Retrato de familia, una reseña de “Las correcciones” de Jonathan Franzen.

Correcciones

El lector tiene ante sí un retrato de familia de corte trágico más que cómico. Los miembros de la familia Lambert encuentran un eje existencial tan frágil como su propia moral que, a pesar de todo, los conecta con el mundo occidental de principios de la década de los 2000. Alfred Lambert, el padre, un ingeniero retirado que sucumbe paulatina pero amargamente a una mezcla perversa entre locura y Parkinson. Enid Lambert, la madre, una ama de casa con una adicción tan sutil como su frustración, con una obsesión tierna y lacerante por reunir a toda la familia en navidad. Denise Lambert, la hija, atrapada entre una afectación psicosexual y un rampante juego de identidad heredada de la disfunción familiar y que, sin embargo, se convertirá en una exitosa chef. Gary Lambert, universitario y profesionista exitoso atrapado en la chantajeante cotidianidad de un matrimonio compulsivo, enajenante y agotador, que lo orilla a la más amarga de las soledades. Y Chip Lambert, un falso talento para las letras pero con una virtud casi natural para atraer conflictos.
El texto nos presenta una especie de predestinación occidental, una revelación de la ética contemporánea donde, a fuerza de correcciones, el estilo de crianza se traduce en la forma que cada uno elije para comenzar a morir. El patetismo de las situaciones (que por momentos rozan delicadamente con el más raquítico de los ridículos) es una especie de proyección psicoanalítica diseñada a modo de retrato generacional, un corte transversal de la clase media postmoderna desde un enfoque crítico doméstico.
El resultado: un catalizador genérico, un testimonio ficcional que deviene en una ficción condenada a convertirse en la más pesimista -que no menos realista- de las realidades.

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Lecciones aprendidas de la piedra en el camino.


Hacia las 6:12 a.m. sonaba “Space Oddity” cuando, en la incorporación a la carretera que me lleva a la autopista, rumbo al trabajo, no pude evitar una piedra de cerca de 60 cm3. En una fracción de segundo (siempre quise utilizar esta frase en un ejemplo manifiestamente real) me decidí por la última de las siguientes tres opciones:  girar a la derecha con el riesgo de salirme de la carretera; virar a la izquierda con la improbable posibilidad de salvarme ante una inminente colisión de un tráiler que circulaba junto a mí; confrontar al monolito con las manos bien puestas sobre el volante. El impacto por poco provoca una siniestra combinación entre las primeras dos opciones.

Tras el golpe, de manera estúpida y obstinada quise obligar a la realidad de que se trataba solamente de un neumático pinchado. Ni las maniobras al azar en la oscuridad para insertar la llave en los birlos, ni mis desplantes alarmistas para desviar a los automóviles que venían en impuntual y apurada secuencia, ni esa necesidad urgente de beber un café en aquellos momentos me perturbaron: yo no había tenido la culpa. No cometí ninguna imprudencia vial. No iba a exceso de velocidad. No desafié al destino en pos de una apremiante puntualidad. Fue un accidente: un suceso eventual que alteraba con toda su furia el orden aparente de mi rutina habitual.

Durante las cuatro horas siguientes en las que traté de cambiar el neumático, rogaba a dios en que no pasara un policía federal (en México, macabra ironía, frecuentemente es deseable que no aparezca la policía) y, mientras llegaba el seguro, las siguientes fueron ideas que, confundidas entre autoconsuelos y reclamos al aire como petardos en colonia popular, resonaron en mi cabeza:

  • Ser parte de un accidente te puede librar de culpabilidad aunque nunca de tu responsabilidad. Si eres victimario pagas; si eres víctima también.
  • En Querétaro, nadie sabe si por daños en la carretera el usuario tiene derecho a un seguro. Y, si así fuese, para cuando hubieres terminado el trámite seguramente ya se habrá convocado a nuevas elecciones para gobernador.
  • No hay roca pequeña. Respetar los límites de velocidad sí puede salvar tu vida. Y sí, a los traileros no les interesas.
  • “Space Oddity” es una gran elección para manejar al trabajo en martes.
  • Los antitranspirantes sí funcionan, incluso después de sobrevivir a un derrapón, a la danza del riesgo vial y a la angustia que provoca la posible llegada de un policía federal.
  • Por cada trece mentadas de madre hay un buen samaritano que te pregunta si estás bien.
  • Gritar leperadas ayuda a liberar estrés. Pero es mejor hacerlo después de cerciorarte de que no has muerto.
  • Aunque la operadora de la aseguradora te pregunte con timbre terso “¿Se encuentra Usted bien?”, y a pesar de que el ajustador llegue una hora después y te pregunte “¿Se encuentra Usted bien?”, el mejor servicio a clientes lo sigue teniendo Netflix.
  • Además de ser poco soluble al agua, la adrenalina tiene una duración relativamente prolongada.
  • No está nada mal regresar al transporte público. Pero, aunque lo usaste por décadas, no olvides tener en mente la tarifa del camión. Es pedante preguntar al chofer “¿Cuánto cuesta?”, al menos para la gente que habitualmente usa ese servicio porque no tiene la más remota posibilidad de comprar un auto.

El curioso caso de Mariana y la intervención quirúrgica que nunca fue.

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Mariana había amanecido con dolor abdominal. Supuso que en una chica de 20 años aquello era un síntoma normal de la menstruación, por lo que dejó de darle importancia.

A pesar de que se trataba de un dolor distinto a los cólicos menstrules, decidió seguir el mismo procedimiento: dos cafiaspirinas y una coca cola light bien fría (a ella le había funcionado a la perfección semejante coctel). Pero en aquella mañana, su implacable tratamiento no había funcionado. Más que reducir, el dolor abdominal había empeorado.

Fue alrededor de las 7 :15 hrs. en que fue necesario trasladar a Mariana a una sala de urgencias. Se había desplomado antes de ingresar a su primera clase del día. El dolor se había vuelto tan insoportable que le habría provocado desmayarse. Presentaba hemorragia abundante, atípica respecto a su flujo menstrual habitual. El trayecto de la universidad a la clínica privada duró lo que tarda en llegar el invierno, a pesar de que solamente fueron 12 minutos.

Mariana estaba en muy malas condiciones.

Un médico jóven, bien parecido y bien vestido, con una seguridad muy cercana a la soberbia, se había hecho cargo de Mariana. Le había administrado un analgésico vía intravenosa, con lo cual el terrible dolor se habría de aplacarse por una hora, el tiempo suficiente para que el médico jóven y bien vestido le planteara a Mariana la opción de la intervención quirúrgica de urgencia:

– Se trata de un agente infeccioso de apariencia sospechosa. Es una especie de granuloma, pero no quisiera descartar la presencia de un tumorcito –dijo el doctor, apelando al diminutivo para tratar de matizar el drama de Mariana y su madre, que había salido disparada del trabajo a la clínica no bien se enteró de la situación de su hija mayor.

– ¿Hay posibilidad de un nuevo diagnóstico, doctor, o de, en todo caso, una segunda opinión? –dijo la mamá de Mariana, recurriendo a frases que recordaba de algunas películas extranjeras de dramas donde están involucrados médicos guapos, mujeres con infortunios múltiples y enredos familiares sin solución.

– Se trata de mi palabra como médico, señora –dijo el médico un poco ofendido– Ahora que si quiere usted otra opinión, pues la chica se va bajo su responsabilidad. Yo no me hago cargo de ninguna salida de pacientes extremadamente delicados –añadió el médico.

A pesar del dolor intenso de su hija, la mamá de Mariana se la llevó de aquella clínica particular. Casi en contra de su conciencia la trasladó al centro de salud de su municipio, donde fue atendida de inmediato por personal de guardia.

Lo que en principio se había diagnósticado como tumor, se trataba de un folículo hemorrágico. Después de que tanto la hemorragia como el dolor hubieron sido controlados, la evolución del folículo fue favorable hacia una resolución espontánea. Mariana solamente requirió reposo, medicamentos y una adecuada alimentación. Con el paso de los días ya estaba lista para regresar a su habitual vida de universitaria.

No obstante, el médico de la clínica particular, a donde acudió en primera instancia Mariana, se hizo presente en varias ocasiones: las primeras veces por correo electrónico (el cómo obtuvo la dirección electrónica de Mariana sigue siendo una interrogante no difícil de dilucidar), las demás por mensajes y llamadas a su número de celular: “Te hago descuento del 30% en la intervención y renta de equipo”, “Te hago un descuento del 15% adicional sobre mis honorarios”, “Los traslados casa-clínica-casa los pago yo”, y un largo y vergonzoso etcétera.

Este caso nos deja ver no solamente el flagrante negocio amparado bajo el vacío legal de médicos que hacen negocio con intervenciones quirúrgicas de dudosa pertinencia. Sino que también nos permite ver que hay una peligrosa moda de clínicas particulares que pretenden aprovecharse del seguro médico escolar que ofrecen diversas instituciones particulares de educación media superior y superior para atender a sus estudiantes. Una especie de coyotaje donde están involucrados clínicas y hospitales privados de renombre.

Del dolor abdominal a un posible gasto de urgencia superior a los 125 mil pesos, Mariana ahora recuerda con una leve sonrisa su experiencia, y se encarga de advertir a cuantas personas pueda de los riesgos de caer de urgencia en manos de un mercenario especialista de la salud. Extraña paradoja.

Reflexiones acerca de una elección (coloque aquí el tipo de proceso) _____________________ cualquiera, ilustradas con 5 canciones.

1. Homo homini lupus. Una elección ______________, en todos sus niveles, es el crisol de los horrores más inusitados de los seres humanos. Un vertedero de los complejos rancios que distinguen a los seducidos de poder, a los esbirros del sistema nepotista y corrupto del sistema en turno. Antes iban de profetas, ahora el éxito es su meta, mercaderes, traficantes, más que rabia dan tristeza…

2. We live in a political world. La elección está dirigida al bienestar de los portadores del poder en turno; los electores son un mal necesario. Ni la lealtad, ni el beneficio al elector, ni la fraternidad, ni el amor tienen lugar en el proceso político. La vida está en la administración de las percepciones y de las mentiras de los candidatos ulteriormente elegidos. Más que valentía, impera la más vergonzante de las cobardías, aquella capaz de todo por dinero. Es precisamente esa cobardía la que al final sale triunfante en medio de un tufo corrupto, demagógico, estridente y estúpidamente silencioso.

https://vimeo.com/79138737

3. En este sistema lo importante no son los talentos sino los contactos. Los elegidos son pequeñas ratas de ciudad que promueven no una revolución al sistema, sino una perpetuación de su zona de confort. El elector es un asalariado en plena movilidad de clase, así tenga que ser semidiós, farsante o bufón. En su panorama no existe el consenso, solamente sus cuates. El triunfo de la Revolución es, pues, una institucionalización demagógica, del espionaje y de la persecución, una ley fuga trasladada a la difamación cobarde en la arena de las redes sociales. La elección por el otro es una herejía, un crimen de alta traición, el pretexto para la conflagración y la crucifixión.

4. El traje nuevo del pequeño emperador. Nuestro sistema democrático presume una discapacidad original: el ganador de la elección no necesariamente es el candidato que la mayoría eligió. La mayoría es relativa, pero el elegido no lo entiende ni lo quiere entender. Sin embargo, el pequeño emperador deviene en semidiós. Más que un gestor, el pequeño emperador es el fondeador de la corrupción, un hacedor de favores, un berrinche institucional, un lacayo del sistema, el nacimiento no deseado de la partida presupuestal. Y odia, porque él cree que es especial, que está a un nivel famélicamente superior al resto de los imbéciles que yacemos en esta estupefacta cotidianidad. Y odia como la mayoría de los seres que creen ser especiales.

5. No es líder, es un simple mandamás. El candidato/elegido/ungido no gestiona, manda; no regula, limita; no propone, regaña; no resuelve, hace berrinche; no exhorta, dicta; no une, destruye; no asume, presume; no administra, improvisa; no resuelve, empeora la situación; no asume su responsabilidad, busca culpables; no actúa, reacciona; no opina, censura; no olvida jamás porque no es un caballero, guarda rencores y se venga a toda costa. Además pide constantemente aprobación de los demás (sobre todo de su séquito), es incapaz de pedir y ofrecer disculpas, detesta estar frente a conflictos extremos y espera a que su séquito los resuelva, es conservador no ideológicamente hablando, sino desde el más vulgar de los pragmatismo: pretende conservar el sistema que lo mantiene en el poder…

Y tiene un pésimo sentido del humor.