Dunkerque

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 669, del Diario de Querétaro del 30 de julio del 2017.

“Un tiempo, en mayo de 2016, me hallaba a la entrada del espigón de Dunkerque, muy cerca de donde el capitán Tennat había instalado su puesto de mando. Al mirar a mi alrededor podía ver tramos de la playa atestados de soldados. Había buques de guerra anclados adentro y un barco hospital blanco, claramente señalizado por cruces rojas, atracado al final del espigón. Un humo negro se agitaba a lo lejos, y del paseo marítimo había desaparecido todo rastro de las últimas décadas del siglo XX. Así debía ser Dunkerque a finales de mayo de 1940”.

El párrafo anterior es parte del prefacio con el que abre Dunkerque (2017, Harper Collins) del escritor inglés Joshua Levine, autor también del libro Forgotten voices of the Somme: The most devastating battle of the great war in the words of those who survived (2006, Ebury Press) y de otras obras de ficción histórica documental que han sido adaptadas a la televisión.

El productor, guionista y director Christopher Nolan (Westminster, 1970) se encuentra en el momento cumbre de su carrera. Desde diciembre del 2015, la Warner Bros. había confirmado que la próxima película escrita y dirigida por Nolan estaría inspirada en hechos que se sucedieron en la Segunda Guerra Mundial, específicamente en la Operación Dínamo, que dio lugar al llamado Milagro de Dunkerque. Nolan se había adjudicado el desafío de llevar al cine el Dunkerque de Levine.

Dunkerque es una ciudad portuaria situada al norte de Francia, situado en el Departamento del Norte, en la región de la Alta Francia, a sólo 10 km de la frontera con Bélgica. En 1940, esta pintoresca ciudad fue escenario de la Operación Dínamo, la evacuación hacia Gran Bretaña de más de 330.000 soldados franceses y británicos, estos últimos pertenecientes a la Fuerza Expedicionaria Británica, ante el avance alemán.

De la película Dunkerque (Nolan, 2017) se ha hablado mucho en las últimas semanas. Incluso es posible escuchar publicidad en la radio nacional. Su estreno mundial fue el pasado 21 de julio, aunque a salas queretanas llegó desde el jueves 27. El afamado crítico de cine Peter Travers ha sugerido la posibilidad de que Dunkerque sea la mejor película bélica de todos los tiempos. Quizás no esté equivocado.

No sé si por tradición o convencionalismo, generalmente los grandes relatos bélicos se extienden alrededor de tres horas de duración. En contraste, Dunkerque tiene solamente 106 minutos de duración. El manejo virtuoso del tiempo por parte de Nolan hacen que la película mantenga al espectador en un estado de constante atención a través de la mirada de los tres relatos que se entrecruzan sin ninguna pretensión efectista.

El relato del soldado Tommy (Fionn Whitehead) desde la playa en donde aguardan los soldados con impaciencia, nos presenta lo ocurrido en el lapso de una semana. La referencia insorteable a Rescatando al soldado Ryan (1998) de Steven Spielberg subyace en la memoria del espectador, pero la carnicería gráfica que se presenta en los primeros minutos contrasta con la propuesta estética de Nolan, quien coloca al espectador de frente con la angustia y desesperación de los soldados ingleses y franceses quienes, impertérritos, aguardan la posibilidad del milagro de su rescate. Acaso por esta razón, Dunkerque tenga la clasificación de audiencias PG13 (algunos materiales pueden ser inapropiados para niños menores de 13 años) al contrario de la película de Spielberg que tuvo clasificación R (Niños menores de 17 años requieren acompañamientos de padres o tutor).

El relato desde la perspectiva de Mr. Dawson (un Mark Rylance soberbio), su hijo Peter (Tom Glynn-Carney) y el amigo de éste, George (Barry Keoghan), quienes a bordo de una pequeña embarcación pesquera se lanzan al rescate de las tropas aliadas, ante la imposibilidad de que las grandes embarcaciones inglesas y francesas se acerquen a la playa so pena de quedar encalladas. Este relato nos presenta lo que acontece en un día, desde que salen del muelle antes de la requisición de la embarcación, hasta que culmina el rescate en tierra firme.

El relato en el aire desde la perspectiva del piloto aliado Farrier, interpretado con magistral sutileza por parte de Tom Hardy, quien se ha consolidado como un actor irreverentemente sólido, nos cuenta lo acontecido en una hora. Una trepidante cacería del piloto aliado que, con uso portentoso de la cámara y sin el abuso de la digitalización de imágenes, nos recuerdan que la tecnología está al servicio del relato cinematográfico, nunca a la inversa. Ante la presentación maravillosa de la secuencia de imágenes, es nefasto y triste que nuestra ciudad aún no cuente con salas equipadas con pantallas Imax.

Los tres relatos se entrecruzan, pero no se mezclan porque en el cine no se planea sobre las rodillas. Nolan está al servicio del arte. Desde el punto de vista dramático nos concede una visión histórica que recupera la importancia del rescate en Dunkerque. A partir de la derrota, un despliegue que podría haber sido considerado como fracaso, se gestó un triunfo moral y humano en torno a las tropas. La visión de los caídos nunca había significado una retribución para nuestra noción de lucha y libertad, tan urgente en estos tiempos de remedos de dictador y mesías pintorescos.

Dunkerque es el triunfo de nuestra convicción desde el dolor y el sufrimiento. Para narrarlo se requirió de personas reales dentro de un proyecto real, no de personas digitales anónimas en el proyecto de un solo hombre. Para las secuencias de batalla naval, Nolan decidió utilizar destructores navales reales, siguiendo su propia tradición. 62 buques de guerra colaron el mar durante la filmación. Utilizó 1500 extras, una grúa y un avión tipo Spitfire para recrear la Operación Dínamo.

Esta es la primera película de Nolan que se basa en hechos históricos, su primera película bélica, y también la primera en no contar con la actuación de Michael Cane, al menos desde Insomnia (2002). Por su trabajo, Christopher Nolan recibió un sueldo de 20 millones de dólares más el 20% de lo que se recaude en taquilla, el mayor reparto económico para cualquier director desde que Peter Jackson recibió la misma cantidad con su aburridísma King Kong (2005).

La participación de Harry Styles (sí, el cantante adolescente exintegrante del desaparecido grupo One Direction) pasa desapercibida. A pesar de su pequeña participación, Styles muestra dotes actorales suficientes para acallar el grito de fanáticas adolecentes a media película.

La carrera por los Oscars ha comenzado. Dunkerque se llevará mejor película, mejor dirección (Nolan no ha recibido este galardón), mejor partitura original (la música de Hans Zimmer es excelsa, como en los trabajos anteriores al lado de Nolan: la trilogía de El Caballero de la Noche, El Origen (2010) e Interestelar (2014), con motivos de cuerdas latentes que acompañan el discurso con un segundero musical implacable), y quizás hasta mejor diseño de producción.

A las personas comunes y corrientes sí nos gustan las cosas planeadas y bien hechas. Tenemos tanto que aprender del cine.

Anuncios

¿Qué vamos a hacer con el silencio, Luis Alberto?

IMG_0458.JPG

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 639, del Diario de Querétaro del 18 de diciembre del 2016.

El 13 de octubre pusiste una suerte de epitafio en tu muro de Facebook: No se disculpe a nadie de mi muerte. Ya no podré preguntarte si era un vaticinio o uno de tus selectos sarcasmos que intermitentemente se asomaban en tu red social. Tenías 23 likes, ahora se acerca a los cien. En silencio.

Allá por el 2007 nos vimos tú, José Manuel Velázquez y yo para platicar sobre la segunda edición del Maratón de Literatura Queretana. Aquella idea, que para no pocos era improbable su continuidad, fue apoyada por el Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, porque en ese entonces al instituto sí le interesaba la actividad literaria local: “es una visión emergente de la literatura de nuestro estado”, dijiste entre tragos de café. Se trataba también de es conocer distintas líneas temáticas sobre las que estaban trabajando los autores en ese entonces: “Tadeus Argüello, con una poesía muy particular, exhibe claras influencias formales de la poesía española contemporánea; José Manuel Velázquez, con más bien una poética antimoderna y reaccionaria; Brenda Mariana Medrano, con otro tipo de exploraciones literarias a partir de la prosa y con menos proposiciones formales, más de corte temático; y Sirac Patricio con una voz más bien incipiente, pero que quiere mostrarse”, dijiste.

El maratón era uno de tus tantos pretextos que tenías para presentar nuevas voces de la literatura local. Lo que nosotros llamamos proyectos, para ti eran provocaciones. Gracias a tu necedad, el evento sigue llevándose a cabo, ahora como “Maratón de la Palabra”, celebrado apenas el pasado 12 de noviembre en el Centro Cultural Manuel Gómez Morín. Allí estuviste junto con Óscar Merino, Rubén Cantor, Angélica Azkar, Emilio Castelazo, Fernando Jiménez y Tadeus Argüello.

En los días otoñales del 2006 me dijiste que me tenía que lanzar a la poesía, porque mis textos tenían prosodia y mucha imaginación: eran un madrazo al silencio. Estábamos echando cigarro en el expendio de café del antiguo campus de la Facultad de Lenguas y Letras. Era el 2006 y Gerardo Arana fumaba irrefrenablemente con sus uñas amarillentas que ya delataban una hiperquinesia suicida. Esa mañana hablamos de fraudes, de Jean Luc Godard, de David Bowie, de Pixies, de mujeres felinas puestas en escena desde la perspectiva de Gerardo Arana, de la mezquindad universitaria y la envidia académica que impedía que Ignacio Padilla tuviera mayor participación en la Facultad, y del tiempo. Gerardo Arana sucumbió a la hiperquinesia; el antiguo campus de la Facultad de Lenguas y Letras se ha mudado sin la magia de antes, sin los usurpadores sociólogos-polítólogos-comunicólogos que gustábamos de establecer relaciones estéticas en la facultad hermana; David Bowie  transmutó en Major Tom y tú sucumbiste a una bacteria en el pulmón. Del ruido al silencio.

Pero tu realidad extraliteraria siempre te desbordó por momentos, Luis Alberto. Sonido y furia. El resonar de tu obra fue acallado por el estridentismo de tu falange crítica, a veces lacerante, otras tantas vista a contraluz de la arrogancia, de acuerdo a quienes se refieren como experiencias desagradables cada uno de sus fugaces encuentros contigo. En tu andar complejo por las instituciones, devastabas las pretensiones de quienes buscaban ser leídos en las instituciones, pero esperabas coba por tus logros en otras instituciones. Silencio estridente.

El 18 de diciembre, en un acto crítico y reflexivo que oscila entre “el placer del extravío” y “el placer de reencontrarse”, el poeta Mario Bojórquez publicó un ejercicio de estilística al que intituló “Los 100 peores poemas mexicanos de autores vivos”[i]. En la lista se encuentra uno tuyo ocupando un digno octavo lugar:

HORIZONTAL Y PRONOMBRE, contracción, tres letras

El hueco por el que

fugamos todos los pasos

uno a uno

rumbo al llano principio de los metales

Querer a ciegas como los párpados en llamas

lámpara de sonido y no de luz negra

en este infierno de las manos sobre la mano

cuadriculado, genuflexo

Al calor de tu estridencia, te enfocaste a señalar nuestras carencias, nuestro divisionismo como comunidad artística y cultural de la que fuiste verdugo, juez y parte, y la incompetente política editorial del Fondo Editorial de Querétaro. Lo hiciste desde un frente abierto, por momentos abandonado y no pocas veces divergente respecto a otras voces, pero con la legitimidad y justicia de quienes aspiramos a una literatura queretana digna, dinámica, incluyente, propositiva, innovadora, genuina: viva. Acaso la parsimonia institucional, los escritores de moda y la festivalitis cultural te otorguen indefectiblemente la razón. Pero ignoraste con total convicción que hay autores que asistimos a otros talleres, leemos otros textos, nos acurrucamos en otros autores y nos arrastramos en otros ámbitos.

En tu célebre “Bucólica y celeste”[ii] te referiste a nuestro Querétaro como “ciudad colonial, conservadora y poco interesada en las artes la práctica de la literatura (formación, escritura y difusión) […] patrimonio del café de artistas que de moda estuviera.”. Señalaste también que “la disolución de los discursos centrales le pegó también a la literatura. No hay ya una versión hegemónica de qué es literatura. No hay un centro que ordene las periferias. Por tanto, los escritores de esta tierra tienden a ser glocales (en un neologismo robado a Heriberto Yépez), es decir, globales y localizados. Y eso les permitió conseguir otra circulación para sus libros […]. Las tecnologías que hace poco más de una década explotaron en el mundo les permitieron la creación de páginas web, blogs, la circulación de sus textos más allá del soporte libro. Y eso tuvo como consecuencia que otros editores, también glocales, buscaron publicarles libros. Así que la diada estaba rota. Y creo que se quedará así. No tienen mucho que ofrecerles a las nuevas generaciones: el poeta local no tiene la formación para discutir y entender la riada de lecturas y referencias de un mundo cambiante. El editor local no tiene con qué ejercer un control discriminador con esas generaciones. Como ocurrió con Ignacio Padilla, no faltaremos a la cita de sacar raja a la muerte del poeta. Pero también estamos los que mantuvimos una postura justa, congruente y ecuánime. Platicando vía Facebook con Leslie Dolejal, le comentaba que iba a extrañar sus madrazos epistolares entre tú, Luis Alberto, y Leslie. A lo que Leslie me respondió: “Sí, por ese lado ya empecé a sentirme solo, a ver si se anima Luis Enrique a entrarle al quite”.

Ya me voy, Luis. Ya comenzó la ridícula afrenta por ver quién logra más likes en su muro a pretexto de tu muerte. De la esquela ya pasamos al tren del mame. A la salud de tu deceso, hoy no será la excepción. Va ganando LEGOM.

Silencio.

[i] Mario Bojórquez, Los 100 peores poemas mexicanos de autores vivos. Círculo de Poesía, revista electrónica. 18 de diciembre del 2011.

[ii] Luis Alberto Arellano, “Bucólica y Celeste”. Suplemento Barroco de El Diario de Querétaro, 3 de enero del 2010.

ERR. Última entrega.

Quemalibros1

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 609, del Diario de Querétaro del 22 de mayo del 2016.

Después de los cánticos, resonaron estrofas que preludiaron la quema:

  • Contra la decadencia misma y la decadencia de la moral. Por la disciplina, por la decencia en la familia y en la propiedad: a la hoguera Mann, Glaeser y Kaestner.
  • Contra el pensamiento sin principios y la política desleal. Por la dedicación al Pueblo y al Estado: a la hoguera Foerster.
  • Contra el desmenuzamiento del alma y el exceso de énfasis y los instintos sexuales. Por la nobleza del alma humana: a la hoguera la Escuela de Freud.
  • Contra la distorsión de nuestra historia y la disminución de las grandes figuras históricas. Por el respeto a nuestro pasado: Ludwig y Hegemann al fuego.
  • Contra los periodistas judíos demócratas, enemigos del Pueblo. Por una cooperación responsable para reconstruir la Nación: Wolff y Bernhard fueron arrojados a las llamas.
  • Contra la deslealtad literaria perpetrada por los soldados de la Guerra Mundial. Por la educación de la nación en el espíritu del poder militar: adiós, Remarque.
  • Contra la arrogancia que arruina el idioma alemán. Por la conservación de la más preciosa pertenencia del Pueblo: arde en el infierno, Kerr.
  • Contra la impudicia y la presunción. Por el respeto y la reverencia debida a la eterna mentalidad alemana: arde en los infiernos, Ossietzky.

Ente risas, Hitler departía con sus más cercanos colaboradores militares. Uno de sus escoltas se acercó a su oído, casi interponiéndose entre la cuchara y la bocaza del canciller, para informarle acerca de las acciones de Goebbels. Una gota de sudor corrió por la frente de su escolta y confidente. Hitler se limitó a espetar en voz baja: “Creo en lo que hace. Creamos en Goebbels”. No sin complicación, Hitler sabía que, además de extinguir el buen humor (había mandado a prohibir cualquier chiste o caricatura que se hiciera en su nombre o persona), acabar con los libros le acarrearía un mayor balance en términos morales, políticos e intelectuales. La gente habría de acostumbrarse también a las cenizas.

En las calles de Alemania, en 1933, antes de partir Freud fue alcanzado por un periodista. Ante el breve pero grave cuestionamiento de éste por la implacable quema de libros, Freud se limitó a responder:

–Si estuviéramos en la Edad Media, le aseguro que yo habría perecido en la hoguera. Ahora son felices conformándose a quemar mis libros.

Freud se equivocaría.

Las llamas lograron alcanzar a varios autores judíos, no solo a sus libros. La muerte del psicoanalista no permitió que a éste le ocurriese algo así.

Años después, repasando sus memorias y quizás algún procedimiento matemático, Waclaw Sierpinski recordaba aquel libro publicado en 1910 donde daba cuenta de la resolución matemática al problema planteado por Gauss. Aquel hallazgo (por llamarlo de algún modo) fue propicio para la publicación de La teoría de los números irracionales, espécimen tan voluminosos como inteligible que fue quemado cuando la biblioteca de Sierpinski fue arrasada junto a la de muchos de sus colegas:

–Ellos la quemaron.

­–¿Quiénes?

–Los alemanes. Arrasaron la biblioteca de la Universidad de Varsovia. Un grupo de soldados muy jóvenes entro sin el menor de los sigilos para terminar con revistas y textos matemáticos de diferentes autores.

–¿Qué tan grave fue aquello?

–Hemos perdido los 32 tomos de Fundamenta Mathematica, los diez tomos de Monografia Mathematica, por decir algo…– dijo con pesadumbre el matemático.

Ya en 1945, ante un cielo que aparentemente había adoptado a las cenizas, humanas y de papel, como parte de su composición química, Hitler se abrazó con Goebbels. Mientras lo escrutaba en huesos y alma le dijo al oído:

–Te nombro canciller. Y este nombramiento tiene carácter de irrevocable.

–Lo siento, führer.

–¿De qué hablas?

–No hice suficiente.

–Todo está perdonado.

–Acepto el honor que usted me concede.

Mientras hacían su recorrido, Bruce, un soldado estadunidense de la división 101 llevaba a cabo una revisión de rutina con su batallón por las minas de sal cercana a Berchtesgaden. Allí, en uno de los reductos más profundos, el soldado encontró los libros del führer. De los 16 mil volúmenes que se contabilizaban en la biblioteca personal de Hitler, solamente habían sobrevivido 3 mil. Lo anterior se debió principalmente al robo, pero se sabe que muchos de los libros del canciller fueron quemados por el mismo Goebbels. Para enero de 1952, cerca de 1200 libros restantes fueron trasladados al Congreso de los Estados Unidos.

Si bien Hitler le perdonó todo a Goebbels, incluso sus más abyectas fantasías y perversiones sexuales con prostitutas y mujeres menores de edad, jamás le concedió el aborrecible acto de la quema de libros. Hitler era un lector voraz, un reprimido amante bibliófilo de la filosofía oriental y occidental, tanto de autores alemanes como de pensadores judíos.

Se sabe que de sus textos predilectos destacaban la obra completa de Arthur Shopenhauer. Pero el que lo colmaba de pasiones y placeres literarios era Magie: Geschichite, Theorie, Praxis de Ernst Schertel, publicado en 1925.

–“Quien no lleva dentro de sí las semillas de lo demoníaco, nunca dará nacimiento a un nuevo mundo”.

Fue la frase que Bruce encontró en la página blanca inicial, escrita por puño y letra del Hitler.

La quema de libros no se detiene.

Sigue renuente en el anacronismo religioso.

Sagaz y oportunista tras los deseos del fanatismo y el determinismo político.

Se jacta desde la inmundicia de la voraz iniciativa privada (vía best sellers) y el torpe desdén de las políticas públicas que abyectamente están a favor del libro.

Disfrazada de lectura cinco o veinte minutos al día, promovida por un ente paradójicamente llamado consejo de la comunicación…

ERR. Segunda entrega

Captura de pantalla 2016-05-26 a las 2.10.50 p.m..png

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 608, del Diario de Querétaro del 15 de mayo del 2016.

Fue en una mañana de abril cuando, a las puertas de su casa, Martin Heidegger recibió un enorme sobre con matasellos de la Universidad de Friburgo. Entró a la sala y, no sin cierta desesperación, abrió de inmediato aquél elegante pliego. Se trataba de una invitación personal para que asistiera a la ceremonia que se celebraría en su honor, con motivo de su nombramiento. Quizás sin sorpresas, leyó nuevamente la invitación. La ceremonia se llevaría a cabo la siguiente semana.

No era para menos. Tras haberse adherido junto a otros importantes filósofos e intelectuales a la ideología de Goebbels, Heidegger había sido nombrado rector de la Universidad de Friburgo, institución que lo había visto crecer meteóricamente como intelectual, primero como discípulo de Carl Braig y Heinrich Rikert, de quienes adquirió los conceptos fundamentales del neokantismo, para posteriormente fungir como asistente de Edmund Husserl, de allí su innegable influencia fenomenológica.

Después de que hubo recibido su nombramiento, con inusitado entusiasmo, y con la efervescencia política del momento, Heidegger se registro como miembro del NSDAP, Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, por sus siglas en español.

En aquel abril, quizás bajo el influjo de la misma efervescencia, hordas de estudiantes universitarios e intelectuales salieron a las calles Düsseldorf para la destrucción de libros. Mientras huía por la acera de Königsallee, Ana, una joven historiadora egresada de la Universidad de Düsseldorf, se recriminaba a sí misma por no haber logrado rescatar a más autores:

–Los están matando, los están quemando a todos. ¡Nadie saldrá vivo de aquí!

No importó el peso de la Historia. Hacia 1773, en esta ciudad se fundó la Academia de Bellas Artes más antigua de todo Europa.

Pero aquello era solamente un preludio a lo que estaba por ocurrir realmente. Relativamente cerca de Düsselfdorf se encuentra Colonia, la ciudad que vio nacer la rampante industria alemana. El día 5 de mayo, hordas de estudiantes de la Universidad de Colonia se organizaron en la explanada central para tomar la biblioteca. De allí sustrajeron todos los libros posibles que hubiesen sido escritos por autores judíos. Cuando hubieron regresado a la explanada con bolsas, cajas, y demás herramientas para el acarreo de libros, levantaron una inmensa pira a donde fueron a parar todas las obras. Prácticamente ningún libro sobrevivió.

Al siguiente día se repitió lo mismo, en esta ocasión en el Instituto de Investigación Sexual de Berlín. Una enorme multitud de estudiantes en contubernio con las Juventudes Nazis lograron incinerar cerca de media tonelada de libros en un solo acto.

A la par de los atentados, y tras largas y álgidas reuniones nocturnas con sus principales colaboradores y representantes del sector estudiantil, Goebbels estableció el 10 de mayo como el día para combatir el desagravio intelectual que seguía lacerando la cultura alemana, de acuerdo a su hipótesis. Sin embargo, desde el 8 de mayo los atentados contra las bibliotecas se seguían multiplicando. Y no se iban a detener.

Aquella tarde del 8 de mayo, entre la muchedumbre que se congregaba alrededor de la pira libresca asentada sobre la plaza central la Universidad de Friburgo, un jocoso Heidegger participaba con ahínco arrojando cientos de volúmenes escritos por autores judíos. Aquello era una fiesta. Las miradas de soldados alemanes se comenzarían a acostumbrar a las cenizas sobrevolando sus cabezas.

El 9 de mayo, un día antes del movimiento para abatir el desagravio cultural, un Goebbels desbordado habría de pronunciar el siguiente discurso en la ciudad de Kaiserhof:

–Protesto contra el concepto que hace del artista un ser apolítico. Ningún artista puede ni debe de mantenerse en la retaguardia. Todo aquel que se ufane de ser artista debe de tomar las banderas y marchar al frente.

Otto, Max, Erick y otros tantos talentosos artistas, virtuosos interpretes en su mayoría de las obras de Goethe y Schiller, recibieron con júbilo las palabras de Goebbels, a grado tal que decidieron acompañarlo en su encomienda: eliminar todo rasgo judío de la cultura e idiosincrasia alemanas.

Desde las primeras horas de aquel 10 de mayo, en los rincones de la Universidad Wilhelm Von Humboldt, comenzó a resonar una insistente melodía coral que hacía correr a los estudiantes que aún se afanaban a tomar cursos como si corrieran días normales:

“Contra la clase materialista y utilitaria,

Por una comunidad de pueblo,

Y una forma ideal de vida,

¡Marx!,

¡Kautsky!”

Stella alcanzaba a escuchar los gritos y cánticos de los miembros de la Asociación de Estudiantes Alemanes. Parecía increíble que ni los propios muros de la biblioteca pudieran repeler el escándalo del exterior. Fue al dar vuelta a la siguiente página que un sonoro golpe rompió el silencio hasta ese momento sagrado de aquel recinto. Stella ocultó instintivamente su Hemingway bajo el brazo y se dirigió al ala norte de la biblioteca. Milagrosamente, ayudada por su inopinada presencia y su lúgubre aspecto, Stella logró pasar inadvertida. Los miembros de la Asociación comenzaron a recolectar todos los libros de autores judíos. Tras cerca de dos horas, la pira congregaba cerca de 25 mil títulos. Stella pudo conservar su Hemingway, aunque le dolió no haber podido hacer algo más por Broch, Freud, Bretch…

–¡Heil!– grito Goebbels minutos antes de la medianoche. Sabía que no lejos de ahí Rosemberg estaba llamando la atención de Hitler. Era el momento de demostrar quién mandaba.

–La era del intelectualismo judío ha llegado a su fin. El día de hoy la revolución alemana abre las puertas nuevamente a una nueva forma de vida que nos permitirá llegar a la verdadera esencia del ser alemán. Pero no se confundan. Esta revolución no comienza desde arriba. Se inicia desde abajo, desde sus raíces, y continua con pulso implacable en ascenso…

La gente, en su mayoría estudiantes y personas vinculadas con el arte, colmaron la plaza con sus aplausos. Tras un breve silencio Goebbels continuó:

–Por esa razón, en el mejor sentido de la palabra, esta revolución es la expresión genuina de la voluntad del pueblo. En los últimos años, ustedes, estudiantes y artistas, recibieron la peor humillación posible con el pretexto de la República de Noviembre, que consistió tácitamente en inundar sus bibliotecas con la basura y corrupción de la mierda literaria de los judíos. Esto provocó que nuestra ciencia y nuestra cultura se aislaran irremediablemente de la vida alemana. Pero eso está por terminar.

Una nueva andanada de aplausos estimularon el brío de un Goebbels plenamente emocionado y entregado. Prosiguió:

–Las revoluciones que son genuinas no se detienen con nada. Ninguna área debe de permanecer intocable. En verdad les digo: ustedes están haciendo lo correcto en este día, a esta hora, en el instante en que entregan a las llamas al espíritu diabólico del pasado.

 

Lo que nunca dijeron los que supuestamente lo dijeron

They never

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 606, del Diario de Querétaro del 17 de abril del 2016.

Hay una frase que un servidor suele utilizar para esgrimir sagacidad retórica cuando la discusión en torno a la libertad de expresión ha llegado a un punto ciego: “detesto lo que dices, pero defendería con mi vida tu derecho a decirlo”, la cual se atribuye automáticamente a Voltaire.

En el 2012, Jonah Lehrer, periodista de la prestigiosa revista The New Yorker, había obtenido un contrato con la editorial de temas educativos Houghton Miffin, con dos libros: How We Decide (Houghton Miffin Haocourt, 2009) e Imagine: How Creativity Works (Houghton Miffin Harcourt, 2012). El primero era considerado el primer libro que presentaba los más recientes descubrimientos de la neurociencia para ser aplicados en la toma de decisiones de nuestra vida diaria. El segundo era una especie de ensayo en donde Lehrer rompía con el mito de las musas, de los grandes talentos, demostrando que la creatividad no era un regalo divino atribuido a unos cuantos suertudos.

“Es una cosa muy difícil de describir. Se trata solamente de este sentimiento que consiste en tener algo qué decir”, decía Bob Dylan en el primer capítulo de Imagine: How Creativity Works, donde además se abundaba en el proceso creativo del compositor de “Like a rolling stone”.

Suena bien, ¿verdad? Solo que hay un pequeño detalle. Dylan nunca dijo eso.

El 30 de julio del 2012, Michael Moynihan, periodista de la revista Tablet, publicó un reportaje titulado “Jonah Lehrer’s Deceptions” en donde puso de manifiesto el escándalo de plagio en que había incurrido Lehrer: “Le pregunté por siete citas de Bob Dylan, tres de las cuales no aparecían en ningún sitio, al menos en la forma en la que se recogían en el libro; otras tres que incluían partes de citas de Dylan reales, y una que había sido sacada totalmente de contexto”, aseguró Moynihan en una entrevista para la BBC.

Al principio, Lehrer respondió que las citas provenían de una entrevista de archivo suministrada por los representantes de Bob Dylan, algo que nunca ocurrió. Posteriormente, reconoció su mentira: “Fue dicha en un momento de pánico. Las mentiras ahora se terminaron. Entiendo la gravedad de mi postura. Quiero disculparme con todos a los que he decepcionado, especialmente mis editores y lectores”, dijo el periodista. Entre las citas puestas en duda por Moynihan, hay una que apareció en los setenta en un documental. Cuando a Dylan le preguntan sobre sus canciones, responde: “Tan sólo las escribo. No hay un gran mensaje”. En Imagine… , Lehrer añade una tercera oración: “Deja de pedirme que lo explique”, que en realidad nunca aparece en la película.

No bastó su disculpa pública. Además de perder su trabajo en The New Yorker, los libros de Lehrer fueron retirados del mercado a pesar de que Imagine… ya había vendido 200 mil copias. Houghton Mifflin consideró los actos de Lehrer como un abuso grave en contra de la editorial y, sobre todo, en contra de los lectores.

Tanto mi estupenda sagacidad para blofear con Voltaire, como el acto oportunista de Lehrer, caro lector, ambos actos provienen de la arraigadísima costumbre de citar erróneamente o fuera de contexto. El libro titulado They never said it. A book of fake quotes, misquotes and misleading attributions (Oxford University Press, 1990) de Paul F. Boller y John George quizás pueda arrojar algo de luz al respecto. Veamos algunas de las más célebres.

  1. Neil Armstrong: Este es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad. El 20 de julio de 1969, a las 10:56, el astronauta Neil Armstrong salió del módulo lunar que le había llevado a través de miles de millas de espacio para convertirse en el primer ser humano en pisar la luna. Su sentencia sobre aquel hecho histórico se transmitió en todo el mundo. Pero cuando volvió a la Tierra descubrió que había sido malinterpretado: “Este es un pequeño paso para un hombre,” que había anunciado, “un gran salto para la humanidad”. Pero debido a la estática, la preposición en inglés “a“, había quedado fuera de su discurso, arruinando así el contraste que había hecho entre un hombre (a man) y toda la humanidad. Los periódicos y las agencias de noticias informaron de inmediato la corrección de Armstrong, pero la versión defectuosa sigue circulando.
  2. Galileo: Eppur si muove, traducido del italiando como Y sin embargo se mueve. En realidad no hay evidencia de que Galileo haya susurrado obstinadamente estas desafiantes palabras tras ser obligado por la Inquisición en 1633 a abjurar de su creencia de que la Tierra giraba alrededor del Sol. Fue un escritor francés, en un libro publicado más de un siglo después de la muerte de Galileo, el que puso las palabras en la boca del gran científico. Pero, sin duda, la anécdota es reconfortante.
  3. Voltaire: No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo. Como señalábamos al principio, esta cita atribuida obstinadamente a Voltaire, es una de las más populares entre los defensores acérrimos de la libertad de expresión. Pero Voltaire nunca pronunció estas palabras; y no hay ninguna razón para suponer que alguna vez trató de luchar hasta la muerte de Claude Adrien Helvetius, el filósofo francés en cuyo nombre se supone que han hecho su célebre declaración. La cita original proviene de un libro publicado en 1906 titulado Los Amigos de Voltaire, escrito por S. G. Tallentyre, el seudónimo de Evelyn Beatrice Hall.

De acuerdo con Evelyn Hall, en 1758 Helvetius publicó De L’Esprit (En la Mente), exponiendo la idea de que el egoísmo y las pasiones son los únicos resortes de las acciones humanas y que no hay tales cosas como las virtudes y los vicios. Si bien Voltaire no se impresionó con el libro, las autoridades civiles y eclesiásticas interpretaron la publicación con un agravio, por lo que el libro fue condenado por el Parlamento de París, atacado por el Papa, censurado por la Sorbona, condenado a la quema pública a cargo del verdugo, y su privilegio de publicación revocada.

Con gran angustia, Helvetius insistió en que había escrito De L’Esprit en estado de perfecta inocencia y que no había tenido la más mínima idea del efecto que produciría su publicación. El Parlamento finalmente aceptó su argumento, y tras imponerle una ejemplar multa, le fue retirada la mayordomía que tenía desde hacía años y fue conminado a exiliarse durante dos años en Vorë.

“¡Vaya alboroto por una tortilla!” Voltaire exclamó al oír acerca de la quema de libros. Tomando en cuenta lo anterior, Evelyn Hall optó por adoptarlo en su novela de la siguiente manera: “–No estoy de acuerdo con lo que dices, pero yo defiendo hasta la muerte tu derecho a decirlo– era su actitud ahora. ” De ninguna manera la autora afirma que Voltaire se haya pronunciado de manera oral o por escrito al respecto, simplemente trató de narrar la actitud general de Voltaire, de ahí la explicación que dicha cita la haya puesto entre comillas. Cuestionada al respecto en 1935, explicó: “No tenía intención de dar a entender que Voltaire haya pronunciado al pie de la letra estas palabras”.

Sobre Juan Caballero y el ocioso Osio. #EdipoGramatical

En el marco de las celebraciones del Día de Muertos, en el centro histórico de Querétaro se erigió un altar en honor a Don Juan Caballero y Osio, benefactor de la ciudad. El nombre del homenajeado no pasó desapercibido para los paseantes: la placa del nombre ponía Ocio en lugar de Osio.

Todo pudo haber quedado como una lamentable errata. Afortunadamente no fue así. Lo considero afortunado porque se presentaba la oportunidad para un debate no solamente nutrido desde los argumentos institucionales encargados de la cultura y el turismo estatal, sino para establecer el diálogo en torno a un asunto de interés intelectual. Vale la pena.

El periódico local Plaza de Armas lanzó el desafío arguyendo a favor de “Osio”. El gobierno estatal respondió con un boletín de prensa apelando al “Ocio” (la ironía es gratuita). Las fuentes del periódico las puedes consultar aquí.

A continuación, te presento el boletín. Quien lo haya escrito lo hizo con las patas:

Captura de pantalla 2015-11-05 a las 8.50.30 a.m.

  1. Incompetencia: cualquiera que haya redactado boletín no tiene el menor cuidado sintáctico y semántico del (de él) mismo.
  2. Solecismo: “Como cada año, la Secretaría de Turismo del Estado, coloca una ofrenda de muertos en Plaza de Armas…”. ¿La coloca pero no la colocó?
  3. Pobreza léxica: “Con el objetivo de promover esta bella tradición…”, “…generar un atractivo turístico…”. ¿Cual tradición?, ¿es bella?, ¿qué significa generar un atractivo turístico?
  4. Impropiedad: “En este 2015, se dedicó el altar de muertos…”, ¿cuál altar?, ¿pues no se hablaba al principio de ofrenda?, no toda ofrenda es necesariamente un altar.
  5. Cacofonía y pobreza léxica: “…surgieron en redes sociales y el algunos medios de comunicación, algunos comentarios, creando cierta polémica…” Tan abominable como impersonal, ¿los comentarios surgieron creando cierta polémica o crearon polémica porque surgieron?
  6. Modismos y lugares comunes: “Cabe mencionar…”, pues por supuesto que cabe, hasta donde va el boletín no se ha mencionado nada, ¿qué significa “cabe mencionar”?
  7. Impropiedad e idiotismo: “…la Secretaría de Turismo, realizó una investigación histórica y documental…”. Sin palabras.
  8. Pobreza léxica y anfibología: “…misma que fue apoyada…”, ¿quién fue apoyada, la secretaría o la investigación? “…y supervisada por catedráticos e historiadores, tales como el Maestro en Historia, Edgardo Moreno”. ¿Por qué razón se hace referencia a catedráticos e historiadores cuando al final solamente se menciona a un maestro en Historia?
  9. Pleonasmo: “…citamos a continuación la explicación literal…”.
  10. Impropiedad: “…que nos proporcionó el Maestro…”, ¿por qué se escribe maestro con mayúscula?. “respecto al nombre de nuestro homenajeado”, ¿cuál homenajeado?
  11. Ridículo y lo que resulte: el boletín está firmado por Edgardo Moreno.
  12. En el uso de las comas (una perversa elucubración contra los pobres enunciados del vilipendiado boletín) la Secretaría de Turismo del Estado (¿cuál estado?) lleva su lerda penitencia.

La isla de la pasión: la ironía de sobrevivir y servir.

Sobrevivientes de la isla de Clipperton.

¿Cuántos libros han sido capaces de arrancarte al menos una lágrima al término de su lectura? Si tu respuesta ha sido más de uno, siéntete orgulloso de tener en tu haber literario al menos una referencia bibliográfica capaz de detonar con efervescencia estética tus sentimientos. Pero si tu respuesta es ninguno, tal vez puedas inaugurar una nueva gaveta bibliográfica que se titule Textos peripatéticos con “La isla de la pasión” (1989), ópera prima de Laura Restrepo.

Quizás, de pronto, el título padezca un reduccionismo simbólico cercano a la más inmediata frivolidad. Al tratarse de una novela histórica, los anclajes con los elementos geográficos presentes en la obra se explican en la narración: la isla de Clipperton es conocida también como la Isla de la Pasión, un atolón coralino actualmente deshabitado que consta de 6 km de superficie y 8 km de circunferencia. La descripción de Restrepo es construida con una estupenda determinación a partir de rudimentos mínimos de la semántica marítima, apropiadas para la narración y aptas para cualquier lector.

Clipperton es un cronotopo per se tanto desde el ámbito literario como del político. Es probable que la isla esté en disputa entre el gobierno de México y el de Francia, específicamente con la administración de Polinesia.  Clipperton es por momentos espacio simbólico, universo, antagonista, ilusión y realidad. Con su ridícula población de palmeras, Clipperton es el escenario de una determinación famélica en múltiples sentidos que anima a la consternación.

La mano de Porfirió Díaz puso orden ignorando los reclamos franceses y legitimando el control inglés y estadounidense en el atolón para, posteriormente, decretar que la isla le pertenecía a México por herencia. Para signar lo anterior, Díaz mandó a construir un faro que se vinculó con los trabajos previos de la compañía de extracción de guano; y envió una guarnición militar con el objetivo de defender y habitar Clipperton. El capitán Ramón Arnaud y su esposa Alicia será los primeros gobernantes legítimos de este inusual espacio, acompañados por un centenar de personas entre hombres mujeres y niños.

La voz narrativa es un juego armónico entre las voz de la autora en el rol de investigadora y la voz del narrador omnisciente, cuyo grado de participación es manejado con una compleja y evocadora sencillez en distintos escenarios de la acción. La perspectiva de la narración, acaso por momentos predecible, involucra al lector a un espacio sensible de intensas evocaciones históricas y oníricas, sin rayar en la pretensión existencialista. Al tratarse de una novela histórica, este tipo de experiencias se colocan en un plano imaginario arquetípico, solamente posible de ser evocado en Clipperton.

Acaso uno de los momentos de mayor angustia sea la disyuntiva entre sobrevivir y servir a la patria. En el tiempo detenido de Clipperton irónicamente depende del tiempo cosmogónico, del tiempo de la historia misma. La evolución de los personajes es generada por la pasión más que por el nuevo orden mundial. La transformación de los personajes dará cuenta de ello. Tal vez, sin proponérselo, Restrepo nos presenta una representación elocuente del fracaso de la Revolución Mexicana y la situación de México ante el advenimiento de la modernidad industrial. El sobrevivir puede esperar si se trata de defender la patria. El siglo XX será, pues, una paradoja. Como lo ha sido para nuestra historia desde entonces.