13 reasons why.

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 655, del Diario de Querétaro del 23 de abril del 2017.

13 reasons why (2017) es una serie de Netflix que se estrenó desde el 13 de marzo. Clay Jensen, un estudiante de High School algo tímido, llega de la escuela y se encuentra con un paquete anónimo en la entrada de su casa. Al abrirlo, descubre que se trata de una caja de zapatos en cuyo interior se encuentran siete casetes grabados por Hannah Baker, su compañera de clase que recientemente se suicidó. Las cintas fueron enviadas inicialmente a Tony, un compañero de escuela, con las instrucciones para pasar de un estudiante a otro, en el estilo de una carta en cadena. En las cintas, Hannah acusa a cada una de las doce personas (Clay solo es aludido, no acusado) la forma en que cada una jugó un papel determinante en su suicidio, dando trece razones para explicar por qué se quitó la vida.

Desde su transmisión, las posturas en torno a la serie se han polarizado: desde quienes la consideran una serie que refleja desde una perspectiva distinta el fenómeno del bullying, hasta quienes la toman como un drama adolescente sobrevalorado plagiado de estereotipos. No obstante, las posturas, se observa una tendencia por asociar la ficción con la realidad no como una discusión crítica del programa, sino como una falaz y riesgosa interpretación de la realidad. Veamos.

En la serie las amplias y equipadas instalaciones, la importancia del deporte y las actividades artísticas, el ambiente de porristas, el estrato socioeconómico medio-alto, el tipo de convivencia, la búsqueda del ser popular… discrepan profundamente con la mayoría de las escuelas de nuestro país. En nuestras escuelas tenemos graves deficiencias de convivencias escolar, oferta y rendimiento académicos, deserción, adicciones y violencia. De acuerdo a información del INEE, cerca de 600 mil estudiantes de bachillerato abandonan la escuela cada año. Es decir, en nuestro país cada hora 68 estudiantes abandonan la preparatoria[i].

Hanna Baker, el debut protagónico de Katherine Langford, es un personaje predecible, centrado en clichés de adolescentes norteamericanos, errático y frívolo. Es adolescente común, hija única con padres cariñosos y presentes, que no presenta evidencias de manifestar algún tipo de trastorno de personalidad, susceptible a situaciones a las que cualquier chico de la escuela podría estar expuesto. No obstante, decide suicidarse cortándose las venas en la tina de baño de su casa. ¿Por qué asiste a la fiesta en la casa de Bryce, su compañero traficante y adicto que días antes le había agarrado el trasero? ¿Por qué no denunció la violación con el mismo tesón con el que denunció la caída de la señal de Alto?

En nuestro país, las mujeres adolescentes de 15 a 21 años enfrentan situaciones un tanto divergentes a Hanna, tales como acoso, violencia física y verbal, desaparición, abuso sexual y psicológico y feminicidio, y tal parece que no hay interés ni capacidad institucional para detener esto. Por ejemplo, la desaparición de mujeres adolescentes en México está relacionada con grupos criminales vinculados a la trata de personas con fines de explotación sexual comercial; y va en aumento, reporta la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim). Las zonas más afectadas por estas desapariciones son la frontera norte y el centro del país. Tan sólo en cuatro años, de los 57 casos registrados en 2010 se pasó a 612 casos para 2014, lo que representa un aumento de 974 por ciento, informó el director de la Redim, Juan Martín Pérez García[ii].

Asimismo, en México, cada año nacen 397 mil 428 bebés cuyas madres son menores de edad, de acuerdo al Instituto Nacional de Perinatología. La causa, en la mayoría de los casos, es por falta de acceso a anticonceptivos y violaciones[iii].

En secundarias y preparatorias mexicanas el 20% de los estudiantes reconoce varias veces al mes haber sido víctima de abuso, burlas, rumores desagradables, empujones, golpes, de manera sistemática. No recurriré al eufemismo anglosajón bullying para referirme a la violencia de la que muchos fuimos víctimas. Ésta afecta directamente a las calificaciones: los que lo sufren obtienen peores notas, concluye un informe elaborado por la OCDE. México se encuentra entre los países donde la violencia escolar es más frecuente. Y sus resultados académicos en el estudio PISA no mejoran desde hace 15 años. ¿A quién le importa?

Un día, la actriz y cantante Selena Gómez terminó de leer 13 reasons why de Jay Asher (Editorial Ámbar, 2007). Desde entonces se mostró interesada en llevar el libro a la televisión. Por cuestiones de agenda y edad, Gómez no pudo ser la protagonista por lo que puso en manos de Netflix la idea, siendo ella la productora ejecutiva. El negocio resultó un éxito porque el público adolescente generalmente suele ser una gran inversión: 3 millones de espectadores en la primera semana. Ya se especula acerca de la segunda temporada.

Es abyecto pensar que la serie es “buena” por los dos últimos capítulos. Se argumenta que la serie aborda temas intocados. Twin Peaks (David Lynch, 1990) o Irreversible (Gaspar Noé, 2002) que, por cierto, solamente se exhibió un miércoles en Querétaro, ya que fue censurada de inmediato, son ejemplos en donde ya se han tratado los temas de suicidio adolescente y violación. Más abyecto aún afirmar que es “buena” por las escenas de violación y suicidio, colocando a la ficción en función del morbo.

Es lamentable que el tema del suicido se relativice a partir de una serie de ficción. He leído opiniones, alentadas por el donaire de las redes sociales, que suscriben los argumentos de Hanna para cometer suicidio acusando a sus compañeros y maestros en trece grabaciones, rayando incluso en la apología del suicidio.

El efecto Werther toma su nombre de la novela Las penas del joven Werther (Austral, 2010) de Johann Wolfgang von Goethe, publicada originalmente en 1774. En la novela, el protagonista sufre por amor hasta tal punto que acaba por quitarse la vida. Fue muy popular entre los jóvenes de la época, muchos de ellos llegaron incluso a suicidarse de formas que parecían imitar la del protagonista. David Phillips, sociólogo que acuñó el término en 1974, elaboró un estudio entre 1947 y 1968 que demostró que el número de suicidios se incrementaba en todo Estados Unidos al mes siguiente de que el New York Times publicara en portada alguna noticia relacionada con un suicidio.

Realidad mata ficción y es imperativo no confundirlas. Varias asociaciones especializadas en salud mental han denunciado acerca de que la serie podría promover el suicidio entre los adolescentes. Kristen Douglas, responsable de la asociación australiana Headspace, considera que la ficción basada en la novela de Jay Ashe expone a los espectadores al riesgo de suicidio. La exposición al suicidio conduce al contagio de este tipo de actitudes[iv].

Por cierto, ¿A quién le importa el suicidio adolescente en Querétaro?

[i] Moreno, T. “INEE: 68 estudiantes dejan la prepa cada hora”. El Universal, 20 de abril del 2017.

[ii] “Aumenta desaparición de mujeres adolescentes en México”. Los Angeles Press, 2 de marzo del 2017.

[iii] Valadez, B. “En México cada día se embarazan 24 niñas”. Milenio Diario, 2 de junio del 2016.

[iv] “Denuncian que Por 13 razones puede incitar al suicidio adolescente”. ABC España, 19 de abril del 2017.

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13 reasons why: la música

“Love will tear us apart” de Joy Division.

“Young & Unafraid” de The Moth & The Flame.

“Run Boy Run” de Woodkid.

“The only boy awake” de Meadows.

“Cowards Starve” de Protomartyr.

“Into the black” de Chromatics.

Pero, la versión original es “Hey Hey, My My” de Neil Young & Crazy Horse.

“Fascination Street” de The Cure.

“Skeletons” de Jr Jr.

“Everything always” de Ctznshp.

Una de mis favoritas: “The night we met” de Lord Huron.

“Living in fiction” de Icky Blossoms.

“Amused” de HUNGER.

“Hollow visions” de Eagulls.

“Cinnamon” de Cullen Omori.

“Thirteen” de Elliot Smith.

“It all feels right” de Washed Out.

“The great longing” de LUH.

“In a black out” de Hamilton Leithauser.

“Homestory” de Jenny Zylka (no disponible).

“The Strangers” de la maravillosa St. Vincent.

“The walls came down” de The Call.

“Darklands” de The Jesus and Mary Chain. ¡Estupendo grupo!

“Bye, bye, bye” de School of Seven Bells.

“My life in rewind” de Eagulls.

“24” de Sleigh Bells.

“Elegy to the void” de Beach House.

“Atmosphere” de Codeine.

“The stand” de The Alarm.

“Red song” de Suuns.

“A 1000 times” Hamilton Leithauser.

“Talking with strangers” de Miya Folick.

Continuará…

¿Influencia o plagio? Ha*Ash y Heart

Ha*Ash. Grupo musical conformado por las hermanas Hanna Nicole y Ashley Grace Pérez Mosa que, aunque nacieron en Lousiana, han hecho su carrera en México.

Heart. Grupo musical conformado por las hermanas Ann y Nancy Wilson, nacidas en Seattle, y que hicieron su carrera en Estados Unidos.

Ambas bandas tienen nombres son monosilábicos que inician con “H”. El primero es un acrónimo; el segundo un sustantivo. Ambas están conformadas por hermanas. Ha*Ash antepone su imagen a la música, basta ver la transformación de la imagen a lo largo de su trayectoria. Heart ponen a la música antes y después de ellas mismas. Las Heart tienen talento; las Ha*Ash no.

La memoria de las cosas.

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 654, del Diario de Querétaro del 16 de abril del 2017.

Los gabinetes de curiosidades, también conocidos como cuartos de maravillas, eran espacios en los que durante la época de las grandes exploraciones y descubrimientos del siglo XVI y XVII, se coleccionaban y exponían gran cantidad de objetos raros y extraños que representan todos o alguno de los tres reinos de la naturaleza de acuerdo a como se entendían y acuñaban en la época: animalia, vegetalia y mineralia, además de las realizaciones humanas. Los cuartos de maravillas son los antecesores directos de los museos modernos.

Es precisamente bajo la premisa de los gabinetes de curiosidades que la poeta Gabriela Jáuregui (Ciudad de México, 1979) construye su primer libro de relatos: La memoria de las cosas (Sexto Piso, 2015), un conjunto de 19 cuentos cortos diseminados en cuatro apartados: Vegetalia, Mineralia, Animalia y Artificialia.

A lo largo de la narrativa, se puede advertir la recurrencia a distintos tonos y voces narrativas que se adhieren a una innegable vocación poética, tanto por la proclividad a la creación de imágenes como en la manera en la que las palabras se van estructurando.

Es precisamente en la construcción de la estructura del lenguaje a través de la cual Jáuregui se permite establecer juegos de palabras que para algunos resultará en guiño poético, mientras que para otros se reducirá a imágenes cacofónicas. Por ejemplo, en el cuento “Pera cocodrilo”: “Huevo, esfera, pera. Fruto mantequilla. Maravilla. Oro verde. Cojones huevos testículos. Fruto afrodisiaco de semilla única” (página 15). O en “Esferas a la esfera, peras esperando, dejan de soñar”, (página 19).

Pero ese juego de palabras incita a la especulación del lenguaje, puesto en perspectiva con nuestras lenguas prehispánicas, no con afán de reconquistar el lenguaje, sino con la intención de que las palabras cobren un sentido y un significado cosmogónico. De esta manera, los aguacates formados y emparentados metafóricamente con los testículos, tienen su punto de encuentro en la palabra nahua ahuacatl o auacatl: especie de drupa llamada aguacate, fruto del árbol del mismo nombre. Testículo. En nuestra antigüedad, a los testículos se les llamaba aguacate, la prueba que da testimonio de la sexualidad del niño. Esa misma raíz (test-) la aportan las palabras testimonio, testigo, testamento…

En este sentido, Jáuregui coloca sus relatos en un epígono literario que encuentra la narrativa cosmogónica, la vocación poética y el estructuralismo lingüística, a veces demasiado academicista, lo cual puede significar un desafío para el lector o un goce estético para el autor.

“Estrategia de supervivencia” y “Follaje” se presentan intercalados como dos ejercicios de microficción contundentes y elocuentes que acaso salieron por algún reducto olvidado del gabinete.

La redundancia es un recurso al que la autora se acerca con insistencia que, si bien fortalece a la imagen de la curiosidad que está siendo construida, no aporta lo suficiente al retrato o relato que se está narrando:

“Sus interacciones eran codependientes. Siempre fueron codependientes. Por eso era adaptable. Se adaptaba fácilmente […] Hermoseaba. Era hermosa, bella. Su belleza era perenne y algunos la llamaban exótica. Era tan exótica, pero tan local a la vez. Dulce, fragante, elegante. Sí, elegante sería lo más preciso”.

Por momentos, esta redundancia sorprende al lector implicado en reiteraciones sensoriales en pleno afán de exploración: “Y verde. Sí: púrpura y verde, sobre todo. Y los volantes. Volantes y más volantes, velos, velamen, holanes”.

El cuento “Citlalli” es en el que Jáuregui coloca todos sus recursos narrativos en una especie de constelación simbólica, un universo inacabado que funge como punto de encuentro para la cosmogonía del gabinete.

Citlalli es un nombre personal femenino de origen náhuatl cuyo significado es “estrella”. También se suele escribir como Citlalí o Citlalin. Su forma reverencial es Citlaltzin. Etimológicamente significa estrella del amanecer, estrella nueva y venus como estrella que marca el amanecer. Citlaltépetl (cerro de la estrella) puede referirse al volcán Pico de Orizaba, en Veracruz, o al propio Cerro de la Estrella de Iztapalapa.

Es desde la relación de estos referentes simbólicos y semióticos que la autora construye el relato de una mujer cosmogónica, un arquetipo que se debate en el choque cultural que representa el presente y el pasado, la noción de universo y el erotismo de Venus: “El silencio. Es como si esta masa mojada que soy se extendiera, se esparciera hasta volverse nada. Inútil. Cuando la ciudad duerme, cuando todo está en silencio, me siento inútil. Sólo me queda esta idea, este silencio que es amar al hombre que duerme profundamente al lado mío. Su calor. Sus manos anchas”.

En “Diamante recuerdo”, Jáuregui juega con los recursos y cuenta seis historias distintas a partir de los servicios que ofrece la empresa DeBeers: transformar las cenizas del difunto en diamante. La mujer besando a su hombre a través del anillo. Los tres amigos geeks que deciden hacer un diamante con los restos de Daniela, una especie de ritual en torno al mundo de los cómics. La mujer que hace un diamante con los restos de Fifi, su perra fiel por más de quince años. El diamante hecho con el reticente profesor de Ciencias Políticas.

Y el diamante hecho con los restos de Tiffany, a son de “Diamonds are Forever” de Shirley Bassey, canción utilizada en una de las películas más emblemáticas de James Bond.

Interesante resulta también “Autobiografía”, más por su vinculación con significados (el lector deberá de investigar un poco) que por su postulación política que al final redunda en cliché cursi. En este cuento donde la imagen de Dimitri Beliáyev (escrito en el libro como Dmitri Belyaev), de Friedrich Nietzsche y de Grayatri Chakravorty Spivak (insisto, si quiere enterarse de qué va el cuento el lector deberá de investigar un poco) desvelan más quien está antes de la pluma que lo está escrito por esa pluma. Este cuento, ergo, se pierde en un halo academicista.

Extraña que, al ser escrito por alguien que se ostenta como obsesionada por el lenguaje, La memoria de las cosas presente errores de sintaxis por triste omisión o negligente descuido, al menos en el uso de vocativos: “Todo tuyo Iñaki, ¡a trabajar!” o “Pero sin embargo”, entre varios que se filtraron por el mismo reducto de donde salieron los dos microrrelatos citados supra.

Pudo haber sido un cuarto de maravillas. Jáuregui, fundadora de la editorial Sur+ con sede en Oaxaca, ha decidido que su primer libro de relatos sea solo un gabinete curioso de curiosidades.

Gracias, Sergio.

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 653, del Diario de Querétaro del 2 de abril del 2017.

Hacia la mitad de la década de los noventa los ojos del escrutinio público estaban volcados al fenómeno zapatista. La polarización política se alimentó de la violencia de los años 1994, 1995 y de las crisis económicas de entonces. Fuga de divisas, trataban de explicar con eufemismos los comentaristas especializados.

De fondo, había un fenómeno al que pocos o casi nadie le había dedicado su atención: los asesinatos de Ciudad Juárez. Para el periodista Sergio González Rodríguez este fenómeno cobró principal relevancia después de que una amiga muy cercana a él fuera asesinada en Chihuahua, quien en ese tiempo se desempeñaba como periodista para la revista Biblioteca de México, y editor y fotógrafo de la revista Luna Córnea, en donde tuve primer contacto con su trabajo visual y escrito, y en el periódico Reforma, medio que lo envió como corresponsal a Chihuahua para iniciar sus investigaciones acerca del asesinato de mujeres. En 1995 tuvo su primer viaje a Ciudad Juárez.

En su columna para El Universal del jueves 6 de abril, titulada “Sergio y las muertas” Héctor de Mauleón recordaba a Sergio tendido en la cama del hospital tras una golpiza que un grupo de sujetos le propinó al interior de un taxi en la Ciudad de México, a raíz de las investigaciones que Sergio llevaba a cabo.

En éste su Libro de Cabecera de nuestro suplemento BARROCO, número 595, del 7 de febrero del 2016, repasábamos el libro Huesos en el desierto (Anagrama, 2006), trabajo periodístico que recoge el producto de las investigaciones en torno al asesinato sistemático de mujeres en Ciudad Juárez.

En una de tantas tertulias, el poeta y amigo José Homero (Minatitlán, 1965) nos acercó una perspectiva distinta a Sergio desconocida hasta entonces por mí: un periodista apasionado que ha sabido integrar la investigación periodística a su discurso narrativo.

Es quizás por esta virtud particular de González Rodríguez que su discurso se ve influido por un halo de violencia cotidiana puesto en perspectiva desde la estética narrativa. Este halo ha influido innegablemente a escritores contemporáneos, de entre los que destacan a Emiliano Monge hasta el mismo Roberto Bolaño. Bolaño fue quien se acercó a González Rodríguez para solicitar su “ayuda técnica” en la elaboración de la inmensa novela 2666: “una metáfora de México y del pasado de México y del incierto futuro de toda Latinoamérica. Es un libro no en la tradición de aventura sino en la tradición apocalíptica” (Montoya y Esteban, Entre lo local y lo global: la narrativa latinoamericana del cambio de siglo, 1990-2006, Iberoamericana Editorial).

Querétaro recibió en varias ocasiones a Sergio. Unas como comensal en restaurantes taurinos, en el marco del Hay Festival 2016. Otras como miembro del legendario grupo Enigma, en la década de los setenta y, recientemente, el 22 de diciembre del 2012, en el toquín organizado por Circo Volador A. C., en el mismísimo hoyo funky de Felipe Carrillo Puerto que los viera actuar hace casi cuarenta años.

Bajista implacable con su inseparable bajo Rickenbacker, Sergio también fue un punto de encuentro entre voces y posturas tan disímiles. A él llegaban voces como las de Jenaro Villamil hasta del mismo Héctor de Mauleón. Acaso porque el mismo Sergio nunca antepuso algún interés político a su real pasión periodística.

Para no faltar al ámpula anual, reproducimos a continuación la última lista de los mejores libros del año según Sergio González Rodríguez.

Gracias, Sergio.

El mejor libro del año: Luis Villoro, La alternativa. Perspectivas y posibilidades de cambio.

Ensayo: Abraham Cruzvillegas, La voluntad de los objetos; Jaime Labastida, El amor, el sueño y la muerte en la poesía mexicana; Omar Nieto, Teoría general de lo fantástico; Maruan Soto Antaki, Reserva del vacío; Ernesto Lumbreras, Oro líquido en cuenco de obsidiana; Guillermo Sheridan, Habitación con retratos; Antonio Calera-Grobet, Sobras completas; Néstor García Canclini, El mundo entero como lugar extraño; José Woldenberg, La voz de los otros; Mario Casasús, Ignacio Manuel Altamirano en Morelos (1853-1901); Hugo Gutiérrez Vega, Otras voces, otros ámbitos; Evodio Escalante, Las metáforas de la crítica; Pedro Serrano, Defensas.

Ensayo político: Israel Covarrubias, Los espejos de la democracia; Froylán Enciso, Nuestra historia narcótica; Raúl Trejo Delarbre, Alegato por la deliberación pública; Enrique Díaz Álvarez, El traslado; Fernando Escalante Gonzalbo, Historia mínima del neoliberalismo; José Manuel Valenzuela y Rossana Reguillo, Juvenicidio; Enrique Krauze, El nacimiento de las instituciones.

Testimonio: Delia Juárez, edit., Así escribo; Orlando Ortiz, Jueves de Corpus; Julián Herbert, La casa del dolor ajeno; Sara Sefchovich, El cielo completo; Wilbert Torre, El despido; Leonardo da Jandra, Diarios (1999-2012); Julio Trujillo, Atajos y rodeos; Fernando Solana Olivares, Viernes.

Crónica: Héctor de Mauleón, La ciudad que nos inventa; Fabio Morábito, También Berlín se olvida; Jenaro Villamil, La caída del telepresidente; Alejandra S. Inzunza, et al., Narcoamérica; Juan Carlos Reyna, et al., Demasiados lobos andan sueltos; Daniel Lizárraga, et al., La casa blanca de Peña Nieto; Diego Olavarría, El paralelo etíope; Rogelio Villarreal, ¿Qué hace usted en un libro como éste?; Antonio Bertrán, Chulos y coquetones; Diego Enrique Osorno, Slim; Francisco Goldman, El circuito interior; Juan Villoro, Paco Ignacio Taibo II, et al., La travesía de las tortugas; Emiliano Ruiz Parra, Los hijos de la ira.

Edición conmemorativa: Mariano Azuela, Los de abajo (Víctor Díaz Arciniega, edit.); Salvador Elizondo, Diarios 1945-1985.

Premio Verborrea Insufrible o Pobres Bosques: Francisco Martín Moreno, México engañado (600 páginas para mostrar que los libros de texto de la SEP están equivocados, ¡puaf!).

Arte y fotografía: Ana Casas Broda, Itala Schmelz, Gerardo Montiel Klint, et al., Develar y detonar; Daniel Lezama, Árboles de Tamoanchan; David Fajardo Tapia, Bandidos, miserables, facinerosos; Dulce María de Alvarado, Performance en México: 28 testimonios, 1995-2000; Aurora Noreña, Ondulaciones sobre el puente; Alejandro Magallanes, et al., La delgada línea que divide el lado derecho del izquierdo.

Cuento: Gabriela Jáuregui, La memoria de las cosas; Luis Jorge Boone, Cavernas; Gabriel Bernal Granados, Murallas; Daniela Bojórquez Vértiz, Óptica sanguínea; Bernardo Fernández “Bef”, Escenarios para el fin del mundo; Alberto Chimal, Los atacantes.

Novela: Emiliano Monge, Las tierras arrasadas; Elena Poniatowska, Dos veces única; Alberto Barrera Tyszka, Patria o muerte; Élmer Mendoza, Besar al detective; L.M. Oliveira, Resaca; Gabriel Santander, La venganza de las chachas; Fabrizio Mejía Madrid, Un hombre de confianza; Julio Patán, Negocio de chacales; Hernán Lara Zavala, Macho viejo; J.M. Servín, Al final del vacío; Antonio Ortuño, Méjico; Sandra Lorenzano, La estirpe del silencio.

Poesía: Carmen Boullosa, Hamartia (o Hacha); Jorge Esquinca, Cámara nupcial; Rocío Cerón, Nudo vórtex; Luigi Amara, Nu)n(ca; Feli Dávalos, Mongolia; Julia Santibáñez, Rabia de vida; Eduardo Milán, Donde no hay; Julio Eutiquio Sarabia, El tenue rededor del mundo; Ana Rosa González Matute, Brizna de hierba; Héctor Carreto, Testamento de Clark Kent; Roberto Tejada, Todo en el ahora.

Primera novela: Bruno H. Piché, Los hechos; Verónica Gerber, Conjunto vacío; José Manuel Cuéllar Moreno, Ciudademéxico; Eduardo de Gortari, Los suburbios; Vicente Quirarte, La isla tiene forma de ballena; Roberto Wong, París D.F.

Antología: Eduardo Antonio Parra, comp., Norte; Orfa Alarcón, et al., El silencio de los cuerpos; Juan Domingo Argüelles, Breve antología de poesía mexicana; Carlos Martínez Rentería, et al., De equivocaciones y barbarie; Cristina Rivera Garza, et al., Con/dolerse.

El peor libro del año: Rossana Fuentes Berain, México 2020 (Medalla de Oro de Candidez Ultraliberal).

 

¿Influencia o plagio? Labios rotos de Zoé.

Esto es muy sutil y estrictamente a nivel melódico. Intuía que esa melodía la había escuchado antes, el mismo movimiento melódico en el primer verso del estribillo de “Labios rotos” de Zoé:

Es raro el amor ah, es raro el amor ah
No importa la distancia, ni el tiempo ni la edad”.

Un enunciado y una interjección como respuesta, en la misma dirección, en la misma tonalidad, no puede ser casualidad: ¡es demasiado parecido a “Crystal” de New Order:

We’re like crystal
(Hey)
We break easy
(Hoo)
I’m a poor man
(Hey)
If you leave me
(Hoo)

Sí, la canción de New Order es muy superior. En fin.

¿Influencia o plagio?