Tres caídas. Cuento.

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Publicado en dos partes originalmente en el suplemento cultural Barroco número 678 y 679, del Diario de Querétaro del 1 y 9 de octubre del 2017.

No se me pregunte cómo nació ni cómo llegó a la Tierra. De él solamente se sabe que apareció como dios nos deyecta al mundo, desnudo junto a las vías del tren de la estación Héroes de Nacozari, del vetusto barrio Tres Caídas. Un niño moreno, rollizo, con el pelo azabache grueso, que en lugar de gemidos lanzaba aullidos fatales como los de un armiño en celo. Una ciudad aciaga en tiempos de zozobra, cuando los sismos, la deuda externa, las caídas del sistema, la guerrilla indígena y la inflación azotaban aquel barrio mestizo.

Por el murmullo perenne del chisme se cuenta que su padre se llamaba José, un alcohólico trabajador del rastro municipal. Fue él quien lo encontró mientras regresaba a casa completamente borracho. José lloraba porque su patrón le había negado el control de la paila que tantas veces le habían prometido; el niño lloraba porque le habían negado el seno de una familia, o porque su familia lo había negado a él, vaya usted a saber.

Rastrero de siempre, José cargó el pesado bulto con el cuidado de quien carga a un cordero herido, quizás lo atropelló el tren de las seis, tejió José en su delirio etílico. Cuando hubo retirado la jerga que cubría el rostro del infante, éste sustituyó el llanto por una mueca adusta que provocó escalofríos a José. Qué pinche niño tan horripilante me fui a encontrar, gritó José no sin ansias de arrojarlo al río.

Al llegar a su casa, un cuarto en la vecindad ubicada en la calle 5 de Mayo, a 12 kilómetros del encuentro, Rafaela, la esposa de José desde hace veinte años, apenas iniciaba desde adentro la retahíla de insultos, pero al instante sucumbió en cuanto José posó frente a los ojos de la vieja al recién nacido. No ha llorado en todo el camino, a mí se me hace que está empachado, alcanzó a decirle José antes de caer dormido sobre el escudo de Cerveza Corona de la mesa de aluminio. ¿De dónde sacaste esto, José?, insistió Rafaela, pero sus gritos no surtieron efecto en el briago; tampoco tenía ganas de indagar demasiado como para ponerse a buscar a los padres al chamaco. Las horas interminables de oración en el templo de la Cruz suplicando por un hijo por fin han rendido frutos, pensó Rafaela, ¡Ea, pues, señora abogada nuestra, has vuelto a mí esos ojos misericordiosos!, dijo, y se puso a rezar un diostesalve, un credo y tres padresnuestros.

Sus discípulos aseguran que, en lugar de entrar a la escuela, el niño mesías recorrió a pie de gloria y aprendizaje los caminos sinuosos de la sierra gorda y del nudo mixteco, en donde tuvo el encuentro con los cuatro pilares de su existencia: fue nopal, pájaro, gato montés y fuego. Se dice que, a su regreso, por el camino a Tolimán y despojado de sus ropas, los vieron con un manto púrpura sobre el que caía una larga cabellera azabache y una banda de heno ceñida en la cabeza. Calzaba sandalias de cuero y llanta, abotonados por guirnaldas de mecate.

Se dice que por imposición de sus manos curaba a los enfermos. Todavía hay quien asegura que resucitaba a los muertos. A las afueras de los templos recitaba versos, con la prosodia de poeta paráclito. Su tono pomposo y prosaico les arrancaba alaridos orgásmicos a las plañideras más longevas. Lo hacía sobre piedras, en el camión de la ruta 67, por la ribera del río, a la sombra de los nopales, en la cancha de fut o en la cripta más alta del cementerio, con sus manos extendidas y la cabeza erguida al cielo. Primero lo siguieron los ebrios, las putas, los adúlteros, los deudores con orden de embargo y los lisiados, éstos últimos reptando a la retaguardia del tropel. Luego fue el pueblo en masa, prosternado a su alrededor para escuchar la palabra de dios en voz de su hijo.

Al cobijo del cielo bengala que retumbaba en baldosas, la plebe llegaba desde inauditos arrabales buscando al Jesús Cristo, pues ese nombre le había impuesto su madre, orgullosa de que su hijo no le hubiera salido mariguano, narco, sicario, soldado o político. Se hizo costumbre verlo escoltado por mujeres morenas con las tetas al viento, que caminaban en procesión con sus brazos colmados de ofrendas. Jesús Cristo respondía declamando advenimientos y profecías, con canciones que aludían al manto estelar, con efluvios melódicos de quien anuncia la buena nueva, señalando a la bola de fuego que solemos llamar sol. Y al amor, que todo lo incluye en su vasta esfera cosmogónica: Somos los retazos que se han desprendido de esa esfera. Nos hemos reducido a insinuaciones de odio a nosotros mismos, proclamaba.

Con la enfermedad, Rafaela se volvió violenta y José se extravió en su delirio permanente. Tras la muerte de sus padres, Jesús Cristo declaró que era el hijo del fuego. Quienes lo vieron crecer predijeron que estaría sometido al dominio de una mujer. Magdalena, la puta que se enjaretaba a los traileros que solían repostar en el paradero del libramiento norte, sería el sino manifiesto del Jesús Cristo.

Aquel día de María Santísima, en el que prevaricaba sobre un adúltero una sentencia a todas luces justa, consistente en cortarle el pito y los huevos, el padre Rogelio, párroco de la parroquia de Pentecostés, corrió hacia donde se estaba llevando a cabo el proceso y de un solo movimiento contuvo el brazo castigador del Jesús Cristo cuando blandía el cielo, a punto de deshollejar el miembro. ¡Vade retro, Satanás!, gritó energúmeno el diácono. Las mujeres de tetas al viento, con Magdalena a la zaga, se aprestaron cual hienas para brincar en favor del hijo del fuego, quien las contuvo con una mirada de ternura. El Jesús Cristo desbordó su ira contra el vicario no con la violencia que aclamaba el populacho, sino con la retórica del cofrade del reino de dios: Padre mío, tuyo y vuestro, que existes en el agua, en la tierra, en el fuego y en la mierda, santificado sea yo en tu nombre, hazme ser, ¡oh, Dios!, la verga de tu reino… Aún no llegaba a medio rezo cuando Rogelio quitole el machete a un mercachifle garbancero y de un solo golpe se deshizo a sí mismo de su propio brazo. Desprendido de Rogelio, su brazo ígneo ardió espontáneamente. Las mujeres con las tetas al viento arroparon al manco en un abrazo fatuo, lo besaron, lamieron su herida, bebieron su sangre, chuparon sus ojos y su miembro venoso, mientras el Jesús Cristo salmodió versos inéditos: Amor es unirnos, fundirnos y fundarnos, confundirnos tal y como estábamos antes de la muerte del dios, bajo el puñal de la discordia. Tras una invocación a la esfera divina, la confusión de carne, sudor y lágrimas cobró la advocación de una orgía divina en donde las almas, ¡ay!, se hincharon en una sola alma, exenta de odio y pudor.

En enero de aquel funesto año, según cuenta el más longevo de sus discípulos, la mansedumbre del Jesús Cristo, entre quienes ya se contaban abogados litigantes, adolescentes embarazadas, traileros, maestros, franeleros, amas de casa, sindicatos enteros, mariachis, diputados, travestis y ancianos empacadores del supermercado, tuvieron a bien viajar a la capital para encomendarse ante el obispo. Rogáronle que Jesús Cristo fuera la representación en carne y hueso de nuestro otrora salvador Jesucristo, mito obcecado ante el advenimiento del verdadero dios. El obispo se negó rotundamente: el hijo del fuego no era un parroquiano ferviente de la congregación del barrio Tres Caídas. El obispo no faltaba a la verdad, pues el mesías ni CURP tenía. Mas, dichoso aquel que teme al señor, las criaturas increparon al señor obispo quien, desde la luminosidad de su camioneta Cadillac nacarada, ungió a la muchedumbre con su venia para que el Jesús Cristo fuera al fin, ¡Hossanna!, la quintaesencia de la cuaresma, ¡Aleluya!

Al sonar de las campanas cientos de gentes caminaron por las calles del barrio Tres Caídas. En las vicisitudes propias del misterio, una de las Magdalenas no quería más ser puta, una puta quería salir de Magdalena y no de Elena. Los soldados romanos condicionar su asistencia siempre y cuando se les hiciera partícipes del milagro de coger entre todos nosotros, como se hiciera en el episodio del manco Rogelio. Que el Poncio Pilotos quería lavar sus manos con aguardiente y que el Judas no quería traicionar a quien por él su vida dio: la neta yo la llevo chido con ese güey, chillaba. El Jesús Cristo lucía agotado, fastidiado, dubitativo, con el desgano no de quien se cansa de hablar, sino del que se desespera cuando no es escuchado. Quería ser un instrumento de su paz, pero esto lo había desbrozado.

Cuando tocó el acto de la crucifixión, el Jesús Cristo dijo no subiré a esa cruz que está concebida ipso facto. Mi alma y la suya claman al señor, y mi espíritu se alegra en su presencia. Por tanto, yo les digo, que mi ánima penderá de ese sino, dijo señalando un poste de alta tensión. Aprestaron lo necesario para subir al hijo del fuego al crucifijo trifásico. Un discípulo lo aupó con ayuda de tres mecates, uno de los cuales quedaría pendiente a nivel del piso. Desde las alturas, el mesías vio que las Magdalenas se arrancaron con un bailoteo venial, a modo de proclamación, derramando sobre la plebe aceite de olivo de nardo, aunque hay quien asegura que se trató de gasolina Magna, de la verde. Habla, tú eres el camino a la verdad, habla, tú eres nuestra noción de esperanza, decía el Judas, negado a ahorcarse para no traicionar.

La Magdalena del Jesús Cristo, evanescente y voluptuosa, sacó de una bolsa del mandado decenas de ejemplares de la biblia latinoamericana de gran formato a las que arrancó sus hojas y les prendió fuego una a una. La flama alumbró los conos sublimes de tetas erectas y destacó el culo amplio y firme de la Magdalena, mientras el Jesús Cristo exclamaba versos en una lengua que nadie conoció. ¡Fuego!, ¡Fuego! Gritaba alguien entre la multitud sudorosa. Magdalena tomó el mecate a nivel del piso y acercó una página ardiente del Cantar de los Cantares al borde de lo que resultó ser una mecha. El mecate crepitó, lentamente, luego a ritmo fugaz, alimentado por el aceite de olivo de nardo con el que estaba impregnado. La llama subió en azul ardiente hasta el cuerpo del nazareno. Magdalena arrojó fragmentos llameantes del Apocalipsis. De inmediato, el fuego abrasó a los cuerpos de la turba, se arrastró por los baldíos e iluminó con su candor las callejuelas. Una a una, los cuerpos de las Magdalenas sucumbieron al suelo ardiente en resonancias de clamor. El haz fulgurante estalló en la punta del inmenso crucifijo del Jesús Cristo, iluminando la región sur del acantilado. El cuerpo del Jesús Cristo carbonizado se erguía en el centro del resplandor, clamando su nombre al filo de la noche: ¡Jesús Cristo!, ¡Jesús Cristo!

Todo el barrio Tres Caídas fue un cúmulo rojo, una herida ígnea en la piel de las tinieblas. Las fuerzas del orden, que a duras penas podían respirar, sacaron de las llamas a la Magdalena quien, desprendida de su piel, seguía con el bailoteo venial, canturreando el nombre del Jesús Cristo. El comandante de las fuerzas del orden dio la orden de que la llevaran al Hospital del Niño y la Mujer y que, si era preciso, la torturaran para que soltara información que ayudara a dar con el paradero de los hijos de puta que habían hecho esto. Los dieciocho municipios y las tres ciudades conurbadas de la megalópolis prohibieron, so pena de muerte, que se transmitiera el nombre del Jesús Cristo a las generaciones futuras. Pero el chisme, con su murmullo perenne y subyacente, lo hizo llegar hasta nosotros. La noche en que Magdalena quemó el barrio de Tres Caídas a orden del Jesús Cristo, no vino al mundo ningún mesías, ningún salvador, ni ningún rey. Ya no tenemos dios.

 

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La tragedia, nuestra oportunidad.

 

“Y tu dolor, mi prójimo lejano,

Es mi más hondo sufrimiento”.

José Emilio Pacheco.

 

No ahondaré en detalles de la broma macabra que la geografía nacional nos jugó el pasado 7 y, sobre todo, el 19 de septiembre. No esgrimiré metáforas para referirme a la funesta casualidad que recrudece la cicatriz de nuestra efeméride.

No hablaré de la tragedia, pero sí de las oportunidades que se asoman después de ésta.

La tragedia es una oportunidad para derrumbar el mito: en Querétaro la posibilidad de que ocurra un sismo es real y latente. Y más allá de nuestra fascinación torpe y fetichista de vanagloriarse de haber sido testigo del sismo de 1985, o de fustigar con donaire que los queretanos no tenemos ni idea de lo que se siente un sismo, tenemos la inmejorable oportunidad de estar preparados para la eventualidad.

La tragedia es una oportunidad para acostumbrarnos a hacer las cosas bien. El sismo ha evidenciado una vez más que las obras derruidas estaban sostenidas sobre el cimiento de la incompetencia y la corrupción. La línea 12 del metro está al borde del colapso. Las obras de su apuntalamiento y rehabilitación iniciarán este lunes, pero aún no hay fecha para iniciar con la reconstrucción de las ciudades afectadas en los estados golpeados por el sismo. ¿Cómo estamos haciendo las cosas en nuestra ciudad? Aunque por otros motivos nuestras calles estén destrozadas, tenemos la oportunidad de no emular el proyecto colapsado de urbanismo de nuestra querida capital federal.

La tragedia es una oportunidad para enfocar las prioridades y definir el interés en el otro. En el lamentable caso del feminicidio de Mara Castilla, la discusión de la opinión pública se decantó por el sabotaje a la presunta cobertura periodística de Jenaro Villamil. En estos momentos de tragedia el tema es otro, ya tendremos tiempo para hablar acerca del vergonzoso hito mediático de Frida Sofía. Al momento de yo escribir esto y tú leerlo, caro lector, hay personas con graves necesidades aún, en donde la ayuda aún no llega.

La tragedia es una oportunidad para remendar nuestra noción de participación ciudadana. De acuerdo a la plataforma de peticiones Change.org, la petición para que el Instituto Nacional Electoral (INE) done los millones de pesos destinados a los partidos políticos a los damnificados por los sismos del 7 y 19 de septiembre en nuestro país, ha roto todos los records en la historia de la plataforma. Hasta el momento en que escribo esto iban contabilizadas más de dos millones de firmas.

En parte por la presión social, pero sobre todo animados por la efervescencia de los tiempos electorales, PRI, PAN y Morena anunciaron en una especie de subasta de superioridad moral ceder al clamor popular de donar el dinero de sus campañas; el PRI fue hasta el momento el más específico: 25% de lo asignado para su campaña, equivalente a 258 millones de pesos. Recordemos que recientemente el INE había anunciado la asignación de 7 mil millones de pesos en total los partidos.

No hace falta ser analistas políticos para inferirlo: se trata de conseguir votos, no de un ejercicio de filantropía, de humanismo, parafraseando al periodista Luis Roberto Castrillón. Los partidos no están donando su dinero, están devolviendo recursos de quienes pagamos impuestos para las tareas de reconstrucción. Su temor ante eventuales resultados adversos en los procesos electorales por venir es más que evidente. Todos los partidos quieren sacar su raja electoral. En nuestra democracia incipiente, cara y corrupta, donar 25% para apoyar no es suficiente. Sigamos presionando. Ya sintieron el poder de la gente No nos equivoquemos: son votos, no humanismo.

La tragedia es una oportunidad para reflexionar respecto a nuestro concepto de ciudadanía, de nuestra queretanidad. El martes del sismo, en distintos puntos de nuestra ciudad dos vehículos se volcaron por manejar a exceso de velocidad, tendencia cada vez más recurrente en los automovilistas que circulan en nuestra capital. Como conductores no tenemos un protocolo ciudadano de seguridad para ceder el paso a vehículos de emergencia.

Ese mismo día, la desinformación colmó a las redes sociales y al servicio de mensajería WhatsApp al difundirse un audio en el que se daba cuenta de un grupo de hombres armados que había entrado a hacer asaltos múltiples en Plaza del Parque. La paranoia colectiva se viralizó (neologismo propio de nuestros tiempos) cuando varios testigos compartieron en redes sociales videos y fotografías del suceso. Cuando se confirmaron las noticias a través de medios periodísticos serios y de los canales de comunicación de las corporaciones policiacas, el daño por la desinformación ya estaba hecho. Con la noticia del sismo, la paranoia masiva se agravó. No faltó quien decretó el advenimiento del Apocalipsis. Si bien hubo leves indicios de movimiento en algunos puntos de la ciudad (personal de la UNAM reporta que el sismo en Querétaro tuvo una intensidad de entre 3 y 4m), hubo medios noticiosos que informaron que un estacionamiento de la calle Escobedo había sufrido daños a consecuencia del temblor.

La tragedia es una oportunidad para desprendernos de nuestro inútil, ridículo y anquilosado chauvinismo queretano. Para aquellos que se lamentan de que los chilangos vengan a buscar refugio en nuestra ciudad huyendo del sismo, es una oportunidad de integrarnos para renunciar a nuestra invisibilidad hipócrita y abrir los brazos a quienes han decidido, por condición o convicción, ser queretanos. Bienvenidos.

La tragedia es una oportunidad para unirnos sin la penosa necesidad de ser fatalistas. Tenemos la oportunidad de demostrarnos a nosotros mismos de que este país se levanta con y a pesar de sus políticos, pero no necesariamente por ellos.

Tenemos la oportunidad para ser héroes sin olvidar que la filantropía es anónima. Todos debemos ayudar, pero desde la dignidad del silencio virtuoso. Sí, la filantropía es anónima, de lo contrario se convierte en la versión más perversa de la vanidad.

No estoy frivolizando con la tragedia. Una de las más altas responsabilidades morales de los que estamos en el mundo de la cultura y las artes es ofrecer alternativas para sublimar nuestro placer y nuestra felicidad. La tragedia es una oportunidad para recordar que los artistas son/somos el medio no el fin, son/somos personas que ponen sus talentos al servicio del dolor y la tragedia del otro.

Nuestra ciudad es un centro de acopio. A pesar de que en Querétaro abundan personas en estado de abandono, necesidad y desgracia permanente, el dolor de nuestros hermanos lejanos y cercanos es nuestro hondo y compartido sufrimiento.

Tamar Cohen, escribir me salvó la vida.

Tamar Cohen: escribir me salvó la vida

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 676, del Diario de Querétaro del 17 de septiembre del 2017. Foto: Martín Venegas.

El año terrible (Ediciones SM, 2015), libro con el que la autora Tamar Cohen irrumpe en la literatura juvenil, fue escrito en atención al Premio Gran Angular México de Literatura Juvenil, certamen literario de editorial SM: “La verdad, la escritura del libro fue muy algo impulsivo. A mí me detectaron bipolaridad. En el momento en el que yo me encontraba escribiendo la novela me encontraba en una etapa muy maniaca, me despertaba a medianoche y todo era escribir, escribir, escribir…” dice la autora capitalina en entrevista exclusiva para BARROCO, en el marco del Hay Festival Querétaro 2017.

Bajo el influjo de la impulsividad producto de su trastorno, la novela completa la escribió en un lapso de dos meses, “plasmaba ahí todo lo que me pasaba, sin ningún tipo de pudor, ni de miedo, mi intención principal era ponerlo en papel. Cuando la terminé tuve un tiempo de calma en mi vida”.

El año terrible narra la vida de Dana, una adolescente común quien, tras diagnosticarle depresión, tiene que sortear además los problemas propios de la edad. “Dos semanas después de que terminé la novela, era el certamen de la editorial SM”. Fue precisamente el lapso de dos semanas que la escritora utilizó para corregir el texto. “La verdad nunca lo escribí pensando en participar en un concurso. Para mí fue mucha sorpresa que mi novela haya resultado ganadora”.

¿Cuál ha sido la recepción de tu novela?

Muy buena, la verdad, sobre todo entre los lectores jóvenes. Además de la depresión, la novela toca el tema de la sexualidad de una chava de preparatoria. Este tema no es algo que se encuentre de manera recurrente en los libros para adolescentes, sobre todo escrito en un lenguaje tan libre, tan desatado por parte de la protagonista.

Dentro de tu proceso creativo, ¿pensaste en tu lector o simplemente fue la impulsividad por contar una historia?

La verdad es que casi nunca pienso en el lector, sino que más bien pienso en mí, en lo siento cuando escribo. Específicamente en El año más terrible sí se trató de lo que quise poner allí. Siento que si pienso más en el lector mi escritura no sería honesta.

A dos años de distancia, ¿cómo lees El año más terrible?

Es curioso porque lo leo y, a pesar de que me sigue gustando mucho, y de que pienso que tiene mucha calidad literaria (por algo ganó el concurso), dudo de que, si hubiera estado en mis cinco sentidos, hubiera ganado. Mi libro es demasiado transparente.

Los escritores, como seres humanos, son seres perfectibles que arrastran defectos, pero que de alguno u otra manera estos defectos fungen como detonantes. Además de ser un potenciador de tus historias en tu vida, con tu diagnóstico de trastorno de bipolaridad,

¿Qué significa para ti la Literatura?

Para mí la Literatura es mi vida en muchos sentidos. Este libro es específico me salvó, de alguna manera salí adelante gracias a él. Asimismo, creo que mi libro puede ayudar a otras personas.

En la obra, Dana se apropia de una voz literaria cercana a la introspección, en flagrante conexión con el lector adolescente y de todas las edades: “Siento que todavía no me regresan a mi hija, suelta mamá con los ojos llenos de lágrimas, su comentario me da la peor hueva, últimamente anda muy melancólica y cada que estamos solas aprovecha para sacar el tema de mi enfermedad, prefiere no hablarlo enfrente de mis hermanos, porque no quiere preocuparlos, es una estupidez: Yoshi es un bebé y Rubén no tiene conciencia, ni masa cerebral. Lo dices como si una banda de extraterrestres me hubiera secuestrado, le digo para bajarle 5 rayitas a la intensidad del momento. Extraño a la Dana de antes, vuelve a insistir. Quiero vomitar, no te hagas la sufrida má. Me levanta el dedo índice. Me olvidaba que no se te puede decir nada, le digo con la mirada clavada en el plato, sé que le revienta que no la vea a la cara. Mírame a los ojos, Dana, la miro sin parpadear, como hace Rubén cuando la quiere provocar, ¡ay no seas grosera! Me dice con su voz de paréntesis. Mamá se encierra en su cuarto, me quedo haciendo figuras en el plato con el tenedor y la miel, la última es un hacha”.

“La literatura me ha dotado el poder de leer la vida de otras personas, de encontrarle muchos sentidos a la vida: leyendo un libro le encuentro el sentido que a veces creo haber perdido. Y escribiendo historias es como me encuentro, identificándome con mis propios personajes”, comenta la autora de origen judío.

Con Kirén Miret, creadora de la serie Niñonautas, como moderadora. Tamar Cohen participó junto a la también ganadora mexicanas de los premios literarios que otorga SM: Nuria Santiago (Premio Barco de Vapor). A ellas se sumó la narradora y filóloga española Ana Cristina Herreros, también conocida como Ana Griott.

En su participación en el Hay Festival 2017, Tamar Cohen dijo que para escribir Un año terrible tuvo que conectarse con la adolescente que lleva dentro: veía las mismas series y escuchaba la misma música que sus hijos. Además, igual que su personaje, la escritora estaba atravesando por una etapa difícil de depresión, y eso quedó reflejado en la historia.

¿Qué estás leyendo en este momento?

Justo ahorita estoy leyendo Americanah de Chimamanda Ngozi Adichie, lo acabo de empezar, me está gustando mucho. Acabo de terminar un volumen de cuentos de Ignacio Padilla que está increíble. Me fascina la literatura juvenil, me la paso leyendo historias juveniles. Además de que me ayudan mucho para escribir, me apasiono con los temas como si fuera una adolescente. También termine de leer hace poco No le voy a pedir a nadie que me crea de Juan Pablo Villalobos.

Tamar Cohen abundó además en que dijo, para escribir Un año terrible tuvo que conectarse con la adolescente que lleva dentro: “veía las mismas series y escuchaba la misma música que mis hijos. Además, igual que mi personaje (porque yo me hago presente totalmente en el personaje) hago mención de todas las complicaciones que acompañaron mi depresión. Escribir Un año terrible salvó mi vida”, concluyó.

Joan Tarrida, el privilegio de editar en México.

Joan Tarrida, el privilegio de editar en México

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 676, del Diario de Querétaro del 17 de septiembre del 2017. Foto: Martín Venegas.

Joan Tarrida (Barcelona, 1959) caminó por la plancha de nuestra Plaza de la Constitución prácticamente bajo el abrigo del anonimato. Con paso sostenido, con clase, llegó puntual a la cita, abriéndose paso con elegancia y sutileza, acaso las mismas virtudes que distinguen la editorial que dirige: Galaxia Gutemberg. Sí. El director editorial de esta prestigiosa editorial española estuvo en nuestra ciudad para participar en el Hay Festival Querétaro 2017, y BARROCO platicó con él en entrevista exclusiva.

Carlos Campos (CC): Joan, vienes a la ciudad en tu perfil de editor. Tu vida es una vida plagada de libros desde hace cuarenta años. Vienes a hablar del trabajo editorial, específicamente desde el trabajo de edición de Galaxia Gutemberg. Cuéntanos, ¿qué tiene qué decir Galaxia al mundo editorial?

Joan Tarrida (JT): El Hay Festival ha organizado un encuentro de editores provenientes de 14 países latinoamericanos, cosa que yo creo que es un hito porque muy pocas veces editores de habla hispana se reúnen para comentar los problemas que tienen, lo que les afecta, su relación con los lectores, con los libreros, con los nuevos medios digitales, la distribución entre unos países y otros… Hay muchos temas que afectan a todos y que muy pocas veces tenemos la oportunidad de reunirnos en un mismo sitio. Además de la importancia de lo anterior, es fruto de la novedad editorial que se va a presentar a principios del 2018 que es la Antología Bogotá 39.

Bogotá39 es un proyecto de colaboración entre el Hay Festival y Bogotá: UNESCO World Book Capital City que hace diez años se plantearon el objetivo de identificar 39 de los más prometedores escritores latinoamericanos menores de 39 años. En aquél entonces, los jueces del concurso fueron tres escritores colombianos: Piedad Bonnett, Héctor Abad Faciolince y Óscar Collazos. El éxito de este proyecto llevó a un proyecto similar llamado Beirut39, que seleccionó a 39 de los escritores más prometedores del mundo árabe. África39 siguió en 2014.

JT: Ya se publicó una antología hace diez años. Diez años después, Hay Festival lanzó nuevamente la convocatoria. Los 39 mejores escritores latinoamericanos de menos de 39 años de edad.

En el número 659, el domingo 21 de mayo, BARROCO publicó la lista completa de los autores que conforman Bogotá 39. Los mexicanos que aparecen en la lista son Gabriela Jáuregui, Laia Jufresa, Brenda Lozano, Valeria Luiselli, Emiliano Monge, Eduardo Rabasa y Daniel Saldaña.

JT: El Hay Festival ha tenido una idea excelente: dar la edición de esta antología a diversos editores en cada país, y siempre a editores independientes, lo cual es una muestra de apoyo a las editoriales independientes. En el caso de Galaxia Gutemberg, hemos tenido la suerte de que nos propusieran editarlo en México y en España. México, además, es el país que en la edición de este año tiene más autores, con lo cual, el poder editar esta antología en México será un privilegio.

CC: Esta idea es además un honor, porque la relación de México con Galaxia Gutemberg es íntimamente estrecha a partir de la primera edición del Primer Premio Dos Passos, destinado a la edición de autores emergentes, y cuyo primer ganador fue precisamente un mexicano: Roberto Wong (Tampico, 1982) con su novela París, D. F.

Galaxia Gutenberg es una editorial española creada el 1994 inicialmente con el objetivo de distribuir los libros del Círculo de Lectores. En el 2010, la editorial se independizó de Círculo de Lectores y pasó a ser una editorial independiente. Desde entonces, Tarrida funge como director y editor.

CC: en el mundo editorial, me parece que Galaxia Gutemberg ha tenido la virtud de encontrar un balance entre autores consolidados, por ejemplo, la obra completa de Guillermo Cabrera Infante, o el imprescindible Vida y Destino de Vasily Grossman; y autores emergentes, como en el caso de los autores beneficiados por el premio Dos Passos. ¿Ha qué se debe este enfoque?

JT: De entre todas las funciones que tenemos, yo creo que hay dos que definitivamente todo editor debe de tener: la primera es poner al alcance del lector los grandes nombres. A veces, por avatares de la edición, desaparecen algunos libros. En el caso de Cabrera Infante, cuando murió dejó una serie de libros por publicar. En ese caso se trata de publicar obras inéditas. En otros casos se trata de recuperar obras de autores vivos como en el caso de Vida y Destino, o como en el caso de las obras completas de Octavio Paz y de otros autores. Pero uno se puede quedar conforme con lo que uno sabe que vale, lo que ya tiene una merecida dignidad en el mercado. Es entonces cuando entra la segunda función: descubrir gente que está empezando, autores que están al inicio de su carrera, y a esta gente acompañarlos en la medida de lo posible en su desarrollo. Usted ha mencionado a Roberto Wong, que es un mexicano que ganó el primer premio a novela inédita. Este autor vivía primero en San Francisco; ahora, por casualidad, se ha trasladado a vivir a Barcelona, ahora estamos muy cerca… Y pues estamos esperando que entregue la segunda novela, no se trata solamente de publicarlos una vez porque ha ganado un premio, sino irlo siguiendo.

CC: ¿Cuáles son los retos que enfrentan las editoriales en la actualidad? ¿Qué desafíos acuñan ante las nuevas tecnologías digitales, la piratería, los discursos mediáticos?

JT: El mundo editorial constantemente se encuentra en la lucha por conseguir el tiempo libre de la gente, ese tiempo libre que cada vez es menor porque tenemos que trabajar cada vez más para poder sobrevivir. Y, además, hay cada vez más cosas que intentan atrapar a ese tiempo libre. Es una evidencia que los programas de televisión en plataformas están ocupando un lugar narrativo que antes tenía el libro. Esta, por otra parte, el tiempo que pasamos en los dispositivos móviles, en redes sociales, muchas veces de manera que no haría falta, en pleno uso excesivo. Al final, todo esto va robando tiempo al tiempo que antes dedicábamos a leer. Pero antes, cuando nosotros comenzábamos a ver la televisión, con la oferta de cuatro, ocho o diez canales de televisión, también se decía lo mismo. Yo recuerdo que nunca se ha leído tanto como se ha leído en los años 2000 y 2008, antes de la crisis. Y en ese momento había muchas televisiones. Yo creo que tenemos que enfrentar esto que es una realidad, que al final lo que hace es exigirnos que, para que la gente nos dedique tiempo. A la gente les tiene que interesar mucho: tenemos que conseguir que ese interés se les despierte a través de las redes sociales que, en ese sentido, van a nuestro favor; y a través de los libreros y de los medios de comunicación que, en ese sentido, estamos creando una serie de complicidades. Para llegar a los lectores de todo el mundo, es imprescindible la ayuda, apoyo y capacidad de colaboración conjunta de los medios de comunicación y los libreros.

CC: Claudio López Lamadrid, editor de Penguin Random House, hablaba de que el libro electrónico no había significado un ingreso importante para el volumen de ventas. ¿Compartes esa visión?

JT: Totalmente. Para nosotros es un 2% En España, en general, estamos hablando de un 3%, esto sin considerar a los libros profesionales o académicos, que en ese caso el libro electrónico si presenta ventajas. Se trata de una ganancia muy pequeña en comparación a todo lo que se ha dicho en torno al libro electrónico, que llegaría el momento de la desaparición del libro físico, entre otras cosas. ¡Eso no ha ocurrido! Nosotros ofrecemos todos nuestros libros tanto en físico como en digital, damos al lector la capacidad de escoger en qué plataforma quiere leer. Queremos que el lector sea consciente de que autores, editores, impresores vivimos de esto.

El encuentro de voces: Hay Festival 2017

El encuentro de voces en el Hay Festival Querétaro 2017

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 675, del Diario de Querétaro del 10 de septiembre del 2017. Fotos de Mónica Zárate.

Simon Sebag Montefiore.

“Para mí es una gran alegría que mis libros se estén publicando en español, especialmente para el público lector de México y Latinoamérica” fueron las palabras de Simon Sebag Montefiore (Londres, 1965), autor de Los Romanov 1613-1918 (Crítica, 2016).

Tras la publicación de sus libros de ficción, Sebag Montefiore ha emprendido su viaje por el camino de la Historia con Catherine The Great and The Potemkin, Stalin: La corte de la Estrella Roja, El Joven Stalin, Jerusalén: La Biografía, Titanes de la Historia, así como Los Romanov.

De acuerdo al autor, Angelina Jolie será probablemente la protagonista de Catherine The Great en su adaptación cinematográfica, de acuerdo a información publicada recientemente por The Hollywood Reporter.

En estos grupos, el autor explora las relaciones entre el poder, la personalidad de los líderes, la política y las familias. Asimismo, estos grupos pueden tener una conexión actual por la cuestión de los sistemas y los líderes políticos en Latinoamérica.

Los temas de los liderazgos políticos y el poder como tal son relevantes, los nombres de Trump, Putin, Kim Jong Un, entre otros, dan cuenta de ello.

Los Románov gobernaron Rusia como zares y emperadores durante trescientos años. A través de la fuerza implacable de su personalidad, esta familia de peculiares pero brillantes autócratas, transformó un reino débil y arruinado por la guerra civil en un imperio que dominó Europa. Pedro el Grande, el tirano borracho y asesino, gigante físicamente y reformador político; y Catalina la Grande, la apasionada princesa alemana que derrocó a su propio marido para convertirse en el estadista más sobresaliente de una edad de oro, fueron los dos más grandes gobernantes de Rusia. Elizaveta, que era tan promiscua como glamurosa, continuó el ascenso de Rusia como una potencia europea; más tarde los irresponsables y desequilibrados Pedro III y Pablo I fueron asesinados. Nicolás I censuró a Pushkin, se nombró a sí mismo Gendarme de Europa y luchó en la guerra de Crimea con Gran Bretaña. Finalmente, Nicolás II y Alexandra, a pesar de su feliz matrimonio y la tragedia de su hijo hemofílico, resultaron ser demasiado ineptos para salvar a Rusia de la Gran Guerra y revolución.

Hablando específicamente acerca del poder en Rusia, en el contexto del próximo centenario de la Revolución Rusa, el autor destaca que tres aspectos: el primer punto es investigar al respecto de estos temas, algo que siempre ha interesado al autor.

El segundo aspecto importante es interpretar correctamente y escribir respecto a eso. Yo escribo mis libros Yo quiero hacer mis libros accesibles y comprensibles para todos, incluso para mi madre, que entienda, comprenda y disfrute de estos temas.

 

Norman Ohler.

De acuerdo a Norman Ohler (Alemania, 1970) fue en na conversación casual con un amigo DJ, en la que este mencionó que los nazis vivían drogados, fue el detonante de la investigación más importante emprendida hasta ahora por el periodista alemán Norman Ohler. Para corroborar la veracidad de este dato, el autor se metió de cabeza en los archivos federales de Alemania y Estados Unidos durante cinco años. Sus hallazgos desvelan una parte de la historia del nazismo. Por un lado, ahonda en lo que era un secreto a voces: la drogadicción de Adolfo Hitler. Su médico personal, Theodor Morell, lo mantenía activo con 74 productos diferentes, que incluían desde la inyección de esteroides hasta un producto farmacéutico similar a la heroína. Por otro, revela que los soldados alemanes que participaron en las campañas relámpago de Polonia y Francia recibieron generosas dosis de una metanfetamina, patentada en 1937, que los mantenía despiertos durante un par de días. Las drogas decidieron el curso inicial de la Segunda Guerra Mundial.

Sobre el estado Nazi se había escrito de todo, o al menos eso era lo que se pensaba, sin embargo, no es sino hasta hoy cuando se aborda de manera ampliamente documentada el insospechado consumo de la llamada “droga del horror” o “crystal meth”, como se le conoce coloquialmente, lo cual podría explicar muchas de las decisiones que se tomaron durante el Tercer Reich. Los resultados de la investigación de Ohler se plasman en el libro High Hitler (Crítica, 2015), un libro en donde el autor presenta argumentos para fortalecer la hipótesis de que Hitler era un adicto a las metanfetaminas y a otros opiáceos fuertes: “De hecho, fue en el ejército Nazi en donde se inició el consumo de las metanfetaminas”.

El régimen que Hitler dirigió actúo de manera hipócrita, afirma el autor, ya que, aunque oficialmente estaba prohibido, el consumo de drogas tuvo un fuerte encubrimiento al interior de las tropas nazis.

 

Hanif Kureishi

Enfundado con la playera con la imagen de Blackstar del último disco de David Bowie, Hanif Kureishi (Bromley, UK, 1954) habló con BARROCO acerca de su corta, pero profunda amistad con David Bowie: “tuvimos una amistad de cerca de tres años, cuando escribió la música para la adaptación cinematográfica de El Buda de los Suburbios (Anagrama, 1990). Era un hombre hermoso, intenso, interesante”.

A la distancia, y tras celebras los primeros veinticinco primeros años del libro que lo llevó a la fama mundial, Kureishi nos relató su experiencia como hijo de migrantes, la muticulturalidad, la migración y la literatura como forma de vida: “es la primera vez que visito México. Es un lugar muy emocionante”.

El motivo de su visita ni siquiera él lo tenía claro: “El motivo principal por el que estoy aquí es para conocer México, para echar un vistazo. Estoy muy nervioso, porque sé que hubo un huracán en el Caribe, y hubo una alerta de Tsunami por el terremoto de ayer en la noche. Así que espero que valoren mi visita y participación”, dijo el autor con su distintiva ironía.

Y agregó: “Sé que soy parte del programa, aunque no sé de qué ni con quién voy a hablar”, dijo el también autor de Intimidad (Anagrama, 2005), quien tendrá participación junto a Guillermo Arriaga para hablar acerca de cine y literatura.

A 25 años las cosas han cambiado mucho.

 

César Aira.

En contraste con los libros extensos, gordos por el extenso número de páginas, “lo mío tiene más de poesía que de narrativa estricta. Hay una densidad que lo hacen un poco imposible tanto para el autor como para los lectores, seguirlo más allá de esas pocas páginas. Las historias que a mí se me ocurren tienen ese formato de menos de cien páginas”, dijo César Aira (coronel Pringles, Buenos Aires, 1949) autor de más de sesenta libros que, en su gran mayoría, se distinguen por ser libros delgados, “elegantes libros delgados” de acuerdo a sus propias palabras.

Con frecuencia, Aira refire que prefiere la búsqueda de una estética vanguardista en la que, en lugar de editar lo que ha escrito, se involucre una “fuga hacia adelante” para improvisar una salida de los rincones en los que se escribe. Aira también busca en su obra el continuo de un movimiento constante en la narrativa ficticia. Como resultado, sus ficciones pueden saltar radicalmente de un género a otro y, a menudo, despliegan estrategias narrativas de la cultura popular y géneros “subliterarios” como la ciencia ficción de la pulpa y las telenovelas de televisión; por otra parte, frecuentemente se niega deliberadamente a ajustarse a las expectativas genéricas de cómo debe terminar una novela, dejando muchas de sus ficciones completamente abiertas.

“Por alguna extraña perversión, tanto autores como editores prefieren libros gordos. Yo tengo una hipótesis y es que los lectores que no son lectores asiduos, cuando entran a una librería, por ese mandato social de que los libros son buenos y de que los libros le hacen bien a la gente, se sienten desconcertados. Entonces, eligen el libro más gordo que encuentran para no tener que ir a una librería en varios meses”.

Malala en México

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 674, del Diario de Querétaro del 3 de septiembre del 2017.

El pareado es una estrofa de dos versos que riman entre sí, pudiendo dicha rima ser en consonante o asonante. Es la más sencilla de las estrofas. El siguiente es un célebre pareado tradicional pashtún: “Prefiero recibir tu cuerpo acribillado a balazos con honor/que la noticia de tu cobardía en el campo de batalla.”

Con este pareado abre la primera parte del libro Yo soy Malala (I Am Malala: The Girl Who Stood Up for Education and Was Shot by the Taliban, Back Bay Books, 2015) de Malala Yousafzai (Swat, Pakistán, 12 de julio de 1997), estudiante, activista, bloguera quien, a los 17 años, en el 2014, fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz por su lucha contra la supresión de los niños y los jóvenes, y por el derecho de todos los niños a la educación.

En su primera vez en México, el jueves 31 de agosto, Malala compartió en el Tecnológico de Monterrey su experiencia de vida, su lucha y compromiso por el acceso a la educación de los jóvenes en el mundo, principalmente, de las mujeres:

“Gracias por su apoyo, por apoyarme en la causa de la educación. Cuando veo a jóvenes como ustedes, me da más fuerza para luchar por la educación, dijo ante cerca de 2 mil 800 personas, principalmente jóvenes estudiantes de preparatoria y universidad, en el campus Santa Fe de la institución, y miles más que vieron la transmisión en campus de todo el país, como en Querétaro, en donde la seguimos en tiempo real.

“En mi comunidad veía que a las niñas no se les daban las mismas oportunidades que a los niños. A las niñas no se les daba educación. Ahora iré a la universidad y estoy muy agradecida […] No fue fácil ingresar a Oxford, pero esta es la educación que todo niño y niña merece […] La educación es importante y conocemos los beneficios, pero aun así hay gente que niega la educación, que no invierte en ella […] La educación es cambio”, agregó.

Por su parte, Salvador Alva, presidente del Tecnológico de Monterrey, afirmó sobre este encuentro que “no puede haber transformación social sin inclusión. El acceso a la educación de calidad puede hacer diferente la vida de las personas y los países; y Malala es un gran ejemplo en esta lucha y convicción”.

El día martes 9 de octubre del 2012, Malala se encontraba en plena etapa de exámenes. Al contrario de la mayoría de los estudiantes, y por su pasión por el estudio, Malala no se preocupaba por esta situación. Sobre el rickshaw de color brillante (hasta ahora me entero que así se llama el vehículo ligero de dos ruedas tirado por un hombre a pie, con la ayuda de pedales o motor diésel), Malala viaja apretujada con seis estudiantes rumbo a la escuela fundada por su padre, pero oculta desde la llegada del talibán a Pakistán.

La puerta metálica ornamentada y colocada sobre un muro blanco no da indicios de que en su interior se encuentra una escuela, un espacio mágico de libertad en el que las niñas podían liberarse de los pañuelos que cubren sus rostros. Tras subir con entusiasmo a las aulas que se encontraban en la planta alta, “Arrojábamos allí nuestras mochilas y después nos congregábamos para la reunión matinal bajo el cielo, firmes, de espalda a las montañas. Una niña ordenaba «Assaan bash», «¡Descansad!», y nosotras dábamos un taconazo y respondíamos «Allah.» Entonces ella decía «Hoo she yar», «¡Atención!», y dábamos otro taconazo, «Allah.” (p. 11).

Antes de la presencia del talibán, en la fachada del edificio ponía Colegio Kushal con letras rojas y blancas. Las niñas tienen clase de seis días a la semana. Malala asiste al curso de noveno grado, para las estudiantes de 9º grado (equivalente a tercero de secundaria), es decir, para niñas de 15 años de edad. Allí “memorizábamos fórmulas químicas, estudiábamos gramática urdu, hacíamos redacciones en inglés sobre aforismos como «no por mucho madrugar amanece más temprano» o dibujábamos diagramas de la circulación de la sangre… la mayoría de mis compañeras querían ser médicos.”

En periodo de exámenes la entrada a la escuela era a las 9 horas, y no a las 8 como solía ser en periodo regular. Aquella mañana del 9 de octubre pintaba bien para Malala, ya que no le gustaba levantarse tan temprano. A pesar de que la escuela no estaba lejos de su casa, Malala tenía que viajar en vehículo por el temor de su madre de que la niña sufriera un ataque. El reconocimiento por su activismo a favor de los derechos de niños y jóvenes ya había incomodado al régimen talibán. Tras el asesinato del amigo de su padre, éste también había sido objeto de advertencias: “Ten cuidado, tú serás el siguiente”.

Por ingenuidad o inocencia, Malala solía minimizar las amenazas: “Nunca han atacado a una niña”, decía, aunque no sin miedo solía asegurarse de que la puerta a la entrada del jardín de la casa en donde se encuentra la escuela estuviera bien cerrada. Viajaba con Moniba, su amiga mejor amiga, con quien compartía todo: “las canciones de Justin Bieber, las películas de Crepúsculo, las mejores cremas para aclarar la piel de la cara”. El sueño de Moniba era ser diseñadora, siguiendo la tendencia vocacional predominante en las niñas paquistaníes; el de Malala era convertirse en médico, inventora o política.

Trasbordaron a un dyna, una camioneta en donde se apretujaban veinte niñas, en una mañana bochornosa. Lo único que recuerda Malala es que el dyna dejó la carretera principal a doscientos metros de un puesto de control. En vehículo se detuvo súbitamente. Sin poder ver lo que ocurría adelante, las estudiantes vieron que al vehículo se acercaba un joven barbudo señalando con insistencia al chofer que se mantuviera en su sitio. ¿Es este el transporte del Colegio Krushal?, preguntó el joven, ¿quiero información de algunas de las niñas?, añadió. Pues le sugiero que vaya a la secretaría, dijo el chofer. Mientras los dos hombres hablaban un tercero se dirigió a la parte trasera de la camioneta. Moniba pensó que se trataba de un periodista que venía a entrevistar a Malala. El hombre vestía un gorro, un pañuelo sobre la nariz y tenía aspecto de estudiante universitario. Subió a la plataforma trasera y se inclinó sobre las estudiantes gritando: ¿Quién es Malala? Ninguna estudiante respondió, pero varias la miraron irremediablemente. Malala era la única estudiante que no tenía el rostro cubierto. Enseguida, el hombre levantó con su mano temblorosa una pistola ante el grito de las niñas. Moniba sintió que Malala le presionó el brazo. Fueron tres detonaciones las que hizo el sujeto: “La primera bala me entró por la parte posterior del ojo izquierdo y salió por debajo de mi hombro derecho […]. Las otras dos balas dieron a las niñas que iban a mi lado.”

Por su trato frívolo, no creo que Malala haya tenido la mejor de las acogidas en el ITESM. La anfitriona, la Dra. Ileana Rodríguez Santibañez cayó en los clicés más cercanos al mundillo del espectáculo que al ámbito académico y de los Derechos Humanos. Otra vez será.

La violencia nuestra de cada día

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 673, del Diario de Querétaro del 27 de agosto del 2017.

Al día de hoy el mainstream de nuestra narrativa nacional es la violencia. Libros, películas, series de televisión, obras de teatro, telenovelas, discursos de políticos, canciones… La violencia ha pasado del exotismo a la folclorización llegando a la normalización simbólica hasta nuestros días. Y vaya que es redituable.

Aunque por su estridencia pierde contundencia, lo más deplorable es que la violencia en gran parte de nuestra narrativa ha dejado de ser sutil: se ha descarado con la fuerza comercial del best seller.

No sería descabellado que las editoriales le apostaran a la violencia como género literario, con la etiqueta de género como quien buscaba en los noventa discos de rock alternativo. Pero esa etiqueta, si existiere, debería de tener una nota aclaratoria: se trata de Literatura de Violencia Mexicana.

¿Por qué hablamos de etiquetas? Porque la violencia vende y vende bien. No importa de qué vertiente política o ideológica provenga el autor. La violencia mexicana, como etiqueta genérica, es en tabulador discursivo que ha congregado dentro de sí una colección de clichés para lectores inocentes tal, que cuando uno brinca de un libro/autor a otro, pareciera que estamos leyendo un mismo texto.

Violencia criminal, violencia sexual, violencia verbal (alimentada desde el gatopardismo oportunista), violencia de género (aprovechada por remedos del activismo social): la violencia nuestra de cada día. Si antes los autores recurrían a la literatura fantástica o a su propia imaginación, ahora les basta voltear a ver la realidad, su realidad, esa de la que tanto desdeñan, pero de la que invariablemente se nutren. Basta acudir a la nota roja para esgrimir ideas a partir de los rudimentos que la nota roja arroja.

Más que hablar de representaciones nuestra literatura se ha ocupado de aportar personajes, pero estos personajes, a su vez, son genéricos y, por ende, olvidables. Acaso los que perviven sean basados en su referente real: El Chapo, El Señor de los Cielos, La Reina del Sur…

Básicamente podríamos plantear dos categorías de la violencia literaria. A saber:

  • Las heridas específicas que los personajes se infligen dentro de la obra, unos a otros: tiroteos, puñaladas, ahorcamientos, ahogamientos, envenenamientos.
  • La violencia narrativa que afecta a los personajes, también llamada violencia autoral: la muerte y el sufrimiento que los autores introducen para favorecer el argumento o por la correspondencia con el tema, y cuya responsabilidad recae en el autor mas no en el personaje.

La violencia en la literatura puede ser simbólica, temática, bíblica, shakespereana (muy superior a Game of Thrones, por cierto), romántica, alegórica, trascendente. En contraste, la violencia en nuestra vida cotidiana es manifiesta, concreta, contundente. Las mentadas de madre en el tráfico ya inclemente de los días pico (atrás quedaron las vilipendiadas horas pico), los amagos, los golpes en una riña, se remiten a una mera agresión. Los asesinatos en nuestra entidad corresponden a un tema sociológico-antropológico-jurídico. La violencia en la literatura se remite a algo más.

En la literatura, la violencia es un concepto que se vuelca en el argumento y se ejecuta a través de los personajes. No obstante, de manera muy recurrente la violencia se ha decantado por competir inútilmente con el mundo real. La línea simbólica entre la realidad real y la realidad ficcional se están confundiendo no a favor de la literatura, sino a favor de la violencia como fenómeno en sí. Algunos autores deberían pagar regalías a víctimas y sicarios de lo que se está narrando.

Porque nuestros discursos y recursos narrativos, sean literarios, cinematográficos o televisivos, le han otorgado a la violencia la cualidad de ser fin, pero no medio. De a poco y al compás de las circunstancias, hemos renunciado a nuestra ingenuidad queretana ante el tema de la violencia con el toque de la delincuencia organizada. Antes nos sorprendíamos, ahora estamos buscando la manera de aquilatarlo. Pero en la violencia de la narrativa nos ofrece la posibilidad de encontrarnos en aquello de lo que estamos huyendo.

La muerte normalizada pierde solemnidad y gana en contenido gráfico y explícito. La muerte sin fin (valga el guiño intertextual) se ha vuelto accesible, populachera, ligera, sin resonancia, es la muerte por sí misma. ¿Acaso será por eso que, en las nuevas narrativas, específicamente en los escritores de menos de 40 años, la muerte por sí carece de densidad?

La literatura se está arrodillando al hecho real, en claro desprecio al hecho literario. ¿Qué ocurre por debajo de la violencia? En la realidad real, la violencia es sintomática de la corrupción, la delincuencia organizada, el narcotráfico, entre otros referentes. En la literatura, sin considerar la propuesta irrenunciable del género negro, por debajo de la violencia hay más violencia, en plena defenestración de cualquier intención artística. Se nos ha olvidado que la violencia es una acción simbólica, más allá que escenas de descabezados, violaciones tumultuarias, masacrados.

La literatura de la violencia por sí se asume como irreverente, con claridad, defienden algunos reseñistas aduladores. En la fútil competencia entre realidad y ficción el autor siempre va detrás, aunque la realidad nos presente lo contrario. De los autores mexicanos más vendidos, un grupo nutrido escribe con claridad a partir y para la violencia. Como Camus, pienso que los que escriben con claridad y sin el artificio de la sutileza siempre tendrán lectores; los que escriben oscuramente tendrán un puñado de comentaristas.

El lector no debería de pecar de ingenuo ante la realidad cotidiana ni ante la violencia narrada. El éxito de Game of Thrones, sustentado a lo largo de siete temporadas, radica en la conjugación de los grandes temas: muerte, amor y, sobre todo, poder. La violencia, estrictamente gráfica y ejecutada con estridencia, funciona como un medio de dichos temas, en un universo narrativo literario debajo del cual subyace algo más profundo, no la violencia en sí y para sí.

Hoy, la violencia es nuestro tema redituable. Muchos autores y empresas culturales lo saben, como el Teatro en Corto o Micro Teatro México, por citar un ejemplo. Mañana será la pornografía o algún otro y habrá siempre lectores y espectadores para consumir estridencias.

La violencia vende y muchos autores esperan que la violencia siga dando de sí.