Cuando la libertad de expresión es una abstracción.

“La libertad de expresión es una abstracción”, había dicho el Dr. Carlos Dorantes, profesor emérito de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Querétaro. En aquella ocasión, un grupo de estudiantes protestaban porque se les había solicitado retirar un desplegado que defendía una causa en nombre de la facultad, mas no a título de los interesados. Es seguro que, en su momento, nadie haya entendido la expresión de Dorantes.

El presidente de México, Enrique Peña Nieto (EPN), en su reciente gira de trabajo por Chiapas reconoció a Julión Álvarez, cantante de música vernácula, como “un gran ejemplo para la juventud mexicana”. Acostumbrado a la improvisación torpe y al vilipendio virtual, el mandatario agregó más leña a la pira de la impopularidad y el escarnio nacional.

Más allá de los lugares comunes (que si EPN es inculto, imbécil, torpe, escueto, estúpido…) que han contruibuido a una ceguera colectiva tan hilarante como inutil, la anécdota destaca por las implicaciones vinculadas a la libertad de expresión y abona a desvelar la rampante polaridad de posturas.

Mal haría en tratar de indefender lo indefendible: un político estulto y aficionado al autoelogio como pretexto para la conflagración. Pero quizás EPN no esté equivocado en esta ocasión. Julión Álvarez sí es ejemplo para la sociedad mexicana, no solamente para el sector juvenil. Es un referente –nos guste o no– para la cultura popular contemporánea. Sus canciones son cantadas, dedicadas y reproducidas por un gran sector de la población. Es la clara muestra de que el déficit educativo nos lleva la ventaja, pero al menos estamos en un país que se presume democrático y que, paradójicamente, las bases para escuchar al Julión están debidamente garantizadas.

El asunto se torna más complejo. No son pocos los que, aficionados a la música vernácula mexicana, también se unen casi instintivamente a la horda antiEPN, en una lógica que ya comenzó a aburrir. La demagogia tiene sus medios y sus adeptos, pero también sus peligrosos aliados. Ciertamente, nos embarcamos no en un resentimiento aristocrático, sino en un fanatismo porril tan acrítico (y alérgico a la autocrítica) como exhacerbado. De esta manera, la oportunidad para el diálogo cede su su lugar a la conjura de los necios. La pifia oportunista abre la puerta a la rabieta connacional en la revolución virtual multiplataforma, tan socorrida en estos tiempos.

En este país tristemente es necesario seguir hablando de minorías porque en cuestión de mayorías la desigualdad se encarga de hacer el trabajo sucio. Nuestro gobierno históricamente corrupto tiene muy poco de que preocuparse porque sabe que ante sí tiene una sociedad caníbal, adicta al autogol y al trolleo masivo, susceptible de la autoflagelación, donde la libertad de expresión seguirá siendo una abstracción, la bandera revolucionaria de unos cuantos, el crisol donde se liberan los complejos de un pueblo resentido consigo mismo.

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Ese insoportable silencio de Andreas Lubitz.

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Las primeras escenas con las que inicia The Happening (M. Night Shyamalan, 2008) muestran un momento perturbador: personas heterogéneas, comunes y corrientes deciden repentinamente suicidarse. En este momento la película prometía mucho. ¿Qué causaría que, de pronto, las personas decidieran suicidarse en el momento? Con un halo híbrido entre apocalíptico y conspirador, la película se resuelve con un contagio generado a partir del contacto humano con una sustancia que generan las plantas como mecanismo de defensa.

En la mañana del 25 de marzo, un avión de la aerolína de bajo costo Germanwings cayó en los Alpes franceses con 150 personas a bordo. No hubo sobrevivientes. Las primeras investigaciones indican que el copiloto del avión hizo descender voluntariamente la aeronave, de acuerdo a las palabras de Brice Robin, fiscal de Marsella. El copiloto habría presionado deliberadamente el botón de pérdida de altitud.

Minutos antes del impacto, la respiración del piloto era de un “humano normal”, es decir, no develaba la posibilidad de que el copiloto sufriera algún tipo de ataque cardiaco. Gritos de pánico, de socorro, de muerte, fueron escuchados minutos antes de la colisión. La mayoría de los viajantes no se percataron de que el vuelo en el que viajaban era piloteado por un asesino con tendencias suicidas, o un suicida asesino, autor de uno de los más grandes crimenes de la historia de la aviación europea.

Andreas Lubitz, de 27 años, originario de una ciudad pequeña entre Düsseldorf y Frankfurt, piloto novel con poco más de 600 horas de vuelo, no aparece en la lista de los más buscados ni hay en su autero haber algún indicio violento o tendencia suicida. Vivía con sus padres y, en no más de tres meses, habría renovado su licencia para volar. Simplemente, aprovechando una salida del piloto, impidió el regreso de éste a la cabina. Ensimismado y respirando, Lubitz simplemente decidió estrellar el avión.

Acaso desde la ficción podemos conjeturar hipótesis que nos acerquen a la verdad. No tenemos más que amargas confesiones auditivas de las cajas negras, limitadas mecanicamente a recoger respiros y gritos para cerrar con un silencio literalmente sepulcral. Imagino en un intimismo trágico la escena, un piloto desesperado por entrar a la cabina de control, un Lubitz con buen parecido, con uniforme perfectamente ajustado, con la sonrisa muerta, con le descaro moral de los “tipos normales”, con un elegante laconismo en su mirada, con una canción pop rondando en su mente. Acaso sedente, resignado, callado, con un silencio matizado por sonidos de turbina en desaceleración, tal y como solía comportarse Lubitz cotidianamente.

Paréntesis.

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Para los que somos turistas pendulares, la carretera es nuestro sitio de recreo. Un recorrido diario de 45 minutos o de 75 kilómetros de ida y los mismos de regreso (el lector puede elegir su propia medición) es una terapia autoinfundida. El sonido del motor a veces sustituye al de los latidos.

Pero hay espacios, a veces gratuitos, que rompen con la cotidianidad de la cinta asfáltica. El usuario puede entablar un diálogo transparente con los espejos de esos espacios. O al menos una invitación lacónica pervive. En su mayoría están conformados por una habitación efímera, condenada a recibir perpetuamente heces como instantes. Los pensamientos fugaces de los conductores cotidianos quedan entramados en un ir y venir de autos vedados al deseo de fuga.

En esos espacios donde cualquier presencia es ajena, la conciencia no sirve porque no hay sentido de pertenencia a ninguna parte. La acción absurda de mirarse al espejo es una burla de uno mismo. Y así, los espacios van acumulando retratos móviles de turistas inéditos.

Cuando el profesor es el peor enemigo del estudiante: un caso de negligencia educativa a nivel universitario.

Cierto profesor encargó un día a sus estudiantes de licenciatura un ensayo (tal vez es necesario que el lector prepare una carcajada) acerca de la influencia del arte renacentista y barroco en el arte contemporáneo.

Lo anterior dejaría de ser gracioso salvo porque los estudiantes no reúnen las competencias ni habilidades mínimas para elaborar un ensayo: ni tienen la menor idea de lo que es un ensayo, pues.

Solamente dios sabe qué método utilizaron los estudiantes de dicho profesor para cumplir con la estrambótica tarea. A continuación se presentan algunas evidencias de cómo se construyó el trabajo en uno de los estudiantes. Tal vez no necesitemos ser dios para deducir el método. Se recomienda discreción.

1. Cuando la gramática es un estorbo.

Cito:

“Lo que confiere en este escrito es hablar de la forma de la Estética de la Edad Media, es hablar de algo que no gusta a todas las personas (lo que es bello para ti puede no ser bello para otros), por lo que es importante decir, que la hermosura de un cuadro no lo es por lo hermoso del tema que nos presente, si no por lo que el artista quiso expresar al momento de crearlo y de los factores que lo llevaron a pensarlo”.

  • No hay una estructura sintáctica mínima que nos permita comprender qué es lo que quiere expresar el autor.
  • El autor ignora el significado de conferir.
  • Existen graves deficiencias en el uso de comas. En el resto del texto la ortografía es un problema mucho alarmante.
  • “Si no” en lugar de “sino”.

2. Cuando Wikipedia es la madre de todos los vicios.

Cito:

Captura de pantalla 2015-03-23 a las 5.49.29 p.m.

3. Cuando el plagio es la respuesta, o la culpa la tienen los extraños paralelismos del arte.

Invito al lector a buscar las diferencias de los siguientes textos. El Texto 1 pertenece al estudiante; el Texto 2 a la introducción de un artículo en filosofia.mx:

  • Texto 1: “La posición de la iglesia durante la Edad Media en cuanto a la belleza y las artes se mostraba muy cuidadosa, porque se temía que un excesivo interés por las cosas de la tierra y/o ese pensamiento mundano, fuesen los que pudieran ocasionar algún daño en el alma del ser humano”.
  • Texto 2: “La posición de la iglesia durante la Edad Media en cuanto a la belleza y las artes se mostraba con recelo por cuanto se temía que un excesivo interés por las cosas de la tierra pudiera perjudicar al alma”.

Lo interesante de este caso es que, a criterio del profesor, el estudiante utilizó argumentos e ideas desde un punto de vista muy particular y acertado. El estudiante fue descrito como un verdadero genio.

4. Cuando la mejor evaluación es la conjetura.

Cuando no existe un mecanismo de evaluación claro (en formato de rúbrica, lista de cotejo u otro propuesto por el docente), el profesor evade cualquier responsabilidad desde la ética educativa y se convierte en un mero constructor de conjeturas. A este tipo de profesor le es fácil calificar con un solo número sin explicar qué aspectos consideró para la evaluación.

Averiguar si evaluó el producto o el proceso, si consideró el formato, si consideró el diseño, si tomó en cuenta el estilo y la redacción, si estableció una relación entre la metodología utilizada por el estudiante para la construcción de sus argumentos… son cuestiones de las que el estudiante estará condenado a no encontrar respuesta jamás.

5. ¿APA?, ¿ah, pa’ qué?

Captura de pantalla 2015-03-23 a las 5.22.22 p.m.

Más preocupante aún. ¿El profesor conoce la diferencia entre usar referencias y utilizar bibliografía?

5. Cuando el profesor es el peor enemigo del estudiante.

Ocurre que el estudiante autor de los textos analizados obtuvo un 10 de calificación y una mención de excelencia. ¿Requiere esto alguna explicación mayor?