Agua puerca

AMLO toma jugo de caña y afirma: "esta es la auténtica economía ...

En su cuenta de Twitter, el pasado 22 de julio del 2019, Andrés Manuel López Obrador escribió lo siguiente: “Fortalecer la economía apoyando a los artesanos, a pequeños productores y microempresarios, es igual o más importante en creación de empleos y desarrollo, que solo apostar a las grandes corporaciones automatizadas y de poca generación en puestos de trabajo”. Un mensaje conmovedor.

El martes 23 de julio de ese mismo año, en el periódico Milenio, se publicó la siguiente noticia: “Por sexta ocasión consecutiva, el Fondo Monetario Internacional (FMI) redujo su pronóstico de crecimiento para la economía mexicana de este 2019. El organismo prevé que a finales de este año se crezca apenas 0.9%, nivel muy por debajo del 1.6% estimado hace tres meses, y muy lejos del 3% proyectado en abril del 2018. Para 2020, el cálculo se mantuvo 1.9%”. Un mensaje con datos, pero que a poco les resultará atractivo y mucho menos conmovedor.

El primer mensaje venía acompañado de un video. Se escucha al presidente enfatizando innecesariamente su acento coloquial, sobre todo cuando pronuncia palabras como “trapiche” o “tlacoyo”: “Estoy aquí en este trapiche con Gilberto. Esto es la auténtica economía popular. Gilberto es ejidatario, tiene su parcela, cultiva la caña, tiene su trapiche, desde luego su caballo, que la verdad trabaja igual o más que Gilberto porque es el motor, el que mueve el trapiche. Este es el jugo de la caña, 10 pesos, este vaso de jugo de caña exquisito, natural, sabroso, no el agua puerca esa que venden allá, que no voy a decir cómo se llama, porque no le voy a hacer publicidad. Pero esto es muy sano. Y así como esto, existen las actividades productivas, abajo, en la gente. Se me viene a la memoria lo que hacen los productores de maíz y de haba que no solo producen el maíz y el haba, sino que hacen el tlacoyo, para ir a vender a la Ciudad de México. Esta es la economía que estamos impulsando. Y a ver, Gilberto, muéstranos cómo funciona el trapiche”. Enseguida, a la orden del presidente, Gilberto arrea a su caballo para que, con su movimiento circular, se active el trapiche, palabra muy querida por el presidente. El éxito en la tercera campaña presidencial de AMLO no se debió a sus ideas, sino a la forma en las que las ha transmitido en su eterna campaña, como candidato y presidente, la forma de un hombre que viste, habla y se comporta como un habitante de pueblo, aunque ahora viva en un palacio.

El éxito de AMLO pasa por la estética más que por la técnica del mensaje, una imagen que evoca a una épica mesiánica cargada de significados, emociones y símbolos: rebeldía contra el sistema, ausencia de protocolo, lucha contra la corrupción, coloquialismos, regionalismos, apodos a sus adversarios, maniqueísmos, alabanzas a lo popular y acusaciones hacia todo aquello que tenga que ver con el neoliberalismo o que, simplemente no piense lo mismo que él, una nueva versión de “– ¿Qué hora es? –La hora que usted diga, señor presidente”. AMLO es marca registrada, un producto para un mercado de más que 30 millones de electores que decidió comprarlo a partir de una inclinación masiva a la respuesta emocional inmediata.

Pero analicemos esto. Nuestro cerebro funciona con dos sistemas:

Sistema 1: emite juicios inmediatos e intuitivos, desarrolla sistema de ideas complejos que no requieren de esfuerzo, pero que es incapaz de crear pensamientos ordenados y estructurados. Este sistema es emocional, predominante en los seres humanos.

Sistema 2: requiere de un esfuerzo mental. Las impresiones, sentimientos, intuiciones, intenciones e impulsos que se generan en el sistema 1, en el 2 se convierten en creencias y acciones voluntarias. Este sistema es racional y no es tan popular en la gente.

Lo anterior lo plantea Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía 2002, en su libro Pensar rápido, pensar despacio (2011), quien además ha explicado que el sistema 1 es rápido, automático, no requiere de esfuerzo, es asociativo y difícil de controlar o modificar; mientras que en el 2 las operaciones son lentas, seriales, requieren un mayor esfuerzo ya que son deliberadamente controladas por la persona, relativamente flexibles, y están determinadas por reglas.

En el mensaje y en las palabras del video, AMLO explota a las emociones, utiliza “fortalecer la economía” para inmediatamente complementarla con una serie de imágenes políticamente correctas y moralmente aceptables que generan una carga emotiva inmediata “artesanos, pequeños productores y microempresarios”. “Pequeños” y “micro” empequeñecen cualitativamente las imágenes pero engrandecen potencialmente su emotividad. Mediante un lenguaje simple y básico, el presidente apela a emociones espontáneas, aunque no explique cómo es que va a conseguir que los productores del país coloquen sus productos en el mercado en plena recesión. La nota de Milenio, que se conecta con el sistema 2, no es efectiva emocionalmente a pesar de las malas noticias. Las cifras del PIB, las tasas de crecimiento, la balanza de pagos, los déficits fiscales, el incremento de los intereses, el precio del dólar, el plan de negocios de PEMEX no son mensajes que conectan emocionalmente con la gente.

La economía es una ciencia compleja que requiere de la comprensión de dinámicas, movimientos, conceptos y fuerzas que operan a largo plazo y que, al menos no nuestro sistema democrático, no son considerados por la mayoría de la gente. El problema es que no sabemos que no sabemos, y quizás no queremos saber. El lenguaje simple, las promesas y las soluciones a corto plazo de AMLO son bien recibidas por Gilberto quien no puede ocultar su éxtasis cuando el presidente lo abraza. Decirle a Gilberto que su trabajo es “la economía que se está impulsando” es emocionalmente atractivo, la mayoría apoya esto sin objeción. AMLO ™ funciona porque no apela a la racionalidad, sino a la emoción.

Alguien tendría que decirle a Gilberto que las decisiones del presidente han provocado una caída en las inversiones, que el consumidor ya no compra y ni confía tanto como antes. Es decir, a Gilberto le será muy difícil vender su jugo, aunque lo dé muy barato. Si la situación sigue como está, ni el mismo gobierno, con sus precios de garantía, le va a comprar su producto.

Modernidad Líquida de Zygmunt Bauman

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A diferencia de los sólidos, los líquidos pueden fluir, derretirse, desbordarse, salpicar,
vertirse, filtrarse, gotearse, inundar(se), rociar, chorrear, manar exudar… No es sencillo contenerlos, en su paso humedecen y empapan a lo sólido.

Más que obviedades, las anteriores son metáforas consideradas por Zygmunt Bauman
(Poznan, 1925 – Leeds, 2017) propuestas en Modernidad líquida (Fondo de Cultura
Económica, 2002) para proponer una forma de comprender la naturaleza de la fase actual de la historia de la modernidad.

Partiendo de que, de acuerdo con el sociólogo polaco, la Modernidad Sólida ha llegado a su fin, lo primero que comenzó a disolverse fueron las lealtades tradicionales, los derechos y las obligaciones. La disolución de los sólidos se justificaba para destrabar la compleja trama de las relaciones sociales, “dejándola desnuda, desprotegida, desarmada y expuesta, incapaz de resistirse a las reglas del juego y a los preceptos de racionalidad inspirados y moldeados por el comercio, y menos capaz aún de competir con ellos de manera efectiva”.

No obstante, esta postura no significa una imputación automática, superficial e irreflexiva hacia el neoliberalismo o a la posmodernidad, tan de moda estos tiempos líquidos. Desde el discurso sociológico, que no filosófico, Bauman advierte a partir de Max Weber que la desaparición de la modernidad sólida dejó vía libre a la invasión y al dominio de la racionalidad instrumental y del rol determinante de la Economía. Es decir, “las bases de la vida social infundieron a todos los otros ámbitos de la vida el estatus de superestructura, o sea, una especie de artefacto construido a partir de dichas bases, cuya única función consistió en contribuir con su funcionamiento aceitado y constante”.

A diferencia de las abundantes críticas a la modernidad, Bauman señala que lo que se produce en la actualidad es una redistribución y reasignación de los poderes de disolución de la modernidad, los cuales se encargaron de afectar a las instituciones, los marcos que circunscribían los marcos de acciones y elecciones posibles, los patrimonios heredados y las estructuras de dependencia e interacción. Lo más grave de esto es que, en lugar de que se tomen en cuenta las instituciones precedentes, hay un irresistible impulso por reformar y remodelar lo existente según los cambios que se vayan experimentando. Una especie de destrucción de lo existente que se desplaza del sistema a la sociedad, de la política a las políticas de la vida, del nivel macro al nivel micro, desde el afán líquido del poder de la licuefacción.

Esto ha dado como resultado una versión privatizada de la modernidad, en la que el peso de la construcción de pautas y la responsabilidad del fracaso caen primordialmente sobre los hombros del individuo, aunque no del ciudadano. Esto nos ha llevado, a decir de Bauman, a nuestro límite natural, lo que ha impulsado a muchos teóricos a hablar del fin de la historia (exceptuando quizás a Fukuyama) o de posmodernidad, aún de moda en nuestros días.

Es precisamente el individualismo una consecuencia de la venganza del nomadismo contra el principio de la territorialidad y el sedentarismo, lo que a su vez ha provocado la desintegración de la trama social y el desmoronamiento de las agencias de acción colectiva.

Mientras desde el discurso líquido de las filosofías emergentes, circunloquios en torno al advenimiento de la moda neofaucaultiana, se licúan esbozos de una supuesta crítica al individualismo, Bauman habla de la agonía generada a partir de la ausencia de rutina y pautas de comportamiento: “gracias a la monotonía y a la regularidad de los patrones de conducta […] los humanos saben cómo actuar en la mayoría de los casos y rara vez enfrentan una situación que no esté señalizada, en la que deben tomar decisiones bajo la propia responsabilidad sin el tranquilizador conocimiento previo de sus consecuencias, transformando cada movimiento en una encrucijada preñada de riesgos difíciles de calcular”.

Es entonces cuando el proyecto de Bauman se dirige hacia una propuesta de una mejor modernidad que se traduzca en una mejor sociedad, y lo construye a partir de cinco aspectos a considerar: emancipación, individualidad, espacio-tiempo, trabajo y comunidad.

Para Bauman, el ser moderno significa estar eternamente un paso delante de uno mismo, en estado de constante transgresión, tener una identidad que sólo existe en tanto proyecto inacabado. No obstante, nuestra manera de ser diferente es distinta en, al menos, dos aspectos:

  1. El gradual colapso y la lenta decadencia de la ilusión moderna temprana, la creencia de que el camino que transitamos tiene un final o un cambio histórico alcanzable, un estado de perfección a ser alcanzado mañana, el próximo año o el próximo milenio (en el presente, pues).
  2. La desregulación y la privatización de las tareas y responsabilidades de la modernización: lo que antes era un trabajo resultado de la razón humana en tanto atributo y propiedad de la especie humana se fragmentó cedido al coraje y al energía del individualismo.

Aunque la idea de progreso no se ha abandonado en su totalidad, el énfasis se ha puesto en la autoafirmación del individuo.

Es importante señalar la diferencia que establece Bauman entre el concepto de individuo en contra del de ciudadano entendidos por dos fuerzas que se conciben en “la sociedad que da forma a la individualidad de sus miembros, y los individuos que dan forma a la sociedad con los propios actos de sus vidas poniendo en práctica estrategias posibles y viables dentro del tejido social de sus interdependencias”. En este sentido, la sociedad moderna existe por su implacable e incesante acción individualizadora, así como la acción de los individuos consiste en reformar y renegociar diariamente la red de lazos mutuos de eso que aún llamamos sociedad.

En pocas palabras, dice Bauman, la individualización consiste en transformar la identidad humana de algo dado en una tarea, y en hacer responsables a los actores de la realización de esa tarea y de las consecuencias (así como de los efectos laterales) de su desempeño. Lo que constituye la característica de la vida moderna es la necesidad de transformarse en lo que uno es. Hablar de individualización y modernidad es hablar de una sola e idéntica condición social.

Las niñas bien: una alegoría de la conciencia de clase

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Publicado el 21 de julio del 2019 en el suplemento cultural Barroco, de El Diario de Querétaro.

El sexenio de José López Portillo, de 1976 a 1982, se caracterizó por la excentricidad, el
despilfarro, el despotismo, el influyentismo, la corrupción y las decisiones ineptas y arbitrarias en el tema económico. La investidura presidencial frecuentemente le estorbaba para actuar bajo el esquema del berrinche, como aquella célebre visita del papa Juan Pablo II, en la que el presidente conminó al pontífice y a su comitiva para que oficiara misa en Los Pinos, violentando gravemente el estado laico.
México ha pasado por varias crisis económicas: 1976, 1982 y 1995, atribuibles a las
decisiones internas; las de 1986 así como las de 2001, 2008 y 2016 fueron provocadas por
causas externas.
Con su característica necedad y chabacanería, arropado en un potente populismo alimentado por la más vulgar de las demagogias, López Portillo anunció la existencia de una riqueza inusitada en el Golfo de México, con mantos petroleros inmensos. Estos mantos sirvieron de garantía para regresar al endeudamiento arrastrado desde 1976 para, tras una emoción que se tradujo en despilfarro y en obras faraónicas e innecesarias, regresar a la crisis en 1982.
En aquel año, el peso arrancó en 26 por dólar, superó los 50 pesos en agosto para, el primero de septiembre, llegar a la estratosfera de los 150 por dólar. En ese catastrófico año, los mexicanos perdieron 5/6 partes de su riqueza.
En su desesperación por evitar la catástrofe, y de legitimar su salida para conseguir una
transición tersa, López Portillo decretó la nacionalización de la banca. De facto, el presidente había decomisado los ahorros de todos los mexicanos pero con cuentas en dólares, a los que robó el 50% de un plumazo. Es decir, los dólares de las cuentas valían 150 pesos en el mercado libre, pero les fueron pagados a sólo 75 pesos cada uno. La inflación llego a 100%.
Las niñas bien (2018) es el tercer largometraje de Alejandra Márquez Abella, directora y
guionista mexicana, nacida en San Luis Potosí. Basándose en los personajes del libro
homónimo de Guadalupe Loaeza (publicado originalmente en 1987 bajo el sello Océano), en Las niñas bien se cuenta la historia de la socialité Sofía de Garay, quien enfrenta la crisis económica de 1982, fenómeno que la deja sin dinero siquiera para pagar los gastos básicos de la inmensa casa de Las Lomas, y que la obliga a mantener las apariencias propias de la conciencia de clase ante su grupo de amigas autodestructivas, quienes no han sido tan afectadas por la crisis.
Aunque a muchos les cueste reconocerlo, la aparición de Las niñas bien marcó un parteaguas en la manera de escribir sobre México. El libro significó el impulso más importante en la carrera de Guadalupe Loaeza, siendo hasta la fecha su trabajo más emblemático y exitoso. A través de sus páginas podemos entender la idiosincrasia, las contradicciones y la visión del mundo de una parte de la socialité mexicana, con una narrativa fresca e ingeniosa, que aún conserva su mordacidad y espíritu crítico.
Con estudios en el Centre d’Estudis Cinematogáfics, en Cataluña, Márquez Abella ofrece una lírica cinematográfica que encuentra un equilibrio lúcido a través de la lente de Dariela Ludlow, del montaje del editor argentino Miguel Schverdfinger, del trabajo sonoro de Alfredo Gagom, y de la minimalista y versátil partitura original de Tomás Barreiro.
Este equilibrio funge como un telón dramático al servicio de la notable actuación de Ilse
Salas (Sofía de Garay), cuyo trabajo le valió el Ariel a mejor actriz en la más reciente edición.
La película inicia en medio de la fiesta de cumpleaños de Sofía quien, en voz en off,
contrapone su propia celebración con una fantasía particular: estar en medio de El Corte
Inglés, coincidir con Julio Iglesias, mientras todo fluye alrededor de ella. Entre la jactancia y el delirio, Sofía es la representación de la mujer resignada a su condición de objeto, a su rol de madre que ignora sistemáticamente los asuntos baladíes de sus hijos; de esposa de un marido ebrio, deprimido, complaciente pero en potencial frustración; de amante de ocasión, aunque solo sea de manera sugerida; y de eslabón fundamental de su círculo de amigas. Todo sea por conservar las bondades propias y exclusivas de la conciencia que le impone su estrato social.
Mimada, con esa inefable disposición por lo infantiloide, soportada por la figura de Teresita, la sirvienta, Sofía no advierte o no quiere aceptar la inevitabilidad de la crisis. El exceso de confianza de Fernando (Flavio Medina), su esposo, fomentado por su sempiterna dependencia paterna y por el privilegio de ser un hombre de buena familia (cualquier cosa que eso signifique para el mito de la pseudoaristocracia nacional), configura el escenario antes de la tormenta perfecta.
De manera audaz, sin condescendencia melodramática, pero con estética sutil, Márquez Abella inicia la tormenta suspendiendo el servicio del agua. No importa que vivas en Lomas de Chapultepec, también requieres de los servicios básicos como cualquier mortal; ni el supuesto influyentismo de Fernando podrán evitar que, como piezas de dominó, las carencias vayan cayendo una a una: tarjetas de crédito, el pago de deudas, el servicio del automóvil, el pago de colegiaturas…
Entre el círculo autodestructivo de las amistades, surge la imagen contrastante de Ana Paula (Paulina Gaitán), representación de la nueva rica que, aunque adinerada, no puede ocultar su mal gusto: “No digas provechito”, recriminará Sofía a la nueva socialité en una de las escenas más emblemáticas.
Aunque penden muchos hilos sueltos en la trama (la falta de apetito de Ana Paula, las nuevas mancuernillas de Fernando, la sorpresiva dermatitis de Sofía, el apenas sugerido affaire entre Sofía y Beto Haddad, esposo de Ana Paula, por decir algunos), la trama logra establecer un cuadro poético y patológico de angustia, frustración, hipocresía y pérdida. A través de la mirada de Sofía se advierte la derrota de la soberbia y el ego, tan características en la clase política y adinerada de nuestro país, que redundará en la sorna colectiva y revanchista en contra de la imagen de López Portillo, en una de las escenas que mejor remite al repudio nacional hacia el expresidente, el repudio como único consuelo de una sociedad defraudada y endeudada.
Una pieza fundamental del cine mexicano que confirma el talento de Alejandra Márquez
Abella, y que nos coloca ante el espejo de nuestro clasismo, de nuestra fascinación por el
populismo y la demagogia, y de nuestra indefectible inclinación nostálgica por el retroceso.

Una pandemia, una comedia y la danza del distanciamiento social

Coronavirus. México reporta 60 muertes y mil 688 casos de covid-19

I

Desde el pasado mes de diciembre, principalmente en redes sociales se comenzó a esparcir la noticia de una serie importante de personas contagiadas por un nuevo virus, cuyo epicentro se ubicaba en Wuhan, capital de la provincia de Hubei, y la ciudad más poblada de la región central de China. Se trataba del coronavirus-2 del síndrome respiratorio agudo grave que posteriormente se denominó SARS-CoV-2, conocido simplemente como COVID-19. Al parecer su origen es zoonótico, es decir, pasó de los animales a los humanos.

Desde el surgimiento, se iniciaron las investigaciones para determinar origen y transmisión del virus:

  1. El 22 de enero de 2020, el Journal of Medical Virologypublicó un informe con el análisis genómico del virus que refleja que las serpientes de la zona de Wuhan son el reservorio más probable del virus. Esta versión no se ha confirmado.
  2. Para el El 26 de enero, una nueva investigación estudió la posibilidad de que la fuente sea una variante de sopa de murciélago que se consume habitualmente en la zona, ya que estos animales podrían actuar como reservorio del virus.
  3. Un tercer estudio que ha cobrado mayor fuerza es el que efectuaron investigadores chinos, cuyos resultados se dieron a conocer en febrero de 2020. En éste se encontró coronavirus procedentes de pangolines salvajes cuya secuencia genética coincide en el 99 % con el COVID-19, por lo que el reservorio de la infección podría proceder de estos animales, cuya captura y venta es ilegal en China, aunque se trafica con ellos de forma clandestina. Los pangolines son pequeños mamíferos con escamas desde la punta hasta la cola que pueden enrollarse y rodar.

II

En el mismo mes de diciembre, el Dr. Li Wenliang recibió en Whulan siete casos que presentaban los mismos síntomas que el SARS, la gripe aviar que provocó una epidemia global en 2003. Tras poner en cuarentena a los pacientes, Wenliang se puso en contacto con sus colegas para advertirlos del brote y recomendarles iniciar con protocolos epidemiológicos. En ese momento ni el propio Wenliang sabía que se estaba enfrentando a una nueva cepa del virus.

Cuatro días después, Weinlang recibió la visita de funcionarios de la Oficina de Seguridad Pública de China quienes lo conminaron a firmar una carta en donde lo acusaban de “hacer comentarios falsos que habían perturbado severamente el orden social”. Tras la firma, los funcionarios le advirtieron a Weinlang que “si sigue siendo terco e impertinente, y continúa con esta actividad ilegal, será llevado ante la Justicia ¿se entiende?”.

Ante el incremento de infectados, Wenliang siguió atendiendo a muchos pacientes, entre ellos a una mujer con glaucoma, quien se había contagiado de coronavirus. Hacía el 10 de enero, Weinlang comenzó a presentar tos, fiebre, para finalmente terminar hospitalizado dos días después. La mujer lo había infectado.

Fue hasta finales de enero que Li Wenliang se animó a publicar la carta en Weibo, red social china que ha sido utilizada como alternativa ante el bloqueo que el gobierno chino impuso a Facebook y Twitter desde el 2009. A pesar de que se le habían hecho pruebas varias veces, todas habían dado negativo. “Hoy me dieron el resultado de las pruebas de ácido nucléico y es positivo. Finalmente he sido diagnosticado”, publicó Weinlang, quien falleció el 7 de febrero, ante la ira de la población que acusaba a la dictadura china de desestimar la gravedad del virus, y de haber ignorado a las recomendaciones de Weinlang.

 

III

Al menos desde el 2000, tras el bulo apocalíptico del Y2K, los ríos de tinta que corren bajo el pretexto de la posmodernidad extendieron la visión pesimista de una sociedad aislada, hiperindividualista, anclada a pantallas y a dispositivos. Paradójicamente, a esta sociedad se le ha instruido replegarse en su microuniverso digital como una de las formas más efectivas para detener el avance exponencial de los contagios (al momento de escribir estas líneas, el número de contagios en México se había elevado a 93).

Es a través de las muros y timelines de las redes sociales en donde se ha configurado una modalidad volátil de socialización, a diferencia de las anteriores epidemias y desastres a los que hemos sobrevivido. En el multiforme escenario de la socialización virtual, el juego de las imágenes, las máscaras en la modalidad de avatar y los perfiles como caparazones que contienen en sí mismos epicentros, han posibilitado el encuentro de individualidades (que no de individuos, estos se fragmentan en individualidades al contacto con las redes sociales) que se autoasignan roles con el fin de mostrarse en una comedia situacional virtual.

Los roles más recurrentes van desde quien cree que la pandemia no existe, que en realidad se trata de un boicot a escala transacional imperialista para seguir sometiendo a las economías emergentes, orquestado por las principales potencias y las empresas más poderosas el orbe; hasta quienes optan por defender, argumentar y justificar de manera irracional las medidas que ha tomado nuestro presidente para la atención de la pandemia. Enseguida están quienes impulsan dinámicas lúdicas o de integración a través de sus redes sociales, mediante el intercambio azaroso de fotografías o dinámicas de interacción (juegos por WhatsApp o iMessegge). Algunos más, los menos, recomiendan alternativas para hacer frente a la cuarentena, desde recomendaciones de sitios con miles de libros gratuitos, hasta listas de sitios web en donde se pueden ver películas gratis. Otro tanto, simplemente se limita a compartir memes.

No obstante, en medio del intenso tráfico, hay quienes se atreven a compartir información falsa, de fuentes no fidedignas, que aparentemente ofrecen datos duros pero no verificados, como el célebre mensaje apocaliptico y conspiracionista que, sin solicitarlo, te reenvían a tu WhatsApp, firmado por un tal Luis Guevara.

Una característica que nos une a todos los roles en la comedia situacional de las redes sociales es que tanto la lectura como la elaboración de las publicaciones se efectúan desde la celeridad y frecuencia del sistema emocional, desde una especie de intuición digital que se antepone a la racionalización de la alfabetización mediática e informacional. Esto se debe a que en el enfoque emocional predominan los sesgos cognitivos. Los sesgos cognitivos son efectos psicológicos que generan una desviación el proceso mental, provocando distorsiones, prejuicios, juicios inexactos, interpretaciones ilógicas, o reacciones llanas emanadas desde el terreno fertil de la irracionalidad. Para el estableciento de juegos cognitivos no es necesario contar con basta información respecto a un tema, del coronavirus COVID-19, por ejemplo. Basta con tener fincada una creencia a fuerza de fe y emoción.

Todos estamos expuestos a los sesgos cognitivos, ya que, como necesidad evolutiva, y ante el contexto de la hipercontectividad, requerimos emitir de manera casi inmediata alguna respuesta o tomar una determinada posición ante estímulos, sucesos, problemas o situaciones. Aunque parezca absurdo, el hecho de gozar relativamente de acceso a múltiples fuentes de información fidedigna, nuestra incapacidad para procesar la información disponible establece filtros de forma selectiva y subjetiva.

Más que errores, pretendo destacar que estos sesgos subjetivos son atajos empleados por los seres humanos que nos permite predecir y tomar decisiones o sacar conclusiones en momentos de incertidumbre. Aunque en momentos de contingencia los efectos producidos por los sesgos cognitivos no dejan de ser interesantes desde un punto de vista heurístico, y divertidos desde un enfoque periodístico.

IV

Mientras escribo estas líneas, en su conferencia matutina de hoy miércoles 18 de marzo, el presidente López Obrador muestra el conjunto de amuletos que lleva consigo (un sagrado corazón de Jesús, un trébol y un dólar), los cuales son regalados por la gente para que lo “protejan de sus enemigos”: “Miren, éste es el detente, ¡Detente…! Esto me lo da la gente… ya ustedes averigüen. Tons’ son mis guardaespaldas”. A este tipo de sesgo se le donomina Sesgo de Falso Consenso, que consiste en sobreestimar el grado de acuerdo que los demás tienen quien aplica dicho sesgo. Es decir, el presidente tiende con demasiada frecuencia a presuponer que sus propias opiniones (combate a la corrupción), creencias (sus amuletos o su noción de historia de México), predilecciones (su vocación opípara), valores (su folclorismo oportunista) y hábitos (su desdoblamiento de la realidad) están en la preferencia de la gente o, utilizando su propia abstracción, del pueblo. Este tipo de sesgo exagera la confianza de los individuos en sus propias creencias aún cuando éstas sean erróneas (como en el caso del precio del barril de petróleo) o minoritarias.

Este mismo sesgo se ha replicado en grupos de opinión en donde el punto de vista de los actores de la comedia situacional de las redes sociales es la misma que la de sus grupos de afinidad. Frecuentemente, aunque sin hacerlo explícito, el sesgo se manifiesta en una serie de consenso interno establecido en el mensaje que se deduce desde la foto de perfil, las publicaciones hasta en el acto de bloquear/silenciar, en el mejor de los casos. En esta comedia, las personas se atribuyen características en al menos un sentido contrapuesto a su propio sesgo cognitivo:

  • Quienes están a favor de que se implemente el distanciamiento social (mantenerse a menos de un metro entre distancia entre usted y las demás personas) y quienes opinan que estas medidas son exageradas, ya que no está comprobado que esto sea efectivo para contener la extensión de los contagios.
  • Quienes opinan que las actividades se deben detener de inmediato y quienes piensan que es posible hacer una vida normal tomando las medidas necesarias a nivel individual. Quizás bajo este sesgo hay personas que asistieron al Vive Latino, o habrá quienes asistan al Viacrucis o quienes se lamenten de no poder acudir a su club nocturno porque las autoridades estatales ordenaron la reducción del aforo a la mitad.
  • Quienes están convencidos de que usar el tapabocas aún estando sanos es una medida imprescindible para evitar contagios, y quienes usan el tapabocas estando enfermos de gripa o influenza estacional, tapándose solamente la boca y no la nariz.
  • Quienes están completamente convencidos de que las consecuencias del coronavirus se remite a un problema de la lucha de clases, y que es momento de declarar ahora sí la revolución proletaria y el fin del neoliberalismo para instaurar el comunismo de una vez por todas, y quienes opinan que el coronavirus no es más que un castigo divino enviado por un dios que ha dejado de creer en nosotros.

V

Mientras que en Italia y Francia las personas salen a cantar en los balcones o prefieren navegar gratis en Pornhub; mientras los españoles se soportan mutuamente compartiendo agendas culturales para no matarse en pareja; mientras en los EEUU se registran niveles récord de navegación, tráfico en redes sociales y streaming, parece ser que los mexicanos optamos por nuestra costumbre mañosa, gandalla, tragicómica: aprovechamos la contigencia para agarrar el puente; fundamos empresas de gel antibacterial emergentes elaborado con recetas de YouTube; nos avalanzamos hacia los hipermercados con la ira y la cursilería de quien cree que está entrando a un apocalipsis zombie; nos consentimos con la sempitern promoción de caguamas mientras apostamos hipótesis para resolver la pandemia, y nos regalamos el placer mundano de beber a las doce del día entre semana. Quizás, como suele ocurrir en nuestro país de fiesta y muerte, la solidaridad llegue de la mano con la tragedia, cuando la cifra de los muertos incremente y la de contagios (un muerto y 118 contagiados al momento de terminar estas líneas) convoque a la razón y prorrogue la emoción.

VI

Desde que se tiene noción de la existencia de la humanidad, cuando ésta atraviesa por hecatombes y angustia colectiva, un gran aliciente estético y terapéutico ha sido la literatura. Tan sólo en nuestra contemporaneidad, La vida es una fiesta de Ernest Hemingway recobró su fama en París tras los atentados del 13 de noviembre del 2015. Asimismo, tras los incendios de la Catedral de Notre Dame, apenas en abril del 2019, Nuestra Señora de París de Victor Hugo ganó nuevos lectores, quienes buscaban en sus páginas borrar el recuerdo del fuego consumiendo uno de los símbolos más emblemáticos de la arquitectura gótica.

Nuestras recomendaciones son las siguientes:

  • La peste de Albert Camus.
  • Ensayo sobre la ceguera de José Saramago.
  • Diario del año de la peste de Daniel Defoe.
  • El irreverente Decamerón y su colección de cuentos eróticos de Giovanni Bocaccio.
  • Edipo Rey de Sófocles.
  • Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucícides, cuyos tres tomos de Gredos (¡un tesoro!) pueden ser encontrados aún en varios puestos de revistas de nuestro Centro Histórico.
  • Diario de Samuel Pepys.
  • La guerra de los mundos de H. G. Wells., la reacción de la audiencia fue emblemática.
  • Ojos crepúsculares de Dean R. Koontz, en donde de manera sorprendente se vaticina una pandemia global a causa del virus chino llamado Wuhan-400, situado en el año 2020, a pesar de que la novela fue publicada en 1985.

El COVID-19 será pasajero. Una danza sin tocarnos en donde todos bailamos el recordatorio de la muerte, que a su vez nos remite a nuestra versión primigenia de sentido gregario, identidad, supervivencia, refugio, amor, morbo y deseo. Porque, citando a Mario Vargas Llosa, “El terror a la peste es, simplemente, el miedo a la muerte que nos acompañará siempre como una sombra”.

¡No llores, pareces vieja!

Ingrid

Deliverance es una película de 1972, protagonizada por Burt Reynolds, en la que se cuenta la histora de Lewis Medlock y sus amigos, quienes van a pasear en canoa al río Cahulawassee. La vi cuando tenía 8 años. En la película se proyecta la escena de una violación a un hombre. Quedé estupefacto, aunque fue la primera vez que intenté comprender semejante atrocidad en una mujer.

Sin la intención mezquina de apropiarme de una causa femenina, presento una breve perspectiva biográfica, una suerte de testimonio de haber nacido y crecido hombre en un país machista y feminicida.

“No llores, parecer vieja”, era la frase que utilizaba mi madre para censurar mi llanto, allá cuando tenía entre cinco. “Tienes piernas de niña”, me gritaba uno de mis tíos paternos cuando no podía seguirles el paso en el futbol callejero.

“Las niñas no pueden traer pantalón”, advertía la maestra de aquél kínder público en donde estudié. ¿La razón? “Las niñas no se ven bonitas con pantalón, luego van a andar arrastrándose o jugando a treparse a los árboles como los niños”, argumentaba la miss con ese tono didáctico insoportable.

“Vieja el último”, gritaban mis compañeros machitos en aquella primaria pública en donde estudié, cuando nos tocaba salir a la clase de educación física o cuando regresábamos al salón tras terminar el recreo. Con el denuedo desesperado con el que corrían mis compañeros, parecía como si escaparan de una peste, como si la condena por ser el último consistiera en un desdoro disfuncional y fatídico, el castigo de ser mujer.

“A la mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa… Sino con el rosal completo, pa’ que aprendan a portarse bien”, profesaba uno de los peores docentes que he conocido en mi vida, ante nuestra risilla alcahuete de machitos de 5º, y entre las muecas anodinas de las niñas, quienes tenían que sobrevivir a travesuras como “mirarle los calzones” o cosas peores.

En la secundaria los machitos hicimos esas cosas peores. En cuanto aprendimos a pronunciar la palabra menstruación, nos apropiamos de ésta para usarla como un látigo castigador: sacarles de sus mochilas sus toallas femeninas para exhibirlas ante la tribu como palomas muertas, como trofeos en el fervor de nuestra condición de machos. Si alguna niña se manchaba, niños y profesores (no pocas maestras) señalábamos con nuestros dedos flamígeros a quien por su impericia tenía el vulgar atrevimiento de sangrar ante el orden aséptico machista.

En la secundaria, si ella no quería seguir siendo tu novia, se debía a dos razones: ya no le gustas o se había encontrado a otro. Y como frecuentemente se trataba de la segunda razón, entonces se dictaba sentencia: ¡Es una puta! Porque el chavo que andaba con una y luego con otra o con más de dos de forma simultánea, era un cabrón, un chingón. Mientras que la chava que rompe contigo para irse con otro, con la alevosía y ventaja que implica el hecho de decidir desde el impúdico ejercicio de sus derechos sexuales, es una piruja, una prostituta, una fácil, una loquilla, una zorra… ¡Una puta! ¿Cómo es posible que una representante del sexo débil, que una mujer que no es capaz de correr, de cargar objetos o de resistir como resiste un macho pueda hacerte eso? De entrada, ella te había dicho que sí cuando le preguntaste si quería ser tu novia. Es una traición, ¿cómo puede un hombre permitir eso?

En la secundaria aprendes que tu novia te pertenece. Lo escuchas en canciones y lo infieres en películas y programas de televisión. Ella no puede tener una vida más allá de lo que su condición de niña buena, de mujer, y de su rol de novia tuya se lo permite. Nadie puede mirar a tu novia/objeto pero, ni dios lo mande, que tu novia/objeto no vea a nadie. El macho puede practicar deportes pero ella no porque tendría que vestir shorts, o porque al correr se le mueven exageradamente los senos (cuando estás con tus cuates les dices tetas); el macho participa en fiestas y borracheras interminables; mientras ella tiene que estar en casa con sus padres, dormir temprano y no hablar más que con su amiga, aquella en la que sólo el macho confía porque las demás son unas putas; el macho puede tener amigas o aventuras porque es cabrón para las viejas, pero ella tiene que ser sumisa, decente, tiene que aprender a perdonar y a soportar: ella tiene que entender incondicionalmente porque para eso es mujer.

Aunque se presentaba desde la secundaria, en la preparatoria el macho tiene más próxima la oportunidad de emborrachar a las chicas para “meterles mano”, “dedearlas”, “cachondearlas”, para “chingarselas”. Un macho no da engorrosas explicaciones; menos atiende consecuencias. De eso se encarga nuestra sociedad: “eso le pasa por vestirse bien zancona”, “por andar de loca”, “por zorra”, “por pendeja”, “por coqueta”, “por fácil”, “por cachonda”, “porque es una gata”, “por arrastrada”, “porque nadie la pela”, “porque se cree bien buena”, “porque solamente así se la pueden coger”, … ¡Por puta!

Ante las responsabilidades el macho calla o pone pretextos, porque siempre hay una excusa metafísica (“se me metió el diablo”), una explicación extraordinaria que está en el núcleo de cada atrocidad (“yo no soy así pero tú me sacas lo peor”). En nuestra raquítica masculinidad no existe la posibilidad de equivocarnos por la sencilla razón de que somos hombres. Si contrataron a una mujer en lugar de a ti, es seguro que “le dio las nalgas al patrón”. Si un automóvil hizo un movimiento súbito imprudencial, “seguramente va manejando una vieja”. Si la mujer “quedó embarazada”, fue consecuencia porque “ella no se cuidó”. Si compró un nuevo auto, “es porque anda de puta”.

Alejandro Hope se pregunta quién mató a Ingrid Escamilla. El primer responsable fue su pareja, un psicópata de 46 años que, tras asesinarla, mutiló y desolló el cuerpo de Ingrid. Pero él no es el único responsable. A Ingrid la mató el deficiente sistema de seguridad de este país que mal registra y mal atiende la violencia de género, y tolera el acoso sistemático contra las mujeres. Según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares del INEGI, una de cada cuatro mujeres ha experimentado agresiones físicas y sexuales de su pareja durante la relación.

A Ingrid la mató la impunidad. En México, solamente uno de cada diez homicidios de
mujeres (feminicidios o no) termina en sentencia.

A Ingrid la mató la negligencia de la salud mental, en donde solamente el 2% de
presupuesto de salud está dirigido a este rubro.

A Ingrid la mató la cultura violenta y machista, esa en la que muchos hemos crecido y que se manifiesta de múltiples formas, como en la difusión de las fotografías del cadáver de Ingrid.

A Ingrid la mató nuestra indiferencia y nuestro silencio. Si no abatimos el machismo en casa, en la escuela, en el trabajo, en las calles, ¿con qué cara vamos exigirles a nuestros gobernantes un verdadero cambio en este país feminicida?

A night in Querétaro

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Para Julio César Cervantes, “El Diablo”.

—¿Quién va a tocar, güey?
—Sandoval.
—Ah, el ese par de güeyes que cantan baladas chillonas.
-—No, pendejo, el saxofonista: Antonio Sandoval.
Ni el grupo Sandoval ni el “saxofonista Antonio Sandoval”. El fragmento de la conversación anterior bien podría funcionar como ejemplo de las tantas voces no especializadas en jazz que especulaban respecto al concierto que iba a haber en Plaza de Armas, en la noche del martes 10 de julio. En realidad se trataba del concierto inaugural de Arturo Sandoval, legendario trompetista y pianista de origen cubano quien, en compañía de su actual grupo con quien ha estado trabajando desde el 2011, se encargarían de abrir el festival.
Los primeros asistentes al concierto, la gran mayoría conocedores de la obra de Sandoval, se dirigieron a las primeras filas, pero fueron rechazados de inmediato por personal de staff del festival: Primer intento: están reservados para personas de la tercera edad. Segundo intento: están reservados para personas con discapacidad. Tercer intento: están reservados para prensa. Cuarto intento: es para invitados especiales. Quinto intento: es que ya estaban reservados para alguien, pero no sé para quién…
Con su actuación, más que con la medianamente concurrida clase magistral que ofreció,
Arturo Sandoval nos enseñó que los verdaderos grandes artistas son sencillos y se divierten en el escenario. Andan caminando campantes por las calles regalando sonrisas (o tocan el piano de Jorge Blasio, pianista de conocido restaurante en Plaza de Armas), saludan a la gente, y no proyectan sus complejos de inferioridad.
Alguien en el gobierno estatal tuvo la maravillosa idea en invertir en él. Ojalá ese mismo
alguien en el gobierno, Paulina Aguado acaso, también tenga la idea de traer a Chick Corea, Madeleine Peyroux, Larry Carlton, Spyro Gyra, Pat Metheny, Dave Koz, Diana Krall, Aubrey Logan, Brian Culbertson, Norah Jones… Y que también esa misma
persona tenga la maravillosa idea de pagar las actuaciones de los músicos locales y no
solamente ofrezcan el espacio para darse a conocer.
En el discurso inaugural, a nombre del gobernador Francisco Domínguez Servién, Paulina Aguado dio la bienvenida al Festival Internacional de Jazz de Verano, “una de las
celebraciones artísticas más esperadas en el año. Querétaro se convierte una vez más en la capital del jazz, con la presencia de músicos y agrupaciones locales, nacionales e internaciones, que harán vibrar al público con el talento y exquisitez de cada puesta musical. 62 actividades completamente gratuitas, entre conciertos, conferencias, clases magustrales, ciclos de cine y giras por los municipios, enriqueciendo de forma integral este fantástico proyecto que llega a ocho años ininterrumpidos de realizarse”, dijo en una breve y efectiva intervención ante una audiencia impaciente.
Entre la gente coincidimos muchos colegas, tanto músicos como académicos. Ojalá fuéramos una comunidad más unida, que asistiéramos a sus conciertos y actuaciones sin ningún tipo de complejos ni resentimientos, que pudiéramos ser una legión. Ojalá que mucha más gente leyera en este suplemento el Coraje Creativo del imprescindible Ornicolman. Ojalá.

“¡Hola, buenas noches!” Fue como el fundador de Irakere se presentó ante la audiencia
queretana que, con el paso de la noche, y atraídos por el jazz, colmaron el espacio de la plaza. Tras arreglarse el peinado, aprovechando que la perspectiva de la cámara le permitía mirarse de espaldas en las pantalla del escenario, cimbró a la audiencia desde la primera nota. Repito lo que dije hace tiempo: Querétaro sí escucha buena música, solamente hay que cambiar la oferta.
A los 68 años, Sandoval sigue siendo un músico íntegro, lúcido, completo y virtuoso.
Ganador de nueve premios Grammy, también recibió la Medalla de la Libertad presidencial en 2013. En HBO está disponible una película sobre su azarosa vida, For Love or Country: The Arturo Sandoval Story, protagonizada por Andy Garcia, y que narra sus primeros años como un trompetista de jazz en la Cuba comunista. El soundtrack, escrito y ejecutado por el propio Sandoval, se hizo acreedor a un Emmy en la más reciente emisión. La ejecución de
Sandoval nos remite a su sempiterna admiración a Charlie Parker, Clifford Brown y, sobre todo, a Dizzy Gillespie, a quien finalmente conoció a Gillespie en 1977 y realizó una gira internacional con él y grabaron juntos To a Finland Station en 1982. Fue en uno de esos viajes en 1990 que Sandoval desertó hacia los Estados Unidos para radicar allí
definitivamente.
Arturo Sandoval, trompetista, compositor, arreglista, sorprendió a muchos por su habilidad para ejecutar múltiples instrumentos. Durante su actuación, además de la trompeta, demostró ser un gran maestro en el piano y en el sintetizador teclados; como cantante ejecutó una versión tersa de “When I fall in love”, aunque en esta ocasión no pudimos verlo en su faceta de baterista. En el concurrido escenario de Plaza de Armas, fue acompañado por Michael Tucker, saxofonista; Ricardo “Tiki” Pasillas, percusionista que se llevó el aplauso generalizado del público femenino; John Belzaguy, bajista; Johnny Friday, baterista; y Max Haymer, pianista y tecladista, pero además un gran futbolista, a decir del propio Sandoval. A pesar de estar anunciado en el programa, estuvo ausente el trompetista Keith Fiala.
El set list incluyó muchos clásicos del jazz, entre ellos “Seven Steps to Heaven” de Miles Davis, el encore de “A Night in Tunisia” del mentor de Sandoval, Dizzy Gillespie.
La lista también incluyó estándares de Sandoval como “The Latin Train”, que la faceta más ecléctica de Sandoval, yendo del género clásico al be-bop y al latín. Sandoval mostró su impresionante rango tonal y expresivo en la trompeta, desde notas altas agudas pero puras, hasta notas tan bajas que parecían una mezcla de trombón o tuba. A la recurrente y efectiva mezcla be-bop y hard-bop se incorporaron ritmos cubanos y antillanos, hasta el soca, con el permanente contraste de hermosas y largas notas puras de la trompeta de Sandoval. Un ejemplo divertido fue la versión funk de “El Manisero” que en la presentación en vivo fue mucho más enérgico que en algunas grabaciones. Sandoval se divertía, a menudo bailaba, por momentos tocaba los timbales, y a ratos los teclados. Si bien puede estar acercándose a su séptima década, estaba claro que Sandoval tenía tanto energía como alegría: alegría al componer la música, al tocar la música y al ver los efectos que tuvo en quienes lo escucharon tocar.
Que el Festival de Jazz no sea un paliativo estacional o de la presente administración. Que el jazz se quede en nuestros corazones de manera permanente y que, como legión, seamos capaces de hacer encuentros con y sin el apoyo del gobierno.

La breve historia del Fondo de Cultura Económica

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1934
En abril sale a la luz el primer número de la revista El Trimestre Económico, dirigida por Daniel Cosío Villegas y Eduardo Villaseñor con el propósito de ofrecer traducciones y artículos originales. El 3 de septiembre se constituye el fideicomiso Fondo de Cultura Económica (FCE) en el Banco Nacional Hipotecario Urbano y de Obras Públicas, cuyo fin “será publicar obras de economistas mexicanos y extranjeros y celebrar arreglos con editores y libreros para adquirir de ellos y vender obras sobre problemas económicos cuya difusión se considere útil”. Se establece una Junta de Gobierno, a la que pertenecen Manuel Gómez Morin, Gonzalo Robles, Adolfo Prieto, Daniel Cosío Villegas, Eduardo Villaseñor y Emigdio Martínez Adame.

1935.

Aparecen los primeros títulos del FCE: El dólar plata de William P. Shea y Karl Marx de Harold J. Laski, traducidos por Salvador Novo y Antonio Castro Leal, respectivamente. En ambas obras aparece ya el logotipo de la editorial, diseñado por Francisco Díaz de León. Gómez Morin y Prieto son remplazados en la Junta de Gobierno por Jesús Silva Herzog y Enrique Sarro.

1937.

Se nombra formalmente como primer director a Daniel Cosío Villegas.

1938.

Se crea la Casa de España en México, precedente de El Colegio de México. Empieza la trayectoria de colaboración y coediciones entre este centro de estudios y el FCE.

1939.

Aparecen los primeros libros de historia del FCE. A partir de este año, el Fondo recibe en su Departamento Técnico a diversos refugiados del exilio republicano español, quienes se desempeñarían como asesores, editores, traductores y formadores, cooperación que se prolongará por generaciones; entre ellos se cuentan José Gaos, Ramón Iglesia, José Medina Echavarría, Eugenio Ímaz, Manuel Pedroso, Javier Márquez, Sindulfo de la Fuente, Luis Alaminos, Vicente Herrero, Joaquín Díez-Canedo y Francisco Giner de los Ríos.

1942.

Surge la colección de Filosofía. Su primer título es Paideia: los ideales de la cultura griega de Werner Wilhelm Jaeger. Joaquín Díez-Canedo se incorpora al Departamento Técnico. Aparece la colección Antropología, bajo la dirección de Alfonso Caso y Daniel Rubín de la Borbolla.

1946.

A petición de Cosío Villegas, Pedro Henríquez Ureña propone un plan para crear la colección Biblioteca Americana. Se incorporan al Departamento Técnico del FCE dos importantes autores mexicanos: Antonio Alatorre y Juan José Arreola.

1951.

Entre este año y 1957 se publican en el FCE por primera vez las Obras completas de sor Juana Inés de la Cruz, en edición de Alfonso Méndez Plancarte.

1952.

Con Obra poética de Alfonso Reyes se inicia la colección Letras Mexicanas, enfocada a la difusión de la literatura de México.

1958.

Se comienzan a editar las Obras completas de Mariano Azuela. Se publica la novela de Carlos Fuentes, La región más transparente.

1959.

Se imprime la primera edición con sello del Fondo del clásico de Octavio Paz, El laberinto de la soledad. Nace la colección Popular con la reedición de El llano en llamas de Juan Rulfo, aparecido en Letras Mexicanas en 1953.

1965.

En noviembre, Arnaldo Orfila Reynal deja la dirección del FCE tras una controversia promovida desde el gobierno del presidente Díaz Ordaz por la publicación de obras como Los hijos de Sánchez de Oscar Lewis y Escucha, yanqui. La revolución Cuba de Charles Wright Mills. Se nombra director general a Salvador Azuela. Orfila funda Siglo XXI Editores.

1976.

Francisco Javier Alejo y Guillermo Ramírez Hernández dejan la Dirección General y la Dirección Adjunta, respectivamente; en diciembre se nombra director general a José Luis Martínez.

1982.

Jaime García Terrés sustituye a José Luis Martínez en la dirección del Fondo. Se publica el importante ensayo de Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe.

1992.

Se inaugura el nuevo edificio de la casa matriz del Fondo en la carretera Picacho-Ajusco, diseñado por el arquitecto Teodoro González de León.

1993.

Se comienzan a publicar las Obras completas de Octavio Paz (Premio Nobel de Literatura, 1990) que habrán de ocupar 15 volúmenes.

2003.

Se crean colecciones como Obras Reunidas, cuyo primer título es el tomo I de las dedicadas a Sergio Pitol, y Libros sobre Libros, que publica obras para los profesionales de la edición. Se abren las librerías Ricardo Pozas, en Querétaro, Efraín Huerta, en León y Luis González y González, en Morelia; en el área metropolitana de la Ciudad de México se inaugura la librería Trinidad Martínez Tarragó en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

2005.

En octubre, con la 4ª reimpresión de la 3ª edición en la colección Popular de El laberinto de la soledad, Postdata y Vuelta a “El laberinto de la soledad”, de Octavio Paz, el Fondo imprime el ejemplar número 100 millones desde su fundación.

2009.

En marzo toma posesión como director Joaquín Díez-Canedo Flores. Con motivo del 75 aniversario de la casa, en septiembre se lleva a cabo el Congreso Internacional del Mundo del Libro.

2010.

Dentro del marco de los festejos del bicentenario de la independencia y del centenario de la Revolución mexicana, se publican títulos como la nueva edición de las Obras completas de Martín Luis Guzmán y los siete volúmenes de Historia crítica de las modernizaciones de México, en coedición con el CIDE, y se incorpora al catálogo La Revolución mexicana de Alan Knight.

2014.

Para la celebración de sus 80 años de existencia, se publican nuevas ediciones de las Obras completas de Octavio Paz, Poesía completa de Efraín Huerta y Los errores de José Revueltas, dentro de los festejos por los centenarios de estos tres escritores mexicanos. Se publica El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty.

2018.

El escritor Paco Ignacio Taibo II, impuesto como director del FCE por el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, se dirigó al público de la FIL Guadalajara 2018 con las siguientes palabras: “Sea como sea, se las metimos doblada, camaradas”, ufanándose de la aplanadora legislativa de Morena que modificó la ley para su designación.

Desde el manchón penal

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La última vez que vi completo un partido de futbol fue el 26 de mayo del 2013. América y
Cruz Azul se enfrentaban en el partido de vuelta de la Final del Torneo de Clausura 2013. La Máquina Celeste (siempre he amado ese mote) ganaba en el global 2 a 1. El juego reunía todos los elementos de una película de acción: tarde lluviosa de domingo, el equipo favorito de la mayoría perdiendo contra uno de sus más férreos rivales, el reloj a punto de fenecer. Al minuto 92, Moisés Muñoz, portero del América, salió de su marco para rematar con la testa y colocar el balón fuera del alcance de Jesús Corona, portero de la Máquina.
A continuación, un modesto homenaje a los escritores que odiaban y amaban el
futbol.

Jorge Luis Borges
Titular indiscutible de La Albiceleste, autor de El Aleph y Ficciones, gambetero y
antifutbolista, siempre fue célebre y ampliamente respetado por su juego total. Aunque fue coterráneo de Maradona, colocó varios balonazos a la hinchada afincada en la intensidad del futbol: “El futbol es popular porque la estupidez es popular”, dijo el crack.

Albert Camus
Orgullo del equipo galo, habría sido un gran guardameta de no ser por la tuberculosis que lo derribó en su propia área. “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las
obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol” dijo en un tiro razo, fuerte y colocado.
Rudyard Kypling
Jugador titular con el Equipo de la Rosa, el autor de El libro de la selva fue sorprendido en
posición adelantada por su pasión antifutbolera. Desde la media cancha disparó a bocajarro
“las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”.

Mario Benedetti
Portento de La Celeste, el poeta charrúa amagaba al adversario con el palmarés de su equipo a la menor provocación. “Un estadio de futbol vacío es un esqueleto de la multitud” dijo en un autopase, aunque con “Aquel gol que le hizo Maradona a los ingleses con la ayuda de la mano divina es, por ahora, la única prueba fiable de la existencia de Dios” hizo un autogol.

Carlos Monsivais
Surgido de la cantera cronista de México, este muchacho gambeteó a su afición diciendo que era un deporte para tontos. Aunque salió invicto (excepto ante Paz, quien siempre demostró su paternidad en la cancha) careció del olfato goleador para comprender la pasión que suscita el juego del hombre. A ras de cancha le preguntaron su opinión acerca de los penales, “los hacinamientos provocan motines” dijo con un tiro chorreado, aunque para los aficionados fue una jugada versallesca.

Sir Walter Scott.
Titular indiscutible en la alineación de The Cranberries y renombrado cronista deportivo, el ariete autor de Ivanhoe sigue siendo ovacionado por su “Quitaos la ropa, muchachos, y vamos allá, aunque el clima sea malo. Y si por desventura sucede que caes en una jugada, hay peores en la vida que caer en los brazos: la vida en sí misma no es más que un partido de
futbol”.

Álvaro Mutis.
Aunque se alzó con la Copa Cervantes 2001, el escritor cafetero hizo un gran trabajo de
pressing con su célebre “Estadios, prostíbulos de la gloria”. Para el equipo contrario, el
parado de Mutis alineaba al amor, la pasión y a la vida misma en una línea de tres, con juego ingrato, de mucho desgaste y sacrificio.

Salman Rushdie.
Canterano de Los Guerreros de Hind y autor de Los versos satánicos, es mejor conocido por ser un aguerrido hincha del Tottenham Hotspur. Recientemente en Twitter hizo un pase a tres dedos: “Publicar un libro y que te hagan una película está todo muy bien, pero que el Tottenham gane 3-2 al Manchester United… no tiene precio”.

Woody Allen.
Con experiencia en muchas posiciones (ha sido titular como director de cine, actor, escritor, guionista, clarinetista de jazz…) el veterano neoyorkino del equipo de las barras y las estrellas tiene varias lagunas: simplemente no le haya sentido al futbol. Con su conocida visión de juego, el tetracampeón del Oscar prefiere permanecer a la zaga después de su mala racha.

Oscar Wilde.
Con su sabida claridad en el ataque y definición, el autor de El retrato de Dorian Gray
remató sendos cabezazos: “El rugby es u juego de bárbaros practicado por caballeros; el
futbol, un juego de caballeros practicado por bárbaros” y “Como juego, el futbol está muy
bien para chicas toscas; pero apenas es conveniente para chicos delicados”.

Umberto Eco.
Máximo representante de la Squadra Azzurra, Eco nunca se achicó frente al arco cuando de un punterazo dijo que su odio no era hacia el deporte, sino a los aficionados que daban todo en la cancha por el pambol: “Yo no odio al futbol, yo odio a los apasionados del futbol. El aficionado tiene una extraña característica: no entiende por qué tú no eres aficionado, e insiste en hablar contigo como si tú lo fueras”.

El pachuco enmascarado.

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A pesar de que su aparición fue en la mitad del siglo XX, la huella de El laberinto de la soledad de Octavio Paz permanece con una vigencia indeleble en el pensamiento contemporáneo, incluso en nuestro siglo XXI en el que las interpretaciones psicológicas, metafísicas siguen fungiendo como tamices de interpretación, aunque se hace cada vez más pertinente un mayor acercamiento a la obra paciana. Si bien en la entrega titulada “La soledad en su laberinto” (BARROCO, domingo 6 de mayo del 2018) la dedicamos al autor a propósito de sus años de ausencia, no nos enfocamos de manera directa a la obra en sí. Vayamos a los primeros dos capítulos.

Capítulo 1. El pachuco y otros extremos.

De modo literal aunque inevitablemente analógico, Paz plantea inicialmente la imagen del adolescente y su asombroso descubrimiento de sí mismo, que lo lleva, casi por defecto, a un acto de conciencia contundente: el sujeto adolescente se encuentra solo en el mundo. Para abrirse paso ante esta condición, Paz plantea la siguiente pregunta: ¿Qué somos y cómo realizaremos eso que somos? La adolescencia, ese preciso momento en que tomamos conciencia de nuestro ser, y en el que concluyen procesos determinantes de desarrollo, es comparada por el autor con los pueblos “en trance de crecimiento”. El México posrevolucionario heredó la noción de un país en etapa reflexiva que necesariamente lo llevó a la autocontemplación. A partir de entonces afloraron los distintos niveles históricos que convivían o se confrontaban en un mismo presente. México se desveló como un mosaico de distintas razas, además de las diferentes lenguas, que ya de por sí marcaban una brecha por entender.

Fue en la ciudad de Los Ángeles donde Octavio Paz comienza su análisis (allí radicó el poeta de 1914 a 1919), comparando precisamente al gringo promedio con el bloque de más de un millón de mexicanos que ahí radicaban, que no se mezclan con la cultura estadunidense y que, por su parte, se autonombran pachucos, es decir, “bandas de jóvenes generalmente de origen mexicano, que viven en las ciudades del sur, que se singularizan por su vestimenta conducta y lenguaje”. Este grupo se encuentra ante una paradoja cultural e identitaria, similar al adolescente: no quiere volver a su origen mexicano, pero tampoco quieren pertenecer al sistema americano. El pachuco, según Octavio Paz, “es uno de los extremos a los que puede llegar el mexicano”. Pero esta posibilidad es siempre marginal, al pachuco le gusta irritar a la sociedad; entonces, y sólo entonces, el pachuco encuentra su lugar en el mundo, ergo, su razón de ser: se siente libre de romper las reglas, de conocer lo prohibido y, en pocas palabras, de desafiar al sistema.

En suma, el pachuco se sabe distinto y, precisamente por ello, se sabe solo.

No obstante, y al contrario de la tendencia frívola que aún ulula en nuestra autocomplacencia, Octavio Paz niega ese supuesto complejo de inferioridad que caracteriza al mexicano. En este sentido, confirmará Paz, para el mexicano “Sentirse solo no es sentirse inferior, sino distinto”. En este grado de identificación, la soledad no es una ilusión, sino más bien la vida contemplada con los ojos abiertos. La soledad del mexicano tiene sus raíces en dos vertientes: su profundo sentido religioso y en su convivencia con la muerte, su compañera perfecta fecundadora de vida (posteriormente, Paz se referirá al estilo de vida del mexicano: vivir como si la muerte no existiera). En ningún otro país más que en México se rinde culto a la muerte (la película Coco, por ejemplo, es una actualización importante en el espectro insondable de la cultura popular) pues se sabe que es la dadora de vida por excelencia.

Más que una cronología crítica, la historia de México es una búsqueda desesperada por encontrar su propio origen: a veces indigenista, otras hispanista, otras más afrancesado. De este modo, encerrado en el círculo de soledad que nosotros mismos hemos trazado, México, quiere “volver al centro de la vida de donde un día, en la Conquista o en la Independencia, fue desprendido”.

Capítulo 2. Máscarás mexicanas.

El ser mexicano se distingue por sus varias facetas que, a pesar de ser un ser singular, “siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos también de sí mismo.” Una vez tomada la distancia, o quizás para concretarla, el mexicano es capaz incluso de hacer uso del silencio, además de la palabra, como un instrumento de defensa, coerción, punición, autocomplacencia o consuelo. En México gustamos de quedarnos callarnos para expresar nuestro enojo con el otro.

A propósito de la palabra, Paz reflexiona sobre el poder real que la palabra misma ejerce sobre el mexicano. De entre el espectro lexicológico nacional, Paz destaca el concepto de “rajarse” cuyo significado, a la luz de nuestra cultura, revela el grado de machismo que nos distingue como mexicanos: ¡Puto el que se raje!

A pesar de su denominación de origen, sólo en México el concepto de “rajar” se complementa con otro ejemplo, el albur: lenguaje subliminal, más que sublime, enunciado en condificación secreta y de modo ingenioso y oportunista, pero, sobre todo, cargado de fuertes connotaciones sexuales y homosexuales utilizadas para agredir, retar al otro, y, finalmente, confirmar carácter cerrado frente al mundo. Una vuelta mas en el círculo de la soledad.

Pero, subyugado al círculo de la soeldad, el mexicano tiene la posibilidad de portar máscaras para proteger o disimular su intimidad, aunque no le intersa la intimidad ajena, de nueva cuenta el círculo de la soledad se vuelve a cerrar. La manera casi instintiva en la que consideramos peligroso todo aquello que represente a lo exterior/extranjero tiene su razón si revisamos la historia de nuestro país. No obstante, el mexicano sabe morirse en la raya, porque para nosotros las derrotas se sufren con dignidad.

@doctorsimulacro

 

Cómo leer literatura

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Publicado originalmente el 4 de junio en el suplemento cultural Barroco de El Diario de Querétaro.

Es ironía, pero el pesimismo es tan hilarante como provocador: “Igual que la danza folclórica, el arte de analizar obras literarias está en las últimas. La tradición de lo que Nietzsche llamaba lectura lenta corre el peligro de extinguirse para siempre”. Así abre Terry Eagleton su libro Cómo leer literatura(Ariel, 2013) un manual de literatura para principiantes en donde se presentan las claves para conocer las herramientas básicas de la crítica literaria: el tono, el ritmo, la textura, la sintaxis, las alusiones, la ambigüedad y otros aspecto formales de las obras literarias.

¿Cuál es la pertinencia para presentar un manual de crítica literaria para principiantes? Leemos sin poner atención. En nuestra lectura –a decir de Eagleton– nos quedamos unicamente con el argumento, en el mejor de los casos. Dejamos de lado la forma, los recursos que utiliza el autor para explicar el argumento, que es lo que confiere a un texto su carácter literario, su naturaleza de creación artística. Somos víctimas y victimarios de la lectura dispersa y superficial. Tras leer un libro, ¿cómo aprendemos a distinguir el grano de la paja, cómo sabemos si un texto es bueno, malo o solo intrascendente?

El espectro de autores que aborda y que, sutilmente, obliga a leer Eagleton van desde Shakespeare y Jane Austen hasta Samuel Beckett y J. K. Rowling (sí, Harry Potter es una obra literaria maravillosa apta para los lectores de todas las edades). En el repertorio de obras que se esparcen a lo largo del libro a modo de objeto de estudio y de detonadores de la lectura, se examina la narratividad, la imaginación creativa de los autores analizados, el significado de la ficcionalidad y la tensión entre lo que la obra literaria dice y lo que muestra.

Para abrir el texto, Eagleton se vale de una anécdota escolar: la discusión de un imaginario grupo de estudiantes que debaten en un seminario sobre la novela Cumbres borrascosasde Emily Brönte (¿cuántos colegios en Querétaro tienen este tipo de iniciativas al interior de sus actividades cotidianas?). A partir de esa anécdota, Eagleton aporta su primer argumento: una obra de ficción puede contarnos que uno de los personajes está ocultando su verdadero nombre bajo un seudónimo, pero aunque nos cuenten cuál es su verdadero nombre, formará parte de la ficción en la misma manera que el seudónimo.

Eagleton no solo se enfoca en la narrativa. A propósito de la creación en el campo de la poesía, el autor refiere que un poeta puede componer un auténtico lamento sin sentir el más mínimo desconsuelo, del mismo modo que puede escribir acerca del amor sin sentir pasión. ¿Cómo es posible esto? Implicando en un enfoque contextual propio de los Estudios Culturales, Eagleton deduce que una cosa es la emoción y otra la convención. La emoción genuina implica rechzar el artificio de las formas sociales y hablar directamente con el corazón.

Respecto a los personajes, Eagleton reconoce que los personajes más atractivos en la Literatura son aquellos cuyas pillerías resultan más fascinantes que la posibilidad de ganarse el respeto de la gente. Asimismo, los personajes poderosos se pueden permitir la trasgresión, mientras que los personajes pobres y los indefensos deben de andar con cuidado: tienen que evitar se insípidos para evitar acusasiones graves. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

¿Qué hace a un personaje ser memorable? Al respecto, Eagleton señala que un escritor puede acumular una frase tras otra, un adjetivo tras otro (Huidobro decía que el adjetivo, cuando no da vida, mata), con el objetivo de determinar la esencia imprecisa de una cosa. No obstante, cuanto más lenguaje ocupe el escritor para descubrir un personaje o una situación, más tenderá a enterrarlo bajo un montón de generalizaciones. O, pero aún, lo hundirá bajo el lenguaje mismo.

Terry Eagleton (Salford, Lancanshire, actualmente Manchester, Inglaterra, 22 de febrero de 1943) es crítico literario y cultural británico. Nació en el seno de una familia obrera y católica, cuyos abuelos era inmigrantes irlandeses, más humildes incluso que su familia paterna. De niño fungió como monaguillo y portero en un conventos de carmelitas, de acuerdo a lo que el mismo autor rememora en su autobiografía con su acostumbrado tono irónico.

Tempranamente padeció el elitismo de la universidad en la que estudió y de donde se doctoró, el Trinity College of Cambridge. Posteriormente fungió como profesor en el Jesus College of Cambridge. Tras varios años de enseñar también en Oxford (Wadham College, Linacre College y St. Catherine’s Colleg), obtuvo la cátedra John Rylands de Teoría Cultural de la Universidad de Manchester. Actualmente es profesor de Literatura Inglesa de la Universidad de Lancaster.

Eagleton fue discípulo del crítico marxista Raymond Williams. Inició su carrera como estudioso de la Literatura de los siglos XIX y XX para, posteriormente, trabajar la teoría literaria marxista, bajo la influencia de Williams. En las últimas décadas, Eagleton se ha integrado al espectro teórico de los Estudios Culturales integrándolos con la teoría literaria tradicional.

En la década de los años sesenta formó parte de Slant, agrupación católica de izquierda, desde donde escribió varios artículos de corte teológico, cuyo resultado se plasma en el libro Towrads a new left theology. Sus publicaciones recientes evidencian un interés renovado por los temas teológicos. Asimismo, Eagleton sigue esgrimiendo sus ideas en otra de sus grandes áreas de interés teórico: el psicoanálisis. Es también un gran promotor en el Reino Unido de la obra de Slavoj Žižek.

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