible por otros motivos, por ejemplo, que el profesor anterior esté trabajando en áreas administrativas. En estos casos, el pago es de 100% pero tampoco hay ningún tipo de prestación.
  • Obtener una plaza por asignación directa si es que el interino se ubicó dentro de los primeros lugares en la lista de prelación. No obstante, la asignación de la escuela depende de la disponibilidad: si un profesor de matemáticas que radica en Querétaro obtuvo el primer lugar en la lista de prelación, puede obtener su plaza de acuerdo a las que estén disponibles en el estado, muy probablemente en Jalpan o Landa de Matamoros, debido a que la región serrana es la que tiene el mayor número de plazas disponibles porque son muy pocos los maestros que acceden a trabajar ahí.

Lo anterior propicia que la condición laboral de los profesores sea inequitativa. Por ejemplo, si un profesor interino radica en Querétaro y obtiene una plaza de 14 horas en Tolimán por un contrato de tres meses, no obtendrá apoyo de transporte, gasolina, o consideraciones especiales por motivos de movilidad (el tiempo de traslado de Querétaro a Tolimán es, en promedio, de 90 minutos, sin contar el denso tránsito y las eternas obras en el tramo de la Cuesta China al entroque con la carretera 100). Como detalle, cabe señalar que, tras recibir su nombramiento como profesor interino y firmar contrato, el pago de su salario tardará por lo menos dos quincenas en efectuarse debido a trámites administrativos.

Tras el simple examen de conocimientos (conocimientos disciplinares, conocimientos básicos de psicología, didáctica y pedagogía, y los referentes a la reforma educativa) no hay otra forma de legitimar el ingreso o la permanencia de un profesor interino. No importa si su desempeño frente a grupo sea destacado, tampoco importa que su área de acción e intervención educativa estén a la vanguardia (recordemos que tras la reforma, el ingreso ya no es exclusivo a normalistas, por lo que es posible encontrar profesionales outsidersen otras áreas con maestría en ámbitos educativos).

Todo lo anterior, propicia una grave interrupción de los procesos educativos al interior de las aulas de los niveles preescolar, primaria y secundaria, ya que la rotación en la plantilla de profesores es permanente, con lo que no se garantiza el seguimiento de procesos de aprendizaje ni contenidos temáticas, ya no digamos el seguimiento en el ámbito de competencias ni de intervención educativa, en el caso de que los interinos tengan la encomienda de ser asesores de grupo.

Los Consejos Técnicos Escolares son insuficientes, a lo menos, para la implementación de la reforma educativa. Al carecer de una figura que coordine, valide, revise los resultados y evalúe el desarrollo, tanto la aplicación de la reforma como la implementación del nuevo modelo educativo redundan en tareas futiles y desvinculadas del verdadero propósito del CTE.

Por su parte, el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación ha relegado su función de mediador entre el Estado y el trabajador para reducirse a una comparsa débil de los intereses políticos de las postrimerías del priismo.

La reforma se ha quedado corta. Los años pasan y la calidad educativa, en vez de mejorar, empeora, por lo que más que refrendarla se debe de optimizar y fortalecer. Cancelar la reforma educativa o pactar con los grupos charros que se oponen a ésta por intereses políticos sería un suicidio.

El monólogo del pudor: Paula, de Isabel Allende

Resultado de imagen para isabel allende paula

¿En qué piensa el lector cuando lee/escucha el nombre de Isabel Allende? No me refiero necesariamente al lector que conoce la obra de la autora chilena nacionalizada estadunidense, sino a la marca Isabel Allende. La pregunta pretende establecer un punto de encuentro entre el nombre de una de las escritoras más vendidas (ha alcanzado 65 millones de ventas, sus obras han sido traducidas a 35 idiomas) y lo que para el lector representa dicho nombre en términos literarios.

No son pocas las voces que se han proclamado a favor de que Isabel Allende sea condecorada con el premio Nobel de Literatura (galardón suspendido este año por la crisis de acoso sexual y corrupción que señala como responsable al esposo de Katarina Frostenson, poeta y académica de origen sueco, miembro vitaliacio de la academia que se encarga de entregar el premio). Tampoco son menos las voces que la elevan a rango de escritora de culto.

De entre sus tantos bestsellers el que ma había llamado poderosamente mi atención fue Paula (Plaza y Janés, 1994), una novela de carácter autobiográfico que comienza como una carta a su hija, Paula, quien en diciembre del año 1991, tras una grave crisis de porfiria, entró en coma y estuvo internada en un hospital de Madrid. Allí, “entre los largos y fríos del hospital”  la autora comenzaría las primeras líneas de su historia, desde los padres de sus padres, su infancia, sus dudas y romances, sus vivencias y anécdotas de lo más inverosímiles, familiares y personales, con la finalidad de que Paula recordara en caso de despertar. El texto funciona como un desahogo ante la tragedia, un vínculo de comunicación entre una madre desesperada al principio, y resignada al final, y su hija enferma, salvo que su hija nunca responde. A lo largo de la novela, Allende ha construido un artificio autobiográfico a una voz, en donde el lector es llevado a recorrer fragmentos históricos del golpe militar, a los viajes de la familia nuclear y extendida de la escritora, a sus cuitas amorosas en código de chisme, y a su proceso de iniciación y consolidación como escritora, todo bajo una supuesta consideración de la autora quien, poco a poco, acepta que su hija ya no está en aquel cuerpo inerte.

Con lo primero que nos tomamos es una especie de jugarreta especular. ¿De qué manera un texto narativo cuya creación fue animada por la condición de una enferma terminal terminó convirtiéndose en el universo simbólico de la autora? A medida que avanza la narracción, se agrava la enfermedad de Paula, hasta la muerte; mientras que en una especie de novela de formación, el personaje de Isabel Allende se va conformando hasta concretarse en lo que se ufana de ser: una escritora. El libro es un producto cultural oportunista generado a partir de un proceso de duelo: “Me vuelco en estas páginas en un intento irracional de vencer mi terror, se me ocurre que si doy forma a esta devastación podré ayudarte y ayudarme, el metículoso ejercicio de la escritura puede ser nuestra salvación […] este 8 de enero de 1992 te escribo, Paula, para traerte de vuelta a la vida”. Por la forma que se le da no a la devastación sino a la anécdota, este producto intitulado Paula, debió haberse llamado Isabel a través de Paula o Soy Isabel, la mamá de la enferma terminal Paula. El vuelco autobiográfico no es ni irracional, ni vence el terror (mucho menos propone un tratamiento desde la interesantísima propuesta de la biblioterapia) y sí que deforma la devastación, reclamando en una voz que no cede la protagonista, Isabel Allende, el arbitrio de la autora, so pretexto del estado de su hija. Isabel para Isabel, pues.

El resultado es un prolongado monólogo melodramático plagado de artificios en donde el pudor se desboca, pero aparecen como giños sugestivos de irreverencia. Los momentos más interesantes, aquellos en donde Allende ‘habla’ con Paula, quedan reducidos a meros pasajes iterativos que funcionan como transiciones entre cada una de las anécdotas articuladas desde la perspectiva totalizante de Isabel Allende: “¿Dónde andas, Paula? ¿Cómo serás cuando despiertes? ¿Serás la misma mujer o deberemos aprender a conocernos como dos extrañas?/¿Tendrás memoria o tendré qué contarte pacientemente los veintiocho años de tu vida y los cuarenta y nueve de la mía?”. El cálculo estructural de la narración y su orden cronológico pone en duda aquello de irracional y, si acaso se vence el terror (lo vence la Isabel Allende personaje y lo constata la Isabel Allende autora), lo que se confirma es un pudor exacerbado y complaciente, una especie de refugio flagrante cuyo pretexto autobiográfico es amplio para suscitar el mayor interés a partir de la identificación moral del lector con Allende.

Un ejemplo de domar al pudor se ilustra con una secuencia efectista melodramática: Isabel Allende personaje, de ocho años de edad, en la playa vacia el día de Navidad de 1950. En su andar la niña se encuentra con un pescador. Tras invitar éste a la niña a comer erizos “chupándonos los dedos mutuamente” el hombre dice sin más: “Tonta […] no te creo que tu muñeca hace pipí, a ver, muéstrame el hoyito. ¿Es hombre o mujer tu muñeca? ¡Cómo que no sabes! ¿Tiene pito o no tiene? Y entonces se quedó mirándome con una expresión indescifrable y de pronto tomó mi mano y la puso sobre su sexo. Percibí un bulto bajo la tela húmeda del pantalón de baño, algo que se movía, como un grueso trozo de manguera; traté de retirar la mano, pero él la sostuvo con firmeza mientras susurraba con una voz indiferente que no tuviera miedo, no me haría nada malo, solo cosas ricas.” El pescador cita a la niña al siguiente día, y ella acude a lo que a todas luces es una escena de abuso sexual infantil. ¿En dónde queda Paula? Habla Isabel Allende personaje: “Imagino que esta experiencia me dejó una cicatriz en alguna parte […] Al revivir el recuerdo del pescador no siento repugnancia o terror, por el contrario, siento una vaga ternura por la niña que fui y por el hombre que no me violó. Por años mantuve el secreto tan escondido en un compartimento separado de la mente, que no lo relacioné con el despertar a la sexualidad […]”.

Karl Ove Knausgård (La muerte del padre), Philip Roth (Patrimonio), Joan Didion (El año del pensamiento mágico), Cristina Fallarás (Honrarás a tu padre y a tu madre) son, sin aprovecharse de la circunstancia trágica de un tercero, como en el caso de Paula, superiores portentos que doman al pudor en plenos ejercicios literarios de libertad, exentos del melodrama fragil y autocomplaciente presentes en el registro literario estandarizado, tan célebres en la marca Isabel Allende.

El infierno del acoso

Caso 1.
Alejandra llegó a la escuela con menos ganas que de costumbre. Un día más. El turno
vespertino complica más el asunto porque, al igual que muchos de sus compañeros, siente que no le rinde el día. Tras tomar una ducha rápida se puso su pants escolar y se hizo en una cola en el pelo. Se colgó su pesadísima mochila como si fuera paracaídas y se fue a tomar el camión. Su hermana mayor se había ido desde hacía ya una hora. Sus papás, como siempre, trabajando. Desde que recuerda, prácticamente toda su vida escolar la ha llevado a cabo sin ayuda de sus padres. Entre el trabajo de ambos y la congregación religiosa a la que pertenecen, apenas les queda el tiempo suficiente para tener la casa en pie.
A pesar de todo, para Ale (así le gusta que le digan) hoy era un día importante. Finalmente había decidido contarle a alguien aquello que le avergüenza tanto. Tras algunos intentos fallidos, quizás por su complejo de culpa o por su exagerada timidez, ha fracasado en confiarle a alguien lo que le ocurre. La psicóloga de la escuela ni siquiera la escuchó, al contrario, comenzó a lanzar preguntas que para Alejandra fueron como flechas envenenadas: ¿Dónde te tocó?, ¿te agarró las nalgas?, ¿te penetró con su pene?, ¿tocó tu vagina?, ¿te violó? A pesar de lo incómodo que se sentía Ale ante aquellas preguntas, la psicóloga argumentó que lo hacía por protocolo para dejar claras las cosas: “No vayas a estarte imaginando cosas o inventando situaciones”, le había dicho en aquella ocasión. Otro intento fue con el psicólogo del DIF, un profesionista recién egresado que solamente la colmó de promesas: “Te prometo que nunca te va a ocurrir lo mismo”. “Más bien –hace memoria Ale– se la pasó mandando mensajes de WA desde su teléfono”. ¿Un tercer intento? Sí, total, ¡qué otra cosa podría pasar! La maestra nueva se veía que era buena, confiable, que le gusta escuchar, tal vez ella le podría ayudar, no como la maestra de Matemáticas a quien, con solo contarle el inició, la espantó a grado tal que hasta pidió su cambio de plantel: “Me dijo que no me lo tomara a mal, pero que a ella no la metiera en esos asuntos porque su trabajo consiste solamente en dar clases, no en atender estas cosas”. Y no, definitivamente no pensaba contarle su situación a un maestro varón. Ale había escuchado en alguna ocasión que la mujer que es víctima de violación o algún tipo de abuso ve a su victimario en cada hombre que se encuentra a su paso. “Es verdad”, dice Ale con un gesto que se debate entre el miedo y el hartazgo.

Caso 2.
A pesar de la Reforma Educativa, todavía hay casos de profesores recomendados que son
impuestos desde arriba, ya sea desde el sindicato o desde el mismo gobierno, dice la
maestra Delfina, directora de un plantel de Secundaria en la zona serrana de Querétaro.
“Hace dos años, al inicio del ciclo escolar me enviaron al hijo de un maestro que ahorita
tiene mucho poder. Lo mandaron con muchas horas. ¿Qué podía hacer yo? Pues le otorgué las horas y comenzamos a trabajar sin hacer caso a los comentarios de los otros
maestros que ya llevan más tiempo”, dice la profesora con más de 25 años de experiencia. David llegó recomendado por su padre. Tiene 25 años de edad. No tuvo que hacer examen en el concurso de oposición porque traía órdenes desde arriba. Se incorporó de inmediato al equipo de trabajo de la maestra Delfina, en el turno matutino. Aún no terminaba el primer mes de clases cuando la directora recibió en su oficina a un grupo de cuatro niñas:
“Venían muy nerviosas. Al principio me dijeron que el maestro les hablaba con groserías.
Yo las conminé a que me dijeran la verdad. Finalmente confesaron que el maestro David
las abrazaba, las besaba y hasta al cine las había invitado a salir. No quisieron decir nada
en la casa porque dicen que de putillas no las iban a bajar”, relató la maestra Delfina. Pero esa no fue la primera ocasión.
El profesor David comenzó a enviarles vía WhatsApp fotografías de él mismo, al principio autorretratos (selfies, les dicen en la actualidad), posteriormente fotografías de él en traje de baño (supuestamente practicando natación), y semidesnudo. Finalmente les envió fotografías donde él aparece completamente desnudo. “Ya le dijimos que deje de enviarnos esas cosas, pero él piensa que estamos bromeando”, dice una de las niñas. “La verdad es que nos las sigue mandando porque una niña está enamorada de él, de hecho, ya hasta han salido en dos ocasiones”, dice otra de las niñas quien accede a dar esta información solamente a condición de que se mantenga en secreto su identidad.
“Ya hablé con el maestro, pero él lo niega todo. Dice que lo hacemos para golpear a su
papá. Ya le hice una carta de extrañamiento, ya le entregué una carta de exhorto, porque
yo también debo de protegerme, sino imagínese, hasta yo voy a salir embarrada”, dice la
maestra Delfina incapaz de disimular su azoro.

Caso 3.
“Estaba cursando el 8vo semestre de Lic. en Contaduría y Finanzas en la xxxxx.
El profesor se llamaba GS, era maestro de la carrera de contabilidad y un día hice una
pregunta. Me señaló con el tercer dedo, y después lo puso en su cabeza diciendo: ¡piensa,
L, piensa!. Comenté en la mesa con mi padre (mega machista) y me dijo, si quieres pasar
la materia, pídele una disculpa: algo hiciste mal.
“Fui a su oficina, y le pido una disculpa. Y, me pregunta ¿quieres pasar? y yo le digo que
sí. Después me señala al piso con sus ojos, después señala su entrepierna y me quedo
callada.
“Repitió su pregunta, yo le volví a decir que sí quería pasar. Volvió a repetir lo mismo de
mirar hacia el piso, y después hacia su pene, pero más enojado y levantando su
entrepierna hacia la puerta (donde yo estaba).
No le quise decir a nadie porque no era muy estudiosa. Me iban a decir que quería
quemarlo, porque me iba más o menos en la clase”.
El anterior es un testimonio publicado apenas el pasado 19 de noviembre de este año, en
el blog http://www.acosoenlau.com Apenas el pasado 22 de noviembre, mediante un
comunicado dirigido a sus profesores, el ITESM campus Monterrey anunció que el
académico Felipe Montes dejó de prestar sus servicios en esa institución por acusaciones
de acoso. Es la primera vez que la institución menciona el nombre del ahora exprofesor
del área de Letras, quien fue señalado hace unas semanas por alumnas del Tec como
autor de acoso y abuso sexual a través del referido blog.