Una pandemia, una comedia y la danza del distanciamiento social

Coronavirus. México reporta 60 muertes y mil 688 casos de covid-19

I

Desde el pasado mes de diciembre, principalmente en redes sociales se comenzó a esparcir la noticia de una serie importante de personas contagiadas por un nuevo virus, cuyo epicentro se ubicaba en Wuhan, capital de la provincia de Hubei, y la ciudad más poblada de la región central de China. Se trataba del coronavirus-2 del síndrome respiratorio agudo grave que posteriormente se denominó SARS-CoV-2, conocido simplemente como COVID-19. Al parecer su origen es zoonótico, es decir, pasó de los animales a los humanos.

Desde el surgimiento, se iniciaron las investigaciones para determinar origen y transmisión del virus:

  1. El 22 de enero de 2020, el Journal of Medical Virologypublicó un informe con el análisis genómico del virus que refleja que las serpientes de la zona de Wuhan son el reservorio más probable del virus. Esta versión no se ha confirmado.
  2. Para el El 26 de enero, una nueva investigación estudió la posibilidad de que la fuente sea una variante de sopa de murciélago que se consume habitualmente en la zona, ya que estos animales podrían actuar como reservorio del virus.
  3. Un tercer estudio que ha cobrado mayor fuerza es el que efectuaron investigadores chinos, cuyos resultados se dieron a conocer en febrero de 2020. En éste se encontró coronavirus procedentes de pangolines salvajes cuya secuencia genética coincide en el 99 % con el COVID-19, por lo que el reservorio de la infección podría proceder de estos animales, cuya captura y venta es ilegal en China, aunque se trafica con ellos de forma clandestina. Los pangolines son pequeños mamíferos con escamas desde la punta hasta la cola que pueden enrollarse y rodar.

II

En el mismo mes de diciembre, el Dr. Li Wenliang recibió en Whulan siete casos que presentaban los mismos síntomas que el SARS, la gripe aviar que provocó una epidemia global en 2003. Tras poner en cuarentena a los pacientes, Wenliang se puso en contacto con sus colegas para advertirlos del brote y recomendarles iniciar con protocolos epidemiológicos. En ese momento ni el propio Wenliang sabía que se estaba enfrentando a una nueva cepa del virus.

Cuatro días después, Weinlang recibió la visita de funcionarios de la Oficina de Seguridad Pública de China quienes lo conminaron a firmar una carta en donde lo acusaban de “hacer comentarios falsos que habían perturbado severamente el orden social”. Tras la firma, los funcionarios le advirtieron a Weinlang que “si sigue siendo terco e impertinente, y continúa con esta actividad ilegal, será llevado ante la Justicia ¿se entiende?”.

Ante el incremento de infectados, Wenliang siguió atendiendo a muchos pacientes, entre ellos a una mujer con glaucoma, quien se había contagiado de coronavirus. Hacía el 10 de enero, Weinlang comenzó a presentar tos, fiebre, para finalmente terminar hospitalizado dos días después. La mujer lo había infectado.

Fue hasta finales de enero que Li Wenliang se animó a publicar la carta en Weibo, red social china que ha sido utilizada como alternativa ante el bloqueo que el gobierno chino impuso a Facebook y Twitter desde el 2009. A pesar de que se le habían hecho pruebas varias veces, todas habían dado negativo. “Hoy me dieron el resultado de las pruebas de ácido nucléico y es positivo. Finalmente he sido diagnosticado”, publicó Weinlang, quien falleció el 7 de febrero, ante la ira de la población que acusaba a la dictadura china de desestimar la gravedad del virus, y de haber ignorado a las recomendaciones de Weinlang.

 

III

Al menos desde el 2000, tras el bulo apocalíptico del Y2K, los ríos de tinta que corren bajo el pretexto de la posmodernidad extendieron la visión pesimista de una sociedad aislada, hiperindividualista, anclada a pantallas y a dispositivos. Paradójicamente, a esta sociedad se le ha instruido replegarse en su microuniverso digital como una de las formas más efectivas para detener el avance exponencial de los contagios (al momento de escribir estas líneas, el número de contagios en México se había elevado a 93).

Es a través de las muros y timelines de las redes sociales en donde se ha configurado una modalidad volátil de socialización, a diferencia de las anteriores epidemias y desastres a los que hemos sobrevivido. En el multiforme escenario de la socialización virtual, el juego de las imágenes, las máscaras en la modalidad de avatar y los perfiles como caparazones que contienen en sí mismos epicentros, han posibilitado el encuentro de individualidades (que no de individuos, estos se fragmentan en individualidades al contacto con las redes sociales) que se autoasignan roles con el fin de mostrarse en una comedia situacional virtual.

Los roles más recurrentes van desde quien cree que la pandemia no existe, que en realidad se trata de un boicot a escala transacional imperialista para seguir sometiendo a las economías emergentes, orquestado por las principales potencias y las empresas más poderosas el orbe; hasta quienes optan por defender, argumentar y justificar de manera irracional las medidas que ha tomado nuestro presidente para la atención de la pandemia. Enseguida están quienes impulsan dinámicas lúdicas o de integración a través de sus redes sociales, mediante el intercambio azaroso de fotografías o dinámicas de interacción (juegos por WhatsApp o iMessegge). Algunos más, los menos, recomiendan alternativas para hacer frente a la cuarentena, desde recomendaciones de sitios con miles de libros gratuitos, hasta listas de sitios web en donde se pueden ver películas gratis. Otro tanto, simplemente se limita a compartir memes.

No obstante, en medio del intenso tráfico, hay quienes se atreven a compartir información falsa, de fuentes no fidedignas, que aparentemente ofrecen datos duros pero no verificados, como el célebre mensaje apocaliptico y conspiracionista que, sin solicitarlo, te reenvían a tu WhatsApp, firmado por un tal Luis Guevara.

Una característica que nos une a todos los roles en la comedia situacional de las redes sociales es que tanto la lectura como la elaboración de las publicaciones se efectúan desde la celeridad y frecuencia del sistema emocional, desde una especie de intuición digital que se antepone a la racionalización de la alfabetización mediática e informacional. Esto se debe a que en el enfoque emocional predominan los sesgos cognitivos. Los sesgos cognitivos son efectos psicológicos que generan una desviación el proceso mental, provocando distorsiones, prejuicios, juicios inexactos, interpretaciones ilógicas, o reacciones llanas emanadas desde el terreno fertil de la irracionalidad. Para el estableciento de juegos cognitivos no es necesario contar con basta información respecto a un tema, del coronavirus COVID-19, por ejemplo. Basta con tener fincada una creencia a fuerza de fe y emoción.

Todos estamos expuestos a los sesgos cognitivos, ya que, como necesidad evolutiva, y ante el contexto de la hipercontectividad, requerimos emitir de manera casi inmediata alguna respuesta o tomar una determinada posición ante estímulos, sucesos, problemas o situaciones. Aunque parezca absurdo, el hecho de gozar relativamente de acceso a múltiples fuentes de información fidedigna, nuestra incapacidad para procesar la información disponible establece filtros de forma selectiva y subjetiva.

Más que errores, pretendo destacar que estos sesgos subjetivos son atajos empleados por los seres humanos que nos permite predecir y tomar decisiones o sacar conclusiones en momentos de incertidumbre. Aunque en momentos de contingencia los efectos producidos por los sesgos cognitivos no dejan de ser interesantes desde un punto de vista heurístico, y divertidos desde un enfoque periodístico.

IV

Mientras escribo estas líneas, en su conferencia matutina de hoy miércoles 18 de marzo, el presidente López Obrador muestra el conjunto de amuletos que lleva consigo (un sagrado corazón de Jesús, un trébol y un dólar), los cuales son regalados por la gente para que lo “protejan de sus enemigos”: “Miren, éste es el detente, ¡Detente…! Esto me lo da la gente… ya ustedes averigüen. Tons’ son mis guardaespaldas”. A este tipo de sesgo se le donomina Sesgo de Falso Consenso, que consiste en sobreestimar el grado de acuerdo que los demás tienen quien aplica dicho sesgo. Es decir, el presidente tiende con demasiada frecuencia a presuponer que sus propias opiniones (combate a la corrupción), creencias (sus amuletos o su noción de historia de México), predilecciones (su vocación opípara), valores (su folclorismo oportunista) y hábitos (su desdoblamiento de la realidad) están en la preferencia de la gente o, utilizando su propia abstracción, del pueblo. Este tipo de sesgo exagera la confianza de los individuos en sus propias creencias aún cuando éstas sean erróneas (como en el caso del precio del barril de petróleo) o minoritarias.

Este mismo sesgo se ha replicado en grupos de opinión en donde el punto de vista de los actores de la comedia situacional de las redes sociales es la misma que la de sus grupos de afinidad. Frecuentemente, aunque sin hacerlo explícito, el sesgo se manifiesta en una serie de consenso interno establecido en el mensaje que se deduce desde la foto de perfil, las publicaciones hasta en el acto de bloquear/silenciar, en el mejor de los casos. En esta comedia, las personas se atribuyen características en al menos un sentido contrapuesto a su propio sesgo cognitivo:

  • Quienes están a favor de que se implemente el distanciamiento social (mantenerse a menos de un metro entre distancia entre usted y las demás personas) y quienes opinan que estas medidas son exageradas, ya que no está comprobado que esto sea efectivo para contener la extensión de los contagios.
  • Quienes opinan que las actividades se deben detener de inmediato y quienes piensan que es posible hacer una vida normal tomando las medidas necesarias a nivel individual. Quizás bajo este sesgo hay personas que asistieron al Vive Latino, o habrá quienes asistan al Viacrucis o quienes se lamenten de no poder acudir a su club nocturno porque las autoridades estatales ordenaron la reducción del aforo a la mitad.
  • Quienes están convencidos de que usar el tapabocas aún estando sanos es una medida imprescindible para evitar contagios, y quienes usan el tapabocas estando enfermos de gripa o influenza estacional, tapándose solamente la boca y no la nariz.
  • Quienes están completamente convencidos de que las consecuencias del coronavirus se remite a un problema de la lucha de clases, y que es momento de declarar ahora sí la revolución proletaria y el fin del neoliberalismo para instaurar el comunismo de una vez por todas, y quienes opinan que el coronavirus no es más que un castigo divino enviado por un dios que ha dejado de creer en nosotros.

V

Mientras que en Italia y Francia las personas salen a cantar en los balcones o prefieren navegar gratis en Pornhub; mientras los españoles se soportan mutuamente compartiendo agendas culturales para no matarse en pareja; mientras en los EEUU se registran niveles récord de navegación, tráfico en redes sociales y streaming, parece ser que los mexicanos optamos por nuestra costumbre mañosa, gandalla, tragicómica: aprovechamos la contigencia para agarrar el puente; fundamos empresas de gel antibacterial emergentes elaborado con recetas de YouTube; nos avalanzamos hacia los hipermercados con la ira y la cursilería de quien cree que está entrando a un apocalipsis zombie; nos consentimos con la sempitern promoción de caguamas mientras apostamos hipótesis para resolver la pandemia, y nos regalamos el placer mundano de beber a las doce del día entre semana. Quizás, como suele ocurrir en nuestro país de fiesta y muerte, la solidaridad llegue de la mano con la tragedia, cuando la cifra de los muertos incremente y la de contagios (un muerto y 118 contagiados al momento de terminar estas líneas) convoque a la razón y prorrogue la emoción.

VI

Desde que se tiene noción de la existencia de la humanidad, cuando ésta atraviesa por hecatombes y angustia colectiva, un gran aliciente estético y terapéutico ha sido la literatura. Tan sólo en nuestra contemporaneidad, La vida es una fiesta de Ernest Hemingway recobró su fama en París tras los atentados del 13 de noviembre del 2015. Asimismo, tras los incendios de la Catedral de Notre Dame, apenas en abril del 2019, Nuestra Señora de París de Victor Hugo ganó nuevos lectores, quienes buscaban en sus páginas borrar el recuerdo del fuego consumiendo uno de los símbolos más emblemáticos de la arquitectura gótica.

Nuestras recomendaciones son las siguientes:

  • La peste de Albert Camus.
  • Ensayo sobre la ceguera de José Saramago.
  • Diario del año de la peste de Daniel Defoe.
  • El irreverente Decamerón y su colección de cuentos eróticos de Giovanni Bocaccio.
  • Edipo Rey de Sófocles.
  • Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucícides, cuyos tres tomos de Gredos (¡un tesoro!) pueden ser encontrados aún en varios puestos de revistas de nuestro Centro Histórico.
  • Diario de Samuel Pepys.
  • La guerra de los mundos de H. G. Wells., la reacción de la audiencia fue emblemática.
  • Ojos crepúsculares de Dean R. Koontz, en donde de manera sorprendente se vaticina una pandemia global a causa del virus chino llamado Wuhan-400, situado en el año 2020, a pesar de que la novela fue publicada en 1985.

El COVID-19 será pasajero. Una danza sin tocarnos en donde todos bailamos el recordatorio de la muerte, que a su vez nos remite a nuestra versión primigenia de sentido gregario, identidad, supervivencia, refugio, amor, morbo y deseo. Porque, citando a Mario Vargas Llosa, “El terror a la peste es, simplemente, el miedo a la muerte que nos acompañará siempre como una sombra”.

¡No llores, pareces vieja!

Ingrid

Deliverance es una película de 1972, protagonizada por Burt Reynolds, en la que se cuenta la histora de Lewis Medlock y sus amigos, quienes van a pasear en canoa al río Cahulawassee. La vi cuando tenía 8 años. En la película se proyecta la escena de una violación a un hombre. Quedé estupefacto, aunque fue la primera vez que intenté comprender semejante atrocidad en una mujer.

Sin la intención mezquina de apropiarme de una causa femenina, presento una breve perspectiva biográfica, una suerte de testimonio de haber nacido y crecido hombre en un país machista y feminicida.

“No llores, parecer vieja”, era la frase que utilizaba mi madre para censurar mi llanto, allá cuando tenía entre cinco. “Tienes piernas de niña”, me gritaba uno de mis tíos paternos cuando no podía seguirles el paso en el futbol callejero.

“Las niñas no pueden traer pantalón”, advertía la maestra de aquél kínder público en donde estudié. ¿La razón? “Las niñas no se ven bonitas con pantalón, luego van a andar arrastrándose o jugando a treparse a los árboles como los niños”, argumentaba la miss con ese tono didáctico insoportable.

“Vieja el último”, gritaban mis compañeros machitos en aquella primaria pública en donde estudié, cuando nos tocaba salir a la clase de educación física o cuando regresábamos al salón tras terminar el recreo. Con el denuedo desesperado con el que corrían mis compañeros, parecía como si escaparan de una peste, como si la condena por ser el último consistiera en un desdoro disfuncional y fatídico, el castigo de ser mujer.

“A la mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa… Sino con el rosal completo, pa’ que aprendan a portarse bien”, profesaba uno de los peores docentes que he conocido en mi vida, ante nuestra risilla alcahuete de machitos de 5º, y entre las muecas anodinas de las niñas, quienes tenían que sobrevivir a travesuras como “mirarle los calzones” o cosas peores.

En la secundaria los machitos hicimos esas cosas peores. En cuanto aprendimos a pronunciar la palabra menstruación, nos apropiamos de ésta para usarla como un látigo castigador: sacarles de sus mochilas sus toallas femeninas para exhibirlas ante la tribu como palomas muertas, como trofeos en el fervor de nuestra condición de machos. Si alguna niña se manchaba, niños y profesores (no pocas maestras) señalábamos con nuestros dedos flamígeros a quien por su impericia tenía el vulgar atrevimiento de sangrar ante el orden aséptico machista.

En la secundaria, si ella no quería seguir siendo tu novia, se debía a dos razones: ya no le gustas o se había encontrado a otro. Y como frecuentemente se trataba de la segunda razón, entonces se dictaba sentencia: ¡Es una puta! Porque el chavo que andaba con una y luego con otra o con más de dos de forma simultánea, era un cabrón, un chingón. Mientras que la chava que rompe contigo para irse con otro, con la alevosía y ventaja que implica el hecho de decidir desde el impúdico ejercicio de sus derechos sexuales, es una piruja, una prostituta, una fácil, una loquilla, una zorra… ¡Una puta! ¿Cómo es posible que una representante del sexo débil, que una mujer que no es capaz de correr, de cargar objetos o de resistir como resiste un macho pueda hacerte eso? De entrada, ella te había dicho que sí cuando le preguntaste si quería ser tu novia. Es una traición, ¿cómo puede un hombre permitir eso?

En la secundaria aprendes que tu novia te pertenece. Lo escuchas en canciones y lo infieres en películas y programas de televisión. Ella no puede tener una vida más allá de lo que su condición de niña buena, de mujer, y de su rol de novia tuya se lo permite. Nadie puede mirar a tu novia/objeto pero, ni dios lo mande, que tu novia/objeto no vea a nadie. El macho puede practicar deportes pero ella no porque tendría que vestir shorts, o porque al correr se le mueven exageradamente los senos (cuando estás con tus cuates les dices tetas); el macho participa en fiestas y borracheras interminables; mientras ella tiene que estar en casa con sus padres, dormir temprano y no hablar más que con su amiga, aquella en la que sólo el macho confía porque las demás son unas putas; el macho puede tener amigas o aventuras porque es cabrón para las viejas, pero ella tiene que ser sumisa, decente, tiene que aprender a perdonar y a soportar: ella tiene que entender incondicionalmente porque para eso es mujer.

Aunque se presentaba desde la secundaria, en la preparatoria el macho tiene más próxima la oportunidad de emborrachar a las chicas para “meterles mano”, “dedearlas”, “cachondearlas”, para “chingarselas”. Un macho no da engorrosas explicaciones; menos atiende consecuencias. De eso se encarga nuestra sociedad: “eso le pasa por vestirse bien zancona”, “por andar de loca”, “por zorra”, “por pendeja”, “por coqueta”, “por fácil”, “por cachonda”, “porque es una gata”, “por arrastrada”, “porque nadie la pela”, “porque se cree bien buena”, “porque solamente así se la pueden coger”, … ¡Por puta!

Ante las responsabilidades el macho calla o pone pretextos, porque siempre hay una excusa metafísica (“se me metió el diablo”), una explicación extraordinaria que está en el núcleo de cada atrocidad (“yo no soy así pero tú me sacas lo peor”). En nuestra raquítica masculinidad no existe la posibilidad de equivocarnos por la sencilla razón de que somos hombres. Si contrataron a una mujer en lugar de a ti, es seguro que “le dio las nalgas al patrón”. Si un automóvil hizo un movimiento súbito imprudencial, “seguramente va manejando una vieja”. Si la mujer “quedó embarazada”, fue consecuencia porque “ella no se cuidó”. Si compró un nuevo auto, “es porque anda de puta”.

Alejandro Hope se pregunta quién mató a Ingrid Escamilla. El primer responsable fue su pareja, un psicópata de 46 años que, tras asesinarla, mutiló y desolló el cuerpo de Ingrid. Pero él no es el único responsable. A Ingrid la mató el deficiente sistema de seguridad de este país que mal registra y mal atiende la violencia de género, y tolera el acoso sistemático contra las mujeres. Según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares del INEGI, una de cada cuatro mujeres ha experimentado agresiones físicas y sexuales de su pareja durante la relación.

A Ingrid la mató la impunidad. En México, solamente uno de cada diez homicidios de
mujeres (feminicidios o no) termina en sentencia.

A Ingrid la mató la negligencia de la salud mental, en donde solamente el 2% de
presupuesto de salud está dirigido a este rubro.

A Ingrid la mató la cultura violenta y machista, esa en la que muchos hemos crecido y que se manifiesta de múltiples formas, como en la difusión de las fotografías del cadáver de Ingrid.

A Ingrid la mató nuestra indiferencia y nuestro silencio. Si no abatimos el machismo en casa, en la escuela, en el trabajo, en las calles, ¿con qué cara vamos exigirles a nuestros gobernantes un verdadero cambio en este país feminicida?

Los personajes del debate: un análisis desde la ficción

En mis redes sociales varios usuarios se han tomado la molestia de disuadirme de hablar de política, que mejor me dedique a tratar temas de los que más sé: cine, música y libros. Obviamente no iba a ceder al donaire retrógrada e intolerante de las pirañas cibernéticas, aunque, no obstante, me pareció una idea interesante hacer un acercamiento del Segundo Debate Presidencial desde la narratología, no un estudio exhaustivo de análisis del discurso, pero sí un divertimento desde el espíritu liberal.

Considerando que los tres candidatos (Jaime Rodríguez Calderón, alias “El Bronco” no fue considerado puesto que pretendo ahorrar tiempo y tinta) pueden ser analizados como personajes literarios, cabe preguntarse ¿por qué estudiar a los personajes? La importancia que tienen los personajes puede variar de un texto a otro. Hay textos que enfocan más la acción en sí, o que dirigen el interés hacia otros elementos, como, por ejemplo, el espacio en que ocurren los eventos narrados. Por lo general, los personajes juegan un papel muy central en la narración, dígase en este caso, en este relato llamado debate, que más bien pareció una sátira cutre.

Desde la tipología de los personajes de ficción, y considerando su respectivo desempeño dentro del segundo debate, presentamos el análisis de cada candidato:

Andrés Manuel López Obrador, el bufón, héroe torpe y payaso malvado.

Es un payaso o un bromista que cuenta adivinanzas, juegos de palabras (el ridículo y lento Ricky Riquín Canayín, aunque el personaje de ficción al que hizo referencia es Ricky Ricón). Con frecuencia es inteligente, aunque en el caso del candidato más bien es sagaz, ingenioso. Presume revelar supuestos hechos clave acerca de los personajes (las supuestas mentiras de Anaya) sobre los que hace payasadas, muy malas y pasadas de moda. Los bufones de Shakespeare, como los de Noche de Reyes o El rey Lear, son ejemplos muy conocidos. A pesar de esto, sus fanáticos, sin reconocerlo, lo asumen y entronizan como un héroe torpe: una persona bien intencionada (sobre todo con los sectores menesterosos) pero incompetente (su ignorancia en temas de política exterior y economía internacional es más que evidente), y que suele poner en riesgo de manera involuntaria a sus amigos, aliados y proyectos, en este caso a su propio partido con la incorporación de una enorme lista de personalidades polémicas, que van desde Napoléon Gómez Urrutia, Manuel Espino, Alfonso Romo, hasta Nestora Salgado. Los actos más llamativos del héroe torpe se derivan de confundir y estigatizar a inocentes y villanos (los que disentimos con el candidato somos corruptos, parte de la Mafia del Poder), detener a los malos con su sola presencia aparentemente superior al enemigo (recordemos que con su autoridad moral pretende combatir a la corrupción y demás problemas complejos), y malinterpretar las pruebas evidentes (por ejemplo, el incremento de la inversión en el DF durante su gestión como jefe de gobierno, en la cual no incluyó el ingreso por la venta de Banamex). Con su última actuación, López Obrador quedó más cerca del Payaso Malvado (por ejemplo, el Conde Milenario de D. Gray-Man) e inmensamente lejos del Viejo Sabio (Merlín, Yoda o Dumbledore).

Ricardo Anaya Cortés, el joven angustiado, el señorito, el genio malvado.

Un personaje masculino joven, normalmente guapo (no en el caso de Anaya) y viril (tampoco en el caso de Anaya), pero eso sí, muy conflictivo (sigue acumulando escándalos), hosco (¿Será por eso que no tuvo éxito su spot cantando al lado de Yuawi) y en lucha con el sistema establecido (basta ver cómo dejó al PAN). Suele representarse con James Dean y Holden Caulfield, de Salinger en El guardián entre el centeno, aunque Anaya encaja más en la línea de Anakin Skywalker, con la consigna de transformarse en señor oscuro, en un Darth Vader. Anaya también reúne caraterísticas del personaje tipo señorito: aristócrata muy elegante, típicamente vestido muy laboriosamente (reconozco que traje a la medida que usó en el debate fue impecable) y cuya forma de hablar se caracteriza por el abuso o mal empleo de frases o expresiones en inglés o francés (“Insolting” y “Unacceptabol”) o varias formas de hipercorrección. Más que por su inteligencia, el señorito destaca por ser parlanchín. No, Ricardo Anaya no es un héroe, en todo caso, por esa sonrisa inquietante que desveló contra AMLO en el debate, es plausible que devenga en genio malvado.

José Antonio Meade, un mayordomo británico.

No podría estar más de acuerdo con Jesús Silva-Herzog Márquez: Mead es un funcionario, no un político, y no termina de persuadir al electorado con la recurrente idea de que es un ciudadano autónomo; si bien se ha desempeñado como funcionario no militante, a sus espaldas lleva el peso implacable del PRI. Presente a menudo, si el personaje principal es rico o de clase alta (Enrique Peña Nieto, y anteriormente Felipe Calderón), es muy correcto, educado, hábil y leal a sus patrones, y siempre acude en su ayuda cuando lo necesitan (prueba de ello están sus cargos emergentes como secretario de energía, hacienda, relaciones exteriores, desarrollo social y candidato a la presidencia). Suele hablar con un exagerado acento inglés o tecnicista (como cuando habló de la implementación de tecnología en las aduanas) y puede tener un sentido del humor lacónico o ser propenso a comentarios cínicos (#YoMero). Algunos ejemplos son: Alfred Pennyworth de Batmano uno de los Hijos de Thanos en Avengers: Infinity War, Ebony Maw, por ejemplo. Estos mayordomos y otros sirvientes se solapan a veces con el hombre competente en contraste con otros empleados menos competentes o inteligentes (Miguel Ángel Osorio Chong o Luis Videgaray). Cuando ha ocurrido un crimen, siempre es el principal sospechoso, a veces de manera justificada como Ramsley en La mansión embrujada. Al mostrarse incapaz de reconocer el error de aceptar la visita de Donald Trump a Enrique Peña Nieto aquel amargo 31 de agosto del 2016, y anteponer a toda costa el concepto de diplomacia (algo que se aplaude, pero no en el caso de un visitante hostil como Trump) Mead corre el riesgo de ser un profesor chiflado, es decir un académico con información importante, pero cuyo interés en sus conocimientos le lleva a ignorar lo que sucede a su alrededor.

¿Por qué AMLO abarca más rasgos? Ya es una tradición de el eterno candidato aporte más material que sus contrincantes.

El infierno del acoso

Caso 1.
Alejandra llegó a la escuela con menos ganas que de costumbre. Un día más. El turno
vespertino complica más el asunto porque, al igual que muchos de sus compañeros, siente que no le rinde el día. Tras tomar una ducha rápida se puso su pants escolar y se hizo en una cola en el pelo. Se colgó su pesadísima mochila como si fuera paracaídas y se fue a tomar el camión. Su hermana mayor se había ido desde hacía ya una hora. Sus papás, como siempre, trabajando. Desde que recuerda, prácticamente toda su vida escolar la ha llevado a cabo sin ayuda de sus padres. Entre el trabajo de ambos y la congregación religiosa a la que pertenecen, apenas les queda el tiempo suficiente para tener la casa en pie.
A pesar de todo, para Ale (así le gusta que le digan) hoy era un día importante. Finalmente había decidido contarle a alguien aquello que le avergüenza tanto. Tras algunos intentos fallidos, quizás por su complejo de culpa o por su exagerada timidez, ha fracasado en confiarle a alguien lo que le ocurre. La psicóloga de la escuela ni siquiera la escuchó, al contrario, comenzó a lanzar preguntas que para Alejandra fueron como flechas envenenadas: ¿Dónde te tocó?, ¿te agarró las nalgas?, ¿te penetró con su pene?, ¿tocó tu vagina?, ¿te violó? A pesar de lo incómodo que se sentía Ale ante aquellas preguntas, la psicóloga argumentó que lo hacía por protocolo para dejar claras las cosas: “No vayas a estarte imaginando cosas o inventando situaciones”, le había dicho en aquella ocasión. Otro intento fue con el psicólogo del DIF, un profesionista recién egresado que solamente la colmó de promesas: “Te prometo que nunca te va a ocurrir lo mismo”. “Más bien –hace memoria Ale– se la pasó mandando mensajes de WA desde su teléfono”. ¿Un tercer intento? Sí, total, ¡qué otra cosa podría pasar! La maestra nueva se veía que era buena, confiable, que le gusta escuchar, tal vez ella le podría ayudar, no como la maestra de Matemáticas a quien, con solo contarle el inició, la espantó a grado tal que hasta pidió su cambio de plantel: “Me dijo que no me lo tomara a mal, pero que a ella no la metiera en esos asuntos porque su trabajo consiste solamente en dar clases, no en atender estas cosas”. Y no, definitivamente no pensaba contarle su situación a un maestro varón. Ale había escuchado en alguna ocasión que la mujer que es víctima de violación o algún tipo de abuso ve a su victimario en cada hombre que se encuentra a su paso. “Es verdad”, dice Ale con un gesto que se debate entre el miedo y el hartazgo.

Caso 2.
A pesar de la Reforma Educativa, todavía hay casos de profesores recomendados que son
impuestos desde arriba, ya sea desde el sindicato o desde el mismo gobierno, dice la
maestra Delfina, directora de un plantel de Secundaria en la zona serrana de Querétaro.
“Hace dos años, al inicio del ciclo escolar me enviaron al hijo de un maestro que ahorita
tiene mucho poder. Lo mandaron con muchas horas. ¿Qué podía hacer yo? Pues le otorgué las horas y comenzamos a trabajar sin hacer caso a los comentarios de los otros
maestros que ya llevan más tiempo”, dice la profesora con más de 25 años de experiencia. David llegó recomendado por su padre. Tiene 25 años de edad. No tuvo que hacer examen en el concurso de oposición porque traía órdenes desde arriba. Se incorporó de inmediato al equipo de trabajo de la maestra Delfina, en el turno matutino. Aún no terminaba el primer mes de clases cuando la directora recibió en su oficina a un grupo de cuatro niñas:
“Venían muy nerviosas. Al principio me dijeron que el maestro les hablaba con groserías.
Yo las conminé a que me dijeran la verdad. Finalmente confesaron que el maestro David
las abrazaba, las besaba y hasta al cine las había invitado a salir. No quisieron decir nada
en la casa porque dicen que de putillas no las iban a bajar”, relató la maestra Delfina. Pero esa no fue la primera ocasión.
El profesor David comenzó a enviarles vía WhatsApp fotografías de él mismo, al principio autorretratos (selfies, les dicen en la actualidad), posteriormente fotografías de él en traje de baño (supuestamente practicando natación), y semidesnudo. Finalmente les envió fotografías donde él aparece completamente desnudo. “Ya le dijimos que deje de enviarnos esas cosas, pero él piensa que estamos bromeando”, dice una de las niñas. “La verdad es que nos las sigue mandando porque una niña está enamorada de él, de hecho, ya hasta han salido en dos ocasiones”, dice otra de las niñas quien accede a dar esta información solamente a condición de que se mantenga en secreto su identidad.
“Ya hablé con el maestro, pero él lo niega todo. Dice que lo hacemos para golpear a su
papá. Ya le hice una carta de extrañamiento, ya le entregué una carta de exhorto, porque
yo también debo de protegerme, sino imagínese, hasta yo voy a salir embarrada”, dice la
maestra Delfina incapaz de disimular su azoro.

Caso 3.
“Estaba cursando el 8vo semestre de Lic. en Contaduría y Finanzas en la xxxxx.
El profesor se llamaba GS, era maestro de la carrera de contabilidad y un día hice una
pregunta. Me señaló con el tercer dedo, y después lo puso en su cabeza diciendo: ¡piensa,
L, piensa!. Comenté en la mesa con mi padre (mega machista) y me dijo, si quieres pasar
la materia, pídele una disculpa: algo hiciste mal.
“Fui a su oficina, y le pido una disculpa. Y, me pregunta ¿quieres pasar? y yo le digo que
sí. Después me señala al piso con sus ojos, después señala su entrepierna y me quedo
callada.
“Repitió su pregunta, yo le volví a decir que sí quería pasar. Volvió a repetir lo mismo de
mirar hacia el piso, y después hacia su pene, pero más enojado y levantando su
entrepierna hacia la puerta (donde yo estaba).
No le quise decir a nadie porque no era muy estudiosa. Me iban a decir que quería
quemarlo, porque me iba más o menos en la clase”.
El anterior es un testimonio publicado apenas el pasado 19 de noviembre de este año, en
el blog http://www.acosoenlau.com Apenas el pasado 22 de noviembre, mediante un
comunicado dirigido a sus profesores, el ITESM campus Monterrey anunció que el
académico Felipe Montes dejó de prestar sus servicios en esa institución por acusaciones
de acoso. Es la primera vez que la institución menciona el nombre del ahora exprofesor
del área de Letras, quien fue señalado hace unas semanas por alumnas del Tec como
autor de acoso y abuso sexual a través del referido blog.

La tragedia, nuestra oportunidad.

 

“Y tu dolor, mi prójimo lejano,

Es mi más hondo sufrimiento”.

José Emilio Pacheco.

 

No ahondaré en detalles de la broma macabra que la geografía nacional nos jugó el pasado 7 y, sobre todo, el 19 de septiembre. No esgrimiré metáforas para referirme a la funesta casualidad que recrudece la cicatriz de nuestra efeméride.

No hablaré de la tragedia, pero sí de las oportunidades que se asoman después de ésta.

La tragedia es una oportunidad para derrumbar el mito: en Querétaro la posibilidad de que ocurra un sismo es real y latente. Y más allá de nuestra fascinación torpe y fetichista de vanagloriarse de haber sido testigo del sismo de 1985, o de fustigar con donaire que los queretanos no tenemos ni idea de lo que se siente un sismo, tenemos la inmejorable oportunidad de estar preparados para la eventualidad.

La tragedia es una oportunidad para acostumbrarnos a hacer las cosas bien. El sismo ha evidenciado una vez más que las obras derruidas estaban sostenidas sobre el cimiento de la incompetencia y la corrupción. La línea 12 del metro está al borde del colapso. Las obras de su apuntalamiento y rehabilitación iniciarán este lunes, pero aún no hay fecha para iniciar con la reconstrucción de las ciudades afectadas en los estados golpeados por el sismo. ¿Cómo estamos haciendo las cosas en nuestra ciudad? Aunque por otros motivos nuestras calles estén destrozadas, tenemos la oportunidad de no emular el proyecto colapsado de urbanismo de nuestra querida capital federal.

La tragedia es una oportunidad para enfocar las prioridades y definir el interés en el otro. En el lamentable caso del feminicidio de Mara Castilla, la discusión de la opinión pública se decantó por el sabotaje a la presunta cobertura periodística de Jenaro Villamil. En estos momentos de tragedia el tema es otro, ya tendremos tiempo para hablar acerca del vergonzoso hito mediático de Frida Sofía. Al momento de yo escribir esto y tú leerlo, caro lector, hay personas con graves necesidades aún, en donde la ayuda aún no llega.

La tragedia es una oportunidad para remendar nuestra noción de participación ciudadana. De acuerdo a la plataforma de peticiones Change.org, la petición para que el Instituto Nacional Electoral (INE) done los millones de pesos destinados a los partidos políticos a los damnificados por los sismos del 7 y 19 de septiembre en nuestro país, ha roto todos los records en la historia de la plataforma. Hasta el momento en que escribo esto iban contabilizadas más de dos millones de firmas.

En parte por la presión social, pero sobre todo animados por la efervescencia de los tiempos electorales, PRI, PAN y Morena anunciaron en una especie de subasta de superioridad moral ceder al clamor popular de donar el dinero de sus campañas; el PRI fue hasta el momento el más específico: 25% de lo asignado para su campaña, equivalente a 258 millones de pesos. Recordemos que recientemente el INE había anunciado la asignación de 7 mil millones de pesos en total los partidos.

No hace falta ser analistas políticos para inferirlo: se trata de conseguir votos, no de un ejercicio de filantropía, de humanismo, parafraseando al periodista Luis Roberto Castrillón. Los partidos no están donando su dinero, están devolviendo recursos de quienes pagamos impuestos para las tareas de reconstrucción. Su temor ante eventuales resultados adversos en los procesos electorales por venir es más que evidente. Todos los partidos quieren sacar su raja electoral. En nuestra democracia incipiente, cara y corrupta, donar 25% para apoyar no es suficiente. Sigamos presionando. Ya sintieron el poder de la gente No nos equivoquemos: son votos, no humanismo.

La tragedia es una oportunidad para reflexionar respecto a nuestro concepto de ciudadanía, de nuestra queretanidad. El martes del sismo, en distintos puntos de nuestra ciudad dos vehículos se volcaron por manejar a exceso de velocidad, tendencia cada vez más recurrente en los automovilistas que circulan en nuestra capital. Como conductores no tenemos un protocolo ciudadano de seguridad para ceder el paso a vehículos de emergencia.

Ese mismo día, la desinformación colmó a las redes sociales y al servicio de mensajería WhatsApp al difundirse un audio en el que se daba cuenta de un grupo de hombres armados que había entrado a hacer asaltos múltiples en Plaza del Parque. La paranoia colectiva se viralizó (neologismo propio de nuestros tiempos) cuando varios testigos compartieron en redes sociales videos y fotografías del suceso. Cuando se confirmaron las noticias a través de medios periodísticos serios y de los canales de comunicación de las corporaciones policiacas, el daño por la desinformación ya estaba hecho. Con la noticia del sismo, la paranoia masiva se agravó. No faltó quien decretó el advenimiento del Apocalipsis. Si bien hubo leves indicios de movimiento en algunos puntos de la ciudad (personal de la UNAM reporta que el sismo en Querétaro tuvo una intensidad de entre 3 y 4m), hubo medios noticiosos que informaron que un estacionamiento de la calle Escobedo había sufrido daños a consecuencia del temblor.

La tragedia es una oportunidad para desprendernos de nuestro inútil, ridículo y anquilosado chauvinismo queretano. Para aquellos que se lamentan de que los chilangos vengan a buscar refugio en nuestra ciudad huyendo del sismo, es una oportunidad de integrarnos para renunciar a nuestra invisibilidad hipócrita y abrir los brazos a quienes han decidido, por condición o convicción, ser queretanos. Bienvenidos.

La tragedia es una oportunidad para unirnos sin la penosa necesidad de ser fatalistas. Tenemos la oportunidad de demostrarnos a nosotros mismos de que este país se levanta con y a pesar de sus políticos, pero no necesariamente por ellos.

Tenemos la oportunidad para ser héroes sin olvidar que la filantropía es anónima. Todos debemos ayudar, pero desde la dignidad del silencio virtuoso. Sí, la filantropía es anónima, de lo contrario se convierte en la versión más perversa de la vanidad.

No estoy frivolizando con la tragedia. Una de las más altas responsabilidades morales de los que estamos en el mundo de la cultura y las artes es ofrecer alternativas para sublimar nuestro placer y nuestra felicidad. La tragedia es una oportunidad para recordar que los artistas son/somos el medio no el fin, son/somos personas que ponen sus talentos al servicio del dolor y la tragedia del otro.

Nuestra ciudad es un centro de acopio. A pesar de que en Querétaro abundan personas en estado de abandono, necesidad y desgracia permanente, el dolor de nuestros hermanos lejanos y cercanos es nuestro hondo y compartido sufrimiento.

La violencia nuestra de cada día

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 673, del Diario de Querétaro del 27 de agosto del 2017.

Al día de hoy el mainstream de nuestra narrativa nacional es la violencia. Libros, películas, series de televisión, obras de teatro, telenovelas, discursos de políticos, canciones… La violencia ha pasado del exotismo a la folclorización llegando a la normalización simbólica hasta nuestros días. Y vaya que es redituable.

Aunque por su estridencia pierde contundencia, lo más deplorable es que la violencia en gran parte de nuestra narrativa ha dejado de ser sutil: se ha descarado con la fuerza comercial del best seller.

No sería descabellado que las editoriales le apostaran a la violencia como género literario, con la etiqueta de género como quien buscaba en los noventa discos de rock alternativo. Pero esa etiqueta, si existiere, debería de tener una nota aclaratoria: se trata de Literatura de Violencia Mexicana.

¿Por qué hablamos de etiquetas? Porque la violencia vende y vende bien. No importa de qué vertiente política o ideológica provenga el autor. La violencia mexicana, como etiqueta genérica, es en tabulador discursivo que ha congregado dentro de sí una colección de clichés para lectores inocentes tal, que cuando uno brinca de un libro/autor a otro, pareciera que estamos leyendo un mismo texto.

Violencia criminal, violencia sexual, violencia verbal (alimentada desde el gatopardismo oportunista), violencia de género (aprovechada por remedos del activismo social): la violencia nuestra de cada día. Si antes los autores recurrían a la literatura fantástica o a su propia imaginación, ahora les basta voltear a ver la realidad, su realidad, esa de la que tanto desdeñan, pero de la que invariablemente se nutren. Basta acudir a la nota roja para esgrimir ideas a partir de los rudimentos que la nota roja arroja.

Más que hablar de representaciones nuestra literatura se ha ocupado de aportar personajes, pero estos personajes, a su vez, son genéricos y, por ende, olvidables. Acaso los que perviven sean basados en su referente real: El Chapo, El Señor de los Cielos, La Reina del Sur…

Básicamente podríamos plantear dos categorías de la violencia literaria. A saber:

  • Las heridas específicas que los personajes se infligen dentro de la obra, unos a otros: tiroteos, puñaladas, ahorcamientos, ahogamientos, envenenamientos.
  • La violencia narrativa que afecta a los personajes, también llamada violencia autoral: la muerte y el sufrimiento que los autores introducen para favorecer el argumento o por la correspondencia con el tema, y cuya responsabilidad recae en el autor mas no en el personaje.

La violencia en la literatura puede ser simbólica, temática, bíblica, shakespereana (muy superior a Game of Thrones, por cierto), romántica, alegórica, trascendente. En contraste, la violencia en nuestra vida cotidiana es manifiesta, concreta, contundente. Las mentadas de madre en el tráfico ya inclemente de los días pico (atrás quedaron las vilipendiadas horas pico), los amagos, los golpes en una riña, se remiten a una mera agresión. Los asesinatos en nuestra entidad corresponden a un tema sociológico-antropológico-jurídico. La violencia en la literatura se remite a algo más.

En la literatura, la violencia es un concepto que se vuelca en el argumento y se ejecuta a través de los personajes. No obstante, de manera muy recurrente la violencia se ha decantado por competir inútilmente con el mundo real. La línea simbólica entre la realidad real y la realidad ficcional se están confundiendo no a favor de la literatura, sino a favor de la violencia como fenómeno en sí. Algunos autores deberían pagar regalías a víctimas y sicarios de lo que se está narrando.

Porque nuestros discursos y recursos narrativos, sean literarios, cinematográficos o televisivos, le han otorgado a la violencia la cualidad de ser fin, pero no medio. De a poco y al compás de las circunstancias, hemos renunciado a nuestra ingenuidad queretana ante el tema de la violencia con el toque de la delincuencia organizada. Antes nos sorprendíamos, ahora estamos buscando la manera de aquilatarlo. Pero en la violencia de la narrativa nos ofrece la posibilidad de encontrarnos en aquello de lo que estamos huyendo.

La muerte normalizada pierde solemnidad y gana en contenido gráfico y explícito. La muerte sin fin (valga el guiño intertextual) se ha vuelto accesible, populachera, ligera, sin resonancia, es la muerte por sí misma. ¿Acaso será por eso que, en las nuevas narrativas, específicamente en los escritores de menos de 40 años, la muerte por sí carece de densidad?

La literatura se está arrodillando al hecho real, en claro desprecio al hecho literario. ¿Qué ocurre por debajo de la violencia? En la realidad real, la violencia es sintomática de la corrupción, la delincuencia organizada, el narcotráfico, entre otros referentes. En la literatura, sin considerar la propuesta irrenunciable del género negro, por debajo de la violencia hay más violencia, en plena defenestración de cualquier intención artística. Se nos ha olvidado que la violencia es una acción simbólica, más allá que escenas de descabezados, violaciones tumultuarias, masacrados.

La literatura de la violencia por sí se asume como irreverente, con claridad, defienden algunos reseñistas aduladores. En la fútil competencia entre realidad y ficción el autor siempre va detrás, aunque la realidad nos presente lo contrario. De los autores mexicanos más vendidos, un grupo nutrido escribe con claridad a partir y para la violencia. Como Camus, pienso que los que escriben con claridad y sin el artificio de la sutileza siempre tendrán lectores; los que escriben oscuramente tendrán un puñado de comentaristas.

El lector no debería de pecar de ingenuo ante la realidad cotidiana ni ante la violencia narrada. El éxito de Game of Thrones, sustentado a lo largo de siete temporadas, radica en la conjugación de los grandes temas: muerte, amor y, sobre todo, poder. La violencia, estrictamente gráfica y ejecutada con estridencia, funciona como un medio de dichos temas, en un universo narrativo literario debajo del cual subyace algo más profundo, no la violencia en sí y para sí.

Hoy, la violencia es nuestro tema redituable. Muchos autores y empresas culturales lo saben, como el Teatro en Corto o Micro Teatro México, por citar un ejemplo. Mañana será la pornografía o algún otro y habrá siempre lectores y espectadores para consumir estridencias.

La violencia vende y muchos autores esperan que la violencia siga dando de sí.

Narrativas de las posverdad

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 657, del Diario de Querétaro del 7 de mayo del 2017.

El concepto de verdad se puede definir desde distintas perspectivas, considerando el carácter amplio y extensivo desde el punto de vista filosófico, y su naturaleza estricta y exacta, desde la noción lógica y lingüística.
No obstante, para definir la verdad podemos acudir a la fórmula clásica: Verdad es la adecuación del entendimiento con la cosa”. Suena bien, ¿verdad? No obstante, esta definición es determinista, irrenunciable, pero insatisfactoria por su flagrante pretensión de validez: “x es verdadero”.

Por muy determinante o contundente que parezca, el concepto no puede conformarse solamente con una definición pragmática y externa. Debemos de hacer un esfuerzo por extender el conocimiento de “x” y del por qué “x” es verdadero. No basta con decir que “x” es verdadero porque acierta o designa a la cosa. Es necesario mostrar que en lo verdadero radica aquello que se conoce y cómo se conoce de “x”: cómo se hace patente “x” objetivamente.

En contraste, el concepto de posverdad, también conocido como mentira emotiva, es un neologismo que se utiliza para referirse a la poca importancia que tienen los hechos objetivos frente a la influencia que las apelaciones emocionales y creencias personales tienen en la opinión pública. En esta semana, en los medios de comunicación conductores y autores de sus respectivos espacios se han decantado hacia la posverdad.

El pasado 29 de abril, El periódico El País publicó su titular “Explíquese, señor Rajoy”, en donde se cuestiona al presidente español por escándalos de corrupción al interior de su partido. El pasado lunes 1 de mayo, en su columna del miércoles del periódico Reforma, Denise Dresser plagió desde la cabeza, “Explíquese, Sr. Peña”, hasta la estructura argumentativa del editorial del medio español, de acuerdo a información de Angélica Recillas en su colaboración para el portal de la revista Étcetera[1]. El plagio, manifiesto en los ejemplos que presenta Recillas, y aceptado fugazmente por Dresser en su Twitter, no fue evidencia objetiva para quienes son seguidores de la politóloga egresada y docente del ITAM. Una voluntad acrítica que antepone las creencias, los actos de fe por encima de un plagio flagrante. Plagio y posverdad.

En su edición impresa del 4 de mayo, el periódico La Jornada de Oriente utiliza una fotografía para la nota de la reunión de gobernadores: “Antonio Gali firma compromisos en la Conago”. Para ilustrar la nota pone una fotografía de Gali Fayad, gobernador de Puebla, con el presidente Enrique Peña Nieto. Todo bien hasta allí. Pero hay un detalle: la foto fue recortada y editada. La original es una selfie tomada por Javier Lozano Alarcón, funcionario y conocido panista. El medio se tomó la libertad de bajar la foto del Twitter de Lozano, quitar al funcionario de su propia foto (ferviente usuario de esta red social) y otorgarse el crédito por la misma: Foto La Jornada de Oriente. Plagio y posverdad.

La madrugada de este miércoles, Leslie Berlín Osorio Martínez apareció ahorcada con un cable junto a una caseta telefónica, frente al edificio 4 de la Facultad de Ingeniería, al interior de Ciudad Universitaria de la UNAM. Sí, el cadáver de una mujer de 22 años aparentemente asesinada al interior de un lugar que se supone debería de ser seguro.

Tras esparcirse la noticia, desde el miércoles, y hasta el término de este texto, el #SiMeMatan seguía siendo tendencia en Twitter como una forma de manifestar protesta por los frecuentes feminicidios y desapariciones de mujeres en la capital del país. Pascal Beltrán del Río, director editorial del periódico Excelsior, publicó en TW “#SiMeMatan Revivo”, un ardid con el tono de burla similar al que había manifestado en otra publicación a propósito del caso de acoso a la comunicadora Támara de Anda.

Paralelamente, otra vez en redes sociales, la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México publicó información preliminar a pesar de que aún no había iniciado la investigación: “El día de los hechos, la pareja se reunió con varios amigos en CU, donde estuvieron alcoholizándose y drogándose”. “Su madre y su novio aseguraron que ella no estudiaba desde 2014, y dejó sus clases en CCH sur, donde debía materias”. Revictimización, regaño, estigmatización y banalización. Como si esa información aportara datos para la investigación. Posverdad y cinismo.

“Vamos a analizar un problema muy actual que por circunstancias especiales están en boca de todos” (sic). Así iniciaba Angélica Ángel Arvizu su programa de radio por internet. Karime, la adolescente que el pasado 2 de mayo fue reportada como desaparecida y al padre de la adolescente, fueron sus invitados. “El caso de una chica adolescente que ya es famosa porque ya se ha realizado un gran conflicto esto, que vamos a analizar desde varias perspectivas el asunto de Karime”, remataba Ángel Arvizu, que además se ostenta como terapeuta con el seudónimo de Angelpanther.

Además de Karime y su padre, previamente como invitada estuvo Aleida Quintana, antropóloga y activista social en el tema de feminicidios y desapariciones. “Admiro mucho porque es una de mis guerreras de la luz”, dijo de ella Angelpanther. Y continuó: “Bienvenida, corazón, porque sé que tú nos vas a iluminar el camino. Yo sé que esta situación que está pasando pues ha demeritado el movimiento, ¿verdad? Esta situación con Karime, ¿cómo la ves?”.

Desde un enfoque prudencial, Quintana advirtió que más que demeritar el movimiento se trataba de abordar el problema desde una perspectiva compleja, en donde intervienen los protocolos de las autoridades, el tratamiento del tema en los medios de comunicación proclives a la revictimización, la estigmatización y el linchamiento mediático, y tratar casa asunto en específico. No fue escuchada.

“¿Y nunca empatizaste con el dolor de tus padres, corazón?”, dijo Ángel Arvizu elevando la voz en flagrante regaño a Karime quien, tras ser evidenciada y señalada en redes sociales, tiene que confrontar ahora la ausencia deontológica de ciertos medios clickbait.

Parte de la versión de Aleida Quintana es la siguiente: “cuando entre la conductora Angélica Ángel Arvizu le decía a la niña alzándole la voz que necesitaba que contara las cosas y se disculpara con la sociedad por lo que había “ocasionado” y mientras ella haría quedar como mártires a los padres. Después le pidió narrar situaciones personales frente a quienes estaban presentes amenazándola con sacarle los trapitos al sol en vivo si no le contaba la “verdad”. Intervine en varias ocasiones; eso lo sabe la familia, la niña y el equipo de producción que estaban presentes. Le dije que no era adecuada la manera en que se dirigía a ella, que lo que hacía era revictimizante, que la cuestionaba peor que la Fiscalía, que teníamos que pensar en la vida de la joven y cuidar el proceso de la familia y que eso era poco ético ya que podía ocasional un conflicto mayor con la familia, pregunte si se haría responsable de las consecuencias”.

Dos horas después de su programa, en su muro de FB, Angélica Ángel Arvizu, pone lo siguiente: “Aviso: La botella y la piedra se te va a regresar desde arriba y por abajo. Chipotle con sangre…”.

[1] Ángelica Recillas, “El plagio y las paradojas perversas de Denise Dresser”, 3 de mayo del 2017. Revista Étcetera. Disponible en http://www.etcetera.com.mx/articulo/ElplagioylasparadojasperversasdeDeniseDresser/55231