La violencia nuestra de cada día

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 673, del Diario de Querétaro del 27 de agosto del 2017.

Al día de hoy el mainstream de nuestra narrativa nacional es la violencia. Libros, películas, series de televisión, obras de teatro, telenovelas, discursos de políticos, canciones… La violencia ha pasado del exotismo a la folclorización llegando a la normalización simbólica hasta nuestros días. Y vaya que es redituable.

Aunque por su estridencia pierde contundencia, lo más deplorable es que la violencia en gran parte de nuestra narrativa ha dejado de ser sutil: se ha descarado con la fuerza comercial del best seller.

No sería descabellado que las editoriales le apostaran a la violencia como género literario, con la etiqueta de género como quien buscaba en los noventa discos de rock alternativo. Pero esa etiqueta, si existiere, debería de tener una nota aclaratoria: se trata de Literatura de Violencia Mexicana.

¿Por qué hablamos de etiquetas? Porque la violencia vende y vende bien. No importa de qué vertiente política o ideológica provenga el autor. La violencia mexicana, como etiqueta genérica, es en tabulador discursivo que ha congregado dentro de sí una colección de clichés para lectores inocentes tal, que cuando uno brinca de un libro/autor a otro, pareciera que estamos leyendo un mismo texto.

Violencia criminal, violencia sexual, violencia verbal (alimentada desde el gatopardismo oportunista), violencia de género (aprovechada por remedos del activismo social): la violencia nuestra de cada día. Si antes los autores recurrían a la literatura fantástica o a su propia imaginación, ahora les basta voltear a ver la realidad, su realidad, esa de la que tanto desdeñan, pero de la que invariablemente se nutren. Basta acudir a la nota roja para esgrimir ideas a partir de los rudimentos que la nota roja arroja.

Más que hablar de representaciones nuestra literatura se ha ocupado de aportar personajes, pero estos personajes, a su vez, son genéricos y, por ende, olvidables. Acaso los que perviven sean basados en su referente real: El Chapo, El Señor de los Cielos, La Reina del Sur…

Básicamente podríamos plantear dos categorías de la violencia literaria. A saber:

  • Las heridas específicas que los personajes se infligen dentro de la obra, unos a otros: tiroteos, puñaladas, ahorcamientos, ahogamientos, envenenamientos.
  • La violencia narrativa que afecta a los personajes, también llamada violencia autoral: la muerte y el sufrimiento que los autores introducen para favorecer el argumento o por la correspondencia con el tema, y cuya responsabilidad recae en el autor mas no en el personaje.

La violencia en la literatura puede ser simbólica, temática, bíblica, shakespereana (muy superior a Game of Thrones, por cierto), romántica, alegórica, trascendente. En contraste, la violencia en nuestra vida cotidiana es manifiesta, concreta, contundente. Las mentadas de madre en el tráfico ya inclemente de los días pico (atrás quedaron las vilipendiadas horas pico), los amagos, los golpes en una riña, se remiten a una mera agresión. Los asesinatos en nuestra entidad corresponden a un tema sociológico-antropológico-jurídico. La violencia en la literatura se remite a algo más.

En la literatura, la violencia es un concepto que se vuelca en el argumento y se ejecuta a través de los personajes. No obstante, de manera muy recurrente la violencia se ha decantado por competir inútilmente con el mundo real. La línea simbólica entre la realidad real y la realidad ficcional se están confundiendo no a favor de la literatura, sino a favor de la violencia como fenómeno en sí. Algunos autores deberían pagar regalías a víctimas y sicarios de lo que se está narrando.

Porque nuestros discursos y recursos narrativos, sean literarios, cinematográficos o televisivos, le han otorgado a la violencia la cualidad de ser fin, pero no medio. De a poco y al compás de las circunstancias, hemos renunciado a nuestra ingenuidad queretana ante el tema de la violencia con el toque de la delincuencia organizada. Antes nos sorprendíamos, ahora estamos buscando la manera de aquilatarlo. Pero en la violencia de la narrativa nos ofrece la posibilidad de encontrarnos en aquello de lo que estamos huyendo.

La muerte normalizada pierde solemnidad y gana en contenido gráfico y explícito. La muerte sin fin (valga el guiño intertextual) se ha vuelto accesible, populachera, ligera, sin resonancia, es la muerte por sí misma. ¿Acaso será por eso que, en las nuevas narrativas, específicamente en los escritores de menos de 40 años, la muerte por sí carece de densidad?

La literatura se está arrodillando al hecho real, en claro desprecio al hecho literario. ¿Qué ocurre por debajo de la violencia? En la realidad real, la violencia es sintomática de la corrupción, la delincuencia organizada, el narcotráfico, entre otros referentes. En la literatura, sin considerar la propuesta irrenunciable del género negro, por debajo de la violencia hay más violencia, en plena defenestración de cualquier intención artística. Se nos ha olvidado que la violencia es una acción simbólica, más allá que escenas de descabezados, violaciones tumultuarias, masacrados.

La literatura de la violencia por sí se asume como irreverente, con claridad, defienden algunos reseñistas aduladores. En la fútil competencia entre realidad y ficción el autor siempre va detrás, aunque la realidad nos presente lo contrario. De los autores mexicanos más vendidos, un grupo nutrido escribe con claridad a partir y para la violencia. Como Camus, pienso que los que escriben con claridad y sin el artificio de la sutileza siempre tendrán lectores; los que escriben oscuramente tendrán un puñado de comentaristas.

El lector no debería de pecar de ingenuo ante la realidad cotidiana ni ante la violencia narrada. El éxito de Game of Thrones, sustentado a lo largo de siete temporadas, radica en la conjugación de los grandes temas: muerte, amor y, sobre todo, poder. La violencia, estrictamente gráfica y ejecutada con estridencia, funciona como un medio de dichos temas, en un universo narrativo literario debajo del cual subyace algo más profundo, no la violencia en sí y para sí.

Hoy, la violencia es nuestro tema redituable. Muchos autores y empresas culturales lo saben, como el Teatro en Corto o Micro Teatro México, por citar un ejemplo. Mañana será la pornografía o algún otro y habrá siempre lectores y espectadores para consumir estridencias.

La violencia vende y muchos autores esperan que la violencia siga dando de sí.

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Ready Player One

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 672, del Diario de Querétaro del 20 de agosto del 2017.

Insert coin

Estamos en el año 2044, el mundo y su realidad, tal y como lo conocemos, y a pesar de los postulados progresistas, es un lugar deplorable. Wade Watts es un adolescente que, para sentirse realmente vivo, es cuando ingresa a la plataforma de realidad virtual denominada OASIS, en donde prácticamente vive una vida paralela.

Wade dedica su vida paralela a estudiar los rompecabezas ocultos en los confines digitales de este mundo virtual, rompecabezas ideados por James Halliday, creador de OASIS, un personaje virtual (su nombre en OASIS es Anorak) fallecido hace tiempo, pero que en vida se obsesionó con la cultura pop de décadas pasadas; Halliday promete poder y fortuna a quien pueda desbloquear los acertijos de OASIS.

Han pasado cinco años y no hay ninguna noticia acerca de los rompecabezas. De hecho, parece ser que a la población total de OASIS se les ha olvidado el desafío de Anorak. Cuando Wade (Parzival es el nombre de su avatar en la plataforma) tropieza de manera circunstancial con la primera pista la fascinación por resolver los rompecabezas se reactiva. Wade se ve acosado por jugadores novatos y expertos, y por acérrimos rivales dispuestos a matarlo para conseguir la cuantiosa fortuna que hay como recompensa. La carrera está en marcha: si Wade quiere sobrevivir, tendrá que ganar y enfrentar el mundo real que siempre ha estado tan desesperado por escapar.

El pasado mes de julio, Steven Spielberg anunció que se encargaría de llevar al cine a Ready Player One (Random House, 2011) la primera novela de Ernest Cline, novelista estadunidense autor también de Armada (Crown Publishing, 2015). El libro se ha convertido en un éxito de ventas y ha propiciado un movimiento subcultural que ha elevado a escritor de culto.

El libro es quizá la suma simbólica de toda una generación. Los del rango de edad de entre 30 y 40 años (kidult, rejuvenile o adultescent, cultural y comercialmente distinto al ‘chavorruco’ que se ha esparcido en México con connotación peyorativa o burlesca) seguramente se sentirán en un paraíso referencial, cada capítulo es un malvavisco. Es una novela de Ciencia Ficción que, a través de OASIS, estructura realidad distópica en modalidad Video Juego de Rol Multijugador en Línea (MMORPG). Esta distopía es el vaso comunicante en donde convergen múltiples hipervínculos metarreferenciales a través de la cual se va abriendo paso Wade. El lector toma el rol del jugador y controla el avatar de Wade/Parzival a modo de personaje. Aunque es posible que, como testaferros de la cultura popular de las últimas cuatro décadas, podamos encontrar y distinguir innumerables patrones narrativos, es precisamente esta la mayor virtud de la obra: Calabozos y Dragones (Acererak, el presonaje macabro del juego de mesa, pero que también recuerda a la serie animada de televisión), Joust (el juego de caballeros montados en avestruces siendo parte de una justa), Leopardon y su aparición con los Spider-Friends, Blacktiger (videojuego de Capcom), Gigante de Acero, Mazinger Z (su nombre real en Japón es Tranzor Z) y su versión femenina Minerva X, Godzilla, Jet Jaguar y por supuesto Ultraman, Gundam Series, Giant Robo, Gigantor, Macross Series (en México lo recordamos con a la máquina Voight-Kampff y Blade Runner,  Max Headroom con su peinado perfecto y su tartamudedo hilarante, Capitán Crunch (sí, el capitán del cereal), Volver al Futuro (un homenaje conmovedor al DeLorean), Tron…

Acaso la imagen metarreferencial más emblemática, sobre todo para los amantes del Rock Progresivo, es la aparición de 2112 (The Island Def Jam Music Group, 1976). Esto lo dejo como un referente para que tú, Caro Lector, abras la puerta del disco y te deleites.

Para los lectores no familiarizados con este marco referencial, Ready Player One aportará una narrativa interesante, trepidante, confeccionada a partir de patrones narrativos altamente referenciales insertos en la noción de las narrativas de acción y aventuras tanto en el cine como en la literatura contemporánea. Es decir, nos aporta una lectura sencilla de verano, propicia tanto para adolescentes y adultos que gusten de una buena historia sin mayores pretensiones.

Tras la advertencia, no es difícil sospechar que el libro fue hecho ipso facto para llevarse al cine. Las múltiples referencias a iconos de la cultura popular siguen alimentando al bastión todavía redituable que significa la nostalgia hacia la década de los años ochenta y noventa y sobre el que se sigue sosteniendo el capital simbólico de las generaciones actuales, allende las denominaciones cronológicas a las que se refiera.

Asimismo, se cuenta con el patrón irrenunciable de una historia de amor adolescente. Un amor que se presenta como imposible pero altamente previsible no tanto por su circunstancia narrativa, sino por su estridente retroalimentación hacia amores de narraciones pasadas.

En 1997, quien esto escribe vaticinó que Harry Potter se convertiría en un referente multicultural de la generación de la primera década del siglo XXI. Con el mismo donaire, y no sin riesgos, Ready Player One integrará a las postrimerías de lo que solemos llamar Generación X.

La suma referencial de nuestra cultura encuentra en Ready Player One un reducto satisfactorio, un regalo de navidad o de reyes que nos invita a salir a jugar con nuestros amigos. A la par del personaje, el lector cautivo se encontrará ante un tributo simbólico de su nostalgia: un pequeño homenaje a los que fuimos niños de familias disfuncionales en entornos de violencia intrafamiliar que encontramos en la cultura popular el reducto para no sucumbir a la circunstancia del cambio generacional que nos ha tomado por sorpresa en eso que llamamos adultez.

Game over.

Ante todo no hagas daño

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 671, del Diario de Querétaro del 13 de agosto del 2017.

Escucho en la radio los promocionales de la Secretaría de Salud, específicamente los que aluden al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). En el 2012 –refiere el spot– el IMSS se encontraba en la quiebra. Hoy la situación es diferente, a grado tal que se ha invertido en siete proyectos de infraestructura de servicios médicos a nivel nacional. Incluso, el propio director general del IMSS, Mikel Arriola, presume que la institución ha reportado un superávit por 6400 millones de pesos, que garantizan la viabilidad del seguro social hasta el 2020.

Respecto a la atención de urgencias, se habla de que ahora se atienden primero los casos de mayor gravedad a diferencia de la atención por orden de llegada de los pacientes.

De acuerdo a la Encuesta Nacional de Satisfacción a Derechohabientes Usuarios de Servicios Médicos del IMSS correspondiente a junio del 2017, a nivel nacional 83% de los usuarios están satisfechos o muy satisfechos con la atención médica que reciben. En 25 delegaciones, más del 80% de los usuarios están muy satisfechos o satisfechos con la atención médica que reciben. Sinaloa es la unidad médica que reporta un porcentaje de 91% mientras que Campeche registra un 74%. Querétaro presenta un 79%, cerca de la media, en los niveles de satisfacción.

En 15 unidades médicas de alta especialidad (UMAE), más del 90% de los pacientes están satisfechos o muy satisfechos con la atención recibida. Querétaro no cuenta con UMAE, lo que explica la notable frecuencia de pacientes que tienen que atenderse en el hospital Siglo XXI.

No obstante, Arriola señala que aún hay asuntos pendientes: mejorar la reducción en tiempos de atención, específicamente en el área de urgencias; mejorar la limpieza de las unidades médicas, especialmente de los baños; así como mejorar los tiempos en la realización de los trámites que, en su gran mayoría, y a pesar del incremento de la usabilidad de plataformas digitales, se deben de realizar de manera presencial.

Hacia el final de su exitosa carrera como neurocirujano, Henry Marsh (Oxford, 1950) decidió escribir sus memorias a manera de testimonios, en un estilo que nos recuerda los textos interesantes y evocadores de Oliver Sacks.

Más que una antología de vanaglorias, con la efusividad propia de quien se asume como héroe, Marsh nos presenta una colección de testimonios narrados desde una intensa honestidad médica, tomando distancia del melodrama maniqueo que encuentra en el sector salud un bastión susceptible. No es un libro de superación personal ni una autobiografía insufrible número uno en ventas.

Para Marsh, hay cosas peores que la muerte. Por ejemplo, quedar permanentemente postrado a una cama, conectado a dispositivos electrónicos que obstinadamente nos mantienen vivos, a causa de un derrame cerebral: vivir como vegetal. Desde su elocuente objetividad, ésta es quizás una de las afirmaciones más agudas que encontrará el lector. La noción de vida desde el punto de vista de uno de los neurocirujanos más importantes de Inglaterra (¡y del mundo!) quizás podría arrojar luz ante nuestra anquilosada terquedad por mantener vivos a nuestros seres queridos que padecen afectaciones críticas a su salud.

Del mismo modo, saber cuándo sí y cuándo no operar es quizás igual de importante que saber operar. Aunque los avances de la ciencia y de la burocracia médica aportan pronósticos más optimistas en cuanto al resultado de la operación y a los procedimientos de protección legal al paciente, respectivamente, la decisión de la operación recae en el paciente o, en determinados casos, en sus familias. Y eso se presenta tanto en Inglaterra, Nepal, Ucrania (otros de los escenarios de las memorias de Marsh) como en nuestro país.

¿Qué es lo más difícil de aprender en la ciencia médica, específicamente en la neurocirugía? Marsh señala que definitivamente es la adquisición de la experiencia. Al lado de los éxitos médicos y de las intervenciones quirúrgicas exitosas, caminan los fracasos propios del trabajo médico. Todo doctor lleva consigo un cementerio, afirma Marsh.

En contraparte, la ética profesional (de hecho, el título es tomado de la primera enmienda del juramento hipocrático) está constantemente en el filo: cuando la intervención es exitosa, el médico recibe el nombramiento de héroe; cuando la intervención fracasa y éste hecho provoca la muerte del paciente, el médico es tratado como un criminal, sobre todo si el fracaso se debió a un error humano, a una decisión errónea.

Tanto en Inglaterra como en nuestro país, la atención sigue siendo el principal desafío de los servicios médicos. Sin ser determinista, creo que esto a todos nos consta. ¿Qué pensaría Marsh si caminara por la sección de camillas del área de Urgencias del Hospital Regonal número 1 de Querétaro? Aunque esto parezca al principio una imposibilidad (Marsh participó como autor en el Hay Festival de Cartagena el pasado mes de enero, pero lamentablemente no aparece en la lista de autores del Hay Querétaro para este año) los testimonios de Marsh no son tan distintos a nuestra realidad. Las implementaciones burocráticas, la importancia de la colaboración profesional entre colegas, la atención al paciente y la inversión en hospitales por parte de los gobiernos serán asuntos de atención permanente.

A decir de Marsh, “La neurocirugía consiste en el tratamiento quirúrgico de pacientes con enfermedades y lesiones del cerebro y la columna vertebral. Se trata de problemas poco frecuentes y, por tanto, el número de neurocirujanos y de departamentos de Neurocirugía, si se compara con otras especialidades médicas, es pequeño” (27).

Ante todo no hagas daño es el conjunto de memorias de un neurocirujano exitoso a lo largo de cuarenta años de carrera. De un profesional de la salud que se traslada a su trabajo en bicicleta, que se encuentra viviendo su segundo matrimonio porque, debido al tipo de profesión que ejerce, su primera experiencia fracasó.

¿Qué pasaría por su mente, caro lector, cuando un médico le avisa que le acaban de diagnosticar un pineocitoma, es decir, un tumor de la glándula plineal? ¿Qué decisión tomaría si su neurocirujano le avisara que, a pesar de la operación, solamente le restan, a lo sumo, tres meses de vida?

Sin ser un pasquín de superación personal, nos encontramos ante un libro imprescindible que ocupará un espacio digno en las gavetas de nuestra vida literaria.

Patria.

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 670, del Diario de Querétaro del 6 de agosto del 2017.

“El nacionalismo es el veneno de la historia moderna. No hay nada más brutalmente absurdo que la disposición de los seres humanos a incinerarse o matarse unos a otros en nombre de la nacionalidad o bajo el pueril hechizo de una bandera” afirma George Steiner.

Y continúa: “La ciudadanía es un acuerdo bilateral que está o debería de estar sometido siempre a examen crítico y, de ser necesario, a derogación. Por ninguna ciudad vale la pena cometer una gran injusticia, una gran falsedad”.

Lo anterior lo destaco de George Steiner en The New Yorker (Siruela, 2009), cuyos extractos pertenecen al texto titulado “El erudito traidor (sobre Anthony Blunt)”, que trata sobre el tristemente célebre crítico de arte inglés procesado y degradado de su nombramiento como caballero al comprobarse su participación como espía al servicio de la KGB, hacia la mitad de los años ochenta.

Steiner siempre vendrá a cuento. Más en nuestro tiempo presente en donde la noción de nacionalismo está sobrevalorada más por el rústico afán político-partidista que por una clara convicción dirigida hacia el consenso. Al momento de escribir esto, en Venezuela faltan algunas horas para la instalación de la Asamblea Constituyente orquestada por Nicolás Maduro y avalada por una carretada imaginaria y opaca de más de ocho millones de votos. Al momento de escribir esto, es noticia la riña en Twitter entre Nicolás Maduro y Luis Videgaray, incinerándose ante el mundo en ataque y defensa de Enrique Peña Nieto, respectivamente.

En pleno siglo XXI, la única certeza de nación que tenemos es que somos una fragmentación.

Aunque Patria (TusQuets, 2016) de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) se narre desde el contexto del conflicto separatista español, y contextos aparte, bajo ninguna circunstancia nos puede resultar ajeno.

El libro tiene la intención de que las generaciones venideras sepan qué pasó, “que lo sepan a partir de algunas versiones literarias, cinematográficas, fotográficas o historiográficas que no justifiquen el terrorismo y que no blanqueen a la historia. Si esto ocurre, se habrá producido la derrota cultural de ETA. Y yo estoy comprometido con esta derrota”.

En octubre del 2002, el crítico literario Fernando García Ramírez señaló en su artículo titulado “Cómplices del terror”[1] que el periódico La Jornada firmó en enero de ese año un acuerdo para colaborar en proyectos informativos con el periódico Gara, periódico del brazo político del grupo separatista terrorista ETA. A partir del acuerdo, para referirse al grupo terrorista en los contenidos de La Jornada utilizaban los eufemismos “Organización Independentista” y “Organización Separatista”. Nunca se refirieron a ETA como grupo terrorista.

Aunque en el 2004, La Jornada en voz de su directora, Carmen Lira Saade, anunciaba que el diario repudiaba sin ambages “el terrorismo y la violencia asesina de ETA”, Fernando García Ramírez y la revista Letras Libres fueron demandados por daño moral a La Jornada. García Ramírez fungía hasta hace un mes del presente como director editorial de la revista.

ETA (cuyas siglas significan País Vaco y Libertad) es una organización terrorista nacionalista vasca que se proclama independentista, abertzale (de izquierda), socialista y revolucionaria. Actualmente está inactiva tras el anuncio del cese de su actividad armada en 2011. Desde la creación de la primera ETA han existido diferentes organizaciones con el mismo nombre surgidas como resultado de diversas escisiones, coexistiendo en varias ocasiones organizaciones diferentes que respondían a las mismas siglas.

Está inactiva pero no ha desaparecido.

Patria narra la situación que enfrentan dos familias ante un atentado que involucra a un miembro de cada familia. Aquel día en que ETA anuncia que abandona las armas, Bittori camina al cementerio para visitar al Txato (en español lo pronunciamos chato), su marido asesinado por uno de los miembros activos de ETA. Esta es la primera acción que ha emprendido Bittori; la segunda será regresar a su casa en donde vivieron hasta el día del atentado, a la comunidad que ante las amenazas de ETA guardó un silencio cómplice, por miedo, por resignación o por simpatía con el grupo separatista.

El inicio del libro no podría ser mejor. Desde la entrada, el estilo se antoja evocador, provocativo, refinado, con una construcción narrativa del tipo artesanal y, sobre todo, sutil: “Ahí va la pobre, a romperse en él. Lo mismo que se rompe una ola en las rocas. Un poco de espuma y adiós. ¿No ve que ni siquiera se toma la molestia de abrirle la puerta? Sometida, más que sometida”.

La voz del narrador se intercala de súbito con la de los personajes. El narrador es una consecuencia de algo que se tiene que contar. In media res, Aramburu de inmediato nos invita a la intimidad de las dos familias, a la de Bittori y el Txato, en el principio. Esta invitación toma distancia del morbo oportunista al que podría acudir el lector de los autores monotemáticos que se enarbolan ora en el narco ora en la violencia de nuestro México. Del mismo modo, Patria queda lejos de la filia política, del guiño demagógico no menos oportunista al estilo de Fabrizio Mejía Madrid. Porque el maniqueísmo vende, pero la verdadera literatura trasciende. ¿Acaso será por ello que Patria incita algo más que una mera experiencia estética literaria?

Patria es un fenómeno social por su pertinencia. Se eleva a esta categoría al tono de la voz de los protagonistas cuyas voces funcionan en un virtuoso contrapunto narrativo y descriptivo. Personajes intensos y penetrantes en la conciencia del lector que dan cuenta de una vida marcada por el atentado. Una historia familiar que se ve coartada por el asesinato del Txato, esposo, padre, empresario del transporte, amigo del barrio. De Bittori, esposa del Txato, mujer que recién ingresa a la tercera edad con sus resignaciones y aspavientos, con sus traumas y resentimientos, pero, aunque parezca imposible, sin rencores. ¿Quién asesinó al Txato?, ¿podrá saber Bittori quién fue el encapuchado que un día lluvioso mató al Txato, cuando volvía de su empresa?

Llega a escondidas, pero la presencia de Bittori es más que evidente. La falsa tranquilidad del pueblo se ve trastocada, sobre todo de su vecina Miren, amiga íntima en otro tiempo, y madre de Joxe Mari, un terrorista encarcelado y sospechoso de los peores temores de Bittori. ¿Qué pasó entre esas dos mujeres? ¿Qué ha envenenado la vida de estas dos familias?

El perdón y el olvido no son necesariamente excluyentes, pero ante la imposibilidad de asimilar nuestro tiempo perdonar se antoja irreverente y olvidamos solo lo que nos conviene. Más que un problema de nacionalidad, de Patria, se trata de una cuestión de dignidad. Y Aramburu nos invita a ser parte de ello en tiempos donde la demagogia, la dictadura, la xenofobia y el terrorismo se resisten a existir.

[1] Disponible en http://www.letraslibres.com/mexico-espana/complices-del-terror

Dunkerque

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 669, del Diario de Querétaro del 30 de julio del 2017.

“Un tiempo, en mayo de 2016, me hallaba a la entrada del espigón de Dunkerque, muy cerca de donde el capitán Tennat había instalado su puesto de mando. Al mirar a mi alrededor podía ver tramos de la playa atestados de soldados. Había buques de guerra anclados adentro y un barco hospital blanco, claramente señalizado por cruces rojas, atracado al final del espigón. Un humo negro se agitaba a lo lejos, y del paseo marítimo había desaparecido todo rastro de las últimas décadas del siglo XX. Así debía ser Dunkerque a finales de mayo de 1940”.

El párrafo anterior es parte del prefacio con el que abre Dunkerque (2017, Harper Collins) del escritor inglés Joshua Levine, autor también del libro Forgotten voices of the Somme: The most devastating battle of the great war in the words of those who survived (2006, Ebury Press) y de otras obras de ficción histórica documental que han sido adaptadas a la televisión.

El productor, guionista y director Christopher Nolan (Westminster, 1970) se encuentra en el momento cumbre de su carrera. Desde diciembre del 2015, la Warner Bros. había confirmado que la próxima película escrita y dirigida por Nolan estaría inspirada en hechos que se sucedieron en la Segunda Guerra Mundial, específicamente en la Operación Dínamo, que dio lugar al llamado Milagro de Dunkerque. Nolan se había adjudicado el desafío de llevar al cine el Dunkerque de Levine.

Dunkerque es una ciudad portuaria situada al norte de Francia, situado en el Departamento del Norte, en la región de la Alta Francia, a sólo 10 km de la frontera con Bélgica. En 1940, esta pintoresca ciudad fue escenario de la Operación Dínamo, la evacuación hacia Gran Bretaña de más de 330.000 soldados franceses y británicos, estos últimos pertenecientes a la Fuerza Expedicionaria Británica, ante el avance alemán.

De la película Dunkerque (Nolan, 2017) se ha hablado mucho en las últimas semanas. Incluso es posible escuchar publicidad en la radio nacional. Su estreno mundial fue el pasado 21 de julio, aunque a salas queretanas llegó desde el jueves 27. El afamado crítico de cine Peter Travers ha sugerido la posibilidad de que Dunkerque sea la mejor película bélica de todos los tiempos. Quizás no esté equivocado.

No sé si por tradición o convencionalismo, generalmente los grandes relatos bélicos se extienden alrededor de tres horas de duración. En contraste, Dunkerque tiene solamente 106 minutos de duración. El manejo virtuoso del tiempo por parte de Nolan hacen que la película mantenga al espectador en un estado de constante atención a través de la mirada de los tres relatos que se entrecruzan sin ninguna pretensión efectista.

El relato del soldado Tommy (Fionn Whitehead) desde la playa en donde aguardan los soldados con impaciencia, nos presenta lo ocurrido en el lapso de una semana. La referencia insorteable a Rescatando al soldado Ryan (1998) de Steven Spielberg subyace en la memoria del espectador, pero la carnicería gráfica que se presenta en los primeros minutos contrasta con la propuesta estética de Nolan, quien coloca al espectador de frente con la angustia y desesperación de los soldados ingleses y franceses quienes, impertérritos, aguardan la posibilidad del milagro de su rescate. Acaso por esta razón, Dunkerque tenga la clasificación de audiencias PG13 (algunos materiales pueden ser inapropiados para niños menores de 13 años) al contrario de la película de Spielberg que tuvo clasificación R (Niños menores de 17 años requieren acompañamientos de padres o tutor).

El relato desde la perspectiva de Mr. Dawson (un Mark Rylance soberbio), su hijo Peter (Tom Glynn-Carney) y el amigo de éste, George (Barry Keoghan), quienes a bordo de una pequeña embarcación pesquera se lanzan al rescate de las tropas aliadas, ante la imposibilidad de que las grandes embarcaciones inglesas y francesas se acerquen a la playa so pena de quedar encalladas. Este relato nos presenta lo que acontece en un día, desde que salen del muelle antes de la requisición de la embarcación, hasta que culmina el rescate en tierra firme.

El relato en el aire desde la perspectiva del piloto aliado Farrier, interpretado con magistral sutileza por parte de Tom Hardy, quien se ha consolidado como un actor irreverentemente sólido, nos cuenta lo acontecido en una hora. Una trepidante cacería del piloto aliado que, con uso portentoso de la cámara y sin el abuso de la digitalización de imágenes, nos recuerdan que la tecnología está al servicio del relato cinematográfico, nunca a la inversa. Ante la presentación maravillosa de la secuencia de imágenes, es nefasto y triste que nuestra ciudad aún no cuente con salas equipadas con pantallas Imax.

Los tres relatos se entrecruzan, pero no se mezclan porque en el cine no se planea sobre las rodillas. Nolan está al servicio del arte. Desde el punto de vista dramático nos concede una visión histórica que recupera la importancia del rescate en Dunkerque. A partir de la derrota, un despliegue que podría haber sido considerado como fracaso, se gestó un triunfo moral y humano en torno a las tropas. La visión de los caídos nunca había significado una retribución para nuestra noción de lucha y libertad, tan urgente en estos tiempos de remedos de dictador y mesías pintorescos.

Dunkerque es el triunfo de nuestra convicción desde el dolor y el sufrimiento. Para narrarlo se requirió de personas reales dentro de un proyecto real, no de personas digitales anónimas en el proyecto de un solo hombre. Para las secuencias de batalla naval, Nolan decidió utilizar destructores navales reales, siguiendo su propia tradición. 62 buques de guerra colaron el mar durante la filmación. Utilizó 1500 extras, una grúa y un avión tipo Spitfire para recrear la Operación Dínamo.

Esta es la primera película de Nolan que se basa en hechos históricos, su primera película bélica, y también la primera en no contar con la actuación de Michael Cane, al menos desde Insomnia (2002). Por su trabajo, Christopher Nolan recibió un sueldo de 20 millones de dólares más el 20% de lo que se recaude en taquilla, el mayor reparto económico para cualquier director desde que Peter Jackson recibió la misma cantidad con su aburridísma King Kong (2005).

La participación de Harry Styles (sí, el cantante adolescente exintegrante del desaparecido grupo One Direction) pasa desapercibida. A pesar de su pequeña participación, Styles muestra dotes actorales suficientes para acallar el grito de fanáticas adolecentes a media película.

La carrera por los Oscars ha comenzado. Dunkerque se llevará mejor película, mejor dirección (Nolan no ha recibido este galardón), mejor partitura original (la música de Hans Zimmer es excelsa, como en los trabajos anteriores al lado de Nolan: la trilogía de El Caballero de la Noche, El Origen (2010) e Interestelar (2014), con motivos de cuerdas latentes que acompañan el discurso con un segundero musical implacable), y quizás hasta mejor diseño de producción.

A las personas comunes y corrientes sí nos gustan las cosas planeadas y bien hechas. Tenemos tanto que aprender del cine.

Querida Ijeawele, cómo educar en el Feminismo.

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 668, del Diario de Querétaro del 23 de julio del 2017.

Es lamentable que todavía debamos que hablar de feminismo, que en pleno siglo XII tengamos la necesidad de generar un movimiento heterogéneo que tenga como objetivo la emancipación femenina y la consecuente vindicación de sus derechos. Más lamentable tener que defenderlo ante prejuicios que se gestan en la inercia estridente del feminismo light y de los apocalípticos herméticos que se enarbolan como monolíticos defensores del género natural, como ellos lo llaman.

El voto femenino, la igualdad ante la ley, los derechos reproductivos… son cambios que se han ido incorporando de manera paulatina, al ritmo de una secularización que se ha dosificado de forma desigual, con la parsimonia de nuestra tradición, muy a pesar de nuestra hipocresía.

Es de suponer que para una simple transacción de compra y venta lo que más importa es la transacción en sí, más allá de quién compre o quien venda (salvo en el caso de las drogas legales y demás asuntos que abarque nuestro criterio). No obstante, no es extraño encontrarnos con establecimientos que en su entrada portan con extrañeza el siguiente letrero: “En este establecimiento no se discrimina por motivos de raza, religión, orientación sexual, condición física y económica, ni por ningún otro motivo. El letrero obedece más a una obcecación hipócrita que a una regulación pragmática”. Alguien en el poder considera que es necesario recordarnos no discriminar.

Pero pasan los años y seguimos discriminando. Mi generación es la misma estupidez que las generaciones anteriores, con la diferencia de que ahora podemos ventilar nuestras miserias en Facebook. Es una fortuna que existan las minorías, ese bastión inagotable de estereotipos, éstas nos garantizan que el imponer nuestro rol de rescatador/activista/héroe se traduzca en réditos para nuestra devaluada superioridad moral sin sacrificar nuestros rasgos narcisistas a partir de la santificación del pueblo pobre y bueno, a costa del mismo pueblo pobre y bueno. La filantropía es anónima, pero la anonimia no da fama ni medallas como sí las da el feminismo light… ¡La filantropía anónima no redunda en fotos pa’l Facebook!

Chimamanda Ngozi Adichie (Abba, Enugu, 15 de septiembre de 1977) es una escritora, novelista y dramaturga feminista nigeriana. Hija de una familia acomodada, gracias al trabajo de sus padres, a los 19 años se trasladó a Estados Unidos para estudiar Comunicación y Ciencias Políticas en la Universidad Drexel, en Filadelfia. Posteriormente realizó estudios en la Universidad Estatal del Este de Connecticut, en la Universidad John Hopkins, en Baltimore, y en Yale.

En el 2015, una amiga de la infancia le preguntó cómo criar a su hija para que fuera feminista. “No sé”, fue el primer pensamiento de Chimamanda, le pareció una tarea demasiado grande. Para responder a la petición de su amiga, Chimamanda decidió escribirle una carta, sincera y práctica, al tiempo que sirviera como un mapa del pensamiento feminista de la autora. El resultado fue Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo, (Penguin Random House, 2017).

El feminismo comienza en el espíritu comunitario de las familias, en la microhistoria que se genera en cada hogar. A través de quince consejos, la autora reivindica la importancia de la formación de nuestros hijos en la igualdad y el respeto, el amor por los orígenes y la cultura. El libro es una carta abierta para rechazar estereotipos, a abrazar el fracaso y a luchar por una sociedad más justa.

A continuación, se presenta el sumario breve de los quince consejos:

Primera sugerencia.

Sé una persona plena. La maternidad es un don maravilloso, pero no te definas únicamente por ella […] Nunca te disculpes por trabajar. Te gusta lo que haces, y que te guste lo que haces es un regalo fantástico para tus hijos […] Ni siquiera tiene que gustarte tu trabajo, basta que te guste lo que el trabajo hace por ti: la confianza y plenitud que se derivan de trabajar y ganarse la vida.

Segunda sugerencia.

Háganlo juntos. ¿Recuerdas que en primaria aprendimos que el verbo es una palabra de “acción”. Pues bien, un padre es tan verbo como la madre.

Tercera sugerencia.

Enséñale a tu hija que los “roles de género” son una solemne tontería. No le digas nunca que debe hacer algo o dejar de hacerlo “porque es niña”.

“Porque eres una niña” nunca es una razón para nada. Nunca […] Saber cocinar no es un conocimiento preinstalado en la vagina. A cocinar se aprende.

Cuarta sugerencia.

Cuidado con el peligro de lo que yo llamo Feminismo Light. Es la idea de la igualdad femenina condicional. Recházala de plano, por favor. Es una idea vacua, fallida y tranquilizadora. Ser feminista es como estar embarazada. Lo estás o no lo estás. O crees en la plena igualdad entre hombres y mujeres o no.

Quinta sugerencia.

Enseña a Chizalum a leer. Enséñale el amor por los libros. La mejor manera de hacerlo es mediante el ejemplo. Si te ve leyendo, comprenderá que leer es valioso.

Sexta sugerencia.

Enséñale a cuestionar el lenguaje. El lenguaje es el depositario de nuestros prejuicios, creencias y presunciones. Pero para enseñarlo tendrás que cuestionar tu lenguaje.

Séptima sugerencia.

Jamás hables del matrimonio como un logro. Encuentra maneras de aclararle que el matrimonio no es un logro ni algo a lo que deba aspirar. Un matrimonio puede ser felis o desgraciado, pero no un logro.

Octava sugerencia.

Enséñale a rechazar la obligación de gustar. Su trabajo no es ser deseable, su trabajo es realizarse en un ser sincero y consciente de la humanidad del resto de la gente.

Novena sugerencia.

Dale a Chizalum un sentido de identidad. Importa.

Décima sugerencia.

Fíjate en cómo tratas el tema de su apariencia. Anímala a practicar deporte. Enséñale a ser activa físicamente.

Undécima sugerencia.

Enséñale a cuestionarse en uso selectivo que hace nuestra cultura de la biología como “razón” para las normas sociales.

Duodécima sugerencia.

Háblale de sexo y empieza pronto. Probablemente te resultará embarazoso, pero es necesario.

Decimotercera sugerencia.

Llegará el amor, así que asúmelo.

Escribo esto suponiendo que Chizalum es heterosexual: obviamente, podría no serlo. Pero lo supongo porque entonces me siento más capacitada para hablar.

Decimocuarta sugerencia.

Al enseñarle sobre la opresión, ten cuidado de no convertir a los oprimidos en santos. La santidad no es prerrequisito de la dignidad. La gente mentirosa y cruel también son seres humanos, y también merecen ser tratados con dignidad.

Decimoquinta sugerencia.

Háblale sobre la diferencia. Convierte la diferencia en habitual. Haz normal la diferencia. Enséñale a que valore la diferencia […] Porque la diferencia es la realidad de nuestro mundo. Y al enseñársela, estás equipándola para sobrevivir en un mundo diverso.

 

Temporada de huracanes.

Imágenes integradas 1

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 667, del Diario de Querétaro del 16 de julio del 2017.

Mi interés por las letras de Fernanda Melchor se remonta a sus artículos periodísticos y su blog. Aún no leo Falsa liebre y todavía no se puede conseguir Aquí no es Miami. Ya en su blog, Melchor había advertido de la próxima aparición de su novela y desde ahí surgió mi interés y emoción.

A pesar de haber aparecido en mayo de este año, de Temporada de huracanes (Random House, 2017) se ha escrito mucho. Salvo poquísimas opiniones discrepantes, al parecer el más reciente libro de Melchor puede presumir cierta unanimidad en cuanto a reseñas se refiere, muchas más cercanas a recomendaciones que a reseñas propiamente críticas. No los culpo, el libro es una imperdible oportunidad para extraviarse en lo literario.

Nos encontramos ante un hecho puntual relativamente sencillo de advertir: el cadáver de una persona es hallado por un grupo de niños. Las sospechas señalan a un grupo de adolescentes quienes, desde su punto de vista, se encargarán de contarnos su propia versión de la historia.

Desde el principio, el libro se yergue con la potencia de una catedral narrativa. El estilo literario elegido por la autora para dotar de voz a los personajes le atribuye a la narración una intensidad simbólica multirreferencial y con voraz celeridad.

En el epicentro de este huracán narrativo (acaso la concesión referencial es mera interpretación) se yergue el personaje de La Bruja, símbolo arraigadísimo en nuestra mitología tradicional que ya de por sí cobra relevancia en el texto. No obstante, la imagen sui generis de la Bruja de Fernanda Melchor irrumpe con violencia desde un ícono visceral e hiperrealista, tomando distancia inmediatamente a lo que se ha dicho de la bruja como ícono.

La Bruja hilvana en torno de sí la historia de los personajes y su propia historia. Unidos por la miseria, la desgracia, la violencia y la circunstancia, La Bruja potencia y fecunda los designios del espacio narrativo más allá de una mera declaración de circunstancias a partir de los personajes testigos, aunque la propia muerte de la Bruja sea parte de la consecuencia.

En este sentido, considerando la muerte de la Bruja como el elemento detonador, no es novedad afirmar que la nota roja siempre ha nutrido a la literatura. En Melchor, la influencia del periodismo narrativo se ostenta con una prosodia magistral que por instantes llega a rozar el virtuosismo: Fernanda Melchor es una de las mejores narradoras de la actualidad muy por encima de sus contemporáneos. Pero hay algo más.

No pocas veces hemos afirmado en este espacio que la mejor literatura que se hace en este país está escrita por mujeres. Más allá de un atajo baladí al bastión siempre generoso y oportunista que implica hablar del género, la escritura hecha por mujeres mexicanas está señalando hacia nuevas rutas narrativas, imbuidas en una intensa y prolífica imaginación. Valeria Luiselli, Gabriela Jáuregui y Fernanda Melchor son sólo algunos de los casos representativos y emblemáticos. Aunque los temas y los ingredientes narrativos puedan ser similares, Melchor pervierte los arquetipos y los pone en un juego periodístico-narrativo que toma distancia de lo escrito en el mismo terreno literario por sus contemporáneos. En Temporada de Huracanes, de manera emblemática solamente aparece un muerto, la Bruja.

Y sí, nos encontramos frente a un hito de la narrativa mexicana del siglo XXI, un libro que exige salir de las bandejas para colocarse en las manos de los lectores de todas las edades. Yo no dudaría en ningún momento en ponerlo al alcance de lectores de educación secundaria y media superior. Me conmovió, por cierto, la referencia directa al relato Salir con domingo siete de Carmen Lyra (San José, 1887 – México, 1949), que forma parte del libro Los cuentos de mi tía Pachita (1920).

No obstante, y acaso por ese mismo donaire periodístico-narrativo soberbio y de tan alta calidad, Temporada de Huracanes tiene fecha de caducidad. No está encaminado a la trascendencia porque en la realidad y en la violencia todo cambia. El goce estético efímero de Temporada de Huracanes exige el ahora, de la misma manera que el estilo narrativo de escribir un capítulo en un solo párrafo exige la voraz lectura de la inmediatez. La misma celeridad del efecto narrativo nos impide que reflexionemos al tiempo acerca de lo que se ha leído, de ahí que esta reseña haya salido a más de un mes, y de lecturas posteriores, de que terminé de leer el libro.

Eminentemente la violencia se ha instalado en el centro temático del discurso narrativo contemporáneo, pero esta violencia se complementa de otros referentes quizás sobrevalorados: la música de banda, el narcotráfico y sus sicarios, el ambiente bohemio de las cantinas locales, el exotismo ferviente por lo coloquial, los espacios donde lo erótico deviene en perversión vulgar a partir de una estética patetista. No son pocas voces las que, desde la violencia, han aportado desde su propia narrativa al ya de por sí prolífico pretexto literario que la violencia en sí misma implica. Y ese es quizás el principal la principal tentación, el principal riesgo de caer en lo efímero. Si bien la versión de la realidad que aporta Melchor es un hito para la literatura latinoamericana, no es la única ni la última.

Aunque no pocos afirmarán que el autor de esta humilde reseña “se la mamó”, no quiero dejar la oportunidad de señalar dos aspectos a propósito de la lectura de Temporada de Huracanes y el ejercicio crítico a destiempo que ejerzo intencionalmente a la distancia de un mes.

El primero, destacado supra, es el uso del lenguaje por momentos virtuoso. No obstante, el barroquismo simbólico, audaz y fugaz de la narración se pierde en la ausencia de la artesanía sutil. Melchor no se calla nada ni se guarda nada. Si bien en cada capítulo el lector se encuentra anclado en la perspectiva de cada personaje, éste cede su espacio para ser parte del unísono arquetípico de la autora. Las voces de los personajes se confunden, los tonos se sublevan por encima de la autora y a costa de los mismos personajes. La sutileza del artificio narrativo es sustituida por la crónica de los hechos, ese infinito acervo al que al igual acuden escritores, cronistas y reporteros. Hoy Veracruz, mañana Sinaloa, luego Jalisco… lo periodístico como pretexto literario (dicho esto en el sentido estricto de la expresión) reduce a la obra en un ejercicio reflejo de lo que ocurre en la realidad. El artificio de lo literario, la imaginación y la apuesta por la sutileza narrativa es sustituida por el testigo denodado y avasallado por su propia realidad.

El segundo aspecto es la deuda con esta realidad. El capital simbólico inabarcable e insondable de la violencia nuestra de cada día, por un lado, es capaz de destruir las instituciones (familia, escuela, estado) pero por el otro es capaz de canonizar a las nuevas voces de la narrativa. En el primer caso aspiramos a la normalización de la violencia; en el segundo a una irrenunciable vocación monotemática por hacer de la violencia nuestra experiencia estética. ¿La literatura al servicio de la realidad o viceversa? Acaso por esa razón Las muertas de Jorge Ibargüengoitia trasciende al tiempo.

Temporada de huracanes de Fernanda Melchor, un hito de indispensable y fundamental de la literatura contemporánea del presente, de lectura necesaria, pero que en su legado representativo lleva su penitencia.