El pachuco enmascarado.

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A pesar de que su aparición fue en la mitad del siglo XX, la huella de El laberinto de la soledad de Octavio Paz permanece con una vigencia indeleble en el pensamiento contemporáneo, incluso en nuestro siglo XXI en el que las interpretaciones psicológicas, metafísicas siguen fungiendo como tamices de interpretación, aunque se hace cada vez más pertinente un mayor acercamiento a la obra paciana. Si bien en la entrega titulada “La soledad en su laberinto” (BARROCO, domingo 6 de mayo del 2018) la dedicamos al autor a propósito de sus años de ausencia, no nos enfocamos de manera directa a la obra en sí. Vayamos a los primeros dos capítulos.

Capítulo 1. El pachuco y otros extremos.

De modo literal aunque inevitablemente analógico, Paz plantea inicialmente la imagen del adolescente y su asombroso descubrimiento de sí mismo, que lo lleva, casi por defecto, a un acto de conciencia contundente: el sujeto adolescente se encuentra solo en el mundo. Para abrirse paso ante esta condición, Paz plantea la siguiente pregunta: ¿Qué somos y cómo realizaremos eso que somos? La adolescencia, ese preciso momento en que tomamos conciencia de nuestro ser, y en el que concluyen procesos determinantes de desarrollo, es comparada por el autor con los pueblos “en trance de crecimiento”. El México posrevolucionario heredó la noción de un país en etapa reflexiva que necesariamente lo llevó a la autocontemplación. A partir de entonces afloraron los distintos niveles históricos que convivían o se confrontaban en un mismo presente. México se desveló como un mosaico de distintas razas, además de las diferentes lenguas, que ya de por sí marcaban una brecha por entender.

Fue en la ciudad de Los Ángeles donde Octavio Paz comienza su análisis (allí radicó el poeta de 1914 a 1919), comparando precisamente al gringo promedio con el bloque de más de un millón de mexicanos que ahí radicaban, que no se mezclan con la cultura estadunidense y que, por su parte, se autonombran pachucos, es decir, “bandas de jóvenes generalmente de origen mexicano, que viven en las ciudades del sur, que se singularizan por su vestimenta conducta y lenguaje”. Este grupo se encuentra ante una paradoja cultural e identitaria, similar al adolescente: no quiere volver a su origen mexicano, pero tampoco quieren pertenecer al sistema americano. El pachuco, según Octavio Paz, “es uno de los extremos a los que puede llegar el mexicano”. Pero esta posibilidad es siempre marginal, al pachuco le gusta irritar a la sociedad; entonces, y sólo entonces, el pachuco encuentra su lugar en el mundo, ergo, su razón de ser: se siente libre de romper las reglas, de conocer lo prohibido y, en pocas palabras, de desafiar al sistema.

En suma, el pachuco se sabe distinto y, precisamente por ello, se sabe solo.

No obstante, y al contrario de la tendencia frívola que aún ulula en nuestra autocomplacencia, Octavio Paz niega ese supuesto complejo de inferioridad que caracteriza al mexicano. En este sentido, confirmará Paz, para el mexicano “Sentirse solo no es sentirse inferior, sino distinto”. En este grado de identificación, la soledad no es una ilusión, sino más bien la vida contemplada con los ojos abiertos. La soledad del mexicano tiene sus raíces en dos vertientes: su profundo sentido religioso y en su convivencia con la muerte, su compañera perfecta fecundadora de vida (posteriormente, Paz se referirá al estilo de vida del mexicano: vivir como si la muerte no existiera). En ningún otro país más que en México se rinde culto a la muerte (la película Coco, por ejemplo, es una actualización importante en el espectro insondable de la cultura popular) pues se sabe que es la dadora de vida por excelencia.

Más que una cronología crítica, la historia de México es una búsqueda desesperada por encontrar su propio origen: a veces indigenista, otras hispanista, otras más afrancesado. De este modo, encerrado en el círculo de soledad que nosotros mismos hemos trazado, México, quiere “volver al centro de la vida de donde un día, en la Conquista o en la Independencia, fue desprendido”.

Capítulo 2. Máscarás mexicanas.

El ser mexicano se distingue por sus varias facetas que, a pesar de ser un ser singular, “siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos también de sí mismo.” Una vez tomada la distancia, o quizás para concretarla, el mexicano es capaz incluso de hacer uso del silencio, además de la palabra, como un instrumento de defensa, coerción, punición, autocomplacencia o consuelo. En México gustamos de quedarnos callarnos para expresar nuestro enojo con el otro.

A propósito de la palabra, Paz reflexiona sobre el poder real que la palabra misma ejerce sobre el mexicano. De entre el espectro lexicológico nacional, Paz destaca el concepto de “rajarse” cuyo significado, a la luz de nuestra cultura, revela el grado de machismo que nos distingue como mexicanos: ¡Puto el que se raje!

A pesar de su denominación de origen, sólo en México el concepto de “rajar” se complementa con otro ejemplo, el albur: lenguaje subliminal, más que sublime, enunciado en condificación secreta y de modo ingenioso y oportunista, pero, sobre todo, cargado de fuertes connotaciones sexuales y homosexuales utilizadas para agredir, retar al otro, y, finalmente, confirmar carácter cerrado frente al mundo. Una vuelta mas en el círculo de la soledad.

Pero, subyugado al círculo de la soeldad, el mexicano tiene la posibilidad de portar máscaras para proteger o disimular su intimidad, aunque no le intersa la intimidad ajena, de nueva cuenta el círculo de la soledad se vuelve a cerrar. La manera casi instintiva en la que consideramos peligroso todo aquello que represente a lo exterior/extranjero tiene su razón si revisamos la historia de nuestro país. No obstante, el mexicano sabe morirse en la raya, porque para nosotros las derrotas se sufren con dignidad.

@doctorsimulacro

 

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Carta a Mario Vargas Llosa

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Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 604, del Diario de Querétaro del 3 de abril del 2016.

No gozo del privilegio de conocerte en persona (¿puedo hablarte de tú?). Tampoco pretendo ostentarme como un crítico especializado. De hecho, ni siquiera he leído toda tu obra. No obstante, he de confesar que La fiesta del chivo (Alfaguara, 2000) fue una obra que me marcó por su avasalladora pasión narrativa: vivir en República Dominicana sin dejar de pisar Querétaro, un viaje en el lapso de una dictadura en tan solo tres días sin salir de casa.

Sé de tu alergia al género epistolar, por lo que la amplísima posibilidad de no ser leído por ti me animan a continuar escribiendo esta carta. El objetivo de la presente, a toro pasado, es más que una efervescente congratulación por tu cumpleaños. Ni siquiera es una efeméride que haya brincado de la plaza cívica de alguna secundaria (general o particular, la cosa no cambia) queretana donde ni siquiera se ha pronunciado tu nombre (ya no digamos que conocen un libro tuyo). Tampoco se trata de un oportunismo costumbrista para ostentarme como lector acérrimo de tu obra y autonombrarme como el tuerto heroico entre ciegos insignes que no han entrado al universo vargallosiano.

La presente es un simplemente un agradecimiento.

Gracias por tu faceta de socialité, envuelto desde el 2014 en aquél affaire con Isabel Preysler, exesposa de Julio Iglesias y, en aquel entonces, recientemente viuda de Miguel Boyer. “Romance confirmado y escándalo familiar” sentenciaba Caras en junio del año pasado. Con eso, admirado Mario, confirmaste que sigues vivo, y que no piensas dejar de estarlo por un buen rato, con la misma vivacidad y jocosidad con la que Marito se enamoró de Julia. ¿Reparaste en la sutiliza de los paralelismos del arte y su insoslayable relación con el chisme de farándula? Julia era 14 años mayor que tú, mientras que Isabel es la misma cantidad pero menor. ¿Cuántos no comienzan a quemar las arcas no bien llegan a los cuarenta, apreciado Mario?

Gracias por tu faceta de político. Del que va de la legítima simpatía socialista a la búsqueda frenética del liberalismo. Más que opinador, te convertiste en vertiente y referencia liberal propias de un intelectual serio. Mientas otros de ufanaron de sus estrechas amistades sustentadas en su respetable invocación idealista al régimen castrista, tú decidiste ser un liberal, allende las ideas de tu abuela Carmen y su anecdótica noción del liberalismo: “¿Y a qué se fugó a París ese tío liberal, abuelita?” “A qué iba a ser, hijito. A corromperse”; más allá del significado que liberal tiene para los EEUU y el mundo anglosajón: con implicación profunda en el socialismo de la conflagración y la izquierda radical; del liberalismo latinoamericano contemporáneo, llamándote incluso neoliberal, para lincharte y descalificarte, para tildarte de conservador, miembro de la mafia en el poder, reaccionario, cómplice del sistema, de la explotación y de las injusticias propias del capitalismo salvaje.

Fue en aquella célebre mesa de diálogo transmitida por Televisa y convocada por Octavio Paz en donde esgrimiste el binomio celebérrimo de la dictadura perfecta. Ni las inolvidables muecas de Paz ni la posterior broma de Krauze (¡dicta-blanda!) alcanzaron a opacar el impacto de tu idea: “no es el comunismo, no es la URSS, no es Fidel Castro, es México […] Tiene todas las características de una dictadura: la permanencia no de un hombre pero sí de un partido inamovible, que concede cierto espacio para la crítica en la medida que esa crítica le sirve […] una dictadura que ha creado una retórica de izquierda, la cual, a lo largo de su historia reclutó muy eficiente a los intelectuales. No creo que halla en América Latina una dictadura que haya reclutado tan eficientemente al medio intelectual, sobornándolo de una manera muy sutil a través de trabajos, de nombramientos, de cargos públicos…”.

No obstante tu alergia al género epistolar, destacan las misivas en las que dialogaste con algunos coetáneos del boom: Emir Rodríguez Monegal, Carlos Fuentes, Roberto Fernández Retamar, Jorge Edwards. Y las maravillosas Cartas a un joven novelista (Alfaguara, 2011), puestas en relieve recientemente por Rafael Pérez Gay.

Gracias por sugerirme no hacerme muchas ilusiones con el éxito literario. Si bien no hay razón para que no pueda acceder a él, los premios, el relumbrón (y uno que otro cargo público), la venta abarrotada de libros, el prestigio de ser un escritor, es un encaminamiento sui generis que rehúye a quienes más lo merecerían y abruman a quienes menos. Es decir, es fundamental no confundir la vocación literaria con la vocación por la fama.

Gracias por enseñarme que la rebeldía es el origen a la disposición precoz a crear historias y seres, una especie de rechazo de la vida cotidiana en pleno uso de nuestra facultad de desear e imaginar.

Gracias por sugerir que quien entra a la literatura lo debería de hacer como quien entra en una religión: dedicar vocación, dar el tiempo, dotar de energía y esfuerzo, estar en condiciones de llegar realmente a ser escritor, escribiendo una obra trascienda a mí mismo.

Gracias por recordarme que el genio no es el resultado precoz de una especie de destino manifiesto, sino el lúcido producto de una larga secuencia de vida entregada a la literatura, con años de disciplina y muchos más de perseverancia.

Gracias por la retórica de quien crea e inventa, porque la raíz de todas las historias es la experiencia de quien toma la iniciativa de escribirlas. La vida es la fuente de donde manan las ficciones: una novela, entonces, será siempre una biografía disimulada del autor. Si la ficción es por antonomasia una impostura, una novela será entonces una mentira que nos persuade hacia la verdad.

Gracias por enseñarme a leer y por invitarme a escribir. Porque quien escribe elige y organiza su universo gramatical, siendo esta organización el factor decisivo para quien cuenta historias porque precisamente de eso dependerá el peso de la persuasión de lo que queremos contar; y eso jamás podrá estar subsidiado al estilo.

Y sí, como bien me dices en las cartas, los estilos fracasan porque llegan a ser prescindibles. Y de que no se trata de ausencia de historias, sino de que esas historias contadas de otra manera, con las palabras adecuadas, serían mejores.

Gracias por recordarme que la crítica, con todo y que siempre quedará vedada a la totalidad del fenómeno de la creación, es un ejercicio de la razón y de la inteligencia. Pero en el proceso creativo, además de los anteriores, y apelando a que la creación es una crítica abrasiva de la cotidianidad, intervienen además la intuición, la sensibilidad, la adivinación, el azar, elementos que escaparán siempre a las redes de la más fina investigación crítica.

No, Mario. No te conozco en persona. Pero además de La fiesta del chivo, La tía Julia y el escribidor, fueron La ciudad y los perros (Alfaguara, 2000), Pantaleón y las visitadoras (Alfaguara, 2002), La guerra del fin del mundo (Alfaguara, 2006), El elogio de la madrastra (TusQuets, 1983) que confieso hurté de la biblioteca del colegio Salesiano en 1995, y las Cinco esquinas (Alfaguara, 2016) imperdibles pretextos para conocerte de cerca.

Gracias, Mario.