El monólogo del pudor: Paula, de Isabel Allende

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¿En qué piensa el lector cuando lee/escucha el nombre de Isabel Allende? No me refiero necesariamente al lector que conoce la obra de la autora chilena nacionalizada estadunidense, sino a la marca Isabel Allende. La pregunta pretende establecer un punto de encuentro entre el nombre de una de las escritoras más vendidas (ha alcanzado 65 millones de ventas, sus obras han sido traducidas a 35 idiomas) y lo que para el lector representa dicho nombre en términos literarios.

No son pocas las voces que se han proclamado a favor de que Isabel Allende sea condecorada con el premio Nobel de Literatura (galardón suspendido este año por la crisis de acoso sexual y corrupción que señala como responsable al esposo de Katarina Frostenson, poeta y académica de origen sueco, miembro vitaliacio de la academia que se encarga de entregar el premio). Tampoco son menos las voces que la elevan a rango de escritora de culto.

De entre sus tantos bestsellers el que ma había llamado poderosamente mi atención fue Paula (Plaza y Janés, 1994), una novela de carácter autobiográfico que comienza como una carta a su hija, Paula, quien en diciembre del año 1991, tras una grave crisis de porfiria, entró en coma y estuvo internada en un hospital de Madrid. Allí, “entre los largos y fríos del hospital”  la autora comenzaría las primeras líneas de su historia, desde los padres de sus padres, su infancia, sus dudas y romances, sus vivencias y anécdotas de lo más inverosímiles, familiares y personales, con la finalidad de que Paula recordara en caso de despertar. El texto funciona como un desahogo ante la tragedia, un vínculo de comunicación entre una madre desesperada al principio, y resignada al final, y su hija enferma, salvo que su hija nunca responde. A lo largo de la novela, Allende ha construido un artificio autobiográfico a una voz, en donde el lector es llevado a recorrer fragmentos históricos del golpe militar, a los viajes de la familia nuclear y extendida de la escritora, a sus cuitas amorosas en código de chisme, y a su proceso de iniciación y consolidación como escritora, todo bajo una supuesta consideración de la autora quien, poco a poco, acepta que su hija ya no está en aquel cuerpo inerte.

Con lo primero que nos tomamos es una especie de jugarreta especular. ¿De qué manera un texto narativo cuya creación fue animada por la condición de una enferma terminal terminó convirtiéndose en el universo simbólico de la autora? A medida que avanza la narracción, se agrava la enfermedad de Paula, hasta la muerte; mientras que en una especie de novela de formación, el personaje de Isabel Allende se va conformando hasta concretarse en lo que se ufana de ser: una escritora. El libro es un producto cultural oportunista generado a partir de un proceso de duelo: “Me vuelco en estas páginas en un intento irracional de vencer mi terror, se me ocurre que si doy forma a esta devastación podré ayudarte y ayudarme, el metículoso ejercicio de la escritura puede ser nuestra salvación […] este 8 de enero de 1992 te escribo, Paula, para traerte de vuelta a la vida”. Por la forma que se le da no a la devastación sino a la anécdota, este producto intitulado Paula, debió haberse llamado Isabel a través de Paula o Soy Isabel, la mamá de la enferma terminal Paula. El vuelco autobiográfico no es ni irracional, ni vence el terror (mucho menos propone un tratamiento desde la interesantísima propuesta de la biblioterapia) y sí que deforma la devastación, reclamando en una voz que no cede la protagonista, Isabel Allende, el arbitrio de la autora, so pretexto del estado de su hija. Isabel para Isabel, pues.

El resultado es un prolongado monólogo melodramático plagado de artificios en donde el pudor se desboca, pero aparecen como giños sugestivos de irreverencia. Los momentos más interesantes, aquellos en donde Allende ‘habla’ con Paula, quedan reducidos a meros pasajes iterativos que funcionan como transiciones entre cada una de las anécdotas articuladas desde la perspectiva totalizante de Isabel Allende: “¿Dónde andas, Paula? ¿Cómo serás cuando despiertes? ¿Serás la misma mujer o deberemos aprender a conocernos como dos extrañas?/¿Tendrás memoria o tendré qué contarte pacientemente los veintiocho años de tu vida y los cuarenta y nueve de la mía?”. El cálculo estructural de la narración y su orden cronológico pone en duda aquello de irracional y, si acaso se vence el terror (lo vence la Isabel Allende personaje y lo constata la Isabel Allende autora), lo que se confirma es un pudor exacerbado y complaciente, una especie de refugio flagrante cuyo pretexto autobiográfico es amplio para suscitar el mayor interés a partir de la identificación moral del lector con Allende.

Un ejemplo de domar al pudor se ilustra con una secuencia efectista melodramática: Isabel Allende personaje, de ocho años de edad, en la playa vacia el día de Navidad de 1950. En su andar la niña se encuentra con un pescador. Tras invitar éste a la niña a comer erizos “chupándonos los dedos mutuamente” el hombre dice sin más: “Tonta […] no te creo que tu muñeca hace pipí, a ver, muéstrame el hoyito. ¿Es hombre o mujer tu muñeca? ¡Cómo que no sabes! ¿Tiene pito o no tiene? Y entonces se quedó mirándome con una expresión indescifrable y de pronto tomó mi mano y la puso sobre su sexo. Percibí un bulto bajo la tela húmeda del pantalón de baño, algo que se movía, como un grueso trozo de manguera; traté de retirar la mano, pero él la sostuvo con firmeza mientras susurraba con una voz indiferente que no tuviera miedo, no me haría nada malo, solo cosas ricas.” El pescador cita a la niña al siguiente día, y ella acude a lo que a todas luces es una escena de abuso sexual infantil. ¿En dónde queda Paula? Habla Isabel Allende personaje: “Imagino que esta experiencia me dejó una cicatriz en alguna parte […] Al revivir el recuerdo del pescador no siento repugnancia o terror, por el contrario, siento una vaga ternura por la niña que fui y por el hombre que no me violó. Por años mantuve el secreto tan escondido en un compartimento separado de la mente, que no lo relacioné con el despertar a la sexualidad […]”.

Karl Ove Knausgård (La muerte del padre), Philip Roth (Patrimonio), Joan Didion (El año del pensamiento mágico), Cristina Fallarás (Honrarás a tu padre y a tu madre) son, sin aprovecharse de la circunstancia trágica de un tercero, como en el caso de Paula, superiores portentos que doman al pudor en plenos ejercicios literarios de libertad, exentos del melodrama fragil y autocomplaciente presentes en el registro literario estandarizado, tan célebres en la marca Isabel Allende.

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El infierno del acoso

Caso 1.
Alejandra llegó a la escuela con menos ganas que de costumbre. Un día más. El turno
vespertino complica más el asunto porque, al igual que muchos de sus compañeros, siente que no le rinde el día. Tras tomar una ducha rápida se puso su pants escolar y se hizo en una cola en el pelo. Se colgó su pesadísima mochila como si fuera paracaídas y se fue a tomar el camión. Su hermana mayor se había ido desde hacía ya una hora. Sus papás, como siempre, trabajando. Desde que recuerda, prácticamente toda su vida escolar la ha llevado a cabo sin ayuda de sus padres. Entre el trabajo de ambos y la congregación religiosa a la que pertenecen, apenas les queda el tiempo suficiente para tener la casa en pie.
A pesar de todo, para Ale (así le gusta que le digan) hoy era un día importante. Finalmente había decidido contarle a alguien aquello que le avergüenza tanto. Tras algunos intentos fallidos, quizás por su complejo de culpa o por su exagerada timidez, ha fracasado en confiarle a alguien lo que le ocurre. La psicóloga de la escuela ni siquiera la escuchó, al contrario, comenzó a lanzar preguntas que para Alejandra fueron como flechas envenenadas: ¿Dónde te tocó?, ¿te agarró las nalgas?, ¿te penetró con su pene?, ¿tocó tu vagina?, ¿te violó? A pesar de lo incómodo que se sentía Ale ante aquellas preguntas, la psicóloga argumentó que lo hacía por protocolo para dejar claras las cosas: “No vayas a estarte imaginando cosas o inventando situaciones”, le había dicho en aquella ocasión. Otro intento fue con el psicólogo del DIF, un profesionista recién egresado que solamente la colmó de promesas: “Te prometo que nunca te va a ocurrir lo mismo”. “Más bien –hace memoria Ale– se la pasó mandando mensajes de WA desde su teléfono”. ¿Un tercer intento? Sí, total, ¡qué otra cosa podría pasar! La maestra nueva se veía que era buena, confiable, que le gusta escuchar, tal vez ella le podría ayudar, no como la maestra de Matemáticas a quien, con solo contarle el inició, la espantó a grado tal que hasta pidió su cambio de plantel: “Me dijo que no me lo tomara a mal, pero que a ella no la metiera en esos asuntos porque su trabajo consiste solamente en dar clases, no en atender estas cosas”. Y no, definitivamente no pensaba contarle su situación a un maestro varón. Ale había escuchado en alguna ocasión que la mujer que es víctima de violación o algún tipo de abuso ve a su victimario en cada hombre que se encuentra a su paso. “Es verdad”, dice Ale con un gesto que se debate entre el miedo y el hartazgo.

Caso 2.
A pesar de la Reforma Educativa, todavía hay casos de profesores recomendados que son
impuestos desde arriba, ya sea desde el sindicato o desde el mismo gobierno, dice la
maestra Delfina, directora de un plantel de Secundaria en la zona serrana de Querétaro.
“Hace dos años, al inicio del ciclo escolar me enviaron al hijo de un maestro que ahorita
tiene mucho poder. Lo mandaron con muchas horas. ¿Qué podía hacer yo? Pues le otorgué las horas y comenzamos a trabajar sin hacer caso a los comentarios de los otros
maestros que ya llevan más tiempo”, dice la profesora con más de 25 años de experiencia. David llegó recomendado por su padre. Tiene 25 años de edad. No tuvo que hacer examen en el concurso de oposición porque traía órdenes desde arriba. Se incorporó de inmediato al equipo de trabajo de la maestra Delfina, en el turno matutino. Aún no terminaba el primer mes de clases cuando la directora recibió en su oficina a un grupo de cuatro niñas:
“Venían muy nerviosas. Al principio me dijeron que el maestro les hablaba con groserías.
Yo las conminé a que me dijeran la verdad. Finalmente confesaron que el maestro David
las abrazaba, las besaba y hasta al cine las había invitado a salir. No quisieron decir nada
en la casa porque dicen que de putillas no las iban a bajar”, relató la maestra Delfina. Pero esa no fue la primera ocasión.
El profesor David comenzó a enviarles vía WhatsApp fotografías de él mismo, al principio autorretratos (selfies, les dicen en la actualidad), posteriormente fotografías de él en traje de baño (supuestamente practicando natación), y semidesnudo. Finalmente les envió fotografías donde él aparece completamente desnudo. “Ya le dijimos que deje de enviarnos esas cosas, pero él piensa que estamos bromeando”, dice una de las niñas. “La verdad es que nos las sigue mandando porque una niña está enamorada de él, de hecho, ya hasta han salido en dos ocasiones”, dice otra de las niñas quien accede a dar esta información solamente a condición de que se mantenga en secreto su identidad.
“Ya hablé con el maestro, pero él lo niega todo. Dice que lo hacemos para golpear a su
papá. Ya le hice una carta de extrañamiento, ya le entregué una carta de exhorto, porque
yo también debo de protegerme, sino imagínese, hasta yo voy a salir embarrada”, dice la
maestra Delfina incapaz de disimular su azoro.

Caso 3.
“Estaba cursando el 8vo semestre de Lic. en Contaduría y Finanzas en la xxxxx.
El profesor se llamaba GS, era maestro de la carrera de contabilidad y un día hice una
pregunta. Me señaló con el tercer dedo, y después lo puso en su cabeza diciendo: ¡piensa,
L, piensa!. Comenté en la mesa con mi padre (mega machista) y me dijo, si quieres pasar
la materia, pídele una disculpa: algo hiciste mal.
“Fui a su oficina, y le pido una disculpa. Y, me pregunta ¿quieres pasar? y yo le digo que
sí. Después me señala al piso con sus ojos, después señala su entrepierna y me quedo
callada.
“Repitió su pregunta, yo le volví a decir que sí quería pasar. Volvió a repetir lo mismo de
mirar hacia el piso, y después hacia su pene, pero más enojado y levantando su
entrepierna hacia la puerta (donde yo estaba).
No le quise decir a nadie porque no era muy estudiosa. Me iban a decir que quería
quemarlo, porque me iba más o menos en la clase”.
El anterior es un testimonio publicado apenas el pasado 19 de noviembre de este año, en
el blog http://www.acosoenlau.com Apenas el pasado 22 de noviembre, mediante un
comunicado dirigido a sus profesores, el ITESM campus Monterrey anunció que el
académico Felipe Montes dejó de prestar sus servicios en esa institución por acusaciones
de acoso. Es la primera vez que la institución menciona el nombre del ahora exprofesor
del área de Letras, quien fue señalado hace unas semanas por alumnas del Tec como
autor de acoso y abuso sexual a través del referido blog.

La espuma de los días de Boris Vian

Una definición interesante de literal la podemos encontrar en William Wilson de Edgar Allan Poe: todo lo que los pobres de entendimiento ven en una pintura.

Lo literal se dispersa al ritmo de las redes sociales. Lo literal determina la tendencia de los contenidos, y éstos, a condición perversa de la ignorancia del espectador y la nostalgia de otros tiempos, se siguen ofreciendo al espectador de lo literal.

Quizás sea esta la razón que nos enfrentemos a una especie de involución de clásicos contemporáneos. En esta semana ya nadie se refirió al remake de It (Andy Muschietti, 2017) y nos enfocamos más en Coco (Lee Unkrich, 2017). Aunque infinitamente superior a la primera, la entronación de Coco como tributo cultural a lo que llamamos mexicano se debió mucho a la dispersión de lo literal en redes sociales: la película está buena porque nos hace llorar a los mexicanos. Obviamente el mensaje va más allá de lo literal.

Lo sutil pierde terreno ante lo literal. Me imagino que si uno de los escritores contemporáneos recreara El bordo (Fondo de Cultura Económica, 1960) de Sergio Galindo, seguramente estaríamos frente a un narcorrelato, con buchonas, acribillados, decapitaciones, narcocorridos y ajustes de cuentas.

No recuerdo las circunstancias que me trajeron a leer La espuma de los días (Alianza Editorial, 1993) de Boris Vian, pero no dudaría que fue a través de la curiosidad que provoca el universo del jazz. Nos encontramos frente a una novelita emblemática que, por principio de cuentas, se encarga de desbrozar nuestro criterio de lo literal. Un universo de fantasía y multicolor que en pleno siglo XXI no envejece a pesar de haberse escrito en la segunda mitad de la década de los cuarenta.

El exhorto en el prefacio de la novela es emblemático: “En la vida, lo esencial es formular juicios a priori sobre todas las cosas. En efecto, parece ser que las masas están equivocadas y que los individuos tienen siempre razón. Es menester guardarse de deducir de esto normas de conducta: no tienen por qué ser formuladas para ser observadas”.

Sí, la novela se encarga de esto. Se trata de una ridiculización a las clases altas, al estilo de vida cursi, a la vocación por frivolizar la vida en consonancia por el amor de las cosas caras. No obstante, y aquí es donde se presenta una de las ironías geniales que determinará el rumbo de la narración, la historia que se cuenta en La espuma de los días es enteramente verdadera, ya que se la ha inventado el autor de cabo a rabo: “Su realización material propiamente dicha consiste, en esencia, en una proyección de la realidad de una atmósfera oblicua y recalentada, sobre un plano de referencia irregularmente ondulado y que presenta una distorsión”.

Ante este escenario, solamente es posible que existan dos cosas en esta vida, de acuerdo al autor: el amor en todas sus formas, con mujeres hermosas, y la música de Nueva Orleans o de Duke Ellington. ¿Qué hacemos con lo demás? Debería de desaparecer porque lo demás es feo.

En esta historia de amor que se torna en una amarga y plomiza tragedia, desde el principio somos invitados a entrar a la casa de Colin, uno de los protagonistas, una opulenta residencia con el servicio de cocinero disponible de manera permanente, un tipo carismático, servicial y talentoso llamado Nicolás. También conocemos a Chick, el mejor amigo de Colin, adicto a los libros, específicamente a aquellos donde se presentan los postulados filosóficos de Jean Sol Partre (si usted se rió, caro lector, no le extrañe que un servidor no acuda a lo literal para explicar este anagrama), y cuya adicción, ya de por sí enfermiza, deviene en una desviación viciosa en espiral fatal. Chick se hace acompañar de su novia, Alise, quien abonará con gravidez a la imagen de un amor imposible entre ella y Colin, otro desafío más a lo literal.

El repertorio de personajes se cierra con Chloé, una chica con hermosura sui generis que inspirará a Colin a lanzar frases como esta: tu piel es tan suculenta como la sopa de almendras. Cuando Colin conoció a Chloé, éste tragó saliva, la boca le ardía como si la tuviera llena de buñuelos ardiendo:

–¡Hola!… – dijo Chloé.

–Hola… ¿Eres una versión adaptada por Duke Ellington?… –Preguntó Colin. Y se marchó porque estaba convencido de que había dicho una estupidez.

Bajo esta tónica, el desafío a lo literal se imprime en cada una de las páginas, al tiempo en que la historia da un giro a partir de que a Chloé le va creciendo un nenúfar en el interior de uno de sus pulmones. En ese punto de quiebre, la realidad opulenta se pervierte. El autor nos conduce a un camino trágico con lo peor de la vida: la enfermedad en la descomposición de Chloé; el trabajo (Colin se ve obligado a trabajar en las peores condiciones para poder pagar el tratamiento de Chloé); la adicción hacia lo políticamente correcto (Chick engendra sentimientos malignos en su incontrolable fascinación por la obra de Partre); la religión inútil, burócrata, absurda y vacía; y el fanatismo ideológico en cualquiera de sus facetas.  Todo esto se cuenta desde una virtuosa sutileza ajena a la inmediatez vulgar de lo literal.

A cada página se abre un misterio. En cada pequeño capítulo (¡a pesar de sus 261 páginas es un prolífico universo narrativo!) se abre un clúster multicromático de posibilidades infinitas, narradas a modo del hard bop más elucubrante de Ellington.

La siguiente playlist también se hace presente en el libro:

  • Take the ‘A’ train.
  • Caravan
  • Chloé.
  • The mood to be wooded.
  • Sophisticated lady.
  • Fleurette africaine.
  • Slap happy.

No me referiré a la adaptación cinematográfica porque ésta, de manera deplorable, más cercana al pop que al jazz, acude a lo literal y sacrifica lo sublime. La espuma de los días es un libro que ningún lector debería de vivir sin leer.

Clúster

Compré el periódico de hoy. En la de ocho ponía: “Investigan a Sense por pruebas en humanos”. Llevo tiempo siguiendo las notas periodísticas respecto a las pruebas de Sense en la implementación de sus sistemas de seguridad. Al carecer de fuentes confiables las notas fueron reducidas a rumores casi de inmediato.

Llego a la oficina. Tras ponerme el overol blanco, camino por el pabellón C hasta llegar al clúster de pruebas. Cuando los directivos de Sense me contrataron, hace ya dos años, habían sido muy claros conmigo: “Queremos diseñar los mejores sistemas de seguridad para nuestros vehículos”. Mi propuesta los inquietó de inmediato. “Probemos con cadáveres”, dije. A pesar de que el consejo directivo se polarizó en dos posturas, los apocalípticos y los integrados, mi propuesta pasó al siguiente filtro. La siguiente respuesta dependió mayormente de las regulaciones bioéticas, ya que mi propuesta conllevaba la utilización del modelo que yo mismo denominé Corpse Test Dummies (CTD). Luego de un par de trastabilles legales, mi propuesta finalmente fue aprobada. Rindió sus primeros frutos de inmediato.

Mis primeros días en Sense fueron aburridos, por no decir insufribles. Sólo se me permitió sustituir las ilustraciones de los manuales de seguridad. Los anteriores recordaban a los manuales de emergencias de American Airlines. De los monos sin rostro pasamos a representaciones humanas: el mono rosa fue sustituido por el dibujo de una chica rubia de veinticinco años; el azul evolucionó a un hombre anglosajón de treinta y cinco años. Aún no me aprueban las ilustraciones donde incorporo modelos de estilo hiperrealista.

En la prueba de choque frontal, a una velocidad de 160 km/h, el CTD (el cadáver, pues) sufría estallamiento de vísceras, rupturas de rótulas en ambas piernas, traumatismo craneoencefálico severo y shock hipovolémico. Al incrementar la velocidad a 220 km/h el CTD, además de lo anterior, presentaba fracturas expuestas en la región vertebral y las costillas del costado izquierdo pulverizadas. A 260 km/h era altamente probable la decapitación y el desprendimiento de otros miembros. Sí, a los 260 y no a los 220 km/h como señalaba el autor de la nota del día de hoy en el periódico. Espero darme un tiempo para redactar y enviar mi réplica en esta semana.

Los datos con los CTD han sido satisfactorios. Nos han permitido interpretar mejor los índices de tensión e impacto en la región torácica y en las zonas más vulnerables: el rostro, el cuello y, por supuesto, la región de los genitales. Si bien hemos logrado encapsular con ecolurgia (una aleación de aluminio, grafito, hierro y polietileno exclusiva de Sense) los lugares del piloto y del copiloto, para así reducir el impacto en las regiones señaladas, aún no resolvemos el problema de las llamas.

“Hot Nancy”. Así se etiquetó en la bitácora a la incidencia PYOU-416/98. Nancy, un cadáver femenino que aún conservaba olor a fresas y un firme par de tetas, terminó derretida sobre el tablero al momento en que la banda de accesorios hizo corto con el sistema de frenos. Aún recuerdo a Nancy, literalmente ardiente, moviéndose en síncopas mientras se fundía con el resto de la cabina.

Me sirvo un café faltando aún 15 minutos para la junta. He cambiado de opinión respecto al periódico, así que decido traerlo para que los directivos se convenzan de dos cosas: 1) Alguien al interior de Sense está filtrando información al periódico; 2) La competencia (seguramente los chicos de Logic-Car) ya está enterada de quién es el genio creador de nuestros innovadores procedimientos, y que ya se pusieron en contacto conmigo. Pero esto lo trataré en asuntos generales.

Como lector de periódicos me decepciona un poco la parsimonia de ciertos medios: van a años luz respecto al acontecer de los hechos. No, con los CTD las pruebas con humanos no siguen sino más bien han terminado, de hecho, ya estamos en la fase de producción e implementación. El día de hoy, después de la junta, alrededor de las tres de la tarde, iniciaremos con el Prototipo Participante al que yo mismo he bautizado como Crash Test Buddy (CTB).

Afortunadamente la proporción de la inversión económica respecto a los escrúpulos de nuestros conductores no fue tan elevada como los directivos vaticinaban. A muchos les sorprendieron las largas filas de voluntarios hombres y mujeres que tuvimos a las afueras de nuestras oficinas. Hubo quienes hasta acamparon días antes del registro. Miembros del personal de seguridad de Sense tuvieron que apaciguar dos conatos de bronca. Otros, quienes se enteraban tarde de nuestra convocatoria, ofrecían sumas considerables de dinero para obtener un lugar en la fila. Todo con tal de ser parte de la primera generación de CTB (vivos que tras las pruebas serían cadáveres, pues).

A mí no me sorprendió. La seguridad no es una cuestión de precio.

Tres caídas. Cuento.

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Publicado en dos partes originalmente en el suplemento cultural Barroco número 678 y 679, del Diario de Querétaro del 1 y 9 de octubre del 2017.

No se me pregunte cómo nació ni cómo llegó a la Tierra. De él solamente se sabe que apareció como dios nos deyecta al mundo, desnudo junto a las vías del tren de la estación Héroes de Nacozari, del vetusto barrio Tres Caídas. Un niño moreno, rollizo, con el pelo azabache grueso, que en lugar de gemidos lanzaba aullidos fatales como los de un armiño en celo. Una ciudad aciaga en tiempos de zozobra, cuando los sismos, la deuda externa, las caídas del sistema, la guerrilla indígena y la inflación azotaban aquel barrio mestizo.

Por el murmullo perenne del chisme se cuenta que su padre se llamaba José, un alcohólico trabajador del rastro municipal. Fue él quien lo encontró mientras regresaba a casa completamente borracho. José lloraba porque su patrón le había negado el control de la paila que tantas veces le habían prometido; el niño lloraba porque le habían negado el seno de una familia, o porque su familia lo había negado a él, vaya usted a saber.

Rastrero de siempre, José cargó el pesado bulto con el cuidado de quien carga a un cordero herido, quizás lo atropelló el tren de las seis, tejió José en su delirio etílico. Cuando hubo retirado la jerga que cubría el rostro del infante, éste sustituyó el llanto por una mueca adusta que provocó escalofríos a José. Qué pinche niño tan horripilante me fui a encontrar, gritó José no sin ansias de arrojarlo al río.

Al llegar a su casa, un cuarto en la vecindad ubicada en la calle 5 de Mayo, a 12 kilómetros del encuentro, Rafaela, la esposa de José desde hace veinte años, apenas iniciaba desde adentro la retahíla de insultos, pero al instante sucumbió en cuanto José posó frente a los ojos de la vieja al recién nacido. No ha llorado en todo el camino, a mí se me hace que está empachado, alcanzó a decirle José antes de caer dormido sobre el escudo de Cerveza Corona de la mesa de aluminio. ¿De dónde sacaste esto, José?, insistió Rafaela, pero sus gritos no surtieron efecto en el briago; tampoco tenía ganas de indagar demasiado como para ponerse a buscar a los padres al chamaco. Las horas interminables de oración en el templo de la Cruz suplicando por un hijo por fin han rendido frutos, pensó Rafaela, ¡Ea, pues, señora abogada nuestra, has vuelto a mí esos ojos misericordiosos!, dijo, y se puso a rezar un diostesalve, un credo y tres padresnuestros.

Sus discípulos aseguran que, en lugar de entrar a la escuela, el niño mesías recorrió a pie de gloria y aprendizaje los caminos sinuosos de la sierra gorda y del nudo mixteco, en donde tuvo el encuentro con los cuatro pilares de su existencia: fue nopal, pájaro, gato montés y fuego. Se dice que, a su regreso, por el camino a Tolimán y despojado de sus ropas, los vieron con un manto púrpura sobre el que caía una larga cabellera azabache y una banda de heno ceñida en la cabeza. Calzaba sandalias de cuero y llanta, abotonados por guirnaldas de mecate.

Se dice que por imposición de sus manos curaba a los enfermos. Todavía hay quien asegura que resucitaba a los muertos. A las afueras de los templos recitaba versos, con la prosodia de poeta paráclito. Su tono pomposo y prosaico les arrancaba alaridos orgásmicos a las plañideras más longevas. Lo hacía sobre piedras, en el camión de la ruta 67, por la ribera del río, a la sombra de los nopales, en la cancha de fut o en la cripta más alta del cementerio, con sus manos extendidas y la cabeza erguida al cielo. Primero lo siguieron los ebrios, las putas, los adúlteros, los deudores con orden de embargo y los lisiados, éstos últimos reptando a la retaguardia del tropel. Luego fue el pueblo en masa, prosternado a su alrededor para escuchar la palabra de dios en voz de su hijo.

Al cobijo del cielo bengala que retumbaba en baldosas, la plebe llegaba desde inauditos arrabales buscando al Jesús Cristo, pues ese nombre le había impuesto su madre, orgullosa de que su hijo no le hubiera salido mariguano, narco, sicario, soldado o político. Se hizo costumbre verlo escoltado por mujeres morenas con las tetas al viento, que caminaban en procesión con sus brazos colmados de ofrendas. Jesús Cristo respondía declamando advenimientos y profecías, con canciones que aludían al manto estelar, con efluvios melódicos de quien anuncia la buena nueva, señalando a la bola de fuego que solemos llamar sol. Y al amor, que todo lo incluye en su vasta esfera cosmogónica: Somos los retazos que se han desprendido de esa esfera. Nos hemos reducido a insinuaciones de odio a nosotros mismos, proclamaba.

Con la enfermedad, Rafaela se volvió violenta y José se extravió en su delirio permanente. Tras la muerte de sus padres, Jesús Cristo declaró que era el hijo del fuego. Quienes lo vieron crecer predijeron que estaría sometido al dominio de una mujer. Magdalena, la puta que se enjaretaba a los traileros que solían repostar en el paradero del libramiento norte, sería el sino manifiesto del Jesús Cristo.

Aquel día de María Santísima, en el que prevaricaba sobre un adúltero una sentencia a todas luces justa, consistente en cortarle el pito y los huevos, el padre Rogelio, párroco de la parroquia de Pentecostés, corrió hacia donde se estaba llevando a cabo el proceso y de un solo movimiento contuvo el brazo castigador del Jesús Cristo cuando blandía el cielo, a punto de deshollejar el miembro. ¡Vade retro, Satanás!, gritó energúmeno el diácono. Las mujeres de tetas al viento, con Magdalena a la zaga, se aprestaron cual hienas para brincar en favor del hijo del fuego, quien las contuvo con una mirada de ternura. El Jesús Cristo desbordó su ira contra el vicario no con la violencia que aclamaba el populacho, sino con la retórica del cofrade del reino de dios: Padre mío, tuyo y vuestro, que existes en el agua, en la tierra, en el fuego y en la mierda, santificado sea yo en tu nombre, hazme ser, ¡oh, Dios!, la verga de tu reino… Aún no llegaba a medio rezo cuando Rogelio quitole el machete a un mercachifle garbancero y de un solo golpe se deshizo a sí mismo de su propio brazo. Desprendido de Rogelio, su brazo ígneo ardió espontáneamente. Las mujeres con las tetas al viento arroparon al manco en un abrazo fatuo, lo besaron, lamieron su herida, bebieron su sangre, chuparon sus ojos y su miembro venoso, mientras el Jesús Cristo salmodió versos inéditos: Amor es unirnos, fundirnos y fundarnos, confundirnos tal y como estábamos antes de la muerte del dios, bajo el puñal de la discordia. Tras una invocación a la esfera divina, la confusión de carne, sudor y lágrimas cobró la advocación de una orgía divina en donde las almas, ¡ay!, se hincharon en una sola alma, exenta de odio y pudor.

En enero de aquel funesto año, según cuenta el más longevo de sus discípulos, la mansedumbre del Jesús Cristo, entre quienes ya se contaban abogados litigantes, adolescentes embarazadas, traileros, maestros, franeleros, amas de casa, sindicatos enteros, mariachis, diputados, travestis y ancianos empacadores del supermercado, tuvieron a bien viajar a la capital para encomendarse ante el obispo. Rogáronle que Jesús Cristo fuera la representación en carne y hueso de nuestro otrora salvador Jesucristo, mito obcecado ante el advenimiento del verdadero dios. El obispo se negó rotundamente: el hijo del fuego no era un parroquiano ferviente de la congregación del barrio Tres Caídas. El obispo no faltaba a la verdad, pues el mesías ni CURP tenía. Mas, dichoso aquel que teme al señor, las criaturas increparon al señor obispo quien, desde la luminosidad de su camioneta Cadillac nacarada, ungió a la muchedumbre con su venia para que el Jesús Cristo fuera al fin, ¡Hossanna!, la quintaesencia de la cuaresma, ¡Aleluya!

Al sonar de las campanas cientos de gentes caminaron por las calles del barrio Tres Caídas. En las vicisitudes propias del misterio, una de las Magdalenas no quería más ser puta, una puta quería salir de Magdalena y no de Elena. Los soldados romanos condicionar su asistencia siempre y cuando se les hiciera partícipes del milagro de coger entre todos nosotros, como se hiciera en el episodio del manco Rogelio. Que el Poncio Pilotos quería lavar sus manos con aguardiente y que el Judas no quería traicionar a quien por él su vida dio: la neta yo la llevo chido con ese güey, chillaba. El Jesús Cristo lucía agotado, fastidiado, dubitativo, con el desgano no de quien se cansa de hablar, sino del que se desespera cuando no es escuchado. Quería ser un instrumento de su paz, pero esto lo había desbrozado.

Cuando tocó el acto de la crucifixión, el Jesús Cristo dijo no subiré a esa cruz que está concebida ipso facto. Mi alma y la suya claman al señor, y mi espíritu se alegra en su presencia. Por tanto, yo les digo, que mi ánima penderá de ese sino, dijo señalando un poste de alta tensión. Aprestaron lo necesario para subir al hijo del fuego al crucifijo trifásico. Un discípulo lo aupó con ayuda de tres mecates, uno de los cuales quedaría pendiente a nivel del piso. Desde las alturas, el mesías vio que las Magdalenas se arrancaron con un bailoteo venial, a modo de proclamación, derramando sobre la plebe aceite de olivo de nardo, aunque hay quien asegura que se trató de gasolina Magna, de la verde. Habla, tú eres el camino a la verdad, habla, tú eres nuestra noción de esperanza, decía el Judas, negado a ahorcarse para no traicionar.

La Magdalena del Jesús Cristo, evanescente y voluptuosa, sacó de una bolsa del mandado decenas de ejemplares de la biblia latinoamericana de gran formato a las que arrancó sus hojas y les prendió fuego una a una. La flama alumbró los conos sublimes de tetas erectas y destacó el culo amplio y firme de la Magdalena, mientras el Jesús Cristo exclamaba versos en una lengua que nadie conoció. ¡Fuego!, ¡Fuego! Gritaba alguien entre la multitud sudorosa. Magdalena tomó el mecate a nivel del piso y acercó una página ardiente del Cantar de los Cantares al borde de lo que resultó ser una mecha. El mecate crepitó, lentamente, luego a ritmo fugaz, alimentado por el aceite de olivo de nardo con el que estaba impregnado. La llama subió en azul ardiente hasta el cuerpo del nazareno. Magdalena arrojó fragmentos llameantes del Apocalipsis. De inmediato, el fuego abrasó a los cuerpos de la turba, se arrastró por los baldíos e iluminó con su candor las callejuelas. Una a una, los cuerpos de las Magdalenas sucumbieron al suelo ardiente en resonancias de clamor. El haz fulgurante estalló en la punta del inmenso crucifijo del Jesús Cristo, iluminando la región sur del acantilado. El cuerpo del Jesús Cristo carbonizado se erguía en el centro del resplandor, clamando su nombre al filo de la noche: ¡Jesús Cristo!, ¡Jesús Cristo!

Todo el barrio Tres Caídas fue un cúmulo rojo, una herida ígnea en la piel de las tinieblas. Las fuerzas del orden, que a duras penas podían respirar, sacaron de las llamas a la Magdalena quien, desprendida de su piel, seguía con el bailoteo venial, canturreando el nombre del Jesús Cristo. El comandante de las fuerzas del orden dio la orden de que la llevaran al Hospital del Niño y la Mujer y que, si era preciso, la torturaran para que soltara información que ayudara a dar con el paradero de los hijos de puta que habían hecho esto. Los dieciocho municipios y las tres ciudades conurbadas de la megalópolis prohibieron, so pena de muerte, que se transmitiera el nombre del Jesús Cristo a las generaciones futuras. Pero el chisme, con su murmullo perenne y subyacente, lo hizo llegar hasta nosotros. La noche en que Magdalena quemó el barrio de Tres Caídas a orden del Jesús Cristo, no vino al mundo ningún mesías, ningún salvador, ni ningún rey. Ya no tenemos dios.

 

La tragedia, nuestra oportunidad.

 

“Y tu dolor, mi prójimo lejano,

Es mi más hondo sufrimiento”.

José Emilio Pacheco.

 

No ahondaré en detalles de la broma macabra que la geografía nacional nos jugó el pasado 7 y, sobre todo, el 19 de septiembre. No esgrimiré metáforas para referirme a la funesta casualidad que recrudece la cicatriz de nuestra efeméride.

No hablaré de la tragedia, pero sí de las oportunidades que se asoman después de ésta.

La tragedia es una oportunidad para derrumbar el mito: en Querétaro la posibilidad de que ocurra un sismo es real y latente. Y más allá de nuestra fascinación torpe y fetichista de vanagloriarse de haber sido testigo del sismo de 1985, o de fustigar con donaire que los queretanos no tenemos ni idea de lo que se siente un sismo, tenemos la inmejorable oportunidad de estar preparados para la eventualidad.

La tragedia es una oportunidad para acostumbrarnos a hacer las cosas bien. El sismo ha evidenciado una vez más que las obras derruidas estaban sostenidas sobre el cimiento de la incompetencia y la corrupción. La línea 12 del metro está al borde del colapso. Las obras de su apuntalamiento y rehabilitación iniciarán este lunes, pero aún no hay fecha para iniciar con la reconstrucción de las ciudades afectadas en los estados golpeados por el sismo. ¿Cómo estamos haciendo las cosas en nuestra ciudad? Aunque por otros motivos nuestras calles estén destrozadas, tenemos la oportunidad de no emular el proyecto colapsado de urbanismo de nuestra querida capital federal.

La tragedia es una oportunidad para enfocar las prioridades y definir el interés en el otro. En el lamentable caso del feminicidio de Mara Castilla, la discusión de la opinión pública se decantó por el sabotaje a la presunta cobertura periodística de Jenaro Villamil. En estos momentos de tragedia el tema es otro, ya tendremos tiempo para hablar acerca del vergonzoso hito mediático de Frida Sofía. Al momento de yo escribir esto y tú leerlo, caro lector, hay personas con graves necesidades aún, en donde la ayuda aún no llega.

La tragedia es una oportunidad para remendar nuestra noción de participación ciudadana. De acuerdo a la plataforma de peticiones Change.org, la petición para que el Instituto Nacional Electoral (INE) done los millones de pesos destinados a los partidos políticos a los damnificados por los sismos del 7 y 19 de septiembre en nuestro país, ha roto todos los records en la historia de la plataforma. Hasta el momento en que escribo esto iban contabilizadas más de dos millones de firmas.

En parte por la presión social, pero sobre todo animados por la efervescencia de los tiempos electorales, PRI, PAN y Morena anunciaron en una especie de subasta de superioridad moral ceder al clamor popular de donar el dinero de sus campañas; el PRI fue hasta el momento el más específico: 25% de lo asignado para su campaña, equivalente a 258 millones de pesos. Recordemos que recientemente el INE había anunciado la asignación de 7 mil millones de pesos en total los partidos.

No hace falta ser analistas políticos para inferirlo: se trata de conseguir votos, no de un ejercicio de filantropía, de humanismo, parafraseando al periodista Luis Roberto Castrillón. Los partidos no están donando su dinero, están devolviendo recursos de quienes pagamos impuestos para las tareas de reconstrucción. Su temor ante eventuales resultados adversos en los procesos electorales por venir es más que evidente. Todos los partidos quieren sacar su raja electoral. En nuestra democracia incipiente, cara y corrupta, donar 25% para apoyar no es suficiente. Sigamos presionando. Ya sintieron el poder de la gente No nos equivoquemos: son votos, no humanismo.

La tragedia es una oportunidad para reflexionar respecto a nuestro concepto de ciudadanía, de nuestra queretanidad. El martes del sismo, en distintos puntos de nuestra ciudad dos vehículos se volcaron por manejar a exceso de velocidad, tendencia cada vez más recurrente en los automovilistas que circulan en nuestra capital. Como conductores no tenemos un protocolo ciudadano de seguridad para ceder el paso a vehículos de emergencia.

Ese mismo día, la desinformación colmó a las redes sociales y al servicio de mensajería WhatsApp al difundirse un audio en el que se daba cuenta de un grupo de hombres armados que había entrado a hacer asaltos múltiples en Plaza del Parque. La paranoia colectiva se viralizó (neologismo propio de nuestros tiempos) cuando varios testigos compartieron en redes sociales videos y fotografías del suceso. Cuando se confirmaron las noticias a través de medios periodísticos serios y de los canales de comunicación de las corporaciones policiacas, el daño por la desinformación ya estaba hecho. Con la noticia del sismo, la paranoia masiva se agravó. No faltó quien decretó el advenimiento del Apocalipsis. Si bien hubo leves indicios de movimiento en algunos puntos de la ciudad (personal de la UNAM reporta que el sismo en Querétaro tuvo una intensidad de entre 3 y 4m), hubo medios noticiosos que informaron que un estacionamiento de la calle Escobedo había sufrido daños a consecuencia del temblor.

La tragedia es una oportunidad para desprendernos de nuestro inútil, ridículo y anquilosado chauvinismo queretano. Para aquellos que se lamentan de que los chilangos vengan a buscar refugio en nuestra ciudad huyendo del sismo, es una oportunidad de integrarnos para renunciar a nuestra invisibilidad hipócrita y abrir los brazos a quienes han decidido, por condición o convicción, ser queretanos. Bienvenidos.

La tragedia es una oportunidad para unirnos sin la penosa necesidad de ser fatalistas. Tenemos la oportunidad de demostrarnos a nosotros mismos de que este país se levanta con y a pesar de sus políticos, pero no necesariamente por ellos.

Tenemos la oportunidad para ser héroes sin olvidar que la filantropía es anónima. Todos debemos ayudar, pero desde la dignidad del silencio virtuoso. Sí, la filantropía es anónima, de lo contrario se convierte en la versión más perversa de la vanidad.

No estoy frivolizando con la tragedia. Una de las más altas responsabilidades morales de los que estamos en el mundo de la cultura y las artes es ofrecer alternativas para sublimar nuestro placer y nuestra felicidad. La tragedia es una oportunidad para recordar que los artistas son/somos el medio no el fin, son/somos personas que ponen sus talentos al servicio del dolor y la tragedia del otro.

Nuestra ciudad es un centro de acopio. A pesar de que en Querétaro abundan personas en estado de abandono, necesidad y desgracia permanente, el dolor de nuestros hermanos lejanos y cercanos es nuestro hondo y compartido sufrimiento.

Tamar Cohen, escribir me salvó la vida.

Tamar Cohen: escribir me salvó la vida

Publicado originalmente en el suplemento cultural Barroco número 676, del Diario de Querétaro del 17 de septiembre del 2017. Foto: Martín Venegas.

El año terrible (Ediciones SM, 2015), libro con el que la autora Tamar Cohen irrumpe en la literatura juvenil, fue escrito en atención al Premio Gran Angular México de Literatura Juvenil, certamen literario de editorial SM: “La verdad, la escritura del libro fue muy algo impulsivo. A mí me detectaron bipolaridad. En el momento en el que yo me encontraba escribiendo la novela me encontraba en una etapa muy maniaca, me despertaba a medianoche y todo era escribir, escribir, escribir…” dice la autora capitalina en entrevista exclusiva para BARROCO, en el marco del Hay Festival Querétaro 2017.

Bajo el influjo de la impulsividad producto de su trastorno, la novela completa la escribió en un lapso de dos meses, “plasmaba ahí todo lo que me pasaba, sin ningún tipo de pudor, ni de miedo, mi intención principal era ponerlo en papel. Cuando la terminé tuve un tiempo de calma en mi vida”.

El año terrible narra la vida de Dana, una adolescente común quien, tras diagnosticarle depresión, tiene que sortear además los problemas propios de la edad. “Dos semanas después de que terminé la novela, era el certamen de la editorial SM”. Fue precisamente el lapso de dos semanas que la escritora utilizó para corregir el texto. “La verdad nunca lo escribí pensando en participar en un concurso. Para mí fue mucha sorpresa que mi novela haya resultado ganadora”.

¿Cuál ha sido la recepción de tu novela?

Muy buena, la verdad, sobre todo entre los lectores jóvenes. Además de la depresión, la novela toca el tema de la sexualidad de una chava de preparatoria. Este tema no es algo que se encuentre de manera recurrente en los libros para adolescentes, sobre todo escrito en un lenguaje tan libre, tan desatado por parte de la protagonista.

Dentro de tu proceso creativo, ¿pensaste en tu lector o simplemente fue la impulsividad por contar una historia?

La verdad es que casi nunca pienso en el lector, sino que más bien pienso en mí, en lo siento cuando escribo. Específicamente en El año más terrible sí se trató de lo que quise poner allí. Siento que si pienso más en el lector mi escritura no sería honesta.

A dos años de distancia, ¿cómo lees El año más terrible?

Es curioso porque lo leo y, a pesar de que me sigue gustando mucho, y de que pienso que tiene mucha calidad literaria (por algo ganó el concurso), dudo de que, si hubiera estado en mis cinco sentidos, hubiera ganado. Mi libro es demasiado transparente.

Los escritores, como seres humanos, son seres perfectibles que arrastran defectos, pero que de alguno u otra manera estos defectos fungen como detonantes. Además de ser un potenciador de tus historias en tu vida, con tu diagnóstico de trastorno de bipolaridad,

¿Qué significa para ti la Literatura?

Para mí la Literatura es mi vida en muchos sentidos. Este libro es específico me salvó, de alguna manera salí adelante gracias a él. Asimismo, creo que mi libro puede ayudar a otras personas.

En la obra, Dana se apropia de una voz literaria cercana a la introspección, en flagrante conexión con el lector adolescente y de todas las edades: “Siento que todavía no me regresan a mi hija, suelta mamá con los ojos llenos de lágrimas, su comentario me da la peor hueva, últimamente anda muy melancólica y cada que estamos solas aprovecha para sacar el tema de mi enfermedad, prefiere no hablarlo enfrente de mis hermanos, porque no quiere preocuparlos, es una estupidez: Yoshi es un bebé y Rubén no tiene conciencia, ni masa cerebral. Lo dices como si una banda de extraterrestres me hubiera secuestrado, le digo para bajarle 5 rayitas a la intensidad del momento. Extraño a la Dana de antes, vuelve a insistir. Quiero vomitar, no te hagas la sufrida má. Me levanta el dedo índice. Me olvidaba que no se te puede decir nada, le digo con la mirada clavada en el plato, sé que le revienta que no la vea a la cara. Mírame a los ojos, Dana, la miro sin parpadear, como hace Rubén cuando la quiere provocar, ¡ay no seas grosera! Me dice con su voz de paréntesis. Mamá se encierra en su cuarto, me quedo haciendo figuras en el plato con el tenedor y la miel, la última es un hacha”.

“La literatura me ha dotado el poder de leer la vida de otras personas, de encontrarle muchos sentidos a la vida: leyendo un libro le encuentro el sentido que a veces creo haber perdido. Y escribiendo historias es como me encuentro, identificándome con mis propios personajes”, comenta la autora de origen judío.

Con Kirén Miret, creadora de la serie Niñonautas, como moderadora. Tamar Cohen participó junto a la también ganadora mexicanas de los premios literarios que otorga SM: Nuria Santiago (Premio Barco de Vapor). A ellas se sumó la narradora y filóloga española Ana Cristina Herreros, también conocida como Ana Griott.

En su participación en el Hay Festival 2017, Tamar Cohen dijo que para escribir Un año terrible tuvo que conectarse con la adolescente que lleva dentro: veía las mismas series y escuchaba la misma música que sus hijos. Además, igual que su personaje, la escritora estaba atravesando por una etapa difícil de depresión, y eso quedó reflejado en la historia.

¿Qué estás leyendo en este momento?

Justo ahorita estoy leyendo Americanah de Chimamanda Ngozi Adichie, lo acabo de empezar, me está gustando mucho. Acabo de terminar un volumen de cuentos de Ignacio Padilla que está increíble. Me fascina la literatura juvenil, me la paso leyendo historias juveniles. Además de que me ayudan mucho para escribir, me apasiono con los temas como si fuera una adolescente. También termine de leer hace poco No le voy a pedir a nadie que me crea de Juan Pablo Villalobos.

Tamar Cohen abundó además en que dijo, para escribir Un año terrible tuvo que conectarse con la adolescente que lleva dentro: “veía las mismas series y escuchaba la misma música que mis hijos. Además, igual que mi personaje (porque yo me hago presente totalmente en el personaje) hago mención de todas las complicaciones que acompañaron mi depresión. Escribir Un año terrible salvó mi vida”, concluyó.