El monólogo del pudor: Paula, de Isabel Allende

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¿En qué piensa el lector cuando lee/escucha el nombre de Isabel Allende? No me refiero necesariamente al lector que conoce la obra de la autora chilena nacionalizada estadunidense, sino a la marca Isabel Allende. La pregunta pretende establecer un punto de encuentro entre el nombre de una de las escritoras más vendidas (ha alcanzado 65 millones de ventas, sus obras han sido traducidas a 35 idiomas) y lo que para el lector representa dicho nombre en términos literarios.

No son pocas las voces que se han proclamado a favor de que Isabel Allende sea condecorada con el premio Nobel de Literatura (galardón suspendido este año por la crisis de acoso sexual y corrupción que señala como responsable al esposo de Katarina Frostenson, poeta y académica de origen sueco, miembro vitaliacio de la academia que se encarga de entregar el premio). Tampoco son menos las voces que la elevan a rango de escritora de culto.

De entre sus tantos bestsellers el que ma había llamado poderosamente mi atención fue Paula (Plaza y Janés, 1994), una novela de carácter autobiográfico que comienza como una carta a su hija, Paula, quien en diciembre del año 1991, tras una grave crisis de porfiria, entró en coma y estuvo internada en un hospital de Madrid. Allí, “entre los largos y fríos del hospital”  la autora comenzaría las primeras líneas de su historia, desde los padres de sus padres, su infancia, sus dudas y romances, sus vivencias y anécdotas de lo más inverosímiles, familiares y personales, con la finalidad de que Paula recordara en caso de despertar. El texto funciona como un desahogo ante la tragedia, un vínculo de comunicación entre una madre desesperada al principio, y resignada al final, y su hija enferma, salvo que su hija nunca responde. A lo largo de la novela, Allende ha construido un artificio autobiográfico a una voz, en donde el lector es llevado a recorrer fragmentos históricos del golpe militar, a los viajes de la familia nuclear y extendida de la escritora, a sus cuitas amorosas en código de chisme, y a su proceso de iniciación y consolidación como escritora, todo bajo una supuesta consideración de la autora quien, poco a poco, acepta que su hija ya no está en aquel cuerpo inerte.

Con lo primero que nos tomamos es una especie de jugarreta especular. ¿De qué manera un texto narativo cuya creación fue animada por la condición de una enferma terminal terminó convirtiéndose en el universo simbólico de la autora? A medida que avanza la narracción, se agrava la enfermedad de Paula, hasta la muerte; mientras que en una especie de novela de formación, el personaje de Isabel Allende se va conformando hasta concretarse en lo que se ufana de ser: una escritora. El libro es un producto cultural oportunista generado a partir de un proceso de duelo: “Me vuelco en estas páginas en un intento irracional de vencer mi terror, se me ocurre que si doy forma a esta devastación podré ayudarte y ayudarme, el metículoso ejercicio de la escritura puede ser nuestra salvación […] este 8 de enero de 1992 te escribo, Paula, para traerte de vuelta a la vida”. Por la forma que se le da no a la devastación sino a la anécdota, este producto intitulado Paula, debió haberse llamado Isabel a través de Paula o Soy Isabel, la mamá de la enferma terminal Paula. El vuelco autobiográfico no es ni irracional, ni vence el terror (mucho menos propone un tratamiento desde la interesantísima propuesta de la biblioterapia) y sí que deforma la devastación, reclamando en una voz que no cede la protagonista, Isabel Allende, el arbitrio de la autora, so pretexto del estado de su hija. Isabel para Isabel, pues.

El resultado es un prolongado monólogo melodramático plagado de artificios en donde el pudor se desboca, pero aparecen como giños sugestivos de irreverencia. Los momentos más interesantes, aquellos en donde Allende ‘habla’ con Paula, quedan reducidos a meros pasajes iterativos que funcionan como transiciones entre cada una de las anécdotas articuladas desde la perspectiva totalizante de Isabel Allende: “¿Dónde andas, Paula? ¿Cómo serás cuando despiertes? ¿Serás la misma mujer o deberemos aprender a conocernos como dos extrañas?/¿Tendrás memoria o tendré qué contarte pacientemente los veintiocho años de tu vida y los cuarenta y nueve de la mía?”. El cálculo estructural de la narración y su orden cronológico pone en duda aquello de irracional y, si acaso se vence el terror (lo vence la Isabel Allende personaje y lo constata la Isabel Allende autora), lo que se confirma es un pudor exacerbado y complaciente, una especie de refugio flagrante cuyo pretexto autobiográfico es amplio para suscitar el mayor interés a partir de la identificación moral del lector con Allende.

Un ejemplo de domar al pudor se ilustra con una secuencia efectista melodramática: Isabel Allende personaje, de ocho años de edad, en la playa vacia el día de Navidad de 1950. En su andar la niña se encuentra con un pescador. Tras invitar éste a la niña a comer erizos “chupándonos los dedos mutuamente” el hombre dice sin más: “Tonta […] no te creo que tu muñeca hace pipí, a ver, muéstrame el hoyito. ¿Es hombre o mujer tu muñeca? ¡Cómo que no sabes! ¿Tiene pito o no tiene? Y entonces se quedó mirándome con una expresión indescifrable y de pronto tomó mi mano y la puso sobre su sexo. Percibí un bulto bajo la tela húmeda del pantalón de baño, algo que se movía, como un grueso trozo de manguera; traté de retirar la mano, pero él la sostuvo con firmeza mientras susurraba con una voz indiferente que no tuviera miedo, no me haría nada malo, solo cosas ricas.” El pescador cita a la niña al siguiente día, y ella acude a lo que a todas luces es una escena de abuso sexual infantil. ¿En dónde queda Paula? Habla Isabel Allende personaje: “Imagino que esta experiencia me dejó una cicatriz en alguna parte […] Al revivir el recuerdo del pescador no siento repugnancia o terror, por el contrario, siento una vaga ternura por la niña que fui y por el hombre que no me violó. Por años mantuve el secreto tan escondido en un compartimento separado de la mente, que no lo relacioné con el despertar a la sexualidad […]”.

Karl Ove Knausgård (La muerte del padre), Philip Roth (Patrimonio), Joan Didion (El año del pensamiento mágico), Cristina Fallarás (Honrarás a tu padre y a tu madre) son, sin aprovecharse de la circunstancia trágica de un tercero, como en el caso de Paula, superiores portentos que doman al pudor en plenos ejercicios literarios de libertad, exentos del melodrama fragil y autocomplaciente presentes en el registro literario estandarizado, tan célebres en la marca Isabel Allende.

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Literatura en la escuela

Les compartimos la más reciente emisión de #ClaseAbierta en la cual hablamos con nuestros invitados, los escritores y maestros Salvador García Yllescas y Daniel Muñoz Vega, acerca de la incorporación efectiva de la literatura en las aulas. También abordamos el perfil del estudiante idóneo de acuerdo a la propuesta del Nuevo Modelo Educativo recientemente presentado por la SEP. Ah, también conoceremos la obra literaria de nuestros invitados.Gracias por su preferencia, seguimos creciendo en audiencia.

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Cuando el cine conoció a la literatura II

Carol

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 594, de El Diario de Querétaro de  30 de enero del 2016.

Tanto en el cine como en la literatura, las posibilidades de un análisis son asequibles en la medida en que el lector/espectador sea capaz de sistematizar y expresar sus propias ideas de acuerdo a lo que lee o ve. En esta vertiente de posibilidades surgen experiencias en los linderos del placer estético y del placer intelectual. Ambos universos, tanto el estético como el intelectual, son parte de una experiencia estética total, sofisticada, concreta, intransferible y, sin embargo, efímera.

La mancuerna virtuosa del placer estético y del placer intelectual tiende a cobrar vivacidad y sofisticación dignas de un acto de plena libertad.

Para una mejor recepción e interpretación de la obra, tanto el placer estético como el intelectual aportan un conjunto mínimo de elementos, tales como:

  1. El prestigio de los autores, editoriales, actores, escritores, productores…: “sigo esperando que llegue a las librerías mexicanas el más reciente libro de Karl Ove Knausgård”; “pues claro que es buena película, el director es González Iñárritu y la actúa DiCaprio”.
  2. Las condiciones personales para elegir determinado libro o película de acuerdo a los interesantes de cada lector/espectador: “Dicen que el libro de las 50 sombras de Grey es muy intenso. Ya me interesó”; “¿Ya viste la nueva de Star Wars”.
  3. Los antecedentes simbólicos que presente la obra: “este libro presenta un replanteamiento del género detectivesco”; “dicen que esta película propone un giro en el personaje Mad Max”.
  4. La memoria literaria y cinematográfica de cada lector/espectador: “Ah, esa película me recuerda a Gladiador y a El Conde de Montecristo”.
  5. Y el contrato simbólico y de inteligibilidad para que el mundo narrado y representado a través de la narrativa literaria y cinematográfica: “–¡Ay, no es posible que un helicóptero sobrevuele así sobre el zócalo de la Ciudad de México; –Te recuerdo que estamos viendo una película del 007”.

En este sentido, dentro de las películas nominadas encontramos ejemplos clave que nos permiten poner en práctica los anteriores elementos de análisis e interpretación. Veamos.

Carol (Carol, 2015) bajo la dirección Todd Haynes, con el sublime duelo actoral de Cate Blanchett y Rooney Mara y la adaptación de la dramaturga neoyorkina Phyllis Nagy, es una composición poética narrativa y visual inspirada en la novela El precio de la sal (Anagrama, 1997) de Patricia Highsmith, quien la publicó originalmente en 1952 bajo el seudónimo de Claire Morgan.

La novela narra la historia de Therese Belivet, una escenógrafa que para ganarse la vida trabaja eventualmente en una tienda departamental durante la temporada decembrina neoyorkina. Entre el bullicio de la temporada, la situación emocional de Therese y el irrefrenable paso de la cotidianidad, una mujer rubia aparece para comprarle una muñeca a su hija. Se trata de Carol Aird, dama elegante, sofisticada, poderosa en el terreno de lo económico, que padece una profunda crisis emocional ante su inminente divorcio.

Tras aquel encuentro fortuito, ambas mujeres se enamoran. Luego de sostener encuentros cada vez más frecuentes, secretos e intensos, emprenden juntas un viaje pretendiendo cruzar el país, aunque el aún esposo de Carol se encargará de suspender la travesía.

De ninguna manera piense, caro lector, que le estoy “espoileando” (del modismo anglicismo spolier: describir aspectos importantes de una trama antes de que el lector/espectador haya accedido a la obra). Uno de los rasgos narrativos que diferencian el estilo de Highsmith respecto a Agatha Christie, Arthut Conan Doyle y hasta de Alfred Hitchcock, es que suele revelar aspectos fundamentales de la trama en las primeras páginas del libro, por ejemplo, desvelar al asesino.

Como autora de suspenso, Highsmith estaría más cercana a Dostoievsky, es decir, a un suspenso que pasa de largo los datos, cifras, pistas, y se avoca más a los motivos del asesino. Más allá de una profunda exploración en el protagonista, el lector tendrá poco o nada que encontrar.

Acaso para conservar su incipiente prestigio en el mundo de las literatura y el cine (Alfred Hitchcock llevó al cine Extraños en un tren (Editorial El País, 2004), novela que había sido editada por la prestigiosa Harper & Bros.); quizás porque en la década de los cincuenta la homosexualidad era considerada como una enfermedad; tal vez porque Highsmith intuía que podía ser estigmatizada como escritora lesbiana de literatura lesbiana; la autora con seudónimo decidió utilizar el título de la sal, para posteriormente retomar el de Carol en la década de los ochenta, cuando los prejuicios hacia la homosexualidad se habían matizado.

En realidad, Carol o El precio de la sal es un retrato literario de la misma Patricia Highsmith, cuya inspiración surgió desde 1948 cuando la autora vivía en Nueva York, a un año de la publicación de Extraños en un tren. Una fuerte depresión y una profunda crisis económica orillaron a Highsmith a conseguir un empleo eventual como empleada en una tienda de almacenes en Manhattan durante la aglomerada temporada decembrina. Junto a otros cuatro o cinco jóvenes en sus mismas condiciones, fue asignada como dependienta del departamento de juguetes, específicamente del enorme aparador de muñecas.

Fueron largas jornadas de trabajo, adosadas por el arduo convivió con muñecas caras y baratas, y por el ingente contacto con niños que se apretujaban a sus padres, o que se deslumbraban o lloriqueaban ante las muñecas nuevas.

Una mañana, entre el agotamiento de permanecer de pie por muchas horas, el barullo de las compras y el caos de la tienda departamental, apareció una mujer rubia envuelta en un abrigo de piel. Aquella dama con mirada confusa y aire ausente, golpeando lúdicamente su mano con un par de guantes, se acercó al aparador de muñecas atendido por Highsmith. Con un gesto pensativo, la mujer compró una muñeca, anotó sus datos en una tarjeta para la entrega a su domicilio y se marchó. A pesar de que se trataba de una compra cotidiana, Highsmith se sintió extraña, conmocionada, al borde del desmayo.

Tanto el libro como la película ofrecen personajes memorables, un relato apasionante por su complejidad y su poética literaria y visual, que impone referentes narrativos que suscitan la empatía y convicción, y un final atípico al que quizás se atribuye que la obra haya vendido más de un millón de copias en su edición de bolsillo en 1954.

Cuando hubo llegado a su departamento, con el fervor de la imaginación creativa, Highsmith plasmó en menos de dos horas su idea en ocho páginas: una historia de amor entre Carol, aquella rubia elegante envuelta en un oneroso abrigo de piel, y Therese, un personaje que quizás pueda parecer un anacronismo en pleno siglo XXI, pero que sigue siendo un referente, quizás un reflejo confidencial propio de nosotros los lectores.

Misión.

IMG_1690Aquel miércoles se le había antojado atípico por dos principales razones: 1. Había salido temprano del trabajo; 2. Tenía cuatro horas entre el trabajo y la entrevista con aquel poeta y editor por quien sentía una admiración crónica. Esas cuatro horas se presentaban, asimismo,  como un panorama idóneo para avanzar un poco en la novela que llevaba escribiendo desde hacía ya cuatro meses. No es que se enfrentara a la peste de la hoja en blanco: los personajes de la novela simplemente se habían tornado ridículamente herméticos.

Cruzó el bulevar, cruzó la puerta del café y, no bien llegó a la barra, pidió un americano intenso. Era el único en la fila, una razón más para ese miércoles atípico. Jamás repararía en que la cajera había equivocado la mezcla de café, por lo que en lugar de un intenso hubo de beber una mezcla vulgar entre veracruzano y granos finos.

Subió a la terraza del establecimiento. La mesita de servicio mutó a una especie de oficina emergente, imagen digna de una ilustración de decoraciones más lacónicas que minimalistas. Comenzó a escribir. Las ideas que estaba dispuesto a plasmar las había entretejido durante 45 minutos de trayecto en carretera. Era uno de aquellos empleados que trabajaban lejos de casa. Turistas pendulares, así es como se les denomina en las Ciencias Sociales.

Al abrir la computadora deseó por un segundo que su artefacto de escritura fuera una Remington, más que por una fantasía esnobista, por un deseo de establecer una imagen que lo diferenciara del hombre estándar corcovado predominante en ese tipo de espacios. Aquel fugaz deseo sucumbió a un replanteamiento del personaje. Sabía que con ese tiempo bien podía establecer una mejor perspectiva asociativa entre el personaje principal y su carácter persuasivo, sin que se alterara la trama original.

Instintivamente levantó la mirada para atender con desdén el tránsito de asistentes. Advirtió la presencia de una variedad interesante de corcovados, diferentes tan solo por la marca de sus máquinas. Cuando su mirada se fijaba en un punto neutro entre las escaleras y las plantas genéricas que adornaban la entrada a la terraza, un rostro implacablemente familiar se interpuso en su perspectiva. Tres años de imágenes le llegaron de golpe a la memoria. La sonrisa del rostro detonó en su cabeza un nombre, un apellido, un cuerpo y un puñado de deseos tan insondables como reprimidos. Era ella.

–¡Hola, profesor! ¿Cómo estás?– dijo aquella universitaria que contaba ahora con 20 años cumplidos.

–¡Karen!, ¡Karen Rivas! – respondió en una actitud torpe y amablemente fingida.

Ambos se fundieron en un abrazo elocuente. En aquellos segundos, infirió lo que en fantasía había anticipado: una espalda firme y lascivamente trapezoide. En el límite de los hombros se asomaban un par de huesos en perfecta sincronía casi volátil. Algunos cabellos de aquella melena ocre quedaron atrapados en sus labios. Por el movimiento de Karen dedujo que, como ocurría con frecuencia en el colegio, para abrazarlo ella tenía que pararse de puntitas.

Al separarse sus manos quedaron prendidas con un juego frágil de dedos. Karen inclinó su cabeza hacia el lado derecho mientras exageraba innecesariamente una sonrisa. Él miró fijamente a los ojos de su otrora alumna de Literatura Latinoamericana. La mirada incandescente de Karen era unánimemente discrepante respecto a aquella escena urbana y multitudinaria.

–Te presento a Gerardo, un amigo– dijo la joven mientras señalaba a un sujeto de rostro sedentario y mirada cansina. Portaba una melena con un corte selvático, matizado con  un mechón rubio. Seguramente por su gusto en el vestir, Gerardo había despertado no pocas veces las más alegres y ácidas referencias a Han Solo.

–Mucho gusto, Gerardo.– dijo mientras omitía su propio nombre deliberadamente. Soltó las manos de Karen para colocar lentamente su mano derecha en la barbilla. Se quedó mirando a Gerardo.

–¿Ves que nada es casualidad?– Dijo efusivamente Gerardo dirigiéndose a Karen con un gesto pertinaz.– Karen me ha hablado mucho de ti…

–De hecho veníamos platicando de ti– dijo Karen con un tono insulso. No obstante, Karen había adoptado aquella mirada que le alteraba de manera perjudicial el estado normal de las cosas.

–Por favor, tomen asiento.

–¿No te interrumpimos? Sé que eres una persona muy ocupada– fingió Karen.

Un breve silencio zanjó el saludo de los tres. Karen, acostumbrada a romper silencios, fue la primera en ocupar asiento, justo enfrente de su profesor, aquel tipo que le había regalado “Las correcciones” de Jonathan Franzen. En ese libro Karen había invertido cuatro meses de disciplina e insomnio para culminar dignamente su lectura. Fue un lunes cuando Karen, al término de la clase, se acercó con el profesor a presentarle sus muy legítimas razones para no considerarse una buena lectora. “No ha llegado hasta tus manos ese libro que te convierta en una lectora real”, había atajado su profesor. “No sé, quizás necesito a alguien que me acompañe a encontrarle el chiste a la lectura”, había dicho Karen. Muy lejana estaba la posibilidad de que el profesor se convirtiera al camino del abuso de estudiantes, tal y como no pocos de sus colegas habían optado. Su intachable trayectoria obedecía más al hecho de que en cada escuela donde había trabajado destacaba su probidad y respeto tanto a colegas como a estudiantes, que por la cursi perorata transcrita en su nada desdeñable reseña curricular. No obstante, había en la palabras de Karen una inquietante disuasión. Al principio fue una conmoción de carácter estético, una coartada de carácter literario. En breve tiempo, dicha conmoción devino en violentas fantasías de infusión sexual. Con el paso de los meses, Karen frecuentaba con mayor insistencia el cubículo del profesor de literatura. Devotamente, Karen había leído cada una de las recomendaciones literarias. Sin haberse dado cuenta se había convertido en una lectora voraz. Paralelamente al tráfico intenso de lecturas, Karen había implementado un juego privado, consistente en breves y aleatorias caricias. Al principio, con una diabólica discreción, Karen comenzó conformándose con mesarle el cabello, con rozar sus dedos con aquel rostro ríspido. Karen dejaba leves marcas de uñas en aquel cuello tenso y moldeado. Más adelante, una inocente malicia pervirtió los roces y los llevó a ambos a intercambiar fugaces tocamientos. Era una especie de cleptomanía erótica, un hurto mutuo de espacios erógenos en perenne viceversa. Aquello no fue más allá por una especie de acuerdo tácito que se impuso entre ambos. Había sido como una especie de espera consensuada, de distancia moral: el secreto como una enfermedad. Era como si en aquel momento hubiesen tenido la certeza de que habría un repentino e inevitable encuentro. Y quizás ambos estaban ante dicho encuentro.

–Cuéntame, ¿cómo te ha ido?

–No tengo sorpresas que contar. La verdad es que me gusta mantener un equilibro prolongado de las cosas. Eso me permite tener certezas de mi trabajo. La institución sigue en pie.

–O sea que te ha ido bien.

–Tengo proyectos, estoy escribiendo.

–¿En serio? Te dije, Gerardo. Mi profesor es un buen escritor.

Al decir la palabra “escritor” Karen comenzó a tocar con la punta de su pie descalzo la pantorrilla de su profesor. Una onda expansiva erizó el cuerpo de él por dentro. Tuvo que fingir interés en la charla, aunque su conciencia se había literalmente desdoblado.

–En realidad estoy comenzando a escribir. ¿Recuerdas que te dije en alguna ocasión que aborrecía la categoría de “escritor joven”? Siento que ya he recorrido una ruta decorosa como para plasmar mi perspectiva.

–¿O sea que un escritor debe de ser primero un lector? No estoy de acuerdo–despotricó Gerardo en un intento fallido por intervenir en el diálogo.

–No se trata de una percepción. Más que una carta de buenas intenciones, la creación es un problema ético y existencial–dijo el profesor, mientras el pie derecho de Karen incursionaba en su entrepierna. Había comenzado a transpirar, pero aún mantenía el control de la conversación. Bebió un trago de su café híbrido el cual ya había cobrado un sabor metálico. Tuvo la sensación de haber lamido una moneda.

–¿Pero sigues trabajando en el instituto?– prorrumpió Karen.

–Por supuesto. Pero ahora desde la dirección de sección.

–¿En serio? Es una verdadera lástima, ¿por qué no te pusieron en la dirección cuando yo estudiaba allí?

–En realidad fue una decisión un tanto improvisada. Verás, mis estudios avalaron mi promoción, aunque en realidad yo estudio porque tengo búsquedas personales.

–Me imagino que todos los estudiantes han de estar felices. Todos los estudiantes de mi generación adoramos tus clases. Recuerdo muy bien aquella donde hablamos de Sábato.

–Gracias por el recuerdo– dijo el profesor mientras los dedos de Karen le habían provocado una prominente erección.

–Recuerdo en que en el instituto fui víctima de la estupidez de la directora. Recuerdo también que me sacaban de clases por no traer suéter, por llegar tarde, por olvidar un cuaderno de asignatura, por no justificar una falta, por no traer tenis blancos para la clase de deportes…

–Eso ya terminó, Karen. Considero que hay batallas más urgentes e importantes que hay que librar– respondió mientras se flagelaba con la culpabilidad de mirarse a sí mismo siendo masturbado por una de sus estudiantes (exestudiante, en este caso), cuya imagen siempre fue la de una chica casi brillante.

–¿Qué quieres decir con otras batallas?– Karen abrió lascivamente los ojos. Un par de esferas ámbar destacaban de un rostro terso y grácil.

–El estudiante requiere momentos de certeza que le permitan decirse a sí mismo que hay una posibilidad de ser feliz. Es decir, el instituto no tiene que ser un centro de adiestramiento militar. Me importa mucho que el estudiante trascienda a sí mismo, que sea capaz de encontrarse a sí mismo. Para eso los docentes debemos de saber escuchar a nuestros estudiantes.

–Es increíble lo que me estás diciendo, ¿escuchas eso, Gerardo?

Gerardo fingía estar atento, aunque más bien estaba bebiendo a pequeños sorbos su frappé. El profesor, con aquella sobresaliente erección bajo la mesa, continuó:

–Llevamos un año sin poner ni un solo reporte por falta de disciplina o mala conducta, invertimos tiempo en evaluar el trabajo docente, diseñamos evaluaciones que vayan dirigidas al proceso más que a los resultados, fomentamos la convivencia y la diversidad sin distinciones de ningún tipo. Para la próxima semana iniciaré con un círculo de lectura y un taller de creación literaria para estudiantes y padres de familia.

El profesor de Karen se había olvidado de la erección aunque ésta seguía allí. Estos temas solían arrobar a sus interlocutores más por su pasión que por su factibilidad. Dio un sorbo prolongado a su café. De las cuatro horas, una había fenecido. A pesar de ser un estorbo sedante, Gerardo no daba muestras de aburrimiento. Comenzaba a ser prescindible para la reunión.

–No cabe duda de que esto es lo tuyo. Me considero afortunada de haber llevado las clases contigo. En la universidad me he destacado en las materias de comunicación y literatura.

–Te noto distinta, Karen.

–¿A qué te refieres con distinta?

–No lo sé. Antes eras como una casa habitación con grandes ventanales, enormes ventanales con hermosas cortinas traslúcidas. En esa casa entraba la luz, pero no se podía mirar del todo hacia adentro. En cambio, en este momento distingo que la casa ha quitado sus cortinas. Las ventanas están abiertas. Es una habitación diáfana.

–¡Te lo dije, Karen!– gritó Gerardo, en una entonación triunfalista. Las mesas vecinas se atribuyeron de inmediato el clisé de voltear a ver al impertinente gritón. En ese momento la erección cedió a una arquetípica flacidez.

–¿En serio notas eso, David?

–Es notorio. No hace falta ser un genio para advertirlo. A tu simpatía le has agregado un matiz de despreocupación. En sentido metafórico, me atrevo a afirmar que viajas con equipaje ligero.

–¿Ves que nada es casualidad?– insistió ridículamente Gerardo. El profesor había sentido un leve desconcierto cuando Karen pronunció su nombre.

–Nada es casualidad.

A partir de ese momento, Karen y Gerardo implementaron un código conformado por rudimentos desglosados de la psicología más pomposa y vulgar. El profesor sintió una especie de vértigo.

–Es por eso que tienes que venir conmigo…con nosotros, pues– continuó Karen, ahora enfundada en una convicción fingida –Ni nosotros ni tú podemos dejar pasar esta oportunidad de unirnos, de compartirnos, de darnos el tiempo para nosotros sin que nos importen los demás.

El profesor trasladó las palabras de Karen a una nueva y efervescente infusión sexual. Imaginó que subían al automóvil y se dirigían al poniente. Él conducía mientras ella jugueteaba con sus piernas, la derecha salía por la ventanilla del auto. Imaginó que hundía su rostro en las comisuras de aquellos senos desafiantes, mientras con las manos reedificaba por completo le belleza de aquella piel lechosa. Se imaginó en una pose postorgásmica, en la cual sus cuerpos formaban un solo cuerpo dedicado a la delectación. Se imaginó respirando hondo, acostado en la dehesa, mientras ella dormitaba sobre su pecho.

La escena se fue al garete.

Casi de la nada, con un movimiento hábil y discreto, Karen deslizó una carpeta de papel con diseño institucional. El profesor abrió la carpeta, sintió un panel finísimo entre sus manos. La carpeta contenía un formato similar a una solicitud de empleo. En la parte superior ponía “Ficha de inscripción”.

–Firma, David. Únete.

–Espera, ¿de qué se trata esto?

–No es casualidad que estemos aquí reunidos– dijo Karen. David se juró a sí mismo golpear o asesinar a cualquiera de sus dos interlocutores en caso de que escuchara nuevamente aquello de la maldita casualidad.

–Yo preferiría hablar de causalidad.

–¿Causalidad?–Karen sonrió brevemente– Eres muy profundo, David. Eso es muy bueno, porque es gracias a esa profundidad que tú eres digno a ser parte de la Misión.

–¿Misión?, ¿de qué maldita misión me estás hablando, Karen?

Gerardo tomó la palabra. El tiempo que había pasado casi en silencio no había sido más que un preludio engañoso.

–Se trata de que te unas a La Misión.

–No lo pienses, David. La Misión es un grupo de personas interesadas en tener un encuentro de profunda transformación, donde cada una de las personas que allí participan se encuentran con su propio yo– dijo Karen.

–En la Misión te encontrarás con personas apasionadas por vivir, libres para decidir y plenas para la virtud– remató Gerardo.

–Se trata de un proyecto interesante donde, a través de recursos propios de la tecnología social y de la ciencia humanista, establecemos las condiciones necesarias para nuestro autoconocimiento y autodescubrimiento, compartimos experiencias profundas entre mi ser y otros seres de otros planos cósmicos, manifestamos nuestra conexión a través de lazos de espiritualidad universal. Con esto, sentamos las bases de nuestra propia misión y heredamos un legado de éxito y amor para nuestro país. Esa es nuestra misión; de ahí el nombre del grupo.

Era la primera vez que el profesor escuchaba que Karen establecía un discurso conformado por más de una oración. A pesar de la rimbombante y risible terminología utilizada por su exalumna, era evidente que algo en ella había cambiado. Para describirla, se atrevió a inmiscuir un término de corte social: la habían alienado.

Un bullicio moderado, risas súbitas, vagos sonidos de teclas golpeteadas, una leve melodía de pseudojazz cosmético, fue aquel encuadre informe para aquel discurso amorfo de aquella mancuerna enajenada. Ya se habían extinguido dos de las cuatro horas que David tenía entre el trabajo y la siguiente entrevista con aquel escritor por el que sentía tanta admiración. Más que un derecho, el poder de disentir se había hecho presente pero de una manera disimuladamente sutil. A pesar de haberse pasado el resto de la charla respondiendo “Sí”, “Ajá”, “Ya”, “Ok”, David quiso dejar un hálito de esperanza con Karen. Suspiró.

–Me tengo que retirar, lo siento. La verdad estoy muy ocupado para eso.

–Llámame, David. Te dejo mi número– dijo Karen, regresando un poco a la Karen de las fantasías. Colocó una servilleta en el puño izquierdo del profesor. Él se sintió abruptamente harto.

–Es seguro que te llame, lo que no es nada seguro es que me inscriba a dicho evento…

–A la Misión, David, la Misión– aclaró tácitamente Gerardo.

– La Misión… sí, La Misión… disculpa Gerardo. No es nada seguro que asista a la Misión. Agradezco su interés.

Cuando hubo terminado de empacar sus pertenencias, se levantó de golpe. Karen lo tomó del brazo y acercó su rostro a la oreja derecha del profesor como si quisiera hacerle una confesión. David quedó a la deriva, nuevamente con algunos cabellos ocre en la comisura de sus labios. Pensó cambiar drásticamente de tema, quizás recomendarle un nuevo libro. Temió (quizás deseó) recopilar nuevo material para sus fantasías, pero la brecha entre sus deseos y el hartazgo de aquel miércoles atípico fueron más fuertes. Mientras abrazaba a Karen a modo de despedida, y no tan efusivamente como al inicio del encuentro, notó que Gerardo no apartó la vista de ellos en ningún instante.

–Ha sido un placer encontrarte. Quizás pudiéramos vernos para hablar en perspectiva, desde otras voces, desde otros ámbitos. Sabes…

–Nada es casualidad, David.

–Pero Karen, yo…

–Nada es casualidad.